MAREA DE TORMENTA #5
Literalmente me hervía la sangre; sentía un impulso casi incontenible de gritar o de golpear algo...
o a alguien en particular. No era una reacción habitual en mí, y sabía que no era el comportamiento adecuado si quería que Fredy se quedara conmigo: tenía que mantener la compostura.
Sin embargo, Miguel estaba logrando sacar lo peor de mi carácter.
Ni siquiera tenía ganas de llorar; aquello era rabia pura.
¿Cómo se atrevía a sugerir que yo «cooperara» con el caso?
Cuando mencionó que yo no era hija de Alfredo, sentí un breve destello de alivio; aunque no me había dado la oportunidad de explicárselo, al menos ya sabía la verdad.
Pero eso de «cooperar»... como si ella y yo estuviéramos involucradas en lo mismo.
No cabe duda de que en seis días no se llega a conocer realmente a una persona.
Tuve que esforzarme por serenarme antes de darle a Fredy la noticia de que se vendría conmigo al catamarán. No íbamos a navegar todavía, pero al menos estaríamos lejos de aquel embrollo que cada vez se volvía más turbio.
Los encontré a los tres en la cafetería. En cuanto me vieron, cortaron la conversación y Fredy corrió a refugiarse en mis brazos. Su abrazo logró apaciguar mi furia; por él valía la pena cada segundo de aquel caos.
—¿Todo bien, campeón?
—Te quiero, Cris.
—Y yo a ti, más de lo que te imaginas. ¿Y qué crees?
—¿Qué? ¿Ya me voy contigo a estudiar a las ballenas? —preguntó con esperanza.
—Casi aciertas. Eres muy inteligente. Nos vamos al catamarán, aunque todavía no saldremos a navegar.
Su carita de decepción hizo que se me estrujara el corazón.
—No pongas esa cara, Fredy.
—Es que yo sé que mis papás nunca me van a dejar irme contigo al mar.
—Por ahora necesitamos estar cerca, porque tu papá va a despertar en cualquier momento y querrá verte.
Él solo asintió, aferrado a mi cintura, y soltó un débil: «Está bien».
—¿Ya nos vamos? —intervino Piero—. Me gustaría pasar al baño antes de salir.
—Yo voy contigo, Piero —dijo Fredy, soltándome—. ¿Puedo, Cris?
—Claro, campeón. Al regresar iremos a despedirnos de mamá para irnos de aquí.
Piero y Fredy se encaminaron hacia la salida de la cafetería. En cuanto se alejaron, la voz de Juan Pablo me devolvió a la realidad. Supe que algo serio venía cuando me tuteó.
—Cris, ¿estás bien?
—Ay, Juan Pablo, no sé ni qué contestarte. Mi mamá está metida en un problema enorme; el agua ya le llegó al cuello. Pero ya te contaré los detalles en el barco, ahora solo quiero largarme de aquí.
—Pues ya es hora. Hace un rato la teniente Montor me comentó que Miguel quería hablar conmigo antes de que nos fuéramos.
Escuchar su nombre volvió a encender la chispa de mi rabia.
—De ninguna manera, Juan Pablo. No vas a hablar con ese idiota. ¿Puedes creer que, frente a la fiscalía, sugirió que si colaboramos ellos nos van a “ayudar”?
—Pero ¿tú qué tienes que ver en esto? —insistió él—. Tienes que aclararle que Alfredo no es tu padre.
—¡Ya lo sabe! Él mismo lo dijo ahí dentro.
—Pues entonces déjame hablar con él, poner las cosas en su sitio y exigirle que no te involucre en sus asuntos legales.
—Es que no es un capitán cualquiera… —pronuncié la verdad que mi corazón se negaba a aceptar en voz alta.
—¿A qué te refieres, Cris? Me estás asustando.
—No es un simple elemento de la Marina. Por lo que entendí, tiene un rango muy alto.
—Bueno, ser capitán de fragata no es poca cosa, Cristina. Además, es un médico especialista.
—Sí, es cardiólogo, eso ya lo sabía. Pero me refiero a que es una pieza clave de la investigación federal. Él es el encargado de meter a Alfredo en la cárcel, Juan Pablo.
—¿Y eso no debería darte gusto? Deberíamos ayudarlo, nosotros sabemos cosas que le servirían.
—¿Y tú crees que él querría tener una relación con alguien cuya familia es el objetivo de su investigación? —el estómago se me revolvió de solo pensarlo—. Por favor, no me hagas darle más vueltas a esto.
—Pero Cristina, hablando se entiende la gente….
—No hay “peros” que valgan —lo interrumpí con firmeza—. Mi prioridad absoluta es mi hermano. Ya hablé con mi abuela y enviará a un abogado entre hoy y mañana. Eso, y retomar mi investigación, es lo único que me importa ahora.
Nos despedimos rápidamente de mi madre y, tras recoger las cosas de Fredy, abandonamos la base naval. No vi a Miguel ni a la teniente Montor al salir, lo cual agradecí profundamente.
