MAREA DE TORMENTA
Cristina
Eran tantos que no alcanzaba a identificar cada uno de los sentimientos que recorrían mi cuerpo mientras me alejaba de Miguel.
Sentía miedo, pasión, frustración y coraje; conservaba aún el cosquilleo en los labios, el peso de sus manos en mi cintura y esa forma tan suya de hacer que mi piel reaccionara con solo mirarme.
Tenía que enfocarme en la rabia y actuar.
Me dolió su duda y su rechazo, pero no lo juzgaba: yo también despreciaba todo lo que aquel hombre representaba.
Ahora que sabía que Miguel llevaba un año investigándolo, prefería no imaginarme lo que había descubierto; solo pensarlo me hacía sentir sucia por asociación.
La situación en la que estaba involucrada mi madre me otorgaba, por fin, la razón perfecta para poner distancia definitiva y solicitar la custodia de Fredy.
Llamaría a mi abuela en cuanto dieran las ocho de la mañana; aunque Fredy no fuera su nieto de sangre, ella siempre apoyaba mis decisiones.
Entré al cuarto un poco más tranquila después de haberme echado agua fría en la cara.
Estaba hecha un desastre, pero era lo que había.
Fredy y mi madre seguían en la cama, dormidos, mientras el guardia cabeceaba en una silla en el rincón.
Me urgía escuchar el mensaje de Juan Pablo, así que lo primero que hice fue conectar mi celular y esperar a que encendiera.
—Cris… ¿todo bien? —escuché la voz de Fredy, adormilado.
—Sí, campeón, vuelve a dormir.
—Ya me quiero ir de aquí, Cris. Llévame contigo a ver ballenas.
—Claro que sí, en un rato nos vamos.
—Cristina… —la voz de mi madre rompió el momento—. ¿De qué le hablas a tu hermano? No nos vamos a mover de aquí hasta que den de alta a Alfredo y pueda recuperarse en casa.
—No creo que este sea lugar para un niño y tú, por el momento, no puedes salir —dije, señalando con la mirada al guardia—. Lo mejor será que Fredy se quede conmigo mientras se resuelve tu situación.
—Mamá, yo me quiero ir con Cris —intervino Fredy, incorporándose.
—Aquí no se hace lo que tú digas —replicó ella, alzando la voz—. No somos delincuentes, aunque nos traten como tales. Este atropello se va a resolver en cuanto tu papá pueda hacer una llamada; ya verás que todo esto se acaba.
Sus palabras fueron un golpe directo al estómago. Para ella, una llamada de Alfredo seguía siendo la solución; para mí, era la prueba de todo lo que quería fuera de mi vida. Tragué saliva y conté mentalmente hasta tres. No podía explotar, no con Fredy allí, mirándonos con los ojos muy abiertos.
Justo entonces, la pantalla de mi celular se iluminó. El ícono de batería parpadeó y el aparato vibró sobre la mesita. Era Juan Pablo. El corazón se me fue a la garganta; necesitaba saber cómo iba todo en el mar.
—Luego seguimos hablando de esto, Liliana —dije con firmeza—. Ahora lo importante es Fredy.
Me aparté para contestar.
—Juan Pablo.
—Perdone la hora, señorita Cris —su voz sonaba tensa—, pero no tenía respuesta a mis mensajes y estaba preocupado.
—No, para nada; no había podido leer nada. Dime qué pasó, ¿cómo van? ¿Dónde están? —No quería dar detalles frente a mi madre, pero la batería aún era escasa para moverme—. Te escucho.
Vi a mi madre fruncir el ceño al oír su nombre; nunca lo había soportado.
—Todo bien, no se preocupe —dijo él—. El trámite para que Piero quedara al mando lo hicimos en la Capitanía de Puerto sin problemas. Solo que… no sé cómo decirle esto, porque se va a enojar.
—¿Qué pasó? Dime ya, no me asustes.
—Hubiera preferido que escuchara mi audio, pero se lo diré… solo espero que nos entienda. Piero y yo tomamos la decisión de cambiar la ruta y nos desviamos hacia Manzanillo.
—¿Qué? —Mi voz sonó más fuerte de lo que pretendía.
—¿Qué pasó, Cris? —preguntó Fredy, alarmado.
—Nada grave, campeón. Juan Pablo me dio una noticia que me emocionó. —improvisé rápidamente.
—Perdone, de verdad —continuó Juan Pablo—, pero ninguno iba a dejarla sola. Pancho, Luis y Diego me piden que le diga que estamos con usted en las buenas y en las malas.
—Gracias —susurré, conmovida. Ellos eran mi verdadera familia, la que yo había elegido.
—Díganos dónde está. Seguro necesita ropa o algo de su camarote.
—Estamos en el Hospital Naval de Manzanillo. Al esposo de mi madre lo operaron; salió bien y está en recuperación. Aún no nos han dicho nada hoy.
Moría por contarle que Miguel era el cirujano, pero era imposible con mi madre escuchando cada palabra.
—No se preocupe. Acabamos de atracar en la bahía. En un rato vamos para allá a ver en qué ayudamos. Mándeme un mensaje con lo que necesite.
—Gracias, Juan Pablo. Diles a todos que gracias.
Colgué con sentimientos encontrados. Quería regañarlos por abandonar la ruta trazada, pero al mismo tiempo agradecía profundamente no estar sola.
Decidí que buscaría la manera de llevarme a Fredy al catamarán para bañarnos y descansar; de paso, pondría distancia con Miguel.
No quería volver a verlo. O eso intentaba convencerme.
Aproveché que mi madre se había vuelto a dormir para llevar a Fredy a la cafetería.
