MAREA VIVA #6
Cristina levantó su copa y yo la seguí.
—Por las casualidades que hoy nos trajeron aquí, por los miedos que se rompen y por la marea que nos trajo a este lugar hermoso —dijo, chocando su cristal con el mío.
—Salud —dijimos al unísono.
Bebí un trago. Las burbujas y el alcohol bajaron por mi garganta, templando mis nervios. Volví a levantar la copa y Cristina hizo lo mismo; esta vez sostuvimos la mirada. Dudé un segundo sobre qué decir a continuación.
—Por la vida. Por las decisiones que nos traen a instantes que se quedan aquí —señalé mi cabeza— y aquí —toqué mi pecho—. Y por estar hoy, tú y yo, aunque nada de esto tenga sentido allá afuera.
Chocamos las copas nuevamente. Salud. Bebimos despacio, sin romper el contacto visual, dejando que la champaña y el silencio hicieran su trabajo.
Cristina
No supe cuánto tiempo nos quedamos allí, con el mar frente a nosotros y la champaña en la mano, disfrutando de ese sabor que tantos recuerdos me traía.
No decíamos nada importante y, a la vez, lo decíamos todo con las miradas.
Sentía el corazón un poco más lento, más en paz…
y, al mismo tiempo, una vocecita en mi cabeza me repetía que nada de aquello era normal en mi vida.
—Voy al baño —dije al fin, más por la necesidad de moverme que por otra cosa.
Dejé la copa vacía en la mesa y caminé hacia la habitación.
Empujé la puerta creyendo que encontraría una extensión más del lujo, pero lo que vi me arrancó una carcajada que me explotó en el pecho: la cama estaba cubierta de pétalos de rosa que formaban un corazón, con dos toallas dobladas en forma de cisnes en el centro y una botella más de champaña esperando en una esquina.
—¡Miguel! —grité, entre incrédula y divertida.
Él apareció en el marco de la puerta con su copa en la mano. Yo ya estaba atacada de risa, sentada en la orilla de la cama, hundiendo las manos entre los pétalos.
—Te juro que esto no lo planeé yo —dijo él, levantando las manos en señal de rendición, visiblemente avergonzado.
—Claro que no —respondí, riendo aún más—. Esto lo planeó alguien que cree que eres mucho más cursi de lo que realmente eres.
Tomé un pétalo y se lo lancé.
—Qué pena, de verdad. Tengo un paciente que vive por esta zona y le pedí que me recomendara un lugar bonito y privado para cenar. Nunca imaginé esto —explicó—. No me puedo quejar, pero qué vergüenza… Voy a llamar para que vengan a quitar todo esto.
—¡No! Está muy bonito. Yo tampoco soy cursi, pero hoy vamos a darnos una tregua. Deja que vaya al baño, que de verdad ya no aguanto. ¡A saber qué otra sorpresa me encuentro!
Entré a un baño del tamaño de mi camarote, decorado con una elegancia exquisita: mármol claro, toallas dobladas con precisión de revista y velas que desprendían un delicioso aroma a jazmín y mandarina.
Era una casualidad extraña que fuera la misma champaña que tomaba mi abuela.
En Año Nuevo y en fechas importantes, cuando yo era adolescente, me dejaba probar un traguito; cuando cumplí los dieciocho, me sirvió una copa entera para brindar con ella.
Era la misma marca que llevé a mi graduación.
Sentí que el alcohol empezaba a hacerme efecto; no debía dejar que los recuerdos me pusieran nostálgica.
Cuando salí, Miguel ya había recogido los pétalos en un canasto y estaba deshaciendo los cisnes.
—Sabes que estoy en contra del maltrato animal —bromeé.
Me miró como si me hubiera salido una cola de sirena. Me acerqué y le quité las toallas; como él no entendía el juego, opuso un poco de resistencia y luego las soltó de golpe. Perdí el equilibrio, pero él reaccionó antes de que cayera y me atrapó en sus brazos.
Sentí el impacto de mi cuerpo contra el suyo, más fuerte de lo que había calculado.
Sus manos me sostuvieron de la cintura con firmeza, como si el barco estuviera hundiéndose y yo fuera lo único que debía salvar.
Nos quedamos así, demasiado cerca, con el murmullo del mar colándose por la ventana y el aroma de la champaña flotando entre nosotros.
—Eso me pasa por defender a los cisnes —alcancé a decir, aunque mi voz ya no sonaba a broma.
Sus manos seguían en mi cintura. Nos miramos un segundo de más, de esos que se estiran hasta parecer eternos.
Sus ojos bajaron a mi boca y volvieron a los míos.
Por primera vez en toda la noche, sentí que mi corazón hacía más ruido que las olas.
No lo pensé: me puse de puntillas y acorté la distancia.
En cuanto lo besé, él respondió sin dudar, con una profundidad que delataba cuántas ganas había estado conteniendo.
Me aferré a su camisa para no caer, aunque el verdadero vértigo venía de otra parte.
Fue él quien se separó primero, apenas lo justo para rozar mis labios al hablar.
—Si seguimos aquí, vamos a terminar culpando a los cisnes de todo —murmuró con la voz grave—. Ven, vamos a la terraza. Te invito a otra copa.
No soltó mi mano mientras salíamos.
