Marea MAREA DE TORMENTA #4
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MAREA DE TORMENTA #4

—Ya hablé con Juan Pablo, el marinero de Cristina —continuó ella—. Le comenté que usted deseaba hablar con él en privado. Ya tengo su contacto para localizarlo cuando me lo indique.

—Le avisaré cuando sea el momento adecuado —asentí—. Por ahora, venía a buscarla; la fiscalía quiere interrogar a la esposa del detenido y debemos estar presentes.

Avanzamos un poco más antes de que ella volviera a hablar.

—Capitán —dijo al fin—, con su autorización, me gustaría enviar un correo a la Unidad de Inteligencia Financiera para que revisen el fideicomiso que mencioné esta mañana.

La miré de reojo, evaluando la propuesta.

—¿Cree que valga la pena movilizar a la UIF por esto?

—Si hay lavado de dinero detrás de ese catamarán, ellos lo detectarán antes que nadie —aseguró con firmeza—. Solo necesito su visto bueno.

Asentí. La idea de tener pruebas contundentes antes que la fiscalía era tentadora y necesaria.

—Hágalo, teniente. Es preferible que investiguemos nosotros primero.

—Enseguida, capitán —respondió Montor, alzando su iPad y comenzando a teclear la petición con agilidad.

La puerta de la habitación se abrió con un chirrido sutil.

El ambiente era desolador: una camilla vacía pegada a la pared, el monitor apagado y, en una esquina, la esposa del detenido sentada en una silla, abrazándose a sí misma como si intentara no desmoronarse.

Un guardia permanecía junto a la puerta con los brazos cruzados, una presencia silenciosa y vigilante.

Entré primero, seguido por la teniente Montor y los agentes de la fiscalía. La mujer se puso de pie en cuanto me vio. Tenía los ojos enrojecidos y una expresión que oscilaba entre el terror y la soberbia.

—Usted otra vez… —escupió, clavando su mirada en la mía—. ¿Qué noticias tiene de mi esposo? ¿Qué clase de hospital es este donde nadie sabe dar informes de nada?

—Buenos días, señora. ¿No pasó la enfermera hace unos momentos a informarle sobre el estado del paciente? —traté de mantener la calma, buscando en sus facciones algún rastro que me recordara a Cristina.

—Sí, vino, pero creo que lo correcto es que usted, como su médico, sea quien me mantenga al tanto.

—Con gusto le repetiré lo que ya se le ha dicho, pero antes me gustaría presentarle a las personas que me acompañan.

Ellos vienen de la Fiscalía General de la República —aclaré—.

Son agentes del Ministerio Público Federal y lideran la investigación derivada del operativo.

La teniente Montor y yo representamos al Gobierno Federal… .

—Primero viene aquí como doctor y ahora resulta que entra con la fiscalía. ¿Qué es esto? —me interrumpió con indignación.

Sentí el peso de la bata sobre mi uniforme de diario; en ese momento, la dualidad de mis cargos me resultaba asfixiante.

—Señora —intervino el fiscal con tono neutro—, el capitán Miguel Rodríguez colabora con nosotros en la investigación. Solo queremos hacerle algunas preguntas.

—No voy a responder nada —alzó ella la voz—.

Esto es un atropello. Quiero un abogado —se irguió, y en su postura y complexión reconocí, inevitablemente, a Cristina—.

No tienen derecho a interrogarme aquí sola, como si fuera una criminal.

Parece que aún no entienden con quién están tratando; esperen a que mi esposo despierte.

Unos golpes en la puerta interrumpieron la tensión.

El guardia pidió mi consentimiento con la mirada y abrió.

Era Cristina. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al encontrarse con la escena; estaban brillantes, heridos.

Me obligué a mantener la compostura militar, especialmente frente a los agentes.

—Perdón por interrumpir, regresaré más tarde —dijo ella, intentando retroceder.

—No, Cristina, pasa. Necesito un testigo de la arbitrariedad a la que estoy siendo sometida —ordenó su madre.

—Puede pasar, señorita, adelante —indiqué con mi tono más profesional.

El guardia cerró la puerta tras ella. Cristina evitaba mi mirada a toda costa, pero yo no podía dejar de observarla; quería descifrar qué pensaba de todo este desastre.

—Ella es mi hija —anunció la mujer mientras Cristina se acercaba a su lado—. Ellos son de la fiscalía, el doctor que ahora resulta ser capitán y la teniente. Todos están aquí vulnerando mi derecho a una defensa legal.

—Buenos días, señorita. Estamos aquí para tratar la situación de sus padres —intervino uno de los agentes.

—Ella no es hija del detenido, agente —solté casi sin pensar, sin apartar los ojos de Cristina.

Ella me miró entonces. Nuestras miradas colisionaron apenas un milisegundo antes de que ella volviera a bajar la vista, pero ese instante bastó para dejarme una inquietud punzante en el pecho.

—Así es, Cristina solo es hija mía —corrigió la madre.

—Gracias por la aclaración. Señora, queremos hablar específicamente sobre su situación actual.

