Marea MAREA VIVA #8
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MAREA VIVA #8

Sentí angustia. Necesitaba que me viera como en la alberca, no con ese miedo.

Mientras ella estaba encerrada, fui a la barra y me serví un tequila directo.

El alcohol me quemó la garganta, pero me ayudó a pensar.

Repasé la escena en mi cabeza hasta que caí en la cuenta: el sillón.

Mi oferta de dormir en la sala la había hecho sentir rechazada. Qué idiota había sido.

Entré al cuarto. Ella estaba frente al ventanal con el vestido blanco puesto. El escote bajaba profundamente por su espalda y se abrazaba a sí misma.

—Te traje la ropa, pero veo que ya te cambiaste. ¿Estás bien así?

—Sí, agarré un bikini del clóset también. Gracias.

—Qué bueno. Deja que me cambie rápido, ¿me esperas?

—Tampoco es como que pueda irme a otro lado —soltó con una pizca de su antiguo sarcasmo.

Me cambié rápido en el baño, nervioso. Salí con un short y una playera blanca, intentando ordenar mis palabras. Me paré detrás de ella.

—Cris… creo que hubo un malentendido.

—No tienes que decir nada, de verdad —me interrumpió—. He vivido trece años sintiendo asco por mí misma; no necesito escucharlo de tu voz. Lo entiendo.

Sus palabras me golpearon como un puñetazo. Me faltó el aire. Acorté la distancia y la abracé por la espalda, rodeando sus brazos con los míos.

—Perdóname. Solo intentaba respetar la promesa que te hice. En ningún momento quise que te sintieras así. Tú no eres lo que te pasó, Cristina. Eres todo lo que has hecho para seguir aquí. Y eso te hace más valiente de lo que tu misma puedes ver.

Ella no se movía, pero su respiración se aceleró.

—Me gustaría decirte esto a los ojos, pero entiendo si no quieres girarte.

Solo escúchame. Mi cuerpo te desea desde el primer segundo en que te vi en el hospital.

Fue inevitable. He roto todas mis reglas por ti en estas cuarenta y ocho horas.

Si dije que dormiría en el sillón fue por mí, porque me asusta no poder contenerme teniéndote tan cerca.

Ya no es solo mi cuerpo; mi cabeza no deja de pensar en ti.

Ella se giró despacio. Tenía los ojos rojos, pero la mirada firme.

—Tengo miedo, Miguel. Miedo de que esto que siento al tenerte cerca cambie.

—No quiero que sientas que "ya estás bien" solo porque estás conmigo —le dije, acunando su rostro—. Quiero que estés conmigo, aunque sigas teniendo miedo, aunque dudes. Ahí también me quiero quedar.

No esperé respuesta. Me incliné despacio y, al ver que no se apartaba, busqué su boca. Esta vez no hubo dudas ni riesgos que medir. Simplemente la sentí. Mañana lidiaría con el resto del mundo.

Cristina

Teniéndolo así frente a mí, con su corazón retumbando junto al mío como si trataran de encontrar un mismo ritmo, no podía pensar en nada más.

Mi cuerpo reaccionaba al suyo; sus ojos pedían permiso mientras avanzaba poco a poco.

Dudé, por un instante, de no ser suficiente, pero ya le había entregado demasiado poder a ese miedo durante muchos años.

Era momento de permitirme sentir. Recibí su boca sin pensarlo más; ya mañana lidiaría con las consecuencias.

Sus manos recorrieron mi espalda desnuda y las mías rodearon su cuello; necesitaba sostenerme de algo, pues mis piernas estaban temblando.

Ese beso era totalmente diferente a los demás, como si, por primera vez, él no se estuviera reprimiendo.

Mi cuerpo vibraba con cada roce de sus manos subiendo y bajando por mi columna, llegando cada vez más cerca del nacimiento de mis nalgas, por debajo del vestido.

Solo me había puesto la parte inferior del bikini.

—Mi reina, necesito saber si estás bien —murmuró.

Me encantaba que me llamara así; le salía tan natural que resultaba increíblemente sexy con su voz ronca.

Apenas se separó del beso, aproveché para tomar aire.

Bajé los pies —no me había dado cuenta de que estaba de puntillas— y despegué mis manos de su cuello.

Automáticamente, sentí el aire colarse entre nosotros.

No podíamos dejar de mirarnos, como si todo eso que queríamos confesarnos estuviera ahí, suspendido en el espacio.

Llevé las manos a mi nuca y desabroché el vestido, que comenzó a deslizarse lentamente.

Como me quedaba un poco grande, cayó a mis pies sin resistencia, dejándome solo con el bikini blanco.

Miguel bajó la mirada y recorrió mi cuerpo con lentitud.

Vi el deseo en sus ojos; ya no bastaban las palabras, ahora podía ver ese fuego que me dio el valor necesario para tomar el borde de su playera y empezar a subirla.

Necesitaba sentir su pecho contra el mío, sin ninguna barrera.

No había llegado aún a su pecho cuando Miguel tomó la prenda por el cuello y, en un movimiento brusco, la arrancó.

Cuando reaccioné, nuestras bocas ya se estaban besando de nuevo y él me había levantado del piso, sosteniéndome por las nalgas.

El choque de mis pezones erizados con el vello y el calor de su torso provocó que se me escapara un gemido.