—¿Quieres otra copa o prefieres agua mineral?
—Agua mineral… y en un ratito, la copa.
Aproveché que fue al bar para quitarme los tenis, arremangarme los pantalones y probar el agua de la alberca. Estaba deliciosa, templada como un jacuzzi.
—¿Qué tal la temperatura? —preguntó Miguel, acercándome el vaso.
Lo tomé y bebí con avidez; realmente tenía sed.
—Siéntate, mete las piernas conmigo.
Él se descalzó, dejó el celular, la cartera y un sobre en el piso, y se sentó junto a mí.
—Para que veas que no miento —dijo, tendiéndome el sobre.
Saqué la tarjeta que estaba dentro: “Espero les guste la sorpresa. No vayas a tratar de pagar nada, es con todo mi corazón. Gracias a ti”. Miré a Miguel sin entender del todo.
—El culpable de todo esto —explicó él, señalando el entorno.
Me dio un ataque de risa justo cuando la saliva se me fue por el camino viejo. Empecé a toser y a sofocarme; odiaba cuando me pasaba eso. Intenté beber lo que quedaba de agua, pero el vaso estaba vacío. Tomé su copa de champaña y di un trago desesperado.
—¿Estás bien? —Se hincó frente a mí, me levantó e inclinó mi cabeza hasta que recuperé el aliento.
Di otro trago a la copa.
—Se me olvida que tengo médico privado. Gracias por el auxilio.
—A su servicio, señorita —respondió con una media reverencia exagerada.
Seguimos con los pies en el agua, viendo cómo las ondas se perdían en la noche.
—En el clóset hay trajes de baño con etiqueta, por si quieres nadar —comentó—. Los vi cuando busqué el canasto para los pétalos.
—¿Cómo sabes que quiero meterme?
—Cristina, eres prácticamente una sirena. Si quieres, entramos un rato.
Se levantó y me tendió la mano. Dudé una milésima de segundo, pero la champaña me estaba dando valor. Le di la mano, pero en lugar de dejar que me levantara, me impulsé hacia la alberca y lo jalé conmigo.
Salimos a la superficie entre risas, quitándonos el agua de la cara. De pie, el agua me llegaba justo debajo del pecho. Vi una chispa de travesura en su rostro; estaba segura de que planeaba su venganza.
—¡Pido paz! —levanté las manos—. Una tregua, doctor.
Sus ojos bajaron a mi pecho. Mi playera blanca, ahora transparente y adherida a mi piel, marcaba cada curva.
El aire fresco de la noche hizo que todo se notara aún más.
Sentí el rubor subir por mis mejillas. Nos acercamos lentamente.
En su mirada el deseo era tan tangible que casi podía tocarlo, y mi cuerpo respondía con la misma intensidad.
Contrario al fuego de sus ojos, tomó mi cara con una delicadeza que me estremeció.
—Mi reina, no quiero hacer nada que te haga sentir incómoda. No quiero que pienses que estás obligada a nada conmigo. En el momento en que quieras parar, para mí estará bien. Solo tienes que decírmelo.
—Bésame —supliqué con el poco aire que me quedaba—. Por favor, bésame.
Su boca encontró la mía como un barco que finalmente llega a puerto seguro. Nuestras lenguas se encontraron y sus manos recorrieron mi espalda hasta mis caderas, pegándome a él en un abrazo total. Enredé mis dedos en su pelo y lo acerqué más.
Mi cuerpo gritaba por atención. Sentía su erección rozándome, pero a través de la ropa no era suficiente.
Rodeé su cintura con mis piernas y gemí; necesitaba sentir esa dureza.
Él me elevó un poco más y la fricción aumentó.
Nos separamos un segundo para tomar aire; sentía que iba a explotar entre el calor del agua y el deseo.
Miguel me sostuvo por las nalgas, elevándome hasta que su boca quedó a la altura de mi pecho.
Comenzó a besar mis pezones a través de la tela mojada.
El contraste del calor de su boca con el frío de la playera me estaba volviendo loca.
Solté un gemido que pareció un grito y eché la cabeza hacia atrás.
—Cris, ¿estás bien? Mírame… si quieres, paramos —dijo con esa voz ronca que ya conocía bien.
Fijé la mirada en la suya. Sus ojos, oscurecidos por el deseo, me pedían permiso. Sabía que se estaba conteniendo y yo no quería que lo hiciera. Me quité la playera mojada, tomé su cabeza y la guie de nuevo a mi pecho.
—Sigue haciendo eso… ahhh.
Su boca succionó mi areola y una descarga eléctrica viajó directo a mi centro, que pulsaba contra él.
—Quiero sentir lo mismo que ayer, por favor —supliqué.
Hizo lo mismo con el otro pecho mientras sus manos fijaban mis caderas, moviéndose para crear la fricción que me estaba llevando al cielo.
Mi mundo estalló como las estrellas que iluminaban la noche.
Mi cuerpo temblaba en sus brazos. Me besó con una dulzura que contrastaba con la urgencia de antes mientras el agua nos cubría los hombros y yo regresaba lentamente a la realidad.
Cerré los ojos, memorizando cada sensación que, por fin, me permitía sentir.
Nos quedamos así, flotando abrazados. Al final, nos apoyamos en la orilla, codo con codo, mirando la inmensidad de mi mar.