Mientras desayunábamos, vi pasar a la teniente Montor con dos cafés, seguramente para Miguel.
La recordaba de Acapulco; trabajaban juntos.
No sentí celos —no había espacio para eso en mi caos actual—, pero me habría gustado agradecerle su ayuda de la noche anterior.
Envié un mensaje a mi abuela para no asustarla:
Abuela, buen día. Perdón por no marcar en la semana, he estado navegando. Cuando puedas, llámame; ahora tengo buena señal. Te amo. 7:22 am
Fredy me observaba en silencio. Era un niño demasiado perspicaz para su edad.
—¿Te gustó el desayuno, campeón?
—Sí, Cris, tenía mucha hambre.
—Claro, te estás poniendo grande y guapo, tienes que alimentarte bien.
—Cris… ¿nos vamos a ir con Juan Pablo? No quiero estar aquí. No me gustan los hospitales y mi papá ya está bien. Mamá se tiene que quedar porque no la dejan salir, ¿verdad? ¿Es porque es su familiar… o por lo que pasó?
Me tensé. ¿Qué tanto sabía él?
—¿A qué te refieres con “lo que pasó”, Fredy?
—Es que el martes, Simón llamó a papá muy alterado. Le dijo que fuera al muelle por algo urgente. Ayer Simón volvió a llamar diciendo que a papá lo trasladaban aquí. Mamá se puso muy rara y decía cosas que yo no entendía….
—¡Juan Pablo! —exclamó Fredy de repente.
Seguí su mirada y vi entrar a Juan Pablo y a Piero. Nos levantamos de un salto; Fredy corrió hacia Juan Pablo y yo me refugié en los brazos de Piero.
—Bella mía —Piero me abrazó con esa fuerza de hermano mayor—. Ya estamos aquí.
—Gracias, pero no debieron dejar la investigación.
—Tranquila. Eso no es prioridad ahora. Vamos a sentarnos; necesito algo frío con este calor. ¿Cómo le llaman a esto invierno?
—Señorita Cris, aquí le traigo algo de ropa —dijo Juan Pablo amablemente.
—Gracias. Piero, te presento formalmente a mi hermano, Fredy.
—Qué niño tan grande, igual que la hermana. Yo soy Piero.
Fredy lo abrazó y se ofreció a ir por las bebidas a la barra. En cuanto se alejó, Juan Pablo bajó la voz.
—¿Qué está pasando, Cris? ¿Sabes algo de Miguel? No me ha llamado y no quise marcarle sin hablar contigo.
—Miguel está aquí, Juan Pablo. Es el doctor que operó a ese señor.
—¿Cómo que está aquí? ¿Trabaja en este hospital?
—Eso parece. No he podido hablar bien con él. Solo sé que la justicia por fin está llegando; Alfredo y mi madre están detenidos. Miguel mencionó una investigación, pero todo es muy complicado. Quiero irme de aquí, pero no pienso dejar a Fredy.
—Sé que no debería, pero me alegra que lo hayan atrapado —confesó Juan Pablo.
—Yo también, aunque me duele por Fredy —admití—. Y hay algo más… Miguel cree que ese señor es mi padre.
Juan Pablo se quedó gélido.
—Y obvio le dijiste que no tiene nada que ver contigo.
—Lo intenté… —sentí un nudo en la garganta—. Pero no me escuchó. Se dejó llevar por lo que vio. Para él, soy parte del mismo paquete corrupto. Fue un error, Juan Pablo. Lo que pasó con Miguel fue un error de mi parte por creer que era diferente.
Me limpié una lágrima traicionera con el dorso de la mano.
—De ahora en adelante, él solo es el médico de Alfredo. Mi prioridad es Fredy y mi investigación. Espero que mi vida no vuelva a cruzarse con la suya.
Juan Pablo me miró en silencio, evaluando si mis palabras eran sinceras o solo un mecanismo de defensa. Yo tampoco lo sabía. Solo sabía que necesitaba creerlo para no desmoronarme.
Cuando Piero y Fredy regresaron con las bebidas, me levanté y me aferré de nuevo a Piero. Necesitaba su fuerza.
—Aquí traemos algo de comer y beber —dijo él, rodeándome con sus brazos.
Me quedé allí un segundo más de lo necesario, respirando hondo, tratando de rearmar mis piezas rotas.
Miguel
Miré el iPad que me extendía la teniente Montor; al principio no lograba procesar lo que decía. La realidad era que me estaba costando horrores concentrarme: tenía demasiadas cosas en la cabeza y Cristina ocupaba casi todo el espacio.
—La escucho, teniente. Explíquese mejor.
—Sí, mi capitán. Le pido una disculpa de antemano por el atrevimiento, pero lo que voy a exponer está directamente relacionado con los asuntos que nos ocupan.
—Adelante —dije, convencido de que aquello tenía que ver con ella. ¿Nos habría visto besarnos?
—La señorita a la que auxiliamos hace un rato afuera del hospital es la misma que está relacionada con el detenido —soltó Montor, sin rodeos.
—Sí, eso ya lo sabemos, pero….
—Permiso, mi capitán. Déjeme terminar, por favor.
Asentí en silencio.
—A su vez, es la misma paciente del incidente de la medusa en Acapulco el sábado 14 de febrero —añadió, deslizando la imagen hacia el informe médico que yo mismo había llenado en urgencias.
Seguía sin entender a dónde quería llegar—.
Y la persona con la cual usted se embarcó el domingo 15 de febrero, a las 12:00 horas, en el Club de Yates de Acapulco.
—remató, mostrando una bitácora detallada de mis movimientos.