Marea MAR CRUZADO #8
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MAR CRUZADO #8

Empujé la puerta de salida buscando aire, distancia o cualquier cosa que lograra disipar el olor a hospital que sentía impregnado en los poros.

Nada me había preparado para el encuentro de unos minutos atrás.

Verla en mi entorno, rodeada de uniformes y operativos, convertida en parte de la investigación, me provocó un vuelco en el estómago que ni la cirugía más sangrienta habría logrado.

Sentí una mezcla corrosiva de alivio por verla aquí y una náusea profunda al recordar a quién acababa de salvarle la vida.

La disonancia entre el hombre que la amó en el mar y el capitán que investigaba a su familia me estaba partiendo en dos.

El aire frío de la noche me golpeó la cara y, antes de dar el primer paso, la vi.

Estaba sentada en el borde de una jardinera, doblada hacia adelante, con los hombros sacudiéndose bajo un llanto silencioso.

La teniente Montor estaba a su lado, intentando consolarla.

Mi primer impulso fue correr hacia ella, envolverla en mis brazos y sacarla de allí, llevármela de regreso a su mundo donde no existía nada más que nosotros dos y el horizonte.

Pero aquello ya no era posible. La vida me había jugado una broma de una crueldad infinita: me había involucrado íntimamente con la hija del hombre al que llevábamos un año investigando; el mismo sujeto por el que mi seguridad se había visto comprometida y que ahora yacía en una cama de hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte.

Lo más sensato era marcharme antes de que me viera.

No tenía fuerzas para enfrentarla, no todavía.

A pesar del poco tiempo transcurrido, la pérdida me dolía físicamente.

No habría querido que lo nuestro terminara así, pero los lazos de sangre no son algo que se pueda borrar con una noche de pasión, por más intensa que fuera.

La teniente Montor levantó la vista justo cuando yo intentaba darme la vuelta.

—Capitán, qué bueno que está aquí —dijo Montor—. Creo que lo necesitan. Venga, por favor.

Me froté las manos contra la bata por pura inercia, intentando limpiar una mancha invisible.

—Lo siento, teniente, estoy ocupado con otros pacientes —alcancé a decir, buscando una ruta de escape—. Seguro que alguien más puede asistir…

No terminé la frase.

Cristina comenzó a respirar de forma errática. El aire parecía haberse vuelto demasiado denso para sus pulmones. Primero fueron inspiraciones cortas y superficiales; luego apareció ese silbido agudo en la garganta que yo conocía demasiado bien. Era una crisis de ansiedad en toda regla.

—No, doctor —la voz de Montor se tensó—, se está poniendo mal otra vez.

La espalda de Cristina se curvó aún más. Sus hombros temblaban en una lucha desesperada por un oxígeno que no llegaba. Allí se terminaron mis excusas. Me acerqué. Me agaché frente a ella, midiendo cada movimiento para no rozarla más de lo estrictamente necesario.

—Cristina —dije, utilizando ese tono neutro y firme que reservo para las emergencias—, mírame un segundo. Eso es. Aquí, conmigo.

Sus ojos estaban enrojecidos, empañados por el pánico. Verla así me dolió más de lo que estaba dispuesto a admitir; para mí no era solo la hija de un objetivo prioritario, era la mujer que había vibrado bajo mi cuerpo y que se había quedado dormida sobre mi pecho con total confianza.

—Vas a respirar conmigo, como hicimos en el catamarán, ¿te acuerdas? —continué—. Inhala por la nariz contando hasta cuatro, luego suelta el aire despacio por la boca. Yo marco el ritmo.

Empecé a contar en voz baja, levantando ligeramente la mano para que siguiera el compás.

Su pecho subía y bajaba de forma caótica al principio, pero poco a poco comenzó a sincronizarse con mi voz.

Por dentro, lo que más deseaba era estrecharla contra mí, olvidar que era la pieza de un rompecabezas judicial y recordar solo a la mujer con la que había compartido el mar.

Pero la realidad se impuso. Ella también lo sabía, porque evitó sostenerme la mirada; cerró los ojos mientras su respiración y su llanto se estabilizaban gradualmente.

—Teniente Montor, consígame una botella de agua, por favor.

Pedí el agua solo para que nos dejara solos. Necesitaba marcar un límite, dejarle claro que el tablero de juego había cambiado.

—Sí, capitán, enseguida.

Teniéndola así de cerca, cada fibra de mi ser la reclamaba, pero usé toda mi fuerza de voluntad para tomar distancia. Me puse en pie, dejándola sentada en la jardinera.

—¿Te sientes mejor? —pregunté con frialdad profesional.

Asintió levemente mientras abría los ojos poco a poco.

—Sí… —su voz fue apenas un susurro. Tomó aire y continuó—. Me preocupé mucho cuando vi que te subías a esa camioneta. No imaginé que vinieras a salvarlo… ni que lo conocieras.

No podía revelarle detalles de la investigación ni lo que Julián me había confiado, pero sabía que aquel hombre llevaba años enriqueciéndose de forma ilícita a costa del erario público.

Ahora comprendía el origen de tanto lujo.

Me sentí como un estúpido: debí haberla investigado antes de involucrarme y terminar disfrutando, indirectamente, del dinero de la corrupción.

