MAR CRUZADO #5
—Dime —no me dejó añadir nada más.
—Escúchame bien —el ruido del motor hacía vibrar la camioneta—. El operativo en Colima salió bien. Lo detuvimos mientras cerraba una negociación. Finalmente tenemos al hijo de puta que tanto nos costó atrapar.
—Lo trasladaron a la base y allí empezó a complicarse.
—¿Qué tan grave es?
—Dolor opresivo en el pecho y la presión por los cielos.
El médico de la base dice que es cuestión de tiempo para que sufra un infarto masivo.
Querían trasladarlo a un hospital privado para intervenirlo, pero es imposible.
Si lo sacan de la zona militar, lo liquidan en el trayecto, y sabe demasiado.
Lo necesito vivo para que confiese a quién tienen infiltrado en mi gabinete.
—Entiendo.
—El único en quien confío para esto eres tú. No quería arriesgarte de nuevo, pero, además de ser mi brazo derecho, eres el mejor cardiólogo que conozco.
—No te preocupes, Julián, cuenta conmigo. Me comunicaré con el médico de la base durante el trayecto para dar instrucciones precisas sobre qué maniobras realizar. Hasta que yo no llegue, nadie lo saca de allí.
—Gracias, Mike. La integridad de mi gobierno depende de que ese cabrón hable. Mantenme informado.
El trayecto duró apenas cincuenta minutos, tiempo que aproveché para revisar la información clínica que me enviaron desde el hospital regional.
Por fin vería cara a cara al hombre que tantos dolores de cabeza nos había causado y que me había exiliado para salvar mi propio pellejo.
Envié un mensaje rápido a la teniente Montor; la necesitaba conmigo en Manzanillo de inmediato.
En más de una ocasión intenté escribirle a Juan Pablo para explicarle la situación, pero decidí que lo correcto sería hablar directamente con Cristina. En cuanto terminara la cirugía, le pediría su contacto a Juan Pablo y la llamaría; en ese momento, la prioridad era otra.
El helicóptero comenzó el descenso sobre la plataforma del hospital.
Desde el aire se apreciaba un despliegue inusual: patrullas, unidades oficiales y un perímetro de seguridad absoluto rodeando el edificio.
En cuanto se abrió la compuerta, el calor húmedo y el olor a salitre me golpearon el rostro.
Caminé directo hacia la comitiva que me esperaba: un médico con la bata desabrochada, un par de enfermeras y un oficial que no soltaba el radio.
—Doctor Álvarez —se presentó el colega, extendiéndome la mano—. El paciente está inestable, pero sigue vivo. Lo tenemos monitorizado en la sala de hemodinamia, esperando sus instrucciones.
Asentí con gravedad.
—Lléveme con él. Tenemos muy poco tiempo antes de que ese infarto termine el trabajo.
Cristina
—Espero no tardar; todavía no lee mi mensaje, pero ya le llegó, lo que significa que ya tiene señal —dije mientras bajaba de la camioneta en la zona de llegadas internacionales.
Comencé a caminar hacia la entrada del aeropuerto, esquivando taxis y viajeros cargados de maletas. Por pura inercia, metí la mano en el bolso buscando el celular para escribirle a Piero. Mis dedos rozaron las llaves, el brillo y la cartera. Nada más.
Me detuve en seco. No traía el teléfono.
Me giré para regresar a la camioneta justo a tiempo para ver cómo avanzaba unos metros más adelante, atrapada en la fila de vehículos.
Justo detrás, una camioneta negra se le pegó al parachoques.
Vi a Miguel bajar con su maletín. No volteó hacia la entrada; caminó directo hacia la camioneta.
Un hombre con el porte inconfundible de un escolta le abrió la puerta trasera y él subió sin vacilar.
Me quedé inmóvil en medio del caos, con el corazón golpeándome con fuerza el pecho.
Cuando por fin reaccioné y empecé a abrirme paso entre los coches para alcanzarlo, ambas camionetas ya enfilaban la salida del aeropuerto.
Se lo habían llevado. Eran los mismos hombres, la misma aura de autoridad que había visto toda mi vida rodeando al poder. Y esta vez, venían por Miguel.
—¡Cristina!
Reconocí esa voz al instante. Me giré y allí estaba él, a unos metros, con una maleta en la mano y la otra en alto, buscándome entre la multitud: Piero.
Caminó hacia mí, pero yo no podía moverme; creo que ni siquiera estaba respirando.
Solo quería despertar de aquella pesadilla.
Piero soltó sus maletas y me estrechó en un abrazo.
Al notar que yo no reaccionaba, me tomó el rostro entre las manos con delicadeza.
—Bella mía, ¿qué pasa? Parece que te vas a desmayar, estás palidísima.
No supe cuánto tiempo transcurrió. Solo recuperé la conciencia cuando escuché la voz del chofer ayudando a Piero con el equipaje y sentí que me ayudaban a subir de nuevo a la camioneta. El sonido de una llamada entrante terminó de hacerme reaccionar.
—¡Mi celular!
—Lo dejó en el asiento cuando se bajó, señorita. No ha dejado de sonar —dijo el chofer desde la parte trasera—. Se lo puse ahí adelante.
—¿Dijo algo el señor que venía conmigo antes de bajarse? —pregunté, sin atreverme aún a mirar a Piero a la cara.
—¿Qué señor, bella mía? ¿Por fin voy a conocer a Juan Pablo? —intervino Piero, confundido.
