Marea MAREA VIVA #4
15%

MAREA VIVA #4

—Sé que suena casi imposible —susurró—, pero si logramos datos concretos y las conexiones adecuadas, podríamos presionar a las instituciones para empujar un cambio.

Julián sería el primero en apoyar algo así; siempre tuvo un pie metido en cualquier causa ecológica. No es que yo fuera indiferente, pero aquel no era el momento de pensar en ballenas: antes debía resolver mis propios asuntos.

—En México ya existen leyes —añadió ella—, pero casi nadie las cumple y las autoridades miran hacia otro lado. Si este estudio llega a las personas correctas, podrían empezar a tomarlas en serio.

Guardé silencio. En realidad, ni siquiera conocía bien al secretario de Medio Ambiente.

Era de esos funcionarios que sobrevivían a los cambios de sexenio, cayendo siempre parados sin importar quién ostentara el poder.

A Julián nunca le había agradado y yo tampoco había logrado congeniar con él en el año que llevaba en el cargo.

—Sé que todo este lujo parece una exageración —añadió Cristina, recorriendo el catamarán con la mirada—, pero el dinero nunca ha sido un problema en mi vida. Mi papá dijo una vez que, si las cosas se hacen, se hacen con clase; el costo es lo de menos.

Abrí la boca para indagar más sobre su padre, pero una ola mal encarada azotó contra el casco, rompiendo el hilo de la charla. Recuperamos el ritmo tras una maniobra algo torpe pero efectiva, hasta que el catamarán volvió a deslizarse con elegancia. Cristina bostezó, llevándose la mano a la boca.

—Acuéstate ahí un rato —dije, señalando el sillón detrás de mí—. Yo me encargo de la guardia.

Asintió sin discutir y, mientras el sol terminaba de alzarse a nuestras espaldas, me quedé solo frente al timón, cargando de nuevo con el peso de mi realidad.

Cristina

— Despierta, capitana —dijo Miguel—. Ya terminó la guardia. Juan Pablo dice que el desayuno está servido abajo… o que, si prefieres, lo sube aquí.

—Mmmm, tengo hambre, pero preferiría seguir dormida cinco minutos más —balbuceé. «Estaba teniendo un sueño tan vívido con mi papá, navegando en el bote que teníamos cuando yo era pequeña, que me resistía a abandonar ese refugio».

—Ya hay demasiado sol —insistió Miguel.

Sentí cómo unos brazos firmes me levantaban del asiento como si fuera una niña.

—¡Ay! ¡No me vayas a tirar, Miguel!

—Nunca —respondió, mientras me acomodaba contra su pecho. Alcancé a rodearle el cuello para afianzarme.

—Desayuna algo rápido y te vuelves a dormir —añadió mientras bajaba las escaleras cargándome; tenía tan buena condición física que ni siquiera se le oía agitado.

—No creas que te vas a librar de la revancha que me debes en el ajedrez —le advertí—. Si quieres, ya me puedes bajar.

—No, porque te escaparás a dormir y yo, como tu doctor, debo asegurarme de que te alimentes bien —dijo con ese tono juguetón que tanto me encantaba, porque rompía con la solemnidad que solía envolverlo.

Me sentó en la banquita del comedor, pero no me soltó del todo; terminé prácticamente sobre sus piernas, de lado, con la mesa frente a nosotros. Juan Pablo dejó los platos sobre el mantel y fingió que no veía nada.

—Come —ordenó Miguel, acercándome el bol de avena con frutos rojos.

Lo tomé, pero hundí la cara en su cuello y le susurré al oído:

—No sé si sea correcto que la tripulación nos vea así, tan juntos. Me da vergüenza.

Él giró apenas el rostro, hablándome muy despacio, casi rozando mi oreja:

—Juan Pablo parece muy contento de vernos así. Y Teo… bueno, ya sabes que no le agrada ni que yo esté aquí —murmuró—. Pero si tú te sientes incómoda…

—No, no —lo interrumpí—. Tienes razón. El único cuya opinión me importa es Juan Pablo; los demás no son más que mis empleados.

Me escuché arrogante, pero sentía que debía aprender a disfrutar aquello que, a mis veintisiete años, por fin lograba sentir. No podía asegurar que mi trauma estuviera superado, pero lo ocurrido el día anterior representaba un avance titánico que pensaba defender.

«Paso a paso, me repetí, intentando convencerme. Si por fin llegué hasta aquí, no voy a sabotearlo ahora. Además, la incertidumbre me acechaba; no sabía cuánto duraría aquello, pues dudaba que Miguel tuviera tres meses de vacaciones».

—Está muy rica la avena. ¿La preparó el chef o tú?

—El desayuno lo hice yo. El chef dijo que tenía un dolor de cabeza muy fuerte y se retiró a su camarote, así que van a probar qué deliciosos me quedaron los chilaquiles; los hice justo como le gustan. Ya se los sirvo…

Solo pude reír ante la ocurrencia de Juan Pablo; ambos sospechábamos de la relación entre Teo y Diego. Miguel no terminaba de descifrar nuestra comunicación gestual, así que me apiadé de él.

—¿Te acuerdas de que sospechábamos de Teo y Diego?

—le hablé bajito al oído—. Qué casualidad que, como Teo terminó su guardia a las seis, se fue a los camarotes de la tripulación.

