Marea MAREA VIVA #3
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MAREA VIVA #3

Sentí cómo, de inmediato, me ponía roja como un tomate. Me bebí medio termo de un tirón solo para intentar recuperar el control.

—Yo creo que será mejor que nos vayamos a dormir. Ha sido un día largo y ayer no descansaste lo suficiente —dijo Miguel, dejando la taza sobre la mesa.

Lo prudente habría sido que cada quien se marchara a su camarote, pero ninguno de los dos se movía.

—Buenas noches —dijo él al fin, con un tono algo resignado.

—¿Quieres ver la televisión? O igual ya prefieres irte a tu camarote a descansar… tienes razón, ha sido un día muy pesado y me toca la guardia de las seis de la mañana —solté todo tan rápido que dudé que se hubiera entendido.

—Pongo mi alarma para subir a la guardia contigo. Soy tu asistente, no te puedes librar de mí tan fácil —respondió, en ese tono bromista que ya empezaba a conocer.

Reí y, en mi cabeza, hice una cuenta regresiva para quitarme la pena.

—Quiero que te quedes conmigo… Si quieres, aquí en la sala, o en mi camarote. A menos que prefieras dormir solo en el tuyo.

—Shhhh… —susurró Miguel. Mientras yo hablaba, él había acortado la distancia entre los dos, poniendo suavemente su dedo sobre mis labios—. Vamos a sentarnos en el sillón. ¿Te parece si vemos algo en Netflix? Yo también me quiero quedar contigo.

Me dio un beso en la frente mientras caminábamos hacia el sofá. Él se dejó caer primero y tomó el control, pero no encendió nada de inmediato.

—Creerás que tengo más de un año sin ver Netflix. No sé qué está de moda —admitió, mirándome de reojo, casi divertido, mientras me entregaba el mando.

—Me imagino que la vida de médico es muy absorbente. ¿Estás de planta en el Hospital Naval de Acapulco? —pregunté. Me di cuenta de que no sabía casi nada de él, más allá de su especialidad.

—No, para nada —negó con una sonrisa suave—.

Ese día solo estaba allí para el homenaje de la mañana y la inauguración de un área de especialidades; llegué apenas un día antes —hizo una pausa, como si midiera cuánto decir—.

Mi base está en Ciudad de México. Pero desde hace un año acepté un cargo… digamos, diplomático.

Fruncí ligeramente el ceño, tratando de entender a qué se refería exactamente.

—Vaya… suena interesante.

—Es… complicado. Hay momentos en que dudo si fue la decisión correcta —admitió, clavando la mirada en la pantalla—. Pero no quiero agobiarte con mi trabajo ni estresarme. Ahora solo quiero ver una película, abrazarte y que te duermas en mis brazos.

—No como ayer, que construiste la Gran Muralla China entre nosotros —dije, acercándome a él y recostándome en su pecho; allí era donde, definitivamente, quería dormir.

Lo sentí reírse bajito contra mi pelo.

—Realmente estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por ser profesional… y por no incomodarte.

Empezamos a desplazarnos por el catálogo hasta que coincidimos en una de esas películas románticas clásicas; de esas en las que ya sabes cómo acabará todo, pero que te atrapan igual.

La seleccioné y me acomodé mejor contra su pecho, sintiendo cómo, poco a poco, el mundo fuera del barco dejaba de existir.

Miguel

Mi alarma rompió el silencio a las 5:40 a.

m. Cristina ya no estaba entre mis brazos ni en el estudio; hacía mucho que no dormía de forma tan profunda, pues ni siquiera sentí el momento en que se levantó.

Me dirigí a mi camarote para ducharme y cambiarme.

Allí, sobre el suelo, encontré el short de la noche anterior, manchado por una reacción tan visceral que me hizo sentir como un adolescente.

Realmente no comprendía qué me estaba sucediendo: el simple hecho de tenerla sobre mí me había hecho perder los estribos.

Su sinceridad al confesar que nunca había deseado estar con un hombre se me quedó grabada a fuego.

Durante mis prácticas en el hospital, atendí demasiados casos de traumas por violencia sexual como para no sospechar que el muro de Cristina tenía raíces similares; de ser así, lo que vivimos anoche representaba un paso monumental.

Subí a la cubierta poco antes de las seis. El rumor de la tripulación comenzaba a cobrar vida y la brisa marina me recibió con una frescura que evocó mis mejores años de servicio.

—Buenos días, doctor. Aquí tiene su café. Lo puse en un termo para que pueda acompañar a la señorita Cris en la guardia —dijo Juan Pablo con esa amabilidad diligente que lo caracterizaba. Supe de inmediato que tenía a un aliado en él.

—Gracias, Juan Pablo. ¿La guardia no comenzaba a las seis?

—Sí, pero la señorita subió desde las cinco y mandó al ingeniero Pancho a descansar.

—Gracias por el café. Me estoy volviendo adicto; al final no me voy a querer ir.

—Esa es la intención. Con permiso, tengo tareas pendientes —sentenció antes de desaparecer.

Definitivamente, el hombre estaba de mi lado. Subí al puente de mando y la encontré allí, erguida en su puesto, gobernando la embarcación.

—Te adelantaste —dije, situándome a su lado.

