Marea MAREA VIVA #5
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MAREA VIVA #5

Poco después, ya íbamos en el tender, rumbo al muelle público.

Sabía que ellos jamás embarcarían en un lugar así.

Miguel había dudado, prefiriendo quedarse a bordo, pero cuando le dije que necesitaba comprar artículos personales, él admitió que también los necesitaba y aceptó.

Todavía había sol, así que ambos llevábamos gorras y gafas oscuras, como si fuéramos agentes secretos.

En mi caso, la intención era real. Salimos de la farmacia y comenté que tenía hambre; buscábamos un lugar recomendado para comer cuando levanté la vista hacia la calle.

Dos camionetas Escalade negras de vidrios polarizados avanzaban lentamente.

Al volante de la primera alcancé a distinguir a Simón.

El corazón se me paralizó. No quería que me vieran, y mucho menos protagonizar una escena frente a Miguel.

Reaccioné por puro instinto: me pegué a él, nos refugiamos contra la pared y lo besé.

Miguel se tensó por la sorpresa, pero al sentir el temblor de mis manos, respondió fuerte, decidido, como si no tuviera ninguna duda ocultándome del mundo tras sus labios.

Miguel

De reojo alcancé a verlas pasar: dos Cadillac Escalade negras, del año, con los vidrios oscuros y, podría apostar, blindadas.

Iban demasiado coordinadas para la zona en la que estábamos: un muelle público, ruidoso y nada elegante.

Antes de que pudiera ordenar mis sospechas, Cristina se pegó a mi cuerpo y me besó en plena banqueta.

Me tomó por sorpresa, pero correspondí de inmediato; con ella no era dueño de mis impulsos, reaccionaba en cuanto la sentía cerca.

«Estaba jodido». Escondió su cara en mi cuello y la abracé mientras nuestras respiraciones volvían, poco a poco, a la normalidad.

Tenía la capacidad de hacer que todo el entorno desapareciera.

Cuando la realidad me golpeó, reaccioné. Yo no debía estar allí; no podía exponerla de esa manera. Una cosa era mi vida y otra llevármela a ella entre las patas. Necesitaba pensar rápido.

—Yo sé dónde podemos cenar. ¿Te escapas conmigo un rato? —le pregunté.

Ella asintió con la cabeza aún hundida en mi cuello.

—Déjame hacer una llamada —dije rompiendo el contacto.

Busqué en mi celular a la persona que necesitaba, sabiendo que estaba haciendo justo lo contrario de lo que Julián me había pedido: perfil bajo, nada de favores, nada de movimientos raros.

—Perfecto, entraré a la farmacia; acabo de acordarme de que olvidé algo —dijo Cristina, dejándome solo en la calle.

Llamé al gobernador de Jalisco. Sabía que él podía ayudarme. El año pasado había sufrido un infarto y, por órdenes de Julián, yo mismo le coloqué un par de stents. Desde entonces, juraba que lo había dejado como si tuviera treinta años. Contestó al segundo timbrazo.

—¿Qué pasó, doc? —dijo—. ¿Ya me vas a regañar otra vez o te volvió a marcar mi vieja?

—Nada de tu salud por esta vez, amigo —respondí, yendo directo al grano—. Necesito un favor. Estoy en Manzanillo por unas horas; nada oficial. Es más, nadie debe saber que estoy aquí, ni el jefe. Es un asunto personal.

—Eso está muy fácil —soltó una risita; escuché cómo movía una silla—. ¿Traes a una nena o qué? Si no estás casado, puedes llevarlas del brazo, hombre.

Rodé los ojos, aunque conocía su estilo.

—Algo así —dije, sin querer darle detalles.

—¿Y es de las que se presumen? —remató, divertido.

—Es de las que no quiero que salgan en ningún registro. Oficialmente, yo nunca estuve aquí —corté, serio.

El gobernador guardó silencio un segundo, captando la gravedad.

—Listo. En unos minutos se comunica contigo alguien de toda mi confianza para recogerlos y traerlos a mi estado. Sé perfectamente lo que necesitas; ve pensando cómo me lo vas a agradecer, y no con una receta, cabrón. Luego me cuentas bien a quién traes entre manos.

—Gracias. Agradezco tu discreción.

Colgamos y guardé el teléfono justo cuando Cristina salía de la farmacia con una bolsa en la mano. Como si nada pasara. Realmente el paranoico era yo; teníamos que salir de allí cuanto antes. Esperaba no haberme puesto en riesgo con esa llamada.

Había pasado casi una hora desde que nos recogieron en Manzanillo cuando, finalmente, entramos a un complejo escondido entre la selva: el Four Seasons Tamarindo.

Sonreí de lado; el gobernador se había lucido.

Tenía que encontrar el momento de hablar con Cristina antes de regresar al catamarán; era justo ser sincero y decirle que, por ahora, mi futuro no estaba del todo en mis manos.

Pero mi lado egoísta quería seguir en esa burbuja.

No había tenido señales de Julián, lo que me regalaba unas horas más junto a ella, como si el mundo no se estuviera cayendo a pedazos.

Durante la cena tendría que tomar una decisión.

Cristina se había quedado dormida recargada en mi hombro.

Antes de eso, no había soltado el teléfono; escribió varios mensajes y me dijo que ya le había avisado a Juan Pablo que no llegaríamos en un buen rato.

