Marea MAREA VIVA #7
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MAREA VIVA #7

—Cuando tenía catorce años, sufrí una agresión física que me dejó un asco y una repulsión profunda hacia los hombres y el sexo… —sentí que su cuerpo se tensaba. Necesitaba cerrar ese capítulo, decirlo de una vez por todas.

Pero el zumbido de un celular interrumpió la frase.

—Creo que suena algo —dijo Miguel.

—Seguro es Juan Pablo. Debe estar preocupado; saldré a contestar.

—Sécate con la toalla del camastro, yo iré por las batas —dijo Miguel, dándome un beso rápido antes de salir del agua.

Contesté al segundo intento.

—Juan Pablo, perdón, olvidé escribirte, pero estoy bien.

—Qué bueno… —su tono no era de alivio—. Aquí las cosas se complicaron.

Me tensé.

—¿Qué pasó?

—Tal como pensamos: tu mamá y ese señor llegaron en un tender con tres escoltas. Teo los recibió y los invitó a pasar. Yo me escondí para que no me vieran, pero escuché todo desde arriba.

—¿Entraron a mi estudio?

—No, eso no lo permití. Pero tu mamá solo usó el baño de cubierta.

—¿Siguen ahí?

—Se fueron hace veinte minutos. Teo les sirvió la cena para que esperaran por ti. Cristina… —cuando me tuteaba así, nada bueno seguía—, mejor no regreses por ahora. Deben estar esperándote en los muelles. Tu mamá está decidida a verte.

El coraje y el miedo se mezclaron en mi estómago. Ese hombre se había metido en algo que era solo mío. Otra vez. Mi madre seguía sin entender qué parte de "no los quiero cerca" no le quedaba clara.

—Confié demasiado en Teo… ¿Qué voy a hacer? —susurré—. Carajo.

—Puedo ir contigo o buscarte algo cerca —ofreció Juan Pablo—, pero no quiero dejar el catamarán solo por si vuelven.

Bajé la voz.

—Quédate allí, por favor. Eres el único en quien confío.

Miguel salía de la habitación con una toalla en la cintura y dos batas. Pensé rápido para que él entendiera la situación sin revelar demasiado.

—Por mí no te preocupes —dije subiendo el volumen—. Estoy con Miguel en un lugar tranquilo, fuera de la ciudad. Te llamo más tarde.

Colgué. Estaba segura de que Miguel había escuchado. Aunque se mantuvo a distancia, dándome espacio, yo sabía que no volvería al catamarán esa noche. Mi vida estaría lejos de ellos, al menos por unas horas.

Entré al comedor. El frío de la noche me provocó un escalofrío violento.

Miguel me extendió la bata.

—Ven, te vas a enfermar —dijo con un regaño cariñoso.

Me di la vuelta y solté la toalla. Quedé desnuda un segundo y alcancé a ver la marca de sus labios en mi pecho. Me puse la bata rápido, abrochándola hasta arriba, y me deshice de la ropa mojada.

—¡Qué frío! —exclamé, abrazándome a mí misma.

—Es mejor que te des un baño con agua tibia —sugirió él—. Rápido, mientras cierro la terraza.

Entré al baño y eché la llave. Necesitaba privacidad. Me quité la bata y me miré al espejo. Mi reflejo me sorprendió: me gustó la mujer que vi. La piel bronceada, el pelo desarreglado rozando mis pechos. Me veía sexy. Me sentía deseada. Por primera vez en mi vida, quería entregarme de verdad.

Miguel

Me quedé solo en la estancia en cuanto Cristina se metió al baño. Escuché el chorro de la regadera y cerré los ojos un momento, todavía con el cuerpo vibrando por lo que había pasado en la alberca.

No era solo sexo —si es que ya podía llamarlo así—; era la forma en que se había entregado, cómo había temblado en mis brazos y la manera en que me había mirado después, como si estuviera haciendo las paces con su propio cuerpo.

Salí a la terraza a recoger mi cartera, mi celular y todo lo que habíamos dejado fuera.

Me detuve un instante a mirar la inmensidad del mar.

El sonido de la naturaleza me rodeaba mientras terminaba de un trago mi copa de champaña.

Nunca he sido de beber mucho; disfruto de un par de tequilas con amigos, pero nada más.

Sin embargo, en ese momento, mis pensamientos estaban a punto de estallar.

Deseaba hundirme en Cristina una y otra vez, pero su confesión me había dejado un dolor desconocido: una mezcla de rabia y una necesidad feroz de protegerla, de borrar cualquier rastro de aquel malnacido de su memoria.

Mi juramento era salvar vidas, pero al ver el rastro de dolor en su rostro, deseé tener la vida de ese tipo en mis manos para terminar con ella.

La realidad, sin embargo, me recordó que esto era solo un oasis en medio del caos.

Lo más sensato era buscar ropa seca, llevar a Cristina de vuelta al catamarán y esconderme unos días esperando la llamada de Julián.

Revisé el celular: nada. Él me había pedido paciencia y confianza, y eso debía darle.

Llamé a recepción para pedir ropa limpia de la boutique del hotel; no podíamos volver en traje de baño.

Mientras esperaba, traté de poner orden en mi cabeza.

Tenía que encontrar la manera de hacerle ver a Cristina que lo mejor era que esto terminara aquí, que ella volviera a su vida y yo a la mía. Pero ¿cómo?

