MAREA DE TORMENTA #2
Aparté la vista del iPad para clavarla en la teniente. No encontré en ella ningún signo de reproche; solo datos fríos y precisos.
—Así es. ¿Y qué inconsistencia hay ahí? Son solo hechos —mi tono se volvió cortante. No me gustaba el giro que estaba tomando la conversación.
—A raíz de eso, me tomé la libertad de investigar a la señorita Cristina y todo su entorno —continuó ella.
—¿Bajo qué justificación? —reaccioné a la defensiva.
—Porque mi deber, desde hace un año, es trabajar para usted y para los casos que lidera, mi capitán. Al no tener claro su paradero, lo correcto era generar un contexto básico en caso de que le ocurriera algo —respondió, sin inmutarse.
—Bien. Entonces ya sabe que es la hija del empresario que estábamos investigando y que fue detenido tras el operativo en Manzanillo.
—No exactamente. Ahí es donde quería llegar.
Abrió otra carpeta en el dispositivo.
—Cuando la vi afuera del hospital, recordé su rostro. Al principio no logré ubicarla, pero estuve dándole vueltas toda la noche hasta que caí en la cuenta: era la mujer de la medusa. La misma Cristina.
«Ni medusa ni Cristina; mi reina», pensó mi mente traicionera, pero me obligué a cambiar el chip.
—Continúe. ¿Sabe ya de dónde salió el dinero para el catamarán y quién financia su proyecto?
—Sí, mi capitán. Eso está en otra carpeta que le mostraré en un momento —contestó.
Me habría gustado que la realidad fuera otra—.
Lo relevante es que, al cruzar su información con la investigación principal, no encontré ningún vínculo directo entre ella y los flujos de capital asociados al detenido.
Por eso, durante la última hora, busqué en los registros civiles.
Hizo una pausa dramática y me mostró un documento.
—Aquí tiene el acta de nacimiento de Cristina.
Dejé de respirar por un instante.
—Primero: el nombre y el segundo apellido del padre biológico no coinciden con los del detenido.
Podría haber sido un cambio de nombre posterior, pero, buscando litigios sobre modificación de datos personales, encontré otra pieza clave: en 2014 hubo una demanda de guarda y custodia interpuesta por la señora María Concepción Murillo contra la señora Liliana Conde Pérez por la tutela de Cristina Sánchez Conde.
La señora Murillo ganó el juicio. El expediente es clasificado; solo pude acceder al resolutivo.
Era demasiada información de golpe.
—Necesito un café, teniente. ¿Podría ir por uno? Y déjeme el iPad, por favor.
—Claro que sí, mi capitán. Regreso en un momento.
Me quedé solo, analizando los datos. Alfredo no era su padre, sino su padrastro.
Se apellidaba igual que el padre biológico, lo cual explicaba la confusión inicial, pero no eran el mismo hombre.
¿Seguiría vivo su verdadero padre? ¿De ahí vendría el dinero?
No recordaba que ella lo hubiera mencionado jamás, ni tampoco a esa señora Murillo...
aunque, siendo honestos, solo llevábamos unos días de conocernos.
Si le preguntaran a ella por mi familia, tampoco sabría qué contestar.
¿Y por qué me dolía tanto todo esto? Ay, Miguel, en qué momento fuiste a involucrarte con la hijastra de un delincuente.
Tomé una nota mental para profundizar en aquel expediente de custodia en cuanto regresara a Ciudad de México.
La investigación de Montor era extensa: todos los movimientos de dinero terminaban en un fideicomiso de un banco suizo, bajo una estructura que protegía su proyecto científico.
Los suizos nunca soltaban información fácilmente; el reto sería encontrar el puente entre el dinero de Alfredo y ese fideicomiso.
—Aquí tiene su café, mi capitán —la voz de Montor me sacó de mis pensamientos. Dejó la taza frente a mí—. ¿Qué le parece la investigación?
—Excelente, teniente. Un trabajo impecable —reconocí.
—Es un proyecto de conservación admirable —añadió ella—. Es la primera vez que veo dinero de procedencia dudosa usado para algo que realmente beneficia a la humanidad.
Me entregó el café y se quedó esperando mi reacción.
—Tiene razón. Sería loable si no estuviéramos hablando de recursos obtenidos, probablemente, por malversación de fondos —respondí con amargura.
—Cierto —suspiró—. Y se ve tan buena muchacha. Qué bueno que ya llegó su novio a consolarla después de lo mal que se puso. No es para menos, con el padrastro detenido.
Mi cerebro tardó un segundo en procesar la frase, pero cuando lo hizo, la boca se me adelantó al juicio.
—¿Novio? —la palabra escapó de mis labios antes de que pudiera filtrarla. Me levanté de la silla con una brusquedad innecesaria.
—Lo sabía —dijo la teniente, llevándose una mano a la boca para contener una sonrisa.
—Le recuerdo, teniente, que soy su superior —sentí que el calor me subía por el cuello hasta la cara.
—Discúlpeme, mi capitán. Si desea aplicar un castigo por mi insubordinación, lo aceptaré —respondió ella—, pero solo estaba confirmando mis sospechas. En el año que llevo trabajando para usted, es la primera vez que veo al hombre dejar de lado al capitán y al doctor. Ese de ahí es usted.
