MAR CRUZADO #4
Me dio un beso rápido y me estrechó más contra su cuerpo. Su mirada se intensificó, logrando que mi respiración se acelerara.
—Nada puede romper la conexión que nació entre nosotros ese día —susurró—, esa fuerza que me atrae hacia ti. Cuando recibí la llamada de Juan Pablo diciéndome que no te sentías bien, solté un aire que no sabía que tenía contenido desde que dejé de verte en el hospital.
Una parte de mí quería borrar la distancia y besarlo en ese instante; la otra necesitaba seguir escuchando cada frase, como si estuviera tomando notas mentales para no olvidarlas nunca.
—Mi reina… —dijo finalmente, con una ternura que me desarmó.
No aguanté más y lo besé. Necesitaba sentir cómo esas palabras se instalaban en mi mente y en mi corazón. Sus manos se cerraron en mi cintura y el mundo se sumió en un silencio absoluto, hasta que nos separamos para respirar.
—Mi vida es complicada, Cris —añadió, sin soltarme—.
No te lo voy a maquillar: el trabajo, las presiones, la gente que depende de que yo esté donde tengo que estar…
Pero estos días aquí contigo han sido un regalo.
Hace años que no tenía horas así: sin alarmas, sin juntas, sin alguien esperándome con una carpeta en la mano.
Lo miré, sintiendo cómo el nudo en mi estómago se mezclaba con algo muy parecido a la esperanza, pero también con la claridad de lo que el futuro dictaba para mí.
—Mi vida también es complicada —admití—. Este proyecto es algo que llevo años esperando. El catamarán, la investigación… todo esto durará meses y no puedo ponerlo en pausa por nadie.
Él asintió, sosteniéndome la mirada.
—Creo que, por ahora, con vivir un día a la vez nos alcanza —añadí—. Dejemos que la marea nos lleve hasta donde tenga que llevarnos, sin que ninguno de los dos deje de ser quien es.
Miguel
Mi declaración había sonado muy cursi, pero no mentía cuando dije que Cristina me tenía hechizado.
No quería llegar a tierra y enfrentar la realidad; mi realidad.
Yo no era de los que evadían sus responsabilidades; siempre había enfrentado mis problemas y sus consecuencias de frente, pero en ese momento lo único que necesitaba era aquello: tenerla entre mis brazos, dormir y despertar con ella.
Habíamos disfrutado toda la noche de nuestros cuerpos, pero también de su inteligencia y su determinación.
Me fascinaba ver cómo había cambiado tanto en tan pocos días; me excitaba ver cómo me pedía más atención y despertaba en mí un instinto de pertenencia que creía inexistente.
Saber que su cuerpo vibraba y gozaba solo para mí me hacía querer olvidarlo todo y quedarme para siempre en medio del océano.
—¿Ya nos toca la guardia? —su voz adormilada vibró contra mi pecho.
—Shh, duerme un poquito más, aún faltan unas horas —le respondí dándole un beso en la frente—. Voy rápido al baño.
—Está bien, estoy agotada —murmuró, volviendo a acomodarse entre las almohadas.
Lo que yo deseaba era despertarla y hacerla mía otra vez, pero tendría que esperar. Subí a cubierta, donde Juan Pablo ya se encontraba montando guardia.
—Buenos días, capitán.
—Buenos días, Juan Pablo. ¿Todo en orden?
—Sin novedad. Calculo que avistaremos Bahía de Banderas en menos de dos horas, justo para el amanecer. Además, ya se restableció la señal de la antena.
—¡Qué buena noticia!
—¿Se queda un momento mientras bajo a prepararle un café? ¿Qué le parece?
—Me parece más que perfecto, Juan Pablo. Muchas gracias.
Tomé mi puesto y aproveché para sacar mi celular. Se había quedado en mis shorts, tirados en el piso del camarote de Cristina. Tenía un mensaje de Julián. Lo abrí con cierto temor; no quería que me pidiera regresar, no todavía.
Miguel, ¿dónde carajo estás? Perdí tu ubicación hace unas horas. 11:11 pm
Reí para mis adentros. El control siempre había sido lo suyo y ahora, con los medios y el poder a su alcance, era mucho peor. Le respondí de inmediato:
Estoy bien. Atraco en Puerto Vallarta en 2 horas aprox. ¿Todo bien? 5:38 am
El mensaje salió, pero no recibí respuesta inmediata. No creía que estuviera despierto aún.
—Juan Pablo, de verdad voy a extrañar este café —dije cuando regresó—. Le pediré a la teniente Montor que se comunique contigo para que le des la receta.
Juan Pablo asintió y se quedó un segundo en silencio, como si estuviera midiendo el peso de las palabras que tenía en la garganta.
—Se ve… distinta —dijo finalmente—. Cristina. Hace mucho que no la veía así.
—¿Así cómo?
—Contenta y tranquila —aclaró con una media sonrisa—. Solo tenga cuidado con ella, capitán. Por fuera se ve entera, pero por dentro está llena de cicatrices que casi nadie ve.
Fruncí el ceño, intrigado.
—¿Lo dices por lo que vivió? Ella misma me lo contó.
Él asintió, perdiendo la vista en el horizonte.
—Me lo imaginé. Yo estuve ahí cuando todo pasó. Era muy joven. Pero ese hombre…
—Capitán, ya se restableció la señal, ya se lo habrá dicho Juan Pablo —interrumpió Pancho en ese momento, subiendo a cubierta.
