Marea MAREA DE TORMENTA #3
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MAREA DE TORMENTA #3

Juan Pablo y Piero estaban absortos en la plática con él; Fredy siempre había sido un niño extraordinariamente inteligente. Salí por la puerta principal, esquivando el movimiento habitual de la mañana en el hospital, y me alejé hacia el estacionamiento buscando un rincón tranquilo.

—Abuela, buenos días. ¿Cómo estás? Perdona por no hablarte en toda la semana.

—Muy bien, mi corazón, no te preocupes —su voz me devolvió un poco de la calma que había perdido—. Me imagino que debes estar muy ocupada con tu recorrido. He visto las fotos que me mandas y qué ganas de estar contigo, aunque ya estoy grande para esos trotes.

—Las fotos no le hacen justicia, me encantaría tenerte a bordo. Fue una lástima que no pudieras llegar a Acapulco.

—Ya sé, me pesó mucho, pero tenía cita con mi editora y no podía postergarla más. Quiero sacar mi libro a mediados de año.

—Me encanta que seas tan famosa y exitosa, abuela.

—Mi corazón, a mí lo que más me gusta es ser tu abuela. Pero a mi edad, el tiempo es oro. Cuéntame, ¿por dónde andas? Ya debes de estar rumbo a Guerrero Negro.

Suspiré, sintiendo el peso de la realidad.

—No, abuela. Estoy en Manzanillo. No quiero que te preocupes, yo estoy bien, pero estoy en el hospital naval.

—¿Qué pasó? ¿Alguien de tu tripulación sufrió un accidente? ¿En qué te ayudo? —Ahí estaba mi Conchita, siempre lista para entrar en acción.

—Todos estamos bien. Es por Alfredo... sufrió un infarto, no sé si durante o después de que lo detuvieran.

—¿Cómo? ¡Válgame Dios! Dime, ¿está muerto? —preguntó. Sabía que ella lo habría deseado, aunque fuera incapaz de admitirlo en voz alta.

—No. Lo operaron ayer y está en recuperación. Todavía no despierta, está delicado.

—¿Y Lily cómo está? Me la imagino destrozada —comentó con ese humor negro que yo misma le había heredado.

—Ayer fue todo muy rápido —bajé la voz, aunque no había nadie cerca—. Por lo poco que entiendo, ella también está detenida. No puede salir de una habitación y está custodiada. Todo el sector donde lo tienen a él está aislado.

—Ay, Dios mío... me vas a perdonar, corazón, pero el gobierno se había tardado en hacerlo. Y la bruta de Lily… Solo puedo decir que hay un Dios que todo lo ve y que todo se paga en esta vida. Pero no entiendo qué haces tú ahí. Vete, que no te relacionen con esa gentuza.

—No quisiera estar aquí, abuela. Es el último lugar de la tierra en el que desearía estar, pero Fredy estaba con ella cuando pasó. No sé qué hacían en Manzanillo en lugar de estar en la escuela en Guadalajara, pero no puedo dejar a mi hermano solo.

—No, claro que no. Ese niño es lo único bueno de esos dos. ¿Qué quieres que hagamos?

—Estaba pensando... y sé que suena frío, pero con ellos no hay otra opción: voy a pelear por la guarda y custodia de Fredy.

Se hizo un breve silencio al otro lado de la línea.

—Mi corazón, no cabe duda de que esta vida es una repetición de hechos. Estás haciendo lo correcto.

Me dolió lo certero de sus palabras. Ella había peleado por mí cuando nadie más lo hizo; ahora me tocaba a mí hacer lo mismo por Fredy.

—No estás casada y puede que tengamos dificultades, pero hay un antecedente legal y eso jugará a nuestro favor —continuó ella—.

Déjame hacer unas llamadas. No comentes esto con nadie.

Voy a marcar a la licenciada Proal para explicarle el caso y pedirle que mande a alguien de su despacho a Manzanillo para acompañarte.

No quiero que estés sola. Yo, cerca de esos tipejos, ni en pintura; soy más útil aquí.

—Abuela, quiero llevarme a Fredy al catamarán para sacarlo de aquí. ¿Qué hago?

—No hagas nada hasta que te marque. Por ahora, mantente atenta y averigua lo más que puedas; todo lo que sepas lo usaremos a nuestro favor. Te amo.

Cuando colgó, sentí que la carga se aligeraba un poco.

Compartir el problema con ella siempre lo hacía más llevadero; mi abuela era una especie de Wonder Woman de setenta años.

Me quedé un momento con el celular en la mano, pensando en lo irónico de la vida.

Llevaba más de un año planeando mi investigación científica y, en lugar de estar escuchando ballenas, estaba atrapada en un caos familiar y judicial.

Caminaba de regreso a la cafetería cuando me llamaron la atención dos hombres con uniformes de la fiscalía que mencionaban a la teniente Montor. Me acerqué con cautela, fingiendo revisar el teléfono.

—El jefe dijo que la teniente nos llevaría con el capitán Rodríguez porque el imputado no ha despertado —dijo uno de ellos.

—¿Y nos vamos a quedar a esperar?

—No. Entendí que el capitán también nos llevará con la esposa.

Sentí un nudo en el estómago. La idea de tener a mi madre y a Miguel en la misma escena me resultaba insoportable. No sabía cómo debía comportarme ante ambos.

—Los trabajadores detenidos en el operativo no han hablado, ¿verdad? —continuó el otro agente.

—Están esperando a ver si el jefe sobrevive. Ayer interrogué a dos que parecen saber de más: Simón Rubiales y Teófilo López.