—Teniente, está empeorando las cosas. Regresemos a la investigación.
—Permítame explicarme y le prometo que después haremos como que esta conversación nunca ocurrió. Sancióneme o despídame, pero escúcheme.
—Cinco minutos —cedí. No era lo correcto, pero necesitaba saber quién era ese supuesto novio o saldría a buscarlo yo mismo.
—Detrás de esa imagen intachable de cardiólogo naval, usted siempre me ha demostrado ser un hombre de principios, y lo admiro —dijo Montor—.
Pero nunca había visto ese brillo en sus ojos como el día que lo dejé en el muelle de Acapulco.
Lo vi hoy, cuando se acercó a ayudarla, y lo confirmé al saber que prefirió dormir en una silla para no dejarla sola en la sala de espera.
Conforme hablaba, volví a sentarme, apoyando los codos en las rodillas y pasándome las manos por la cara. Sus palabras eran verdades que yo no creía tan evidentes.
—Y podría apostar —añadió—, aunque eso ya no me corresponde, que desde urgencias en Acapulco usted no permitió que nadie más que usted la atendiera.
—Ya habló demasiado, teniente.
—¿He dicho alguna mentira?
Sostuve su mirada durante un largo segundo.
—Ninguna. Y por primera vez en mi vida, quisiera romper todas las reglas, abandonar el uniforme y largarme con ella al mar; a un lugar donde no tuviéramos pasado ni futuro, solo presente.
Pero la realidad es otra: estamos en medio de una marea de tormenta —me puse de pie—. Hasta aquí llega esta conversación.
—Entendido, mi capitán —cedió—. ¿Pero no quiere saber lo del novio?
—Dígame de dónde sacó eso o si solo fue un anzuelo para hacerme caer.
—La vi en la cafetería con dos hombres que acaban de llegar. A uno ya lo había visto en Acapulco y el otro parece extranjero por su acento.
—Deben ser Juan Pablo y Piero. Dejaremos la investigación aquí; ha sido muy acertada. Ahora necesito revisar al paciente; la fiscalía quiere trasladarlo cuanto antes a Ciudad de México. Y está de más decir que confío en su absoluta discreción, teniente.
—Mi lealtad es suya, mi capitán. Cuente conmigo.
Pasé primero por hemodinamia. El detenido seguía intubado y monitorizado, rodeado de más líneas y bombas de las que me habría gustado ver, pero estaba estable.
Mi labor allí era estrictamente técnica.
Revisé el trazo, ajusté la medicación y di indicaciones rápidas al intensivista de guardia antes de salir.
En el pasillo, con el cubrebocas colgando del cuello, me detuve frente al cristal.
No me alegraba verlo así, pero tampoco sentía compasión.
A estas alturas, mi única responsabilidad era que llegara vivo a declarar.
Al final, no los unía la sangre, sino una red de corrupción que ella había sabido aprovechar. Esa era la realidad que debía aceptar.
Llamé a Julián para informarle. Contestó al segundo tono.
—Mike, ¿qué noticias me tienes?
—El paciente está estable, aunque aún no lo hemos despertado. Prefiero que su cuerpo se recupere un poco más. Por lo demás, todo evoluciona bien.
—¿Cuándo podremos tenerlo en México?
—En unas cuarenta y ocho o setenta y dos horas. Julián, la teniente Montor descubrió que Cristina no es la hija biológica de Alfredo y…
—Miguel —me interrumpió Julián de golpe—. Aquí te mandan saludos el secretario de Seguridad, el de Defensa, el de Marina y el de Medio Ambiente.
Sentí un escalofrío recorriéndome la nuca. Comprendí demasiado tarde que el “Mike” de Julián no indicaba que estuviera solo y menos en altavoz. Había agradecido la advertencia.
—Buenos días, señores —dije, recuperando mi tono oficial—. Quedo a sus órdenes para cualquier aclaración sobre el estado del paciente.
—Buen día, muchacho —intervino la voz grave del secretario de Marina—. Confiamos en ti; eres uno de nuestros mejores elementos. Haz lo necesario y mantennos informados.
La llamada terminó y me quedé unos segundos con el teléfono en la mano.
Repasé mentalmente cada palabra. Algo no cuadraba, y la presencia del secretario de Medio Ambiente en esa reunión me resultaba sospechosa.
Pero lo que más me preocupaba era que el nombre de Cristina acababa de quedar registrado en los oídos equivocados.
Cristina
Mi celular vibró en el bolsillo del pantalón. Al sacarlo, vi varios mensajes de mi abuela; ya había despertado y leído mis textos. Necesitaba hablar con ella, pero tenía que ser en privado.
—Campeón, te quedas aquí con Juan Pablo y Piero, ¿sí? —le dije a Fredy—. Necesito hacer una llamada afuera.
—Claro. Necesito aprender lo más que pueda para cuando sea marinero de tu tripulación —respondió con una seriedad que me conmovió.
—Me parece una idea excelente —le sacudí el pelo con cariño antes de dirigirme a los demás—. Gracias.