Marea MAR CRUZADO #6
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MAR CRUZADO #6

—Alfredo Sánchez, pero en realidad busco a mi madre y a mi hermano.

—Deme un minuto.

Siempre había detestado que tuviéramos el mismo apellido.

—Pasen al fondo, a la izquierda. Los estarán esperando para llevarlos con los detenidos.

Pobre Fredy, en qué lo estaban involucrando. Tenía que sacarlo de allí hoy mismo. Avanzamos por el acceso indicado. A cada metro veía más uniformes, más armas y menos escapatoria. Tragué saliva. Ya no había marcha atrás. Tenía que enfrentar a Liliana y a mi pasado.

Me recibió un hombre uniformado y me pidió que lo siguiera. Revisaron mi bolso y me advirtieron que evitara usar el celular en las áreas de hospitalización. Asentí por inercia; yo solo estaba aquí por mi hermano.

En cuanto crucé la puerta del hospital naval, me golpeó el olor a desinfectante y metal, ese aroma frío y aséptico que no se parece a ningún otro. Nada que ver con la brisa del mar o el calor de los brazos de Miguel.

—Miguel… —susurré para mis adentros.

Tendría que pensar cómo hablar con él. Quizá era mejor dejar lo nuestro como un hermoso sueño del que había tenido que despertar abruptamente.

Qué ironía: hacía unos días había entrado en un hospital para encontrarme con un hombre que me enseñó a sentir, y ahora entraba en otro para enfrentarme a mis mayores miedos.

El hombre que había marcado mi vida, pero al que estaba atada por el amor a mi hermano.

El aire acondicionado estaba tan fuerte que el sudor se me secó en la piel al instante, provocándome un escalofrío. Pasamos por una zona fuertemente custodiada. ¿Por qué mi madre había caído tan bajo? ¿Dinero, soledad? Nunca lo entendería.

—Señorita, sus familiares están en esa habitación. Puede pasar.

Estábamos en un área aislada. Solo había marinos armados custodiando el lugar. El miedo amenazaba con paralizarme, pero respiré hondo. Estaba allí por Fredy. Nada más.

Toqué la puerta y la abrí lentamente. Mi madre y mi hermano estaban sentados al fondo; a la izquierda, había una cama de hospital vacía. Un uniformado en una esquina asintió, dándome permiso para entrar. Al oír la puerta, mi madre se levantó de un salto.

—¡Cristina, gracias a Dios que estás aquí! —se lanzó a mis brazos llorando, buscando un apoyo que yo no le di.

Fredy levantó la vista de su consola de juegos. Su carita reflejaba que había estado llorando y se me partió el alma.

—Lily, por favor, mantén la calma —dije mientras la obligaba a sentarse de nuevo.

—Cris, ¡qué bueno que estás aquí! —Fredy se levantó para abrazarme. A él sí lo estreché con fuerza.

—Campeón, ¡qué grande estás!

—Cris… no quiero que mi papá se muera como el tuyo.

Yo sí, pensé, y me arrepentí de inmediato. Fredy no merecía el vacío de la perdida.

—Tranquilo, vamos a calmarnos. Enséñame a qué juegas.

—Es el nuevo FIFA, está increíble —dijo con un brillo en los ojos que me dolió aún más.

Me senté junto a él, dándole la espalda a mi madre, que seguía intentando llamar mi atención con sus sollozos.

—Cris, tengo hambre.

—Alfredo, no es momento —intervino mi madre—, no hasta que tengamos noticias de tu papá.

—¿Te parece si buscamos algo de comer? Yo también tengo hambre —mentí. Solo quería hablar con él a solas y entender qué había pasado—. Oficial, ¿podemos salir un momento a las máquinas del pasillo?

—Sí, informaré para que un compañero los acompañe. La señora debe permanecer aquí.

—Entiendo. ¿Te traigo algo, Lily?

Me ignoró, ofendida por la restricción del oficial. Salimos del cuarto y, en ese momento, una enfermera se acercó a nosotros.

—Buenas noches. Venía a informarles que la cirugía ha terminado. El doctor vendrá en unos minutos a hablar con ustedes.

—Gracias, iremos a las máquinas y volveremos de inmediato. Mi madre… la esposa del paciente está ahí dentro.

Miguel

Me quité los guantes con un chasquido seco y los dejé caer en el contenedor de residuos biológicos.

La piel debajo se sentía húmeda, arrugada tras horas de encierro en el látex.

Mientras la enfermera comenzaba a recoger el instrumental, me desaté la bata quirúrgica con los dedos todavía vibrantes por la adrenalina.

No era miedo; la cirugía había sido compleja, pero se mantuvo dentro de los parámetros que había previsto.

El monitor marcaba un ritmo constante, casi hipnótico. El detenido seguía intubado, una silueta vulnerable bajo una maraña de tubos y cables, pero vivo. Eso, en teoría, era lo único que me correspondía garantizar.

—Doctor, ¿lo trasladamos a recuperación? —preguntó el anestesiólogo.

Asentí en silencio mientras me quitaba el gorro.

Sentí el cabello aplastado y ese olor característico a sudor mezclado con antiséptico que se te pega al cuerpo tras una jornada en el quirófano.

Tenía la boca seca. Deseaba un café cargado, una ducha y dormir doce horas seguidas, pero sabía que antes debía rendir cuentas.