El sol empezaba a bajar, tiñendo de naranja la vegetación y el camino.

Por fortuna, no pasamos por ninguna recepción. La camioneta se detuvo frente a un sendero empedrado rodeado de vegetación densa; estábamos, literalmente, en medio de la nada.

—Señor, hemos llegado. Al final del pasillo está su habitación. Aquí le entrego un sobre con las llaves y una nota que le manda mi jefe. Cualquier cosa, me avisa; estoy a sus órdenes.

Me puso el sobre en la mano y bajó para abrirle la puerta a Cristina. Salí tras ella. Ambos seguíamos con gorra y lentes oscuros.

—Te agradezco. Te marco cualquier cosa —dije al chófer.

—¿Dónde estamos, Miguel? ¿De quién es este lugar? ¿Es seguro?

Sentí el miedo en su voz. Noté el ligero temblor en sus dedos y la rigidez en sus hombros, esa postura que yo ya identificaba como su forma de sostenerse cuando algo la asustaba.

—Solo vamos a cenar. Tranquila… ¿confías en mí?

—Sí —susurró.

Le extendí la mano y caminamos por el empedrado.

Abrí la puerta con la llave. La nota la leería después; por ahora la guardé en el bolsillo de mis shorts.

Entramos juntos. Aquello no era una habitación, era una suite monumental: una sala amplia y una mesa de comedor cubierta de platones con quesos, carnes frías, frutas y flores que me hicieron detenerme en seco.

Cristina me soltó y caminó hacia los ventanales de la terraza, que se abrían a una alberca infinita fundiéndose con el mar.

El atardecer pintaba el cielo de rosa y naranja.

Me paré a su lado; ambos nos quedamos admirando la belleza que teníamos delante.

No quería romper el hechizo, solo tomé su mano. Ella la aceptó y apretó mis dedos.

Después de unos minutos, Cristina rompió el silencio con una respiración honda.

—Miguel, esto es… —se le quebró la voz, incapaz de encontrar la palabra correcta.

La noté emocionada y asustada a la vez. Yo también sentí un nudo en la garganta; de pronto, todo me pareció demasiado: el hotel, el favor, ella.

—No… no estamos aquí para eso —balbuceé, mirando hacia el mar—. No te traje para… no quiero que pienses que tienes que…

No me atrevía a terminar la frase después de lo que me había confesado la noche anterior. Ella me miró de reojo, con una lágrima colgando de las pestañas.

—¿Entonces para qué?

Tragué saliva.

—Para que estemos tranquilos. Para que puedas respirar sin que nadie nos esté viendo. Para… —busqué las palabras, torpe, consciente de lo ridículo que sonaba aquel despliegue solo para esconderme—. Para cenar sin interrupciones. Creo que no me estoy ayudando mucho. ¿Quieres que nos vayamos?

Cristina soltó una risa chiquita entre lágrimas y apretó mi brazo.

—Eres el único hombre al que le creo cuando dice que no me trajo a un hotel así para tener sexo —murmuró—. Y eso también me asusta un poco. Vamos a comer —añadió, secándose el rostro—, creo que los dos necesitamos alimento para pensar mejor.

Nos sentamos a la mesa y empezamos a probar las delicias que habían preparado. Me levanté para ver qué había de beber; no habíamos dicho una sola palabra y evitábamos mirarnos. Éramos un desastre.

—¿Quieres algo de tomar? —pregunté para romper el hielo—. Seguro hay agua mineral. Puedo pedir limón y sal.

—Lo que haya está bien. Si hay agua mineral, perfecto; si no, natural —respondió—. Realmente moría de hambre.

—Yo igual, y todo está muy rico —dije, caminando hacia el bar que estaba detrás del comedor. Había como cinco marcas diferentes de agua mineral—. ¿Alguna en especial?

—Deja, voy yo mejor. Quizá haya algo que se me antoje más.

Era un bar completo.

—Bueno, hasta champaña enfriándose. Me tienes sorprendida, ¿en qué momento planeaste todo esto? —dijo, sacando una botella de una hielera de plata con dos copas flauta esperándola.

El calor me subió a la cabeza. Debí haberle dicho que la recomendación era de un amigo, no dejar que pensara que yo tenía este nivel de planeación.

—Relájate —añadió ella, como si leyera mis pensamientos—. La champaña es lo único que tomo, y la Krug Rosé es mi favorita. Vamos a tomarnos una copa, ¿te parece?

Me tendió la botella.

—Toma, ábrela tú.

La recibí. Busqué el punto exacto del corcho y lo giré con mano firme, dejando salir un suspiro de burbujas limpio. Cristina tomó las copas y regresó al comedor para buscar un plato. Me acerqué con la botella.

—¿Quieres que la tomemos en la terraza o prefieres comer algo más?

—Justo eso te iba a decir; estaba preparando unas fresas para acompañarla.

Nos sentamos en la mesa para dos de la terraza, frente a la inmensidad del mar.

La noche estaba fresca y una brisa ligera movía el cabello de Cristina sobre sus hombros.

Serví la champaña, le ofrecí su copa y tomé la mía.

No sabía qué decir; aquello superaba mis propias expectativas.

Nunca había compartido algo así con una mujer; el romanticismo no solía ser mi estilo.

—¿Será muy cursi si brindamos? —preguntó ella con humor. Ya la sentía más relajada.

—Para nada, la ocasión lo amerita. Te cedo el honor.