MAR CRUZADO #7
El grito rebotó en las paredes del cuarto.
En ese instante, la puerta se abrió a mis espaldas.
La mujer se abalanzó sobre mí; por un momento pensé que iba a golpearme, pero en su lugar me aferró del antebrazo con una fuerza inesperada, clavándome las uñas a través de la tela del pijama quirúrgico.
Tiró de mí, sacudiéndome, como si quisiera arrancarme una respuesta que no tenía.
El custodio se tensó y la teniente Montor intervino de inmediato para separarla de mí.
—Señora, por favor, cálmese. El doctor solo hace su trabajo.
—Te lo dije, Cris… se iba a morir.
El nombre de «Cris» en la voz de un niño cortó en seco el drama de la mujer. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del hospital. Necesitaba salir de allí, pero algo me ancló al suelo.
—Tranquilo, campeón. Yo estoy aquí contigo.
Esa voz me heló la sangre. Por un instante, sentí que cruzaba el umbral hacia otra dimensión. De golpe, me cayó encima todo el peso del cansancio, los días en el mar, el precio sobre mi cabeza y el recuerdo de la sala de urgencias en Acapulco. Tenía que ser una alucinación de mi cerebro agotado.
No me giré de inmediato. Sentí cómo mis hombros perdían fuerza y el estómago se me anudaba bajo el pijama quirúrgica.
La esposa seguía sollozando frente a mí, pero sus lamentos se convirtieron en un murmullo lejano, casi inaudible.
Me obligué a voltear. Primero vi al niño de espaldas, llorando; luego vi a la mujer que lo sostenía, de cuclillas frente a él.
Mi cuerpo la reconoció antes de que mi mente terminara de procesarlo.
Llevaba el cabello recogido a toda prisa y la misma ropa que la había visto ponerse esa mañana —aquella que yo tanto deseaba quitarle—.
Se veía agotada por el viaje y sostenía una botella de agua medio aplastada entre los dedos.
Al principio no me reconoció; para ella, yo era solo un médico anónimo oculto tras un cubrebocas.
Pero cuando nuestras miradas finalmente se cruzaron, el terror y la incredulidad inundaron sus ojos como un mar cruzado alzándose de golpe.
No supe qué decirle. Ni a ella, ni al niño, ni a la mujer que seguía llorando a mi espalda. Por suerte —o quizás por cobardía—, la realidad se impuso antes de que el silencio nos consumiera.
—Doctor, lo requieren en recuperación de inmediato —anunció una enfermera desde la puerta, con tono apremiante.
Sentí cómo mi oficio me rescataba del abismo. El capitán, el cirujano, encontró la excusa perfecta para permitir que el hombre huyera.
Cristina
—Te lo dije, Cris… se iba a morir.
Las palabras de Fredy me golpearon en el pecho antes de que pudiera procesar lo que ocurría en la habitación.
Por un segundo, sentí exactamente lo mismo que él: que todo había terminado.
Me sorprendió la punzada doble que me atravesó: una pena inmensa por mi hermano y un alivio oscuro, sucio, que emergió sin ser invitado.
—Tranquilo, campeón, yo estoy aquí para ti —le dije, estrechándolo contra mi pecho.
Me odié en silencio por esa fracción de segundo en la que pensé: «Por fin se acabó».
—Alfredo, por favor, no hables así —intervino mi madre, tensa—. Tu papá va a estar bien.
Lo calló como si sus palabras fueran una falta de cortesía y no una manifestación de puro miedo.
Giré la cabeza sin soltar a Fredy, con las rodillas clavadas en el suelo frío, buscando a mi madre para fulminarla con la mirada.
Pero me quedé a medio camino. El doctor seguía de pie frente a ella, todavía con el pijama quirúrgico pegado al cuerpo.
No dijo nada; yo tampoco. Solo levantó la vista.
Entre el fatalismo de Fredy y la negación de mi madre, busqué en los ojos de aquel hombre la confirmación que nadie se atrevía a verbalizar.
Entonces, sus ojos se encontraron con los míos.
En ese instante supe dos cosas de golpe: que aquel hombre seguía vivo y que el doctor era Miguel.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis rodillas.
Era como estar atrapada justo en la rompiente: justo cuando crees que vas a salir a flote, otra ola rompe sobre ti y te arrastra hacia el fondo.
Tenía el estómago hecho un nudo y la piel gélida; no sabía si quería llorar, vomitar o echar a correr, así que me limité a quedarme allí, aferrada a Fredy, intentando no desmoronarme.
Miguel fue el primero en romper el contacto visual.
Apartó la mirada y se ajustó la mascarilla como si le faltara el aire.
Intenté hablar, pero no salió sonido alguno.
Lo que sucedía a mi alrededor ya no llegaba con nitidez a mi cerebro; todo pasaba como un roce lejano.
Aun así, mi cuerpo reconoció su aroma por debajo de todas esas capas de asepsia que empezaban a separarnos, mientras el resto del mundo me olía a podredumbre.
—Ay, Dios mío… se puso mal otra vez —exclamó mi madre, casi sin aliento, sacándome de mi propia tempestad—. ¿Por qué se fue el doctor? ¿Dónde está mi esposo? ¡Quiero verlo!
