Marea MAR CRUZADO #2
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MAR CRUZADO #2

—Y yo lo único que pensaba mientras sacaba ese atún era en tenerte así —susurré contra sus labios—. Tu pasión por la pesca me excitó; hubiera querido tenerte entre mis piernas, sostenerte como el arnés y que sintieras mi erección contra tus nalgas…

Cristina soltó un suspiro y volvió a besarme. Su sabor mezclaba sal, sudor y el frío del suero.

—Estoy toda apestosa a mar y a atún —murmuró contra mi boca con una risa nerviosa—. No es precisamente como imaginaba este momento.

—Así me encantas —respondí sin soltarla—. Pero si quieres, podemos repetir la escena de la ducha.

La vi tragar saliva. Sabía perfectamente a qué ducha me refería.

—En mi camarote —dijo al fin, apenas audible.

Tomé su mano y la guie por la pequeña puerta que conectaba el estudio con su habitación, un acceso que casi nadie más usaba.

Su camarote me resultaba familiar: era el mismo al que había entrado la primera vez que la bañé con fiebre, solo que ahora el calor no venía de una enfermedad, sino del deseo que saturaba el aire entre los dos.

En un minuto, ambos nos deshicimos de la ropa.

Era práctico vivir entre shorts, playeras y bikinis.

Entramos en la ducha; giré la llave y el agua fría empezó a caer por mi espalda.

Un escalofrío me recorrió al sentir el contraste del agua con el calor de mi cuerpo, encendido por el sol y por todo lo que estaba sintiendo.

—Ahorita sale más caliente —dijo ella.

—Está perfecta —respondí—. Aquí la temperatura ahora depende de nosotros.

La tomé por las nalgas y la levanté, obligándola a rodearme con las piernas a la altura de la cadera. Comenzamos a besarnos; ella se aferraba a mi nuca con los brazos. Cuando sentí que la temperatura del agua había subido, la giré. El espacio no era mucho, pero era suficiente para los dos.

Poco a poco, dejé que el agua recorriera su espalda y su cabeza, hasta que la fuerza del chorro nos obligó a separarnos al caer directamente sobre nosotros. Quedamos allí, jadeando, recibiendo con placer el agua que refrescaba y limpiaba nuestros cuerpos.

—Si quieres, bájame… —murmuró ella.

—De querer, no quiero, pero creo que sí es buena idea.

La deslicé lentamente por mi cuerpo hasta que sus pies tocaron el suelo.

Mi erección estaba a tope y, por la forma en que me miró, supe que ella la había sentido perfectamente.

Se giró para tomar la esponja y el jabón líquido, regalándome una vista perfecta de sus nalgas, esas que tanto me gustaba sentir entre mis manos.

Aún se percibía una ligera marca de la picadura de medusa; de forma instintiva, pasé los dedos sobre ella.

—Y pensar que por algo de no más de cinco centímetros estamos aquí —dije, acercando mi boca a su oreja y obligándola a voltear.

Ella bajó la mirada, pensativa.

—Yo creo que son más de cinco centímetros…

Solté una carcajada. Cristina se quedó con la esponja en la mano, sin entender del todo la referencia.

—Dame eso, ven —le quité la esponja con suavidad y empecé a enjabonarle el brazo sin apartar la mirada de sus ojos—. Yo me refería a la medusa, Cris. Obviamente, mi pene mide más de cinco centímetros, pero tampoco voy por la vida presumiendo su tamaño.

—Ay, qué tonta… es que pensé…

—Es que estaba viendo que ya casi no tienes marca de la lesión donde te picó la medusa.

—Sí, me he estado poniendo la pomada.

Continué enjabonándole el abdomen; sus pezones parecían rogar por un poco de atención.

—¿Después me va a tocar a mí enjabonarte? —preguntó con timidez.

—Por supuesto. Estoy deseándolo.

—Pero… ¿y si te lastimo? ¿Y si… me da pena?

—Ven, dame tu mano. Confía en mí. En el momento que quieras podemos parar, y si no te gusta tocarme tampoco pasa nada; tenemos muchas maneras de darnos placer.

Asintió con la cabeza. Tomé su mano sobre la esponja y la guie hasta mi abdomen.

Solo esperaba que no saliera corriendo en cuanto me tocara.

Realmente deseaba que me tuviera en sus manos y en su boca, pero necesitaba ir poco a poco, mantener el control.

Fui guiando su mano con la esponja por todo el largo de mi erección y luego de regreso hacia mi abdomen.

Ella mantenía la vista fija en el recorrido.

Besé su cabeza y, con voz queda, murmuré sobre su oído:

—En el momento que estés lista, puedes soltar la esponja… o no. Yo ya lo estoy disfrutando. Siente mi corazón.

Movió la cabeza y apoyó los labios sobre mi pecho, notando el ritmo acelerado de mis latidos. Se quedó allí, mientras su mano, ya sin la esponja, empezaba a recorrer mi miembro. Mi respiración se aceleraba por momentos.

—Así, mi reina… eres perfecta, lo haces perfecto…

Su mano me rodeaba, subía y bajaba. No era un movimiento continuo, pero sí lo suficiente para llevarme al límite.

—¿Quieres que paremos o quieres que me venga en tu mano? —logré decir; no quería que se detuviera bajo ningún concepto.

—Lo que tú digas.

Levantó la boca y la vista de mi pecho; estoy seguro de que pudo ver el fuego en mis ojos.

