Marea MAR CRUZADO #9
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MAR CRUZADO #9

—Para ti es Cristina —replicó él—. Para la seguridad nacional, es la hija de un objetivo prioritario. Y tú y yo operamos bajo el protocolo. ¿Entendido?

No respondí con palabras, pero él conocía mis silencios. Sabía que, aunque me doliera el alma, terminaría cumpliendo con mi deber.

Cristina

Me alejé de Miguel sin mirar atrás, apretando la mandíbula con tanta fuerza que los músculos me dolían.

No era solo rabia; era esa sensación pegajosa de injusticia recorriéndome la piel.

Había intentado explicarle, decirle que ese hombre no era mi padre, que su dinero no me pertenecía y que nada de aquello tenía que ver conmigo...

pero él había preferido juzgarme antes que escucharme.

Entré al hospital y, mientras la puerta se cerraba a mis espaldas, sentí cómo otra puerta se sellaba dentro de mí; una de esas que se traban por dentro para que nadie más pueda entrar.

Si Miguel había elegido creer lo que veía y no lo que yo tenía que decir, estaba claro que lo más sano era no darle más explicaciones.

«Aguanta la ola y respira». Ese había sido siempre mi mantra y era el momento de ponerlo en práctica una vez más.

Me dolía el rechazo de Miguel —mucho, no iba a negarlo—, pero tenía que solucionar la situación de Fredy, sacarlo de allí y regresar a mi investigación.

Necesitaba volver a esa vida por la que tanto había luchado y dejar que ese hombre y mi madre se revolcaran en su propia mierda.

Estaba harta de que me salpicaran. Tantos años alejada y, en cuanto pisaba México, terminaba embarrada de nuevo.

Un año. Miguel había dicho que llevaba un año investigando. ¿Por eso se había acercado a mí? ¿Para obtener información?

«Aguanta la ola y respira, Cristina. Luego piensas en complots», me ordené en silencio.

Entré en la habitación y encontré a Lily y a Fredy dormidos en la cama.

El guardia, sentado en una silla junto a la puerta, me saludó con un leve movimiento de cabeza cuando crucé el umbral.

Necesitaba descansar, aunque sabía que sería casi imposible.

Intenté acomodarme en la silla y cambié de postura varias veces, pero el sueño no llegaba.

Decidí salir a la sala de espera, donde había visto un sillón. A esa hora el movimiento en los pasillos había disminuido, así que me acomodé mejor e intenté cerrar los ojos. Mi mente, lejos de relajarse, empezó a repasar aquel desastroso día que había comenzado tan bien.

Aguanta la ola y respira…

Cerré los ojos solo un momento con la intención de reposar, no de dormir. Dormir siempre era un riesgo; cuando bajaba las defensas, el pasado encontraba la forma de colarse por las grietas.

Primero llegó el olor: sal, gasolina y madera barnizada. Luego sentí el balanceo del yate, suave, casi hipnótico. Tenía catorce años y acababa de ser mi cumpleaños. Arriba decían que «había que celebrar la vida», que era lo que «mi papá habría querido». Yo solo deseaba que me dejaran en paz.

Estaba en el camarote que solía ser de mi padre, que había muerto hacia apenas unas semanas, sentada sobre la alfombra, con el regalo de cumpleaños que me había dado Juan Pablo entre las manos.

Él se agachó a mi altura y me miraba como si de verdad le importara cada palabra que yo decía.

No debería haber estado allí conmigo, los dos solos, pero nadie nos ponía atención.

De pronto, se escucharon pasos en el pasillo y una sombra se proyectó por debajo de la puerta.

—Métete al baño —le susurré a Juan Pablo.

Antes de que pudiera protestar, se levantó y se escurrió hacia el baño del camarote. La puerta se cerró despacio, dejándola apenas entreabierta. Yo me quedé en medio del camarote, con el libro apretado entre las manos y el corazón martilleándome en la garganta.

La manija giró.

—¿Con quién estás? —preguntó él, asomando primero la cabeza y luego el cuerpo entero. Olía a alcohol y a una colonia penetrante.

—Sola —mentí, incapaz de sostenerle la mirada.

—Tu mamá te está buscando —dijo, pero no sonaba preocupado. Sonaba divertido, como si supiera algo que yo no.

—No quiero subir, estoy triste.

Él dio un paso más y cerró la puerta tras de sí. Aquel clic resonó demasiado fuerte en el silencio. Recorrió el camarote con una mirada lenta, escrutando cada rincón, pero no se acercó al baño.

—No quiero subir —repetí—. Quiero quedarme aquí.

Se rio por lo bajo.

—Eres igualita a ella, dramática —murmuró mientras se acercaba—. Siempre haciendo escenas.

Se sentó en la cama de mi padre y, con un gesto de la mano, me indicó que me acercara. No me moví. Él chasqueó la lengua, se levantó y caminó hacia mí. Me tomó del brazo; no fue fuerte al principio, pero sí lo suficiente para obligarme a dar un paso.

—No seas grosera —susurró—. Ven, siéntate.

Traté de zafarme, pero su agarre se volvió más firme.