Necesitaba que Juan Pablo me dijera más para poder dar con aquel desgraciado, pero sabía que no hablaría delante de Pancho.
—Me retiro, capitán. Voy a alistar todo para atracar en cuanto entremos al puerto —se despidió Juan Pablo.
Se marchó dejándome con la sangre hirviendo. Por lo menos ya sabía que él podía darme más información más adelante, sin necesidad de incomodar a Cristina.
Caminábamos a paso rápido por el muelle de Marina Vallarta.
Cristina había subido a puerto de mando a las seis y media de la mañana, avisándome que había recibido un mensaje de su amigo: tras lograr despegar de Nueva York en la madrugada, aterrizaría a las ocho.
Todo se volvió una carrera contra el reloj para atracar, desembarcar y evitar que el tal Piero tuviera que esperar.
No es que sintiera celos —o al menos eso intentaba convencerme—, pero no estaba preparado para compartirla con nadie después de lo que habíamos vivido.
Tenía la intención inicial de no bajar y esperar el mensaje de Julián a bordo, pero al final me vi obligado a hacerlo. Necesitaba comprar preservativos y no era algo que pudiera encargarle a la tripulación o, mucho menos, a Cristina.
Bajé con mi maletín médico para tener un lugar donde guardarlos discretamente.
—El servicio de transporte dice que está en la puerta principal, pero ¿por dónde es? —preguntó ella, desorientada.
Venía tan sumido en mis propios pensamientos que no había prestado atención al camino.
—¿Quieres que pregunte?
—No, ya me mandó su ubicación —dijo ella, consultando el celular—. Es por acá, ya me acordé. Hace años estuve en esta marina.
Yo también conocía bien esos rumbos; al entrar, habíamos pasado frente a la base naval.
—Lo bueno es que estamos muy cerca del aeropuerto —continuó ella—. Ya le dije a Piero que no se mueva, que vamos por él. No sabes lo emocionada que estoy de que lo conozcas, te va a caer muy bien. Es un hombre interesante, ya lo verás.
Solo sonreí. Me estaba comportando como un idiota y lo sabía.
Llegamos al aeropuerto quince minutos después de las ocho. El movimiento era ensordecedor; Puerto Vallarta bullía con la llegada de turistas de todas partes.
—Lo ideal es que usted se baje y yo dé vueltas, porque la policía no permite que nos estacionemos mucho tiempo —sugirió el chofer de la camioneta.
—Está bien, le escribo en cuanto lo vea salir. ¿Vienes? —me preguntó Cristina.
—Te espero aquí. Aprovecharé que ya tenemos buena señal para revisar unos pendientes en el teléfono —respondí. No quería presenciar la emoción del reencuentro. Realmente parecía una adolescente ilusionada. ¿Qué demonios me estaba pasando?
—Va, perfecto. Espero no tardar; todavía no lee mi mensaje, pero ya le entró, así que ya tiene señal —dijo ella con entusiasmo antes de bajar del vehículo.
Apenas empezamos a avanzar por el circuito de llegadas cuando mi teléfono comenzó a vibrar. Era Julián. Contesté al instante.
—Miguel, ¿me escuchas?
—Sí, adelante, señor —respondí, notando el ruido de fondo al otro lado de la línea.
—Mi gente está detrás de ti; es la Suburban negra.
Instintivamente miré por el retrovisor y vi una camioneta blindada del Gabinete de Seguridad.
—Llevan siguiéndote desde que saliste de la marina —continuó Julián con voz gélida—. No puedes abordar ningún avión; te necesito. Súbete con ellos y márcame en cuanto estés en la base. Ellos ya tienen las instrucciones.
Y colgó.
—Deténgase, por favor, necesito bajar —le dije al chofer.
—Sí, señor.
Tomé mi maletín y descendí. Necesitaba avisarle que me marchaba, pero el protocolo no me permitía ni un segundo de retraso. Subí a la Suburban; uno de los agentes me esperaba con la puerta abierta.
—Buenos días, capitán. En unos minutos estaremos en la base; el helicóptero lo espera —dijo uno de ellos.
Mi cerebro no terminaba de procesar las palabras «base» o «helicóptero»; lo único que ocupaba mi mente era la imagen de Cristina.
No quise mirar atrás. Mientras avanzábamos, vislumbré por el cristal el caos de taxis y viajeros en la zona de llegadas.
Sabía que, en algún momento, entre todo ese movimiento, ella me buscaría con la mirada.
No me atreví a ser yo quien la buscara a ella.
Llegamos en tiempo récord a la base naval, la misma por la que había pasado una hora antes.
Ninguno de los tres dijimos una sola palabra.
Era evidente que nos esperaban; no hubo paradas en los puestos de control.
Algo grave estaba ocurriendo, pero Julián había sido claro: debía esperar instrucciones.
Nos detuvimos junto a un helicóptero cuyas aspas ya comenzaban a girar. El blindaje de la camioneta amortiguaba el ruido exterior, que pronto se volvería ensordecedor.
—Capitán, el jefe pidió que le llamara antes de abordar. Lo dejamos solo —anunció uno de los elementos antes de bajar del vehículo.
Asentí, desbloqueé mi celular y marqué a Julián. Contestó al primer tono.
—Veo que ya estás en la base. Me da gusto.
—Aquí estoy.
—Mike, necesito que vueles al Hospital Regional de Manzanillo en este preciso momento.