—Tu padre es un hombre que tendrá que rendir cuentas muy serias ante la justicia —solté con dureza.

—No, Miguel… —Cristina abrió los ojos de golpe e intentó ponerse de pie para quedar a mi altura, pero se tambaleó y tuvo que volver a sentarse—. Déjame explicarte.

—¿Qué me vas a explicar? ¿Que tu nobleza es tan grande que pretendes salvar a las ballenas con dinero sucio? Cristina, ahora no te hablo como médico —seguí, sin darle tregua—. Sé perfectamente en qué clase de fango están metidos, así que conmigo puedes ahorrarte el papel de inocente.

La sangre me hirvió al escucharla intentar defenderlo. ¿Qué podía esperar de alguien que creció rodeada de excentricidades financiadas por la ilegalidad?

Cristina se levantó de golpe, desafiando su propio equilibrio, y me enfrentó con una fuerza que me resultó desconocida.

—¿Eso es lo que crees de mí, Miguel? —me lanzó con la voz rota pero firme—. ¿Crees que soy igual que él?

Sostuve su mirada sin parpadear.

—Cristina, llevo casi un año investigando todo lo que lo rodea. Conmigo no intentes jugar.

Ella apretó la mandíbula, con los ojos centelleando de rabia y dolor.

—Pues entonces no me conoces en lo absoluto —sentenció—. Y si después de todo lo que vivimos piensas eso de mí, no tengo nada más que decirte.

Me sostuvo la mirada un segundo más, como si esperara que yo rectificara, que le pidiera perdón. Pero me quedé en silencio.

—Con permiso, doctor —remató, escupiéndome el título como si fuera un insulto. Se dio la vuelta y se alejó hacia el interior del hospital.

Por un instante, el impulso de ir tras ella casi me vence. Quise detenerla y decirle que no era tan simple, que me moría por creerle. Alcancé a dar un paso cuando el celular vibró en el bolsillo de mi bata.

Era Julián, maldije entre dientes. Miré la espalda de Cristina alejándose y la pantalla iluminada en mi mano. Al final, atendí la llamada.

—Adelante, señor —dije con una serenidad fingida.

—Mike, ¿cómo está el paciente? —por su tono supe que estaba solo y que podíamos hablar sin protocolos.

No quería mencionarle lo de Cristina, pero no tenía opción. El honor y el deber estaban por encima de cualquier sentimiento personal. Mi padre me había formado para actuar con integridad, aunque me desgarrara por dentro.

—Julián….

—¿Qué pasa, cabrón? Solo dime que no se va a morir, necesito que hable.

—El paciente está bien. Sufrió una descompensación hace unos minutos, pero ya lo estabilizamos. Es una evolución esperable tras la cirugía.

—Excelente. Pero te noto extraño. Te oigo preocupado.

Tragué saliva, sintiendo el peso de la confesión.

—Cuando me pediste que me mantuviera bajo perfil hace unos días, conocí a una mujer en un catamarán en la bahía de Acapulco. Navegué con ella hasta Puerto Vallarta.

—Sí, lo sé. Lo consulté con el Almirante y me dijo que era un barco de paso que venía de Panamá. ¿Te enredaste con alguien de la tripulación?

—No. Con la dueña del barco.

Julián soltó un silbido al otro lado de la línea.

—Ah, cabrón. ¿Una señora? No sabía que te gustaran mayores, Mike.

—No es mayor. Es una bióloga marina de veintisiete años que resultó ser la hija del hombre que acabo de operar. El mismo que llevamos un año cazando.

—¿Qué? ¿En qué demonios estabas pensando? —estalló Julián—. Dime que no le revelaste nada sobre la investigación o el caso.

Cerré los ojos con fuerza.

—Solo sabe que soy capitán médico naval. Pero no conoce mi identidad completa ni mi relación contigo.

—No mames, Mike —bufó—. Te pedí que te escondieras, no que te metieras en la boca del lobo y te acostaras con la hija del objetivo. ¿Tienes idea del escándalo que esto supondría si se filtra?

No respondí. Ya me lo había recriminado mil veces en mi cabeza.

—A ver —continuó él, recuperando la seriedad—, ¿ella está al tanto de algo? ¿Sabe quién es su “padre” realmente, a qué se dedica?

—Ella asegura que no sabe nada —contesté—, pero lo que he visto no encaja con esa supuesta inocencia, Julián. Vive rodeada de lujos: un catamarán de millones de dólares, viajes internacionales... todo financiado por él.

—Aunque quieras creerle, tú no puedes permitirte el lujo de equivocarte —sentenció Julián—.

No eres un médico cualquiera, Mike. Eres el hombre que acaba de mantener con vida al criminal más importante de mi gobierno para que podamos hundirlo.

Recuérdalo antes de pensar con cualquier parte del cuerpo que no sea el cerebro.

Sus palabras me escocieron porque portaban la verdad más absoluta.

—¿Qué quieres que haga, entonces?

—Para empezar, mantén la distancia —ordenó—. Nada de encuentros privados, nada de confidencias ni de escuchar versiones sentimentales. La tratarás como médico, y punto. Y si llega a estar involucrada, la trataremos como a cualquier otra pieza del expediente. ¿Te queda claro?

Apreté la mandíbula hasta que me dolió.

—Es Cristina. No es una «pieza».