Me jaló hacia la cama y casi tropecé. El libro se me resbaló de las manos y cayó al piso con un golpe sordo.

Él se inclinó demasiado cerca; su cuerpo me encerraba, su rodilla rozaba la mía y su mano comenzó a subir desde mi brazo hacia el hombro, y de ahí al cuello.

—Ya estás grande, ¿eh? —dijo, recorriéndome con la mirada—. Ya no eres una niña.

El estómago se me revolvió. Intenté retroceder, pero él me siguió, acorralándome con su peso. Su mano bajó por mi espalda, se detuvo en mi cintura y me atrajo hacia él. Sentí su aliento caliente en la cara.

—Suélteme —alcancé a decir con la voz quebrada—. No quiero.

Él soltó esa risa pegajosa que me hacía querer arrancarme la piel.

—No te estoy haciendo nada —murmuró—. Solo estamos platicando.

Entonces, su mano se deslizó un poco más abajo, hacia un lugar donde jamás debería haber estado.

Todo mi cuerpo se congeló. Quería gritar, quería correr, pero el pánico me había robado la voz.

El silencio del camarote pesaba como el plomo.

Podía oír mi propio pulso retumbando en mis oídos y el zumbido lejano del motor.

Él acercó su rostro al mío, como si fuera a confiarme un secreto.

Cerré los ojos, porque no sabía qué más hacer.

Y entonces, sonó.

Una alarma rompió el aire: aguda, insistente, como si el barco entero estuviera gritando por mí. El hombre se sobresaltó y se separó de golpe. Me soltó y casi caí de lado sobre la cama.

—¿Qué chingados…? —murmuró, mirando hacia el techo. La alarma seguía sonando, intermitente, cada pitido estallándome en la cabeza.

Se pasó una mano por el pelo y se arregló la camisa, recuperando esa máscara de normalidad que tanto le gustaba usar. Me lanzó una mirada rápida, una en la que no había ni un ápice de culpa, solo incomodidad.

—Quédate aquí —ordenó finalmente—. No te muevas.

Salió del camarote casi a empujones, dejando la puerta entreabierta. Yo me quedé clavada en la cama, con las manos temblando y la piel ardiéndome allí donde me había tocado. La alarma continuaba, mezclada ahora con pasos apresurados y voces que gritaban órdenes que no alcanzaba a comprender.

La puerta del baño se abrió despacio. Juan Pablo asomó, pálido y con los ojos muy abiertos. Nos quedamos mirando sin decir nada, con el sonido de la alarma atravesándonos a los dos.

—¿Estás bien? —susurró.

No supe si asentir o negar, así que no hice nada. Solo respiré, como pude. Aguanta la ola y respira.

La alarma siguió pitando, pitando, pitando… hasta que el sonido se transformó en algo distinto.

Abrí los ojos de golpe. No era la alarma del barco; era el ruido intermitente de un monitor en el hospital, el murmullo de voces lejanas y el traqueteo de un carrito metálico pasando por el pasillo. Estaba en el sillón de la sala de espera, con el cuello entumido y las manos cerradas en puños.

Aguanta la ola y respira, Cristina. Solo fue un sueño.

Pero, desgraciadamente, no lo había sido.

Aquello era un recuerdo. Me quedé un momento allí, inmóvil, escuchando el pitido rítmico y el siseo del aire acondicionado.

Mi cuerpo todavía se sentía atrapado en aquel camarote, aunque mi mente empezaba a regresar al presente. Tenía frío.

Fue entonces cuando me di cuenta de que tenía una sábana encima, cubriéndome hasta el pecho.

No recordaba haberla tomado. Pasé la tela entre mis dedos; era áspera y olía al detergente barato del hospital.

¿Quién me la había puesto? ¿El guardia? ¿Alguna enfermera?

Decidí no darle más vueltas; no tenía energía para sentirme vulnerable por un gesto de amabilidad.

Busqué a tientas en mi bolsa hasta dar con el celular. La pantalla me cegó por un segundo; eran casi las cinco de la mañana. Tenía un mensaje nuevo de Juan Pablo. Un audio.

El corazón se me apretó. Deslicé el dedo para abrir la conversación y toqué el ícono del audio... pero en ese preciso instante, la pantalla se quedó negra.

—No, no, no —murmuré—. No ahora.

Apreté el botón lateral repetidamente, pero fue inútil. Se había quedado sin batería. Revisé de nuevo la bolsa, saqué papeles, la cartera, un brillo labial... nada. No tenía el cargador. En mi mente apareció la imagen del cable conectado en la camioneta. Afuera.

Miguel

Entregué las últimas indicaciones al médico de guardia con la cabeza más pesada de lo habitual. Debía irme a descansar; tenía una cama asignada y un sueño acumulado que me cerraba los ojos, pero lo que me faltaba era paz.

Tras el encuentro con ella y la tensa conversación con Julián, mis pensamientos se habían convertido en un bucle infinito.

Repasé ambos momentos una y otra vez, buscando una salida que siempre me conducía al mismo callejón sin salida: no quería perderla, pero si el destino nos había puesto en bandos opuestos, tendría que aceptarlo. Mi deber no admitía matices.