Ya en la camioneta que nos llevaría al muelle, el silencio se instaló entre nosotros.
Fredy se quedó dormido apoyado en mi hombro; Piero miraba por la ventana y Juan Pablo, de copiloto, seguía visiblemente molesto conmigo por haberle prohibido hablar con Miguel.
Parecía que hubiera pasado una eternidad desde que Miguel y yo desembarcamos en ese mismo muelle hace apenas tres días.
—Oigan —dije, rompiendo el mutismo—. Estaba pensando que, como no sabemos cuánto tiempo estaremos aquí, lo mejor será atracar en la Marina de Las Hadas. Estaremos más cómodos y tendremos todos los servicios a la mano.
—Me parece lo más sensato. Deje que envíe un mensaje para confirmar si hay espacio —respondió Juan Pablo, sacando su celular.
Llegamos al muelle y nos acercamos al catamarán en el ténder. Fredy estaba fuera de sí de la emoción.
—¡Wow!, Cris, ¡esto es increíble! Lo busqué en internet, pero en vivo es una pasada —decía mientras Pancho maniobraba la lancha.
—Es tuyo también, Fredy. Acuérdate de que todo lo mío te pertenece.
—Buenos días, Luis —saludé al subir a la plataforma.
—Buenas tardes, señorita Cris. Bienvenidos a bordo.
—¿Buenas tardes? —miré el reloj—. Tienes razón, ya pasan de las doce. Luis, te presento a mi hermano, Fredy.
—Bienvenido, joven.
Fredy tenía los ojos brillantes de curiosidad.
—Cris, ¿puedo entrar a conocerlo por dentro?
—Claro, solo quítate los zapatos. Luis te dará el tour completo y Juan Pablo te asignará un camarote.
—Juan Pablo —le dije mientras los demás entraban—, en cuanto termines de ayudar a Pancho con las amarras, te espero en mi estudio, por favor.
—Sí, señorita, ahí la alcanzo.
Me urgía ducharme, pero necesitaba organizar los pendientes. Entré en mi estudio y, casi de inmediato, mi celular comenzó a sonar. Era un número desconocido de la Ciudad de México.
—¿Diga?
—¿Señorita Cristina? —respondió una voz masculina y profesional.
—Sí, soy yo. ¿Quién habla?
—Soy el licenciado Juan Camilo Proal, del despacho Proal a pesar de todo, él es el capitán legal de Marea y los permisos de Panamá están a su nombre.
—Deberías consultarlo con el abogado.
—Sí, llega esta tarde. Por cierto, a Fredy prepárale el camarote que ocupó Miguel. Sus cosas… déjalas aquí en el estudio, yo misma las llevaré al hospital mañana.
Juan Pablo se levantó para retirarse. Yo solté un suspiro pesado, sintiendo que desde la picadura de la medusa todo se había salido de control.
—Maldita medusa —mascullé para mis adentros.
—¿Qué dijiste? No te entendí.
—Nada, una tontería —reí por lo bajo—. Gracias por todo, Juan Pablo.
—Sabes que eres como una hermana para mí, Cris. Te voy a proteger siempre, aunque solo sea un “simple marinero”. Mientras yo esté cerca, nadie te hará daño.
Me levanté y lo estreché en un abrazo sincero. Él, como siempre, mantuvo su postura profesional y no me devolvió el gesto, pero sabía que su lealtad era inquebrantable.
Más tarde, ya atracados en la marina y después de una siesta reparadora, comíamos en la cubierta de popa. Fredy estaba fascinado con el entorno; ya había decidido que quería ser biólogo, marinero e ingeniero, todo a la vez.
—¿Cris, crees que desde aquí veamos ballenas como las de las fotos de tu estudio?
—Con las ballenas nunca se sabe, campeón, pero estamos en su ruta migratoria. ¿Recuerdas el mapa?
—Sí. En cuanto termine de comer, me subiré al puente de mando con los binoculares.
—Buenas tardes —una voz masculina resonó desde el muelle.
Me asomé y me llevé una sorpresa. Esperaba a un hombre mayor, pero frente a mí había un tipo joven, quizás de mi edad o un poco más: alto, atlético, vestido con una camisa de lino color salmón y portando un maletín Hermès. Sus facciones eran toscas y varoniles, ocultas tras unos lentes de aviador.
—¿Hola? ¿Eres Juan Camilo? —pregunté.
—El mismo —respondió con una sonrisa.
—Bienvenido a abordo.
Él subió con agilidad. Al tenerlo cerca, algo hizo clic en mi memoria.
—Ya me acordé de ti… —dije, entrecerrando los ojos—. Tú eras el que siempre se enfadaba en las regatas del club en Acapulco porque me dejaban practicar más que a ti.
Él soltó una carcajada limpia.
—Culpable. Y tú eras la niña que manejaba el timón mejor que nadie, a pesar de ser la más pequeña. Cristina Sánchez, imposible olvidarte.