Marea MAR CRUZADO #10
35%

MAR CRUZADO #10

Dejé el expediente en su lugar y recogí mis pertenencias del vestidor.

Antes de abandonar el hospital, pasé por la recepción para firmar los últimos registros.

Imaginé que Cristina estaría en la habitación con su familia, pero la imagen de ella en la entrada, tragándose las lágrimas para no quebrarse frente a mí, se me había quedado grabada a fuego.

No quería que ese fuera nuestro último recuerdo.

Fue entonces cuando la vi. En un sillón en la esquina de la sala de espera, una figura permanecía hecha un ovillo. Era ella; reconocí su ropa al instante. La enfermera de recepción, al notar hacia dónde se escapaba mi mirada, comentó en voz baja:

—Es familiar del paciente. Salió hace unos veinte minutos y se quedó vencida por el sueño.

—Consígame una manta, por favor —pedí sin apartar la vista.

—Sí, doctor… perdón, capitán.

—Doctor está bien —la corregí con un gesto cansado.

Me acerqué despacio. Su respiración era lenta y profunda. Hubiera querido levantarla en vilo y llevarla a una cama de verdad, pero esa era una línea que ya no me estaba permitido cruzar. Me pesaba, más de lo que estaba dispuesto a admitir, la idea de no volver a estrecharla entre mis brazos.

—Aquí tiene, doctor. ¿Necesita algo más?

—No, gracias.

Coloqué la sábana sobre ella con sumo cuidado.

Se movió apenas, un gesto instintivo antes de sumergirse de nuevo en el letargo.

Me alejé unos pasos, pero antes de salir, una orden que no supe si venía de la razón o del instinto me hizo volver.

Me senté a unas cuantas sillas de distancia y saqué el teléfono.

Tenía demasiado trabajo pendiente tras mis días en alta mar; esos días que ahora se sentían como el fragmento de una vida que pudo ser y que el destino me había arrebatado.

Cuando desperté de mi propio cabeceo, Cristina seguía en la misma posición. Eran las cuatro de la mañana. Noté que empezaba a removerse; su respiración se volvió irregular, señal de una pesadilla o de un despertar inminente. No estaba preparado para enfrentarla allí, así que decidí marcharme.

Me di una ducha rápida y salí a correr por la base.

Necesitaba quemar la frustración; correr siempre había sido mi método para purgar el ruido mental.

En la segunda vuelta, la vi de nuevo. Salía del hospital caminando deprisa, abrazándose a sí misma para protegerse del frío de la madrugada.

Caminaba hacia el estacionamiento. ¿Se marchaba?

Bajé el ritmo y la seguí a una distancia prudente, casi sin hacer ruido.

Una parte de mí sabía que debía dejar que se fuera, pero mis piernas no obedecían a la lógica.

La vi despertar al chofer de la camioneta y subir al vehículo sin cerrar la puerta.

Me quedé inmóvil, esperando. No podía dejar que se fuera sin hablar con ella una última vez.

Durante la carrera, había tomado una decisión.

Unos minutos después, bajó con algo en la mano. Se acercó lentamente de regreso hacia la entrada.

—Cristina —mi voz sonó más profunda y grave de lo que pretendía.

—¡No! —exclamó ella, cubriéndose el rostro y dejando caer un cable y el celular.

—Soy Miguel, no te asustes.

—¡Casi me das un infarto! —protestó, tratando de recuperar el aliento—. Qué ironía… el cardiólogo matando a la paciente de un susto.

Ahí estaba la mujer que me había cautivado: incluso aterrada, mantenía ese destello de ingenio.

Nos agachamos al mismo tiempo para recoger sus cosas y nuestras manos se rozaron.

El pulso se me disparó. Al incorporarnos, bajo la pálida luz de la luna, nuestros ojos se encontraron.

Ella intentó desviar la mirada, pero no retiró la mano cuando la tomé y la presioné contra mi pecho.

—Miguel, no, por favor… debo irme —susurró con la voz rota.

—Siente esto —le ordené.

Apreté nuestras manos contra los latidos desbocados de mi corazón.

—Aquí no manda el doctor que debe mantener la distancia con la familia. Ni manda el capitán que investiga a un detenido —dije, estrechando su mano con firmeza—. Aquí manda el hombre que se muere por hacer esto.

La besé. Al principio, sus labios permanecieron rígidos, como si estuviera librando una batalla interna entre su voluntad y su deseo. Estuve a punto de retroceder, pero entonces sentí su exhalación contra mi boca; sus hombros se relajaron y se entregó al beso.

El mundo desapareció. Solo existía el espacio mínimo entre nuestros pechos y el sabor de su aliento mezclado con el sudor frío de mi carrera.

Sus manos subieron por mi cuello hasta enredarse en mi nuca, y su boca respondió a la mía con una urgencia que parecía ensayada por años de anhelo.

No sé cuánto tiempo permanecimos así, perdidos en la oscuridad de la base naval.

Cuando el aire nos faltó, nos separamos milímetro a milímetro.

—Mi reina… —alcancé a murmurar.

—Miguel, esto no debió pasar —dijo ella, todavía con los ojos cerrados.

—Lo sé, pero….

—Actúa como capitán y como doctor —me interrumpió, abriendo los ojos. Lo que vi en ellos me heló la sangre—. Al hombre déjalo en lo que fue. Es lo mejor para los dos.

Se dio la vuelta y caminó hacia el hospital sin mirar atrás. Esperé un gesto, una duda en su paso, pero no llegó.

Me quedé solo con el eco de sus palabras. «Al hombre déjalo en lo que fue». El problema era que no sabía cómo controlar a ese hombre. Seguía ahí, aferrado al sabor de su piel.

Respiré hondo, invocando al capitán y al doctor que el mundo esperaba que fuera: el que salvaba vidas y daba órdenes sin titubear.

Ese hombre sí sabía qué hacer: mantener con vida al detenido, seguir el rastro del dinero y volver al rigor de los datos.

Pensé que encontraría la paz cuando demostrara, con pruebas en la mano, quién era ella realmente.

Porque, aunque me doliera reconocerlo, estaba enamorado, y en mi mundo, el amor era una vulnerabilidad que debía ser eliminada.

—Capitán, buenos días. La oficina ya está lista para que trabajemos en privado —anunció una voz a mis espaldas.

—Gracias, teniente. En media hora la veo ahí.

Llevaba ya una hora sumergido en documentos con la teniente Montor: transferencias, estados de cuenta, correos y notas cifradas.

Rastreábamos cualquier hilo que conectara con Cristina.

La compra de un catamarán de ese calibre no podía ocultarse fácilmente.

Yo buscaba un error, una prueba de su complicidad que me obligara a olvidarla.

Ella, en cambio, parecía buscar algo más profundo.

La primera vez que vi a Montor, pensé que su rango era un error.

Parecía demasiado joven, menuda y con una expresión casi estudiantil.

Sin embargo, en un año aprendí que detrás de esa apariencia se escondía una de las mentes más brillantes de la Inteligencia Naval; veía conexiones donde otros solo veíamos ruido.

—Capitán, aquí hay una inconsistencia en las fechas —dijo Montor, deslizándome el iPad con una expresión de triunfo contenido.