Casi tropecé al oír esos nombres. Simón había trabajado con mi padre; lo conocía desde que tenía uso de razón. Y Teo... Teo había elegido el bando equivocado. Apresuré el paso hacia la cafetería. No quería encontrarme con Miguel todavía; necesitaba cambiarme de ropa y refrescarme.

Al llegar, encontré a los tres riendo con las ocurrencias de Fredy.

—¿Cómo van? ¿Todo bien? —pregunté intentando disimular mi agitación.

—Sí, Cris. Tienes un hermano brillante —dijo Piero—. Debería unirse a nuestra investigación.

—Claro que es inteligente —le di un beso en el cachete a Fredy—. Se parece a su hermana, ¿verdad, campeón? Vas a ver que, antes de lo que imaginas, estaremos navegando con las ballenas.

Por él iba a luchar. Agarré la bolsa, decidida a no esconderme más.

—Voy a cambiarme rápido en el baño. Juan Pablo, ¿podrías ayudarme a recoger las cosas que dejé en la camioneta y agradecerle al chofer? Ya no necesitaremos que nos espere.

—Yo me encargo, no te preocupes —asintió él.

—Buenos días. Espero no interrumpir.

Me di la vuelta y encontré a la teniente Montor justo detrás de mí con su iPad en la mano. El corazón me dio un vuelco. ¿Vendría Miguel con ella? No quería buscarlo con la mirada para no parecer obvia.

—Buenos días, teniente —contestamos al unísono.

—¿Cómo se siente, señorita? ¿Ya está mejor? —me preguntó Montor.

—Mucho mejor, gracias. No tuve oportunidad de agradecerle por lo de anoche. Soy Cristina, creo que no nos habían presentado formalmente.

Le estreché la mano. Su saludo fue firme, pero percibí una calidez inesperada en su gesto.

—Soy la teniente Lisa Montor. Y sí, parece que siempre nos encontramos en situaciones...

—Complicadas —terminé por ella, y ambas compartimos una pequeña risa.

Piero y Juan Pablo se presentaron también, y ella se dirigió específicamente a este último:

—Justo venía a buscarlo a usted, Juan Pablo. ¿Me permite unos minutos?

Sentí un alivio momentáneo al ver que no era a mí a quien buscaba. Aproveché para ir al baño. Una vez allí, intenté lavarme y refrescarme lo mejor posible con el agua del lavabo. Estaba guardando mis cosas cuando la puerta se abrió.

—Se ve mejor, señorita —la voz de Montor resonó contra los azulejos. La vi por el espejo, apoyada en el marco de la puerta.

—Hice lo que pude con un lavabo —respondí, intentando sonar ligera.

—La vi dormida en la sala de espera. En esas circunstancias el cuerpo no descansa —comentó—. Qué bueno que el capitán Rodríguez la cubrió con una manta y se quedó vigilando mientras usted dormía.

Me quedé helada. Así que había sido él. Sentí cómo el calor me subía por la cara, delatándome ante el espejo.

—Lo habría hecho por cualquiera —murmuré, aferrándome a la única excusa que encontré.

—Usted es diferente para él, señorita Cristina.

Mis ojos se llenaron de lágrimas de repente. ¿Por qué me dolía tanto perder algo que nunca había llegado a ser mío del todo?

—Nunca debimos cruzarnos en Acapulco —dije con la voz quebrada—. Lo mejor es olvidar que eso sucedió. Buenos días, teniente.

Salí del baño a toda prisa, con las lágrimas rodando por mis mejillas como ríos desbordados. En el pasillo, con la vista nublada, choqué de lleno contra alguien. Dos manos firmes me sujetaron por los hombros para evitar que cayera.

—Cristina, ¿qué te pasa? —la voz de Miguel me atravesó.

—Nada. Suélteme —logré decir, bajando la mirada y zafándome de su agarre.

Eché a correr sin darle oportunidad de replicar.

—¡Cristina, espera! —lo oí gritar detrás de mí.

No me detuve. Mi lado racional sabía que alejarme era lo correcto, pero mi corazón gritaba por volver a sus brazos y escapar juntos hacia el mar.

Miguel

—No vaya tras ella, capitán —la voz de la teniente Montor me detuvo. Me frené en seco, sin apartar la vista de la silueta de Cristina mientras se perdía en la penumbra de los pasillos—. A veces, perseguir a alguien que huye solo consigue que corra más rápido.

Guardé silencio un segundo, dejando que sus palabras se asentaran. Tenía razón, pero la urgencia en mi pecho no disminuía.

—Algo le pasa, teniente. Quizá necesite ayuda.

—Ella está bien. Estábamos juntas en el baño hace un momento. Cristina es más fuerte y valiente de lo que creemos; no la subestime, capitán —hizo una breve pausa y añadió con un matiz de perspicacia—: Confirmo que hacen muy buena pareja.

—Teniente, no olvide con quién está hablando —la reprendí, aunque sin verdadera dureza.

—Disculpe, mi capitán —enderezó la postura de inmediato—. ¿Ya terminó la reunión con los agentes de la fiscalía?

—Por ahora, sí —respondí, soltando el aire despacio—. Querían que les explicara el estado del paciente y la fecha probable de traslado para coordinar el operativo. Creo que no tardará en despertar; entonces tendremos un panorama más completo.

—¿Y sobre la familia? —inquirió Montor, midiendo cada palabra.

—Sobre la esposa, tenemos mucho. Sobre el niño y sobre Cristina, poco… por el momento —contesté, bajando la voz.

Caminamos unos pasos en silencio por el pasillo aséptico.