—No, Piero, ahora te explico.
—Perdón, señorita, aquí tiene —dijo el chofer, mientras se abrochaba el cinturón y arrancaba—.
El señor recibió una llamada en cuanto usted se bajó y colgó de inmediato.
No habíamos avanzado ni tres metros cuando me pidió que frenara y se pasó a la camioneta de atrás.
Ya pensándolo bien, nos venían siguiendo desde que salimos de la marina.
No, por favor, Virgencita, no dejes que también le haga daño a Miguel. A él no.
El teléfono seguía vibrando; era un número desconocido. Pensé que podría ser él, un brillo de esperanza en medio de la angustia. Contesté de inmediato mientras la camioneta se incorporaba a la avenida.
—¡Miguel! ¿Estás bien? ¿Dónde estás?
—¡Por fin contestas! —era la voz de mi madre. Estuve a punto de colgar, pero sus siguientes palabras me detuvieron en seco— Se lo llevaron, Cristina. Se lo llevaron y yo no pude hacer nada.
Se me heló la sangre. ¿Qué pretendía ese desgraciado llevándose a Miguel?
—¿Pero por qué, Lily? ¿Hasta dónde pretende llegar?
Pero ella no escuchaba. Solo lloraba y gritaba de forma histérica.
—¡No me dejes sola, Cristina!
No entendía nada.
—¿Vamos a la marina, señorita? —preguntó el chofer.
—Sí, por favor… —alcancé a decir entre los sollozos de mi madre.
—¡Tranquilízate, por favor, mamá! —le espeté con firmeza. Hacía más de trece años que no la llamaba “mamá”.
—Sí, sí… —respondió ella, conteniendo el llanto por un momento—.
—Dime dónde lo tienen. No pueden estar lejos.
—Estamos en una base militar. Hubo una confusión y se puso mal.
¿De qué estaba hablando? La confusión en mi cabeza aumentó.
—Lily, escúchame bien: dime dónde está Miguel.
—¿Qué Miguel, Cristina? Por favor, Alfredo se está muriendo, no seas egoísta.
En ese instante lo comprendí todo: estábamos hablando de dos cosas distintas. Mi madre no lloraría así por Miguel ni por nadie que no fuera ella misma. O por ese hombre.
—Sabes que me importa una mierda lo que le pase a ese señor. Te pido que no vuelvas a….
—Tu hermano está aquí conmigo —me interrumpió, volviendo al llanto—. La situación es delicada y yo… yo….
—¿Tú qué?
—Estoy bajo sospecha y tu hermano no puede estar aquí. Necesitas venir por él.
Sentí que el mundo se me venía abajo. Solté el teléfono sobre mis piernas y me cubrí el rostro. No quería llorar; quería gritar de pura frustración. Volví a tomar el celular.
—Dime dónde estás.
—En Manzanillo, en el hospital de la base naval.
—Voy para allá —sentencié y colgué.
—¿Qué ocurre, Cristina? —preguntó Piero, preocupado.
—Ay, Piero… —y esta vez, no pude evitar que las lágrimas brotaran.
Me abrazó y agradecí su apoyo, aunque mi cuerpo reclamaba otros brazos. Al menos, me tranquilizaba pensar que Miguel se había ido por algo relacionado con su trabajo y no por culpa de mi entorno.
Llevábamos casi tres horas de carretera cuando le pedí al chofer que se detuviera en una tienda.
Necesitaba usar el baño y comprar algo de beber antes de continuar.
El cuerpo me dolía por la falta de sueño y por la tensión acumulada en la mandíbula, pero no podía permitirme flaquear.
Agradecí que el mismo chofer, hubiera accedido a llevarme; eso me ahorró un tiempo valioso.
Solo había tenido tiempo de recoger un par de cosas y mis objetos personales.
Piero y Juan Pablo habían insistido en acompañarme, pero logré disuadirlos.
Saqué mi carácter y los obligué a quedarse para seguir con el trayecto estipulado; la investigación no iba a retrasarse por culpa de ese desgraciado.
Iría por mi hermano, Fredy, y me lo traería al catamarán mientras mi madre resolvía sus problemas.
Aunque lo veía difícil. Mi padrastro tenía demasiadas cuentas pendientes con la ley y ya era hora de que lo atraparan; ojalá no saliera nunca de la cárcel.
Lo sentía por mi madre, aunque dudaba que ella fuera totalmente inocente.
Había estado a punto de pedirle a Juan Pablo el número de Miguel, pero ¿cómo le explicaría la porquería en la que estaba metida mi familia? Preferí mentir y decir que Miguel había tenido una emergencia y se había despedido de todos.
Las lágrimas que había contenido comenzaron a rodar cuando vi la desviación hacia el Tamarindo. Quería retroceder el tiempo, estar en la suite con Miguel, o mejor aún, en mi cama en medio del océano, lejos de toda la mierda que siempre terminaba alcanzándome.
—Ya estamos llegando, señorita —dijo el chofer. Creo que me había quedado dormida unos minutos.
—Gracias. Hay que preguntar por el hospital regional.
—No se preocupe, soy marino retirado, así que sé moverme por aquí. Usted tranquila.
—Gracias. Has sido un ángel en este camino.
Bajó la ventanilla en la caseta y explicó la situación.
—Permítame su identificación, señorita.
—Claro, aquí tiene —le entregué mi INE.
—Cristina Sánchez Conde… —leyó el guardia—. ¿Cuál es el nombre del paciente?