MAR CRUZADO #3
Conforme hablaba, sentí cómo su cuerpo se relajaba bajo el mío. Capitán de la marina, cardiólogo, guapo, sexy… y se había sentido inseguro solo con escuchar el nombre de otro hombre.
—Yo no necesitaba tanta explicación —dijo al fin—, pero si con eso logro que te quedes aquí abrazándome, cuéntame lo que quieras.
—Su café, capitán —interrumpió Juan Pablo llegando a la mesa.
—Gracias, Juan Pablo. Cristina dice que ya no tenemos prisa por llegar. ¿Qué te parece si bajamos un poco los nudos?
—Me parece perfecto, capitán; así forzamos menos la máquina.
—¿Tenemos autonomía suficiente?
—Yo creo que sí, déjeme que lo revise.
—Si quieres, entro ahora a mi guardia y subes conmigo para platicarlo.
—Excelente, capitán. Con permiso, señorita.
—Gracias, Juan Pablo. ¿Ya comieron todos? —pregunté.
—Ya, señorita. Diego se lució esta vez; creo que cocina incluso mejor sin aquel… —añadió tapándose la boca con complicidad para que solo nosotros lo oyéramos.
—Parece que, después de todo, el cambio sirvió de algo —respondí con una sonrisa.
Hice el amago de levantarme para volver a mi silla, pero Miguel me retuvo con firmeza.
—Me quedan cinco minutos antes de empezar la guardia. Quédate aquí conmigo. Pero ya no me hables de tu amigo: háblame de ti… o bésame.
Mi boca buscó la suya de inmediato. En ese beso se mezclaron todos los sabores: el atún, la cerveza, la soja y la sal del mar que nos rodeaba.
También se mezclaba el misterio de no saber todavía quiénes éramos el uno para el otro.
No nos permitíamos abrirnos del todo porque, en el fondo, ambos sabíamos que aquello podía ser solo una corriente superficial: intensa mientras durara, pero destinada a cambiar de rumbo en cuanto soplara un viento distinto.
—Diego, ¿puedo pasar? —asomé la cabeza en la cocina. Necesitaba hablar con él y, con Miguel arriba en el puente, era el momento perfecto.
Diego estaba organizando el refrigerador.
—Claro que sí, señorita, adelante. ¿Quiere que veamos lo de la cena?
—No exactamente. Le pedí a Juan Pablo que te dijera que apagaras tu celular en cuanto Teo se fue.
—Y así lo hice —respondió él sin mirarme; sus dedos se movían nerviosos sobre un estante.
—Teo me escribió —solté sin rodeos.
Diego finalmente levantó la vista.
—¿Está bien?
Esa simple pregunta me confirmó lo que sospechaba: tenían una relación.
—No he abierto el mensaje porque no sé si es él quien me busca… o si hay alguien más moviendo los hilos detrás.
—Teo es mi amigo —dijo Diego despacio—, pero ese señor sabe cómo manipularlo. Le habla bonito, lo hace sentir indispensable… y cuando Teo se da cuenta, ya está metido en cosas que no van con él. Yo no quiero caer en eso.
—Ni yo —sentencié—. Aquí la libertad es sagrada. Este barco y este trabajo no los voy a entregar para que alguien más decida por mí.
Diego asintió con gravedad.
—Mañana, en Puerto Vallarta, podrás decidir si te quedas o te vas. Pero por ahora, de este lado de la borda, espero tu lealtad.
—Y la tiene, capitana.
Salí de la cocina y entré en mi estudio. Necesitaba ordenar mis pensamientos y dejar de sentir esa urgencia de subir al puente para estar con Miguel. ¿Qué iba a hacer cuando él tuviera que regresar a su vida, a su trabajo? No me atrevía a preguntárselo; prefería vivir un día a la vez.
Tomé mi celular. Debajo del chat de Piero seguía flotando la notificación de Teo, como una espina que no quería tocar. Más abajo había varios mensajes de mi madre que ni pensaba abrir; llevaba días acariciando la idea de bloquearla y cortar cualquier vínculo con ese lado de la familia.
Entré de nuevo en el chat de Piero para enviarle algo más que el escueto ok de antes. Escribí:
Espero que llegues mañana, avísame en cuanto tengas señal y aquí te espero. 5:15pm
Le di a enviar, pero el mensaje se quedó congelado, con el círculo de carga dando vueltas.
—Qué raro —murmuré.
Pancho apareció en la puerta con una tableta en la mano.
—Capitana, el internet está fallando. Estamos reiniciando la antena; el sistema dice que la señal va y viene, pero no debe tardar en regresar.
—¿Afecta a la navegación?
—No, solo son los datos. El rumbo se mantiene con los equipos del barco.
—Perfecto. Mientras no nos quedemos sin mar… lo demás puede esperar.
Miré la pantalla una vez más. El mensaje seguía en estado de “enviando”. Lo dejé así. Tal vez, por primera vez en mucho tiempo, no pasaba nada si alguien tenía que esperar por mi respuesta.
Estaba terminando de arreglarme. Había decidido ponerme guapa para Miguel; sentía que hoy era una noche especial. Sabía que mañana, con la llegada de Piero, la dinámica entre nosotros cambiaría inevitablemente.
Me puse un poco de mousse para definir las ondas de mi pelo, rímel y un toque de brillo en los labios. No necesitaba rubor; el sol de la tarde ya se había encargado de eso. Estaba buscando mi iluminador cuando llamaron a la puerta.
—Adelante.
Solo podían ser Juan Pablo o Miguel. Los demás sabían que cualquier asunto se trataba en el estudio.