La teniente Montor ya me esperaba afuera.

En el lavamanos, me enjuagué los brazos hasta los codos, más por una manía purificadora que por necesidad médica.

Mientras el agua corría, repasé mentalmente las últimas horas.

Necesitaba hablar con Cristina, darle una explicación coherente, pero antes tenía que lidiar con los familiares del paciente y reportarme con Julián.

—Capitán, a sus órdenes. Es un gusto verlo de nuevo —me recibió Montor con una media sonrisa y el saludo militar de rigor.

—Igualmente, teniente —alcancé a decir.

En ese momento, mi teléfono comenzó a vibrar en el bolsillo del pijama quirúrgico. Sabía perfectamente de quién se trataba.

—Adelante, señor —contesté, presionando el aparato contra mi oreja mientras Montor tomaba una distancia prudencial.

—Me informan que la cirugía ha terminado. ¿Cómo está? ¿Va a librarla? —la voz de Julián entró directa, sin preámbulos.

—No voy a entrar en tecnicismos médicos contigo —respondí, apoyando el hombro contra la pared fría del pasillo—.

Solo te diré que este hombre era una bomba de tiempo.

La intervención concluyó sin complicaciones mayores y ha respondido bien, pero las próximas veinticuatro horas serán críticas.

Hay que vigilar posibles sangrados, infecciones o arritmias. Todo el paquete.

—Solo podía confiar en ti para esto. Me da gusto oírlo —hizo una pausa—.

Escucha, Mike. Entre lo incautado hay dos computadoras y un portafolio.

Inteligencia lo tiene ahora, pero no confío en nadie.

Esto es más turbio de lo que creíamos. Alguien nos está jugando sucio y sospecho que es alguien muy cercano.

Pero por ahora déjame eso a mí; tú asegúrate de que ese cabrón viva lo suficiente para que cante. No te despegues de ahí.

—No te preocupes. Estaré pendiente. Julián….

—Dime, Mike.

—Nada. Seguimos en contacto.

Habría querido preguntarle sobre mi propia seguridad.

Se suponía que, al haber capturado al objetivo, ya no había nada que negociar, pero la duda persistía.

¿Qué tanto debía cuidarme ahora? Siempre supe que entrar en este círculo era meterse en un nido de víboras.

En momentos como este, me arrepentía de haber aceptado el cargo.

—Capitán, los familiares están esperando el informe médico.

La voz de la teniente Montor me devolvió a la realidad. Ahora venía la parte más tediosa: encarar a la familia de aquel hombre que tanto daño había causado, pero al que el Estado necesitaba vivo. Esa era mi paradoja.

—¿Quiénes están aquí?

—Por lo que sé, la esposa y los hijos: una mujer y un adolescente.

—Bien, gracias. ¿Ya me asignaron dormitorio?

—Sí, señor, todo está listo. En cuanto termine me avisa. Por aquí, doctor; los familiares están en una habitación custodiada. Tengo entendido que ellos también están bajo investigación.

—El dinero, los lujos y los excesos son difíciles de rechazar, teniente —sentencié mientras caminábamos—. Los familiares se convierten en cómplices en el momento en que aceptan ese estilo de vida.

Seguí a Montor por el pasillo. A cada tramo la vigilancia aumentaba: más uniformados, más armas largas, menos salidas. Todos sabían quién era el paciente al que acababa de abrirle el pecho. Si moría, alguien tendría que cargar con la culpa, y yo no confiaba en nadie.

—Aquí es, capitán —Montor se detuvo ante una puerta flanqueada por dos marinos armados—. La familia está adentro.

Respiré hondo, me ajusté el cubrebocas y empujé la puerta.

Dentro, vi una cama de hospital vacía a la izquierda, un custodio en la esquina y a una mujer sola, elegantemente vestida, sentada en una de las sillas de la pared. Tenía el maquillaje corrido y las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos se veían blancos.

—Buenas noches —dije, manteniendo una distancia profesional—. Soy el médico que operó a su esposo.

Ella se levantó de un salto, como impulsada por un resorte.

—¿Qué le hicieron? ¿Por qué no está aquí? ¿Dónde lo tienen? —escupió las preguntas mientras se acercaba a mí—. Él debería estar en el mejor hospital del país, no en esta clínica de cuarta llena de carniceros en lugar de doctores.

Conté hasta tres mentalmente. No era la primera vez que me llamaban “carnicero” tras salvarle la vida a alguien. Si la mitad de su expediente era real, su marido no merecía un hospital, sino una celda de máxima seguridad. Pero mi deber era mantenerlo respirando.

—Su esposo se encuentra en recuperación —respondí con voz pausada—. La cirugía fue larga y compleja, pero terminó sin incidentes. Está estable, aunque las próximas veinticuatro horas son decisivas.

—¿Decisivas? —repitió ella, elevando el tono de voz—. ¡Lo decisivo es que lo tengan aquí encerrado como a un delincuente cuando los corruptos son ustedes! Esto es un montaje, doctor.

—Entiendo su malestar, pero mi labor es que salga vivo de esta. No hablaré de cargos ni de investigaciones; solo de su corazón.

—¡No confío en ninguno de ustedes! —dio un paso más, con la voz quebrada por la histeria—. Si algo le pasa, será su culpa. ¡Toda su culpa!