—No podía dormir —respondió sin apartar la vista del horizonte—. Me desperté a las cinco y decidí subir.

Percibí una ligera sequedad en su voz; quizá las dudas sobre lo ocurrido anoche empezaban a asaltar su mente.

Fijé también la vista al frente y tomé un sorbo de café.

La serenidad del mar, el golpe de la brisa en mi rostro y ese aroma a salitre me devolvieron los años entregados a la Marina y a la medicina.

Nada había sido fácil, y ahora, cuando mi carrera y mi honor pendían de los hilos de personas que solo buscaban su propio beneficio, la vida me arrojaba de nuevo al océano.

—Ya quedó, señorita. Era el amarre de un cabo que se había soltado —anunció Teo. No me había percatado de su presencia; estaba tan absorto en mis pensamientos que no lo vi llegar.

—Buenos días, capitán —se dirigió a mí con el saludo militar reglamentario, pero con un gesto de desprecio que no se molestó en ocultar—. Es un honor tenerlo navegando con nosotros tan temprano. Pensé que los altos mandos de la Marina ya no madrugaban.

—Buenos días, capitán. Lo que bien se aprende nunca se olvida. Pienso disfrutar el recuerdo de estos años y, sin lugar a duda, cuento con la mejor compañera de guardia que me pudo tocar.

Cristina giró la cabeza y frunció el ceño. Era la primera vez que me miraba desde que puse un pie en el puente.

—Con permiso, señorita. Capitán, me retiro a descansar —dijo Teo antes de marcharse.

Cuando estuvimos solos, ella me escudriñó directamente:

—¿Capitán? ¿Por qué no me lo habías dicho?

—Capitán de fragata, para ser exactos —respondí, sintiendo una punzada de incomodidad—. Pasé muchos años cumpliendo guardias como esta.

Vi cómo se encendía una chispa distinta en sus ojos; una mezcla de sorpresa y, quizá, algo de orgullo.

—No se vale. Y yo pensando que era yo quien te iba a enseñar. Estaba nerviosa por tenerte tan cerca, por distraerme... y que naufragáramos.

Solté una carcajada; aquella mujer me fascinaba. Tomé su rostro entre mis manos y le planté un beso corto.

—Buenos días. Este es el beso que debiste darme antes de abandonarme en el estudio.

—Ah... yo... —balbuceó. Me miraba con una sonrisa; era increíble haberla dejado sin palabras.

—Ya aclarados los rangos...

Me acomodé detrás de ella, frente al timón, y puse mis manos sobre las suyas.

Ella recostó su cuerpo contra el mío, confiada.

Inclinó la cabeza hacia atrás, buscando el lado derecho de mi cuello, y me dio un beso sobre la barba que ya empezaba a crecer.

Mantuvo sus labios allí varios segundos; cuando se despegó, solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—No me distraigas —murmuré—, no quiero ser el culpable del naufragio de esta joya de embarcación.

El primer filo de luz comenzaba a rasgar el horizonte. Se podía admirar cómo el catamarán cortaba la superficie con suavidad; conocía bien ese sonido: el casco entrando y saliendo del agua como si fuera una respiración rítmica.

—Mi papá me enseñó así —dijo ella en voz baja, rompiendo el silencio mientras movía apenas el timón—. Ponía sus manos sobre las mías y me decía que el mar se siente primero en la piel, luego en las manos y al final en los ojos.

Sonrió al frente y añadió:

—Supongo que por eso lo amo tanto.

Sentí la nostalgia y la admiración en su voz al hablar de su padre.

Debía de ser un hombre poderoso para permitirle a su hija un barco de tal magnitud.

Por un segundo consideré preguntar cuánto valía exactamente aquella "joya" o de dónde provenía la fortuna familiar; incluso pensé en pedirle a Julián que investigara un poco más.

En la inmensidad del mar, a veces lograba olvidar el peso muerto que cargaba sobre los hombros.

Me preguntaba si la vida simplemente me estaba regalando la oportunidad de pasar mis últimos días junto a una mujer como ella, porque por más que analizaba mi situación, no encontraba una salida favorable.

—A veces pienso que esta investigación no fue una decisión tan correcta como creía.

Sus palabras rompieron el hilo de mis pensamientos, que ya empezaban a girar en un vórtice oscuro.

—Parece que nuestras mentes laten a la distancia, como una marea viva —dije, sin querer, en voz alta.

Cristina levantó una ceja con una inquietud evidente, como si mis palabras hubieran encendido una alarma silenciosa en su interior.

—¿Cuándo decidiste iniciar esta investigación? —pregunté rápido para cambiar de tema.

—Durante la maestría, en Portugal —respondió tras unos segundos—. Conocí a Piero e hicimos trabajo de campo en las Azores, estudiando cachalotes.

Finalmente, obtenía información sobre ese amigo por el que no había sabido cómo preguntar, aunque su mención me provocó un ligero pinchazo de celos.

—Allá, el tráfico de barcos de carga entre Europa y África es masivo —explicó, señalando el horizonte—.

Sentíamos que las ballenas tenían que esquivar un laberinto de acero para seguir sus rutas.

La realidad es que el comercio marítimo entre Asia y México es cada vez mayor.

Allá existen regulaciones, zonas protegidas...

—¿Y pretendes traer eso a México?