MAR CRUZADO
Miguel
Hay momentos que parecen tranquilos hasta que las corrientes empiezan a cruzarse debajo de la superficie. El agua pierde ritmo, las olas llegan desde distintos lugares y, de pronto, avanzar deja de ser sencillo. Así se sentía aquel momento.
Ver su cara de angustia mientras me explicaba la situación despertó en mí una sensación desconocida. Mi mente quería que todo terminara rápido para poder decirle que sí sin medir las consecuencias; solo quería borrar ese miedo de su rostro.
—¡Gracias, gracias! —exclamó ella.
Lo más inquietante fue darme cuenta de lo que sentí cuando acepté sin pensarlo: la satisfacción de verla reaccionar, de sentir cómo se le aflojaba el cuerpo, me hizo feliz a mí también.
Allí, con su cuerpo pegado al mío y mi boca sobre la suya, experimenté una paz extraña; una complacencia que no tenía nada que ver con el sexo y sí con la certeza absoluta de estar justo donde quería estar.
Pensé que lo de anoche sería suficiente… y estaba claro que no.
Sentía su frecuencia cardíaca disparada contra mi pecho. Mis manos recorrían su espalda desnuda por debajo de mi playera, con unas ganas casi infantiles de arrancársela y regresarla a la cama, pero tenía que parar o no saldríamos nunca de ese cuarto.
—Voy a pedir algo de desayunar rápido —dije, forzándome a separar mis labios de los suyos—. Creo que tenemos como una hora antes de que lleguen. ¿Te parece?
—Sí, perfecto. Lo que pidas por mí está bien, voy rápido al baño.
Llamé a recepción para encargar algo ligero. Mientras esperaba, me preparé un café en la cafetera del bar y aproveché para recoger los restos de comida de la noche anterior; regresé todo al carrito y lo saqué al pasillo. No quería que nadie entrara y nos viera; me estaba volviendo paranoico.
Cristina salió del baño; se había duchado y llevaba un bikini bajo el vestido blanco de ayer. Intenté que mi mente no se desviara por ese camino. Terminamos de recoger entre los dos y desayunamos apenas una parte de lo que nos habían traído: algo de fruta y pan dulce.
Ya había amanecido. Necesitábamos decidir si llegábamos al muelle del hotel para embarcarnos o si lo hacíamos directamente desde la playa.
—Dice Juan Pablo que están como a quince minutos, y que no tuvieron problemas para salir de Manzanillo —me informó ella.
—Perfecto. Creo que ya tenemos todo.
—Me da pena que hasta con ropa nueva nos vamos… ¿Podemos transferir nuestros gastos al hotel?
—No te preocupes, yo lo veré con mi paciente. Ahora lo importante es salir de aquí y subir al catamarán.
Poco antes me había invadido una necesidad urgente de marcharme, como si las paredes del resort empezaran a quemarme.
Decidimos subir por la playa. El catamarán permaneció mar adentro y las dos motos de agua, tripuladas por Luis y Pancho, llegaron por nosotros. Entraron a la orilla y, en cuanto tocaron arena, saltaron y giraron las motos para encarar de nuevo el mar.
—Buenos días, señorita; buenos días, capitán. Aquí traigo una bolsa estanca para que me pasen sus pertenencias —dijo Pancho.
—Buenos días, Pancho. Sí, gracias.
Cristina se quitó el vestido, se puso el chaleco salvavidas y subió a la moto; yo hice lo propio.
A medio camino, cuando las motos ya habían dejado atrás la rompiente y el catamarán se recortaba cada vez más cerca, volví la vista hacia la playa sin saber bien por qué.
Las mismas camionetas negras que había visto en el malecón de Manzanillo estaban bajando por los senderos del resort.
Sentí cómo se me cerraba la garganta y apreté un poco más las manos sobre la cintura de Cristina.
Era absurdo, podían ser de cualquiera, pero mi instinto decidió otra cosa.
«Claro. Justo a tiempo. Venían por mí», pensé, y me obligué a mirar de nuevo hacia el frente.
Después de años de vivir con todo bajo control —órdenes claras, protocolos, rutas marcadas— me encontraba aceptando tripular un catamarán ajeno, con una mujer que me estaba desacomodando el corazón y una situación de trabajo que me obligaba a esconderme como si fuera un prófugo.
Nada de esto estaba en mi carta de navegación y, sin embargo, allí estaba, dejándome arrastrar.
—Jóvenes, agradezco que se pongan bajo mi mando, pero aquí la verdadera capitana y reina de esta embarcación es la señorita Cristina —dije en cuanto subimos, mirándola con un guiño.
Ella se sonrojó apenas, como si solo ella entendiera el peso de esa palabra en mi boca. Cada quien regresó a sus labores y emprendimos el rumbo hacia Bahía de Banderas. Aproveché que nos quedamos solos para robarle un beso.
—¿Te sientes bien? —pregunté—. Pensaba ir a mi maletín por un ibuprofeno para dártelo.
Me encantaba ver su cara de duda cuando procesaba algo en su cabeza.
—Pero no me duele la cabeza… —hizo una pausa, bajando la voz—. Bueno, sí, estoy un poco adolorida, pero nada que me impida repetir —confesó, y automáticamente se puso roja.
—¡Ay, qué pena, sacas lo peor de mí! —añadió, dándome un empujoncito.
—Ven acá —la envolví en mis brazos y la obligué a mirarme.