La fiscal hojeó una carpeta antes de retomar la palabra.

—Entiendo que este momento es difícil, pero la investigación no comenzó hoy. Llevamos tiempo rastreando movimientos financieros vinculados a empresas de su familia.

—¿Qué quiere decir? ¿Que ahora todos somos delincuentes? —espetó la mujer.

—Queremos decir que hemos detectado operaciones inusuales y desvíos de fondos a través de distintas razones sociales. Algunas están a nombre de su esposo… y otras a nombre de usted.

El silencio que siguió fue denso, casi sólido. Cristina bajó la cabeza, como si el peso de la acusación también cayera sobre ella.

—Es fundamental que colabore —continuó el agente—. Nadie la señala hoy como responsable directa, pero necesitamos que explique el origen de esos recursos. ¿Quién tomaba las decisiones? ¿Qué sabía usted?

La dureza en el rostro de la madre de Cristina terminó por quebrarse.

—Ustedes no entienden nada… —susurró con la voz rota. Se llevó una mano a la boca, pero las lágrimas ya eran imparables—. Yo no decidí nada de eso. Las empresas, las cuentas, los documentos… todo lo manejaba él. A mí solo me ponían a firmar.

Cristina permaneció tensa, con la mandíbula apretada.

—Señora —intervine, suavizando un poco el tono—, nadie la obliga a declarar en este instante. Su deseo de tener un abogado será respetado. Pero si usted y su hija deciden cooperar, no estarán solas. Eso puede marcar una diferencia crucial para su futuro.

La mujer levantó la vista hacia mí, buscando algún rastro de sinceridad. Cristina, en cambio, alzó la cabeza de golpe y me miró con una furia fría que me heló la sangre. No había vulnerabilidad en ella, solo un rechazo absoluto. Luego, me borró de su mapa visual y se dirigió directamente al agente.

—Disculpen —dijo con voz firme—, quisiera preguntar por la situación de mi hermano. Es menor de edad y este hospital no es lugar para él. Solicito autorización para llevarlo conmigo mientras se resuelve la situación de sus padres.

—De ninguna manera —estalló su madre—. A Fredy no te lo llevas. Él se queda conmigo; su padre lo necesitará cuando despierte.

Cristina la ignoró y mantuvo el pulso con los agentes.

—Sin la autorización de ambos padres, el menor no puede marcharse —explicó el fiscal—. Sin embargo, es cierto que no puede permanecer aquí. Si no hay un familiar responsable, tendría que ser trasladado al DIF.

—Yo soy su hermana y soy mayor de edad. Puedo demostrarlo —la desesperación en su voz me obligó a intervenir de nuevo.

—Señora, dadas las circunstancias, lo más adecuado es que el menor quede bajo custodia de su hermana. Aunque no se permiten niños en esta área, autorizaremos visitas controladas en cuanto su esposo pase a cuidados intermedios.

Cristina no me dedicó ni un gesto de agradecimiento; para ella, yo ya no estaba en esa habitación.

—Está bien —cedió la madre con un suspiro de derrota—, pero en cuanto Alfredo despierte, lo traes aquí.

—Muchas gracias, señores agentes —concluyó Cristina—. Si me disculpan, iré por mi hermano para que se despida de su madre.

Caminó hacia la salida. El guardia esperó mi señal para abrir. Yo quería detenerla, obligarla a que me mirara, pero la teniente Montor me puso una mano en el brazo, frenando mi impulso. Era lo correcto; no podía perder los estribos frente a la fiscalía.

—Señorita Cristina —intervino Montor—, ¿podría proporcionarnos un teléfono para que el doctor le avise cuando el paciente despierte?

Cristina se detuvo en el umbral, apenas girando el rostro.

—Mi marinero se pondrá en contacto con usted para establecer esa línea de comunicación. Con permiso.

Salió y cerró la puerta tras de sí, dejándome sumido en una perplejidad dolorosa. Me recompuse de inmediato; mis emociones no podían tomar el mando.

—Señores, si no requieren nada más de la señora, iré a revisar al paciente —sentencié—. Y usted, señora Liliana, contacte a sus abogados.

—¿Y a quién cree que voy a llamar? —respondió ella con amargura—. Simón, el secretario de mi marido, no me contesta desde ayer. Él fue quien me avisó que estaban aquí y luego desapareció.

—Se refiere a Simón Rubiales —aclaró el agente—. Él está detenido en la fiscalía junto a los otros arrestados del operativo.

La mujer se hundió en su asiento, ocultando el rostro entre las manos. Nos retiramos de la habitación, pero antes de salir, ella me sujetó el brazo con una fuerza desesperada.

—Salve a mi marido —suplicó—. Haga que despierte. Él es el único que puede arreglar esto.

Sus ojos, tan parecidos a los de Cristina en ese instante, me oprimieron el corazón. Sin embargo, al salir al pasillo, recuperé el enfoque. Estaba allí para cumplir con mi deber, sin importar cuánto me quemara el recuerdo de la mujer que acababa de ignorarme.

Cristina

Fúrica. Así me sentía.