—Soy yo, Miguel. ¿Puedo pasar? —preguntó sin abrir. Le había echado el seguro sin darme cuenta. Aproveché para ponerme perfume y darme un último vistazo.
—¡Ya voy!
Me había puesto las perlas de mi abuela y el vestido que compré en Grecia el verano pasado.
Mi amiga Triana me obligo a que lo comprara, creí que nunca encontraría la ocasión para usarlo.
Pero allí estaba, sintiéndome como una diosa griega.
El vestido era de gasa blanca, con tiras trenzadas que marcaban mi busto, cruzaban por la espalda y se ajustaban a la cintura antes de caer en una falda vaporosa.
Abrí la puerta, nerviosa.
—¡Wow! ¿Dónde han dejado a mi pescadora? —exclamó él al verme—. Me la han cambiado por una diosa.
—¿Te gusta?
—Me encantas.
—Pasa. ¿Cómo te fue? Estuve tentada de subir a distraerte toda la tarde.
—Hubieras subido —sonrió—. Este catamarán es un sueño. Pancho me explicó toda la tecnología, especialmente lo sustentable: desde la energía solar hasta la planta desalinizadora. Es impresionante.
—Si yo te contara lo que me costó decidir cada detalle… Te lo cuento en la cena, ¿te parece? Le pedí a Diego que preparara algo lindo en la cubierta.
—Me parece perfecto. Déjame cambiarme rápido, ¿me acompañas?
—Si te acompaño a tu camarote, no voy a querer salir de ahí —le guiñé un ojo—. Mejor apúrate y te veo arriba.
—A sus órdenes, capitana —se cuadró con un saludo militar y dio media vuelta.
—Un momento, capitán —lo frené. Él se detuvo.
—¿Se despide sin un beso?
Él soltó una risa que hizo que el estómago se me subiera a la garganta. Regresó sobre sus pasos, me robó un beso profundo.
—¡Adiós! Ese vestido me está matando —ahora sí, se marchó.
Tomé mi celular y subí a cubierta con la intención de tomarme una foto para enviársela a Triana, aunque supiera que no se enviaría hasta que recuperáramos la señal. No había tenido ni un segundo para contarle sobre Miguel; estaba segura de que diría: «flipo», como solía decir ella.
Diego y los demás se habían esmerado por completo.
Habían creado un escenario romántico —si es que se le podía llamar así, o quizá era simplemente que la romántica era yo y todo me parecía distinto—.
Habían dispuesto una mesa para dos en la proa, montada con la vajilla más elegante y bajo una iluminación de tonos cálidos.
La brisa soplaba fresca y, como teníamos el viento de frente, mi pelo y el vestido ondulaban hacia atrás.
Me quedé de pie junto al barandal, observando la inmensidad del océano.
Las primeras estrellas ya comenzaban a asomarse, reflejándose sobre el espejo oscuro del mar.
Tenía tanto que agradecer: este catamarán, que era el comienzo de un sueño; mi investigación, que finalmente cobraba vida; y ese sueño recién estrenado de haber compartido una intimidad tan profunda con un hombre que me tenía totalmente embobada, por no decir enamorada.
Era muy pronto, lo sabía. Pero lo único que tenía claro era que no quería que aquello terminara.
—No te muevas, Cris. Deja que te tome una foto.
Miguel apareció al otro lado de la cubierta con su celular en mano y me tomó varias fotografías.
—¡Mándamelas! —exclamé sonriendo.
—En cuanto tengamos señal lo haré. Creo que aún no tengo tu contacto, ¿verdad? —dijo mientras caminaba hacia mí.
—No lo creo, pero luego lo solucionamos. Ven —le pedí, extendiéndole la mano.
—¿Quieren más vino? —preguntó Luis mientras terminaba de retirar los platos vacíos.
—Sí, gracias, Luis. Por favor, dile a Diego que todo estuvo delicioso; realmente se lució.
Luis sirvió el vino en nuestras copas. Habíamos cenado de maravilla: una crema fría de aguacate con caviar seguida de una pasta con camarones en salsa rosa que resultó espectacular.
—Con permiso. Estaré pendiente por si se les ofrece algo más.
—No creo que haga falta, Luis. Pueden irse a descansar. Ya solo quedan estas copas; yo misma las llevaré adentro cuando terminemos.
—Buenas noches, señorita. Buenas noches, capitán.
—Gracias, Luis. Buenas noches.
Nos trasladamos a las tumbonas de la cubierta para terminar nuestras copas y seguir disfrutando de la velada. Nos acomodamos de esa forma en que nuestros cuerpos ya empezaban a acostumbrarse: encajando el uno con el otro sin necesidad de palabras.
—¿Ya te dije que te ves preciosa esta noche? —preguntó Miguel mientras deslizaba su mano por mi brazo.
—Déjame pensar… creo que van unas cuatro veces durante la cena. Pero no me molesta —respondí, girándome para buscar sus ojos. Empezaba a comprender lo que su mirada gritaba y su boca prefería callar.
—No hay quinto malo: te ves preciosa —repitió.
Bajó el rostro hasta capturar mis labios. Fue un beso lento, cargado de todas las miradas y el coqueteo que habíamos acumulado durante la cena.
—Sabes… —dijo cuando nos separamos apenas para tomar aire—. Cuando te vi en urgencias… —Se interrumpió a sí mismo con una risa.
—No te rías. De verdad, no quiero ni imaginar cómo me veía; parecía la niña del exorcista.
—Justo eso fue lo que pensé —rio él con más fuerza.
—¡Miguel! Estás arruinando el romanticismo de la noche.