Aparté un mechón de cabello que le estorbaba; quería ver sus ojos.
El color verde de su mirada se veía todavía más intenso bajo el sol—.
Pues hasta ahora se podría decir que me encanta esta versión —rematé con un beso sonoro—.
Y tenlo por seguro: se va a repetir. Pero ahora tengo un catamarán que dirigir.
¿Vas a estar en tu estudio o en tu camarote para llevarte el analgésico?
—Voy a mi estudio. Quiero cargar mi celular y checar unos correos en la computadora —respondió sonriendo y dándome un beso en la mejilla—. Gracias. Y ya suéltame, que estoy teniendo serias dudas sobre si fingir un dolor y necesitar a un doctor en mi camarote…
Se fue caminando como si nada, mientras yo me quedaba con ganas de seguirla y abandonar mi primera obligación del día.
El sol ya caía a plomo cuando escuché a Diego gritar desde popa:
—¡Atún! ¡Traemos atún debajo!
Solté un momento el timón automático y me incliné por el costado. El agua hirvió en destellos plateados bajo el casco, como si el mar entero estuviera respirando justo debajo de nosotros. Cristina asomó la cabeza desde la escotilla del estudio, con el cabello recogido en un moño alto y desordenado.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Desayuno tardío —respondí—. Diego dice que traemos un banco de atunes pegado al barco.
—¡Qué emoción! ¡Voy para arriba! ¿Ya están preparando las cañas?
—¡Ya, capitana! —gritó Pancho.
Bajé un poco la velocidad y vi a Juan Pablo subir al puente.
—Capitán, yo me encargo de la maniobra. Baje a ver a la señorita Cris, se pone seria cuando se trata de pesca.
A los pocos minutos empezó a sonar la chicharra de la primera caña. Del mismo modo que yo trabajaba con mi equipo en un quirófano, todos comenzaron a moverse. Luis y Pancho levantaron cada uno una caña y Diego empezó a sacar utensilios: guantes, ganchos y un bate.
—Capitán, agarre este, ya está bien enganchado —me dijo Pancho, pasándome la caña.
Cristina era una experta y sabía muy bien lo que hacía. Pancho me iba instruyendo y ella, de vez en cuando, volteaba a verme para recordarme que mantuviera la línea firme. Cuando ella tuvo cerca al primero, Diego entró en acción: en cuanto subían un atún, lo limpiaba con precisión quirúrgica.
—Estos dos los voy a dejar en refrigeración para el ronqueo —anunció Diego—, y con este armamos la comida.
Al final terminamos sacando solo tres. Cristina no les permitió volver a lanzar las cañas; dijo que con tres era más que suficiente y les dio una pequeña cátedra de pesca consciente.
Al terminar, creo que los muchachos prefirieron ponerse a lavar el desastre de la cubierta antes que seguir discutiendo con ella.
—Ya les dejé sus sueros en el estudio, capitana —dijo Luis mientras Cristina terminaba de limpiarse el sudor y la poca sangre que la había salpicado durante la maniobra.
—Gracias, Luis. Vamos, Miguel, hay algo que te quiero enseñar y de paso nos refrescamos un rato.
Caminamos juntos hacia el estudio mientras comentábamos la experiencia de la pesca y la pasión que todos ponían en la labor.
—Vas a ver el manjar que nos va a preparar Diego —dijo ella mientras ambos bebíamos nuestros sueros.
—Sí, pude ver su destreza con el cuchillo; se podría comparar con la de un cirujano —respondí. Moría de sed.
Noté que Cristina había dejado su vaso y me observaba con nerviosismo.
—¿Qué pasa? ¿Te sientes mal? —acorté la distancia, sin llegar a tocarla.
—Lo que pasa… es… —dudó.
—Dijiste que necesitabas enseñarme algo. ¿Pasó algo?
Suspiró.
—No es nada malo… bueno, creo.
Tenía las manos entrelazadas frente a ella. Se las tomé y la acerqué a mí. No me gustaba verla así, insegura; prefería a la mujer que acababa de sacar un atún de más de sesenta kilos ella sola.
—Mírame a los ojos —aparté el mechón de cabello que se le había escapado— respira y dime.
Cerró los ojos un instante y, cuando los abrió, destacaban los destellos verdes sobre el color miel.
—Me encanta pescar y me apasiona, realmente lo disfruto —sabía que su mente estaba dando rodeos para llegar al punto, pero no la iba a interrumpir—; pero hace rato, al tenerte cerca, al ver cómo se marcaba todo tu cuerpo con el esfuerzo, tu mirada fija en la línea, tu sonrisa al ver el atún cerca…
—soltó mis manos y se cubrió la cara—. Solo quería ser yo.
No estaba seguro de entenderla del todo, y creo que lo notó en mi expresión, porque bajó las manos, acortó la distancia y me rodeó el cuello con sus brazos, poniéndose de puntillas para quedar a mi altura.
—Quería ser yo la que estuviera en tus brazos —dijo con voz queda, pero con los ojos clavados en los míos.
Cuando mi cuerpo y mi mente finalmente comprendieron, la estreché con fuerza. Sonreí; me encantaba su manera de pedirme que la abrazara.
—Mi reina, me encanta que quieras estar en mis brazos, porque yo quiero tenerte… y no solo así: quiero estar dentro de ti, hacerte vibrar.
Bajé lentamente y atrapé su boca, que ya estaba lista para recibirme.