—Sí quiero seguir… —soltó el aire.

—Perfecto. Solo, si quieres, aprieta un poco más; no me lastimas, al contrario….

—¿Así?

Sentí mi cuerpo tensarse y el mundo cerrarse sobre nosotros. Alcancé a tomar su boca, intensificando el beso segundo a segundo, explorando su lengua con la mía mientras apoyaba las manos en la pared, a ambos lados de su cabeza. Estaba a punto.

—No pares, por favor… —alcancé a pedir, mientras todo mi cuerpo se tensaba y empezaba a correrme en su mano, en esa deliciosa explosión que me recorría entero.

Como pude, abrí los ojos. Mi respiración seguía agitada y aún sentía los espasmos del orgasmo. Cristina me miraba; entre el vapor de la regadera y el aturdimiento, me costaba descifrar su expresión.

—¿Todo bien? —logré preguntar.

—Perfecto. Me encantó hacerte disfrutar —me dio un beso rápido—. Y lo disfruté. ¿Es normal?

—Por supuesto que es normal. Pero ahora me toca a mí.

—¡Espera! —rio ella—. Digo, no es que no quiera… pero creo que vamos a acabarnos el agua dulce del barco.

—Tienes razón. ¿Nos bañamos rápido y seguimos afuera?

—Me parece correcto, capitán.

—Si me dices “capitán” así, desnuda y con esa voz, no me va a importar dejar sin agua dulce a mi tripulación con tal de no salir de aquí.

Cristina

El atún sabía a gloria. Diego no había exagerado ni un poco al calificarlo de “manjar”; entre el limón, soya y ese toque preciso de jengibre, cada bocado me recordaba por qué valía la pena la pesca fresca.

Miguel se sentó frente a mí con su plato rebosante y una cerveza fría. Tenía el pelo todavía húmedo y la piel ligeramente encendida por el sol y la reciente ducha. Cada vez que levantaba la vista, sus ojos se encontraban con los míos con esa complicidad nueva que todavía no sabíamos cómo manejar.

—¿Crees que valió la pena la interrupción? —preguntó, señalando el plato con el tenedor.

—Tengo mis dudas —respondí, llevándome otro trozo de atún a la boca—. Pero supongo que también necesitábamos comer.

Él sonrió, esa sonrisa ladeada que me desarmaba con más fuerza que cualquier ola.

Apenas unos minutos antes, en cuanto entramos a mi camarote tras salir de la regadera, Miguel —todavía con la toalla anudada a la cintura— me había sentado a horcajadas sobre él.

Sus labios se habían perdido en mis pechos y mis manos se habían enredado en su pelo húmedo cuando, justo en el momento de mayor tensión, llamaron a la puerta para avisarnos de que la comida estaba lista.

—Podemos retomarlo después —me había dicho al oído antes de salir.

Sentí el calor subir de nuevo por mis mejillas al recordarlo; Miguel realmente había desbloqueado en mí un deseo que no conocía.

Todo lo que ocurría con él me resultaba fascinante.

Para distraerme y no saltarle encima allí mismo, estiré la mano hacia mi teléfono.

La pantalla estaba inundada de notificaciones.

En cuanto lo desbloqueé, el nombre de Piero apareció en la parte superior. El estómago se me hizo un nudo.

Abrí la conversación:

Cris, mi vuelo se retrasó. Entró una tormenta en Nueva York y de milagro logramos aterrizar. 1:23pm

Cris, creo que llego de madrugada. 2:14pm

Lo siento, dicen que si mañana mejora el clima salimos. Eso espero, ya me urge llegar. 3:42pm

Sentí cómo el barco seguía meciéndose bajo mis pies, pero fue mi realidad la que se movió con más fuerza.

Mi plan era llegar esa misma tarde a Bahía de Banderas para recogerlo.

Él contaba con licencia de capitán y eso nos daría la cobertura legal que necesitábamos.

Ya no quería seguir abusando de la ayuda de Miguel…

bueno, sí quería, pero no de esa forma técnica y arriesgada.

—¿De qué te ríes? —me interrumpió Miguel—. Hace unos segundos parecías angustiada y, en cuanto viste el teléfono, te pusiste tensa.

Levanté la mirada. Él seguía allí, con su calma imperturbable que contrastaba con el pequeño caos que acababa de estallar en mi cabeza.

—Es Piero, mi compañero. Su vuelo se retrasó y llegará hasta mañana. Toda la prisa era para recogerlo a él.

Pensé que lo mejor sería pedirle a Juan Pablo que bajara la velocidad; no quería volver a sentirme expuesta entrando a la bahía antes de tiempo.

—¿De dónde dijiste que viene? —preguntó Miguel con un tono neutro.

—De Italia. No te lo había explicado bien: hacía escala en Nueva York y hoy debía aterrizar en Puerto Vallarta.

—Ah… —soltó él, secamente.

¿Estaba celoso? No podía creerlo. En lugar de decir algo se metió un trozo de spicy tuna a la boca y bajó la vista al plato.

Me levanté de mi silla y, como él no podía hablar mientras masticaba, aproveché para moverlo un poco y sentarme en sus piernas.

Automáticamente, sus brazos rodearon mi cintura y yo me colgué de su cuello.

Le planté un beso suave entre las cejas.

—Piero y yo estudiamos juntos la maestría en Portugal. Tiene cuarenta y cinco años, es casado y me quiere como a su hermana menor.