Su tono fue subiendo de volumen mientras caminaba hacia la puerta, pasando por nuestro lado. Fredy temblaba en mis brazos, o quizás era yo quien temblaba en los suyos; ya no podía distinguirlo. Vi cómo el guardia se interponía en el marco de la puerta, deteniendo el avance de Lily.
—Señora, no puede salir. Espere a que el doctor regrese con noticias. Le pido que vuelva a su lugar —la voz del guardia era serena, pero no dejaba margen para la duda.
Como pude, me puse en pie arrastrando a Fredy conmigo para sentarlo en las sillas. La habitación me daba vueltas.
—Usted no puede prohibirme ver a mi esposo. Esto es un atropello y lo van a pagar caro —reclamó mi madre, alzando aún más la voz. Sin embargo, obedeció; no era tonta, al menos no siempre.
Fredy se fue quedando dormido en mis brazos, agotado y con los ojos hinchados. Cuando noté que ya no reaccionaba ni al ruido del pasillo, lo acomodé en la pequeña cama disponible y le subí la sábana hasta el pecho.
—Campeón, duérmete un poco aquí, ¿sí? —le susurré, besándole la frente.
Apenas me incorporé, la voz de mi madre volvió a azotar el silencio.
—Ya han pasado varios minutos y exijo noticias. En este hospital de quinta lo quieren matar —dijo con la voz rota y la furia encendida.
El guardia permanecía firme, sin moverse un centímetro. Me acerqué a ella despacio, sin apartar la vista de mi hermano.
—Mamá, por favor, baja la voz. Fredy está dormido. ¿Por qué no intentas descansar tú también? Es tarde. Si el guardia lo permite, iré yo misma a pedir noticias —dije con una calma fingida que contrastaba con el caos que sentía por dentro.
El guardia asintió levemente. Tomé mi bolso y salí de la habitación; necesitaba aire. Algo dentro de mí estaba empezando a fracturarse.
Traté de recordar el camino exacto hacia la salida.
El pecho se me cerraba y cada paso me provocaba un sudor frío.
El pasillo parecía estirarse de forma infinita.
Empujé la puerta exterior y salí. El aire de la noche me golpeó la cara, pero no lograba entrar en mis pulmones; se quedaba atascado en la tráquea.
Abrí la boca, tratando de tragarlo a la fuerza, pero fue inútil.
Mi cuerpo sabía a dónde ir, pero mi mente solo quería huir.
Años de terapia me habían enseñado qué hacer en momentos así, pero esto era demasiado.
Me obligué a pensar en el canto de las ballenas, en mi estudio en el catamarán, rodeada de agua, con la magia filtrándose por mi piel.
Una, dos respiraciones. El aire comenzó a fluir.
Entonces, la imagen me asaltó: él, en el mar, junto a mí, pero ahora con la cara cubierta por el cubrebocas y esos ojos que, imaginaba, me mirarían con asco al saber quién era yo realmente.
—¡No! —no supe si el grito fue real o se quedó atrapado en mi garganta. Ya no había vuelta atrás: todo de lo que sentía por Miguel se había roto para siempre.
—¿Se encuentra bien, señorita?
Sentí que alguien se acercaba, pero al principio solo vi una silueta recortada contra las luces del hospital.
—Respire profundo, por favor —dijo una voz firme, acostumbrada a dar órdenes.
Parpadeé hasta enfocarla. Era una mujer uniformada, con el pelo impecablemente recogido y ojos muy claros.
—Soy la teniente Montor —se presentó, inclinándose ligeramente hacia mí—. La vi en urgencias.
Asentí, aunque no estaba segura de nada en ese momento.
—Cristina… —alcancé a articular—. Me llamo Cristina.
Algo en su mirada cambió al escuchar mi nombre, como si una pieza de un rompecabezas encajara de golpe.
—Cristina… —repitió despacio—. Bien. Respire conmigo, ¿de acuerdo?
—Inhale… exhale…
Su voz sonaba lejana al principio, pero fue abriéndose paso entre el zumbido de mis oídos.
Obedecí. Una vez. Otra. El aire llegó finalmente al fondo de mis pulmones y, en lugar de aliviarme, me deshizo por dentro.
Sentí las piernas flojas. Me llevé una mano al rostro y descubrí que ya estaba empapado.
El primer sollozo escapó sin permiso, seguido de otro, y cuando quise darme cuenta, estaba llorando frente a ella a bocanadas.
—Está bien —dijo la teniente Montor, sosteniéndome por los hombros—. Llorar ayuda, especialmente cuando se tiene a un familiar ahí dentro. No tiene que cargarlo todo usted sola.
Cómo me habría gustado explicarle que no lloraba por el paciente, ni por mi madre, ni por Fredy, ni siquiera por Miguel.
Lloraba por mí. Años de terapia me habían enseñado a lidiar con esto, a intentar desterrar de mi mente a ese hombre que se había convertido en mi peor pesadilla.
Y justo cuando creía que la vida me concedía una tregua, me encontraba allí, pidiendo por su vida solo para no ver sufrir a mi hermano.
Yo, que tantas veces lo había querido muerto en el más absoluto de los silencios.
Miguel