Cristina salió de la habitación un rato después. El sonido del hielo contra el cristal y el agua cayendo en el vaso me espabilaron. Me había quedado adormilado en el sillón mientras buscaba las palabras adecuadas.

—¿Qué tal el baño? ¿Se te quitó el frío? —pregunté incorporándome y ajustándome la bata.

Ella asintió desde detrás de la barra, dando un trago al agua mineral.

Verla así, con el pelo húmedo y desarreglado y la piel ligeramente sonrojada por el calor del agua, me pareció hermosa.

“Mi reina”. La palabra me salía natural, sin esfuerzo.

Con los labios todavía hinchados por mis besos y sabiendo que no llevaba nada bajo la bata, se me hacía casi imposible pensar en no volver a verla.

El sonido del teléfono del cuarto rompió mi vórtice fatalista.

—¿Quién será? —preguntó ella con duda, cerrándose el escote de la bata.

—Debe ser de recepción, pedí que nos mandaran ropa —respondí antes de contestar.

—Señor, buenas noches —dijo la voz al otro lado—. Le informamos que hemos dejado unas bolsas con ropa y su cena afuera de la puerta. Que lo disfruten.

Colgué el auricular. Yo no había pedido cena, pero supuse que el "paquete" de mi paciente venía completo.

—La ropa y la cena —le dije—. Te advierto que yo no pedí comida, así que nos vamos a arriesgar a una sorpresa.

Cristina fingió asombro siguiéndome el juego y me acompañó a la puerta. Metí el carrito de servicio y las bolsas de la boutique. Todo se veía delicioso bajo las campanas de plata.

—¿Cenamos aquí o en la terraza?

—Aquí está perfecto —respondió ella—. Pensé que no tenía hambre, pero al ver esto se me abrió el apetito.

Cenamos en una coordinación casi instintiva, como si fuera parte de una rutina de años.

—¿Quieres algo de beber? —pregunté antes de sentarme.

—¿Habrá sobrado champaña? Una copa más no me vendría mal.

—Hay otra botella en la habitación —le cerré un ojo—. Deja voy por ella. No es mi estilo, pero la ocasión lo amerita.

¿Qué estaba haciendo? Hacía apenas unos minutos planeaba cómo alejarla para protegerla, y allí estaba mi cuerpo, imponiendo su propia voluntad.

—¡No puedo más, Miguel! Voy a reventar —dijo ella al terminar—. Vas a tener que agradecerle mucho a tu paciente de mi parte. O bueno… igual ni le dijiste que yo estaba aquí.

—Le dije que venía con una amiga.

—Ah, okay.

Su tono se volvió serio de repente. Se recargó en la silla y tomó su copa. No había encontrado el momento de hablar con ella; la conversación se había desviado hacia su investigación y el mar. Pero era la hora. Teníamos que volver a Manzanillo.

—Cri….

—Miguel —me interrumpió ella—. ¿Ibas a decir algo?

—No… te iba a preguntar si querías postre. Pero dime tú, ¿qué ibas a decirme? «Cobarde».

—Miguel, ¿te importaría si nos quedáramos a dormir aquí hoy? Juan Pablo me comentó que el tender fallo y va a tardar en estar listo.

Sentí un alivio inmediato. En el fondo, yo tampoco quería que esto acabara.

—Para nada. El lugar está reservado hasta mañana. Si quieres… yo puedo dormir en el sillón.

Vi un destello de decepción en sus ojos, pero se recompuso rápido y se levantó.

—Sí, entiendo. Está bien. Voy a ver qué trajeron de ropa para cambiarme.

Caminó hacia las bolsas y empezó a sacar las prendas. Su mano temblaba ligeramente. Me paré junto a ella, sintiendo un nudo en el estómago por su repentino cambio de humor. Le tomé la mano con la que apretaba un vestido blanco y la obligué a mirarme.

Verla me desarmó. Tenía los ojos llenos de lágrimas y se mordía el labio inferior para no sollozar.

—¿Qué tienes? ¿Te duele algo? —le sujeté la cara con ambas manos. Ella cerró los ojos y negó con la cabeza—. Mi reina, mírame. Dime qué pasa, por favor.

—No pue…do —susurró en un hilo de voz.

La atraje hacia mí y la encerré en mis brazos.

Quería absorber su tristeza. El llanto que había estado conteniendo estalló finalmente y la sentí temblar contra mi pecho.

La cargué, igual que aquel día en el barco, y ella escondió la cara en mi cuello, negándose a mostrarse vulnerable.

La acosté en la cama y me aseguré de que estuviera cómoda.

—Voy por un vaso de agua —dije, dándole un respiro.

Cuando regresé, seguía hecha un ovillo sobre el edredón, abrazando el vestido blanco.

Le di a beber un poco de agua y me acosté a su lado, dejando un espacio prudente entre los dos.

Poco a poco, logré que soltara el vestido y tomara mi mano.

Quería que volviera la Cristina retadora y sarcástica; la necesitaba de vuelta.

—¿Te sientes mejor? —pregunté cuando su respiración se calmó.

—Sí, gracias.

Se sentó en la orilla de la cama, dándome la espalda. La bata se le había aflojado, revelando la curva de su pecho, pero se la ajustó en cuanto notó mi mirada.

—Voy al baño. Te debo una explicación, solo quiero lavarme la cara. No me gusta sentirme así.