Miguel se detuvo un momento, pero yo no quería que parara; no me estaba lastimando, al contrario, pero mi voz no salía.

Así que hablé con mi cuerpo: comencé a besarlo con más ansia, hundiendo mi lengua en su boca para encontrar la suya.

Con mis manos sobre sus hombros creaba una fricción constante en su pecho; cada roce enviaba una descarga eléctrica que bajaba hasta mi centro, pidiendo una atención que no sabía cómo solicitar con palabras.

—Mi reina, me estás volviendo loco. Necesito tenerte en la cama y poder recorrerte toda... ¿Me das permiso?

Mi corazón se apretó; su forma de pedirme permiso me desarmó por completo.

—Sí, por favor —susurré.

—Agárrate bien —ordenó.

—Sí, capitán —obedecí riendo.

Caminó cargándome hasta la cama. Pensé que me dejaría caer con ese efecto de rebote que se ve en las películas, pero no fue así; se hincó sobre el colchón y poco a poco fue bajando nuestros cuerpos, como si se resistiera a que se despegaran.

Mi espalda tocó la colcha fría y mi piel se erizó por el contraste de temperatura, provocando una punzada de sensibilidad en mis pechos.

—¡Ay!

—¿Te lastimé? —preguntó preocupado.

—No, no... es el frío —dije, bajando la vista hacia mi pecho.

Sus ojos encendidos siguieron mi mirada y, con sus labios, succionó primero un pezón y luego el otro.

—¿Así está mejor? —preguntó con una sonrisa, sin despegar la boca de mi piel.

Solo alcancé a articular algo parecido a un: —Más...

Me voy a quitar los shorts… —dijo con esa voz baja que me recorría el cuerpo—. No los aguanto, me quedan chicos, pero no quiero que pienses….

—Sí quiero, Miguel —lo interrumpí—. Ya no quiero esperar.

Sus ojos se abrieron y se fijaron en los míos, como si buscaran algún rastro de duda que no iban a encontrar.

—¿Segura?

—Sí —mi voz no titubeó.

Cerré los ojos. Sentí el cambio de peso en el colchón cuando se levantó de la cama, permitiéndome concentrarme en cada sensación que me erizaba la piel.

Escuché el roce de la tela, el movimiento de su cuerpo alejándose un instante y el sonido breve de la maleta al abrirse.

Ese pequeño gesto, tan simple y concreto, hizo que todo se volviera más real.

Mi respiración se agitó por la certeza de que ya no había nada que detener. Él estaba cuidando cada detalle, incluso aquellos que yo no sabía cómo pedir.

Volvió hacia mí y sentí el calor de su cuerpo aproximarse de nuevo.

Se acostó a mi lado y sus manos me encontraron con la misma calma de antes, recorriéndome como si el tiempo no importara, como si todo cobrara sentido en ese ritmo pausado.

Poco a poco, giré hacia él. Sentí sus labios rozar mis párpados.

—Mírame.

Abrí los ojos y me encontré con ese azul mar profundo que tanto amo. Por primera vez, no me sentí observada; me sentí elegida. Sus manos permanecieron sobre mi piel, pero ya no guiaban; solo esperaban.

—Tú mandas —susurró cerca de mi boca, con la respiración contenida—. Soy tuyo…

Se estaba entregando a mí. Sentí el impulso de bajar la mirada, de refugiarme en lo conocido, pero no lo hice.

No esta vez. Llevé mis manos a su pecho y lo empujé apenas, lo suficiente para cambiar la dinámica entre nosotros.

Él no opuso resistencia; se dejó mover y acomodar como si confiara en mí más de lo que yo misma lo hacía.

Eso me dio valor y me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su deseo contra mí.

Nuestros ojos permanecían anclados, como si estuvieran encadenados.

Deslicé mis manos por su cuerpo, memorizando su figura del mismo modo que él había aprendido la mía.

Sin prisa ni miedo, sentía cómo respondía a cada roce, cómo su respiración se transformaba cada vez que yo decidía acercarlo más.

—Así… —murmuré, más para mí que para él.

Algo en mi interior se acomodó. Ya no estaba simplemente reaccionando; estaba eligiendo.

Cuando volví a besarlo, fui yo quien marcó el compás.

Quien lo atrajo. Quien decidió hasta dónde llegar.

Y cuando nuestros cuerpos finalmente se fundieron, no fue algo que me sucediera por azar… fue algo que permití.

Me aferré a él por la intensidad de lo que estaba experimentando. Mi respiración se desordenó, pero esta vez no quise controlarla.

—Miguel… —susurré contra su piel.

Nuestros cuerpos dejaron de contenerse. Nos movimos despacio, encontrando un ritmo que no conocía la urgencia. Era como si ambos comprendiéramos que ese momento no se trataba de llegar a ninguna parte, sino de quedarnos ahí, el uno en el otro.

Ese instante nos perteneció por completo.

Caminaba de madrugada por la playa. El cielo estaba cuajado de estrellas como pocas veces lo había visto; no podía dejar de mirarlo.

Solo llevaba un bikini, pero no sentía frío.

El mar, en calma, rozaba mis pies mientras se hundían levemente en la arena húmeda.

No tenía miedo de estar sola: sabía que él estaba conmigo, aunque no pudiera verlo.