Normalmente descansa hasta después del mediodía, y seguro Diego está abajo con él.

Aprovechan que los demás estamos arriba: Pancho y Luis de guardia, Juan Pablo y nosotros aquí. Pero, en fin… ya veremos qué pasa ahí.

Sentí cómo Miguel se estremecía debajo de mí.

—¿Estás bien? ¿Quieres que me baje?

—Mi reina, estoy más que bien contigo encima; es solo que tu boca en mi oído hace que me olvide de todo… y solo pueda pensar en esto.

Tomó mi nuca con su mano libre y me besó.

Fue un beso diferente, como si hubiera estado conteniendo un dique que de pronto cedía.

Sus manos se deslizaron por mi espalda, bajo la sudadera, provocando que mi piel se erizara y mis sentidos reclamaran su atención.

Tuvimos que separarnos para recuperar el aire.

—Perdón, me dejé llevar —dijo con la voz ronca y entrecortada—. ¿Estás bien?

Juan Pablo carraspeó a un lado, sosteniendo los platos con una sonrisa que intentaba disimular.

—¿Les sirvo ya los chilaquiles o… regreso en cinco minutos? —bromeó, evitando mirarnos directamente.

Sentí mis mejillas encenderse, pero esta vez no me aparté. Me incorporé apenas sobre las piernas de Miguel, tomé su cara entre mis manos y le di un beso rápido frente a Juan Pablo.

—Así está bien —dije, aceptando que Juan Pablo lo había visto todo—. ¡Ya morimos de hambre!

Miguel soltó una risa baja, todavía con la voz rasposa por la excitación.

—Provecho —dijo Juan Pablo mientras colocaba los platos y se retiraba hacia la cocina.

Lo más lógico habría sido sentarme en mi lugar, pero ninguno de los dos quería poner distancia. Terminamos desayunando así: yo acomodada sobre sus piernas, ambos demasiado a gusto como para movernos.

Más tarde, tocaron a la puerta de mi camarote con dos golpecitos suaves.

—Pasa —dije, terminando de abrocharme el vestido de lino halter que había elegido para cenar con Miguel. Quería verme bonita y, por primera vez, así me sentía. Incluso me había arreglado el pelo con cierto esmero.

La puerta se abrió despacio. Juan Pablo asomó la cabeza y luego entró, cerrando detrás de sí.

—Cris, ¿tienes un minuto? —preguntó. No tenía la sonrisa de siempre. Cuando estaba nervioso o quería darme un consejo serio, me hablaba de tú para ponerme en mi lugar.

Algo en su tono me puso en alerta.

—¿Pasó algo, Juan Pablo? ¿Un problema con el barco?

Negó despacio. En ese momento, el radio de la cubierta superior cobró vida; era la voz de Teo pidiendo autorización para entrar a la bahía.

—¿Ya llegamos a Manzanillo? ¿Qué hora es? No creo haber tardado tanto en arreglarme —dije, buscando mi celular, que llevaba olvidado sobre la mesa de noche.

—De eso quiero hablarte —respondió él, bajando la voz—. ¿Prefieres aquí o en tu estudio? No quiero que nadie nos escuche.

—Aquí está bien —contesté, sintiendo un nudo en el estómago.

Tragué saliva.

—Sé que estoy siendo impulsiva con Miguel, pero por primera vez no tuve miedo de estar cerca de alguien —susurré—. Me aterra que parezca que me alejo, cuando en realidad es mi trauma el que decide por mí.

Juan Pablo cerró los ojos un segundo, con pesar.

—No vuelvas a decir eso. Tú funcionas. Lo que te hicieron no te rompió, aunque a veces lo sientas así.

Y Miguel no es el problema ahora. —Alzó la mirada—.

El problema es que ya saben que estamos llegando.

Escuché a Teo hablar con Simón; le confirmó la hora de entrada y la zona de fondeo.

Por eso aceleró estas últimas horas. Cris…

es cuestión de tiempo para que tu madre y ese señor aparezcan.

Sabes que él tiene todos sus "negocios" en esta zona.

Simón. «No debería sorprenderme verlo a su lado y, aun así, cada vez que ocurría, sentía que traicionaba la memoria de mi padre».

—Voy a cambiarme —dije, señalando el vestido—. Hazme un favor, prepara el tender tú solo. Que parezca que vas al muelle a revisar algo técnico.

—¿Y Miguel?

—A él sí dile. Que esté listo para bajar conmigo en cuanto fondeemos. Pero nada de anunciar el desembarco de la patrona. La tripulación debe creer que cenaremos en cubierta.

Cuando Juan Pablo salió, tomé el celular.

La pantalla se encendió con una ráfaga de notificaciones: varias llamadas perdidas de "Lily" y un mensaje de WhatsApp que no abrí.

No necesitaba leerlo para conocer el guion: "solo quiero verte", "no sabes cómo sufro".

Guardé el teléfono en silencio, como si al ignorarlo pudiera mantenerla fuera de mi barco y de mi cabeza unas horas más.

Cambié el vestido de lino por algo funcional: pantalones ligeros, una blusa sencilla y tenis. La cena romántica tendría que esperar; lo prioritario era evitar que ellos me encontraran primero. Me recogí el pelo, respiré hondo y salí al pasillo en busca de Miguel.