Marea MAREA VIVA #9
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MAREA VIVA #9

Mi pie pisó algo duro y bajé la mirada. La orilla estaba repleta de estrellas de mar blancas, como si se hubieran desprendido del firmamento.

Me frené para no dañarlas. Un sonido a lo lejos llamó mi atención, una vibración que parecía provenir de una de las estrellas.

Traté de girar para ver el origen; estaba rodeada de luz y las estrellas de la orilla brillaban con una luminiscencia tenue.

Y ahí lo vi: era mi papá, tan guapo y elegante como siempre, de pie en medio de las olas.

—Todo va a estar bien, confía… —dijo.

Otra voz, proveniente de la playa, no me dejaba escuchar lo que mi padre añadía, pero yo no quería voltear por temor a que él desapareciera.

—Mi reina, está sonando tu celular.

Abrí los ojos de golpe. Por un segundo seguí sintiendo los pies hundidos en la arena húmeda antes de darme cuenta de que estaba en la cama del hotel. El corazón me latía con extrañeza, atrapado entre el sueño y la realidad.

—Cris, es Juan Pablo. Parece urgente, ¿quieres que conteste?

—Yo lo tomo, gracias —murmuré, todavía con la voz pastosa.

—¿Qué pasó, Juan Pablo? ¿Todo bien?

—Cristina, ¿puedes hablar?

—Dame un minutito.

Miguel se había levantado para ir al baño, así que me incorporé, me puse su playera y salí a la terraza. La brisa fresca del alba me golpeó la cara, provocándome escalofríos. Apenas empezaba a clarear.

—Ya, Juan Pablo, dime qué pasa. No me asustes, son las seis de la mañana.

—No te quiero asustar, pero esto no me gusta nada.

Vinieron por Teo hace como veinte minutos.

Eran los mismos de ayer. Luis estaba de guardia con él y acaba de avisarme; dice que discutieron y que lo obligaron a irse.

Saben que si él no está, no nos podemos mover, y tarde o temprano tendrás que regresar. ¿Qué vamos a hacer?

—Tranquilo, Juan Pablo, no te entiendo.

—Se llevaron a Teo para buscarte y para asegurarse de que el barco no se mueva. Pensé que podría esperar a que dieran las siete e ir a buscar algún capitán que nos llevara a Bahía de Banderas.

—Deben estar en los muelles esperando. En cuanto te vean, te harán lo mismo.

—Tu mamá sabe que contigo no puede meterse, pero está desesperada.

La angustia empezó a llenarme el pecho. ¿Por qué no podían simplemente olvidarse de mí?

—Juan Pablo, no podemos confiar en nadie. Navega tú el catamarán, ven por mí; estoy a unas cuantas millas al norte, en Tamarindos, tengo acceso…

—No, Cristina, no me pidas eso. Si nos agarran, te incautan el catamarán y yo acabo preso. No hay manera… Deja que busque un capitán, debe haber alguno, pensemos.

—Por favor, Juan Pablo, ¿de dónde vamos a sacar un capitán a las seis de la mañana? Confía en ti.

Un ruido en la habitación me hizo voltear.

Miguel estaba ahí, totalmente desnudo, secándose con una toalla.

La barba cerrada, el pelo mojado... me impactaba verlo así, sabiendo ya lo que se sentía tenerlo tan cerca.

Mi cuerpo también lo recordaba. Nuestras miradas se encontraron; esa sonrisa de lado me confirmó que mi escrutinio no había pasado desapercibido.

—¿Cristina, todo bien? —la voz de Juan Pablo rompió el hechizo.

—¿Todo bien, mi reina? —preguntó Miguel, acercándose mientras se anudaba la toalla a la cintura.

Las palabras de mi padre en el sueño hicieron eco en mi mente.

—¡Sí, sí! —contesté, eufórica; para Juan Pablo, para Miguel y para mí misma. puse el teléfono en altavoz—. Juan Pablo, estás en altavoz. Estoy aquí con Miguel.

—Buenos días, capitán, espero que todo bien —dijo Juan Pablo.

—Sí, Juan Pablo, gracias —respondió Miguel.

Él no entendía nada; me hacía gestos, quizá pensando que Juan Pablo le pediría cuentas por lo de anoche. Me dieron ganas de reír, pero no era el momento; tenía que concentrarme y encontrar las palabras exactas para que Miguel aceptara sin que Juan Pablo hablara de más.

—Lo que pasa, Miguel, es que Teo tuvo un problema familiar y se tuvo que ir.

Dice que en dos días regresa —empecé—. La realidad es que no podemos esperar.

Yo le digo a Juan Pablo que él tiene la capacidad para llevarnos a Bahía de Banderas, pero no tiene licencia de capitán —Juan Pablo asentía al otro lado— y, si nos detiene la Marina, nos pueden multar o incluso incautar la embarcación.

Aquí venía lo importante. Tenía que convencerlo; esperaba que viera mi desesperación. Dejé de mirar el teléfono y clavé los ojos en él.

—Miguel, tú, como capitán de la Marina... ¿podrías llevarnos a Bahía de Banderas, por favor? Es indispensable llegar esta misma tarde.

Miguel se pasó una mano por el pelo y vi cómo se tensaba; sabía que lo estaba comprometiendo seriamente.

—Capitán —intervino Juan Pablo—, yo sé manejar y Pancho y yo nos sabemos todo el funcionamiento; solo sería necesario en caso de que la Marina nos detenga. De hecho, ya estamos listos para zarpar, solo necesito que la señorita Cris me pase las coordenadas.

Por eso quería tanto a Juan Pablo: pese a todo, nunca me soltaba. Vi cómo Miguel cerraba los ojos y llenaba el pecho con una inhalación profunda. Yo, en cambio, contenía el aliento. No tenía otra opción.

—Está bien, Juan Pablo. Aquí los esperamos y, una vez a bordo, hablamos con la tripulación.

—Perfecto, capitán. Vamos tomando rumbo en lo que recibimos las coordenadas.

Colgué; los nervios me superaban.

—¡Gracias, gracias! —lo abracé y le di un beso sonoro en la mejilla. Él rodeó mi cuerpo automáticamente.

—De saber que así me lo ibas a agradecer, no hubiera dudado ni un segundo —dijo en tono burlón.

Me tomó de la nuca y buscó mi boca en un beso lento mientras pegaba mi cuerpo más al suyo. Entre la ansiedad y la pasión que sus besos despertaban, pensé que el corazón me estallaría, pero su contacto logró calmarme. Tenía que confiar: todo iba a estar bien.