MAREA VIVA #2
Tomé aire antes de abrir. Él estaba impecable, con el uniforme blanco y esa seriedad de marinero experimentado. Me observó de arriba abajo, como si comprobara que yo seguía entero.
—La cena está casi lista, doctor. Vine a avisarles —dijo, y luego añadió con tono analítico—: ¿Se siente bien? ¿No tiene mal de mar?
—No, todavía recuerdo mis años en la Marina. Solo estoy... cansado. Han sido días intensos.
Él asintió despacio.
—Aquí todos la queremos mucho, ¿sabe? —añadió sin previo aviso—. A la señorita Cristina la vimos crecer. Para mí es como una hermana, aunque sé muy bien cuál es mi lugar. Este barco es su casa, pero también es su sueño.
Tardé un segundo en comprender la advertencia implícita.
—Lo sé —respondí—. Y ella te aprecia, es evidente.
Me escuché seguir hablando antes de poder frenarme:
—Te soy sincero, Juan Pablo: no sé qué me está pasando. Solo sé que quiero estar aquí con ella, aunque mi mundo fuera de este barco sea un caos.
—Solo le pido que la respete y no le haga daño —dijo él en voz baja—. Ella no merece sufrir más.
—No pienso hacerle daño —contesté, con una solemnidad que me sorprendió a mí mismo.
«¿En qué momento había decidido confiar mis sentimientos a un marinero?». Juan Pablo sonrió por primera vez.
—Entonces vamos bien. La cena se servirá en la proa principal. Suba cuando esté listo; la señorita Cris dijo que tenía una llamada en el estudio y que subía en cinco minutos.
Minutos después, compartíamos una velada exquisita rodeados por la inmensidad del mar.
—Estuvo deliciosa la cena. ¿Quién cocina, Juan Pablo? —pregunté, dejando mi copa de vino sobre la mesa.
—¿No has conocido al chef Diego? Estos días en Acapulco estuvo abasteciéndose de víveres para el viaje. No tarda en salir a fumar; es su rutina nocturna.
Cristina se inclinó hacia mí. El aroma a sal y su perfume de coco se mezclaron con la fragancia del vino.
—Yo sospecho que es la pareja de Teo —me susurró al oído.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Reí por lo bajo; no me había pasado por la cabeza que el capitán fuera gay. Me asombró lo poco que sabía de la gente con la que estaba embarcado.
—Luego te cuento los detalles —añadió ella—. Aquí arriba, aunque el catamarán es espacioso, siempre hay oídos indiscretos.
Asentí y cambié de tema para distraer la tensión.
—¿Cuánta tripulación hay exactamente?
—Teo, el capitán. Diego, el chef. Juan Pablo, que es el capitán sin título, pero prefiere encargarse de los camarotes y ayudar en la cocina; es un chef frustrado. Luis, el marinero de cubierta. Y Pancho, que llegó hoy; es experto en sistemas.
—Y un guapo doctor que ahora es asistente de la bióloga a cargo —añadió ella con una sonrisa traviesa antes de beber de su copa.
—¿Y qué tan guapo te parece ese nuevo asistente? —pregunté, sosteniéndole la mirada.
—¿Le ofrezco un café, doctor? —interrumpió Luis en ese momento.
—Sí, gracias —respondí, rompiendo el contacto visual con pesadez.
—¿Y para usted su té, señorita Cris?
—Sí, por favor. Pero ¿podrías llevárnoslos al estudio? —pidió ella.
Cristina tenía razón: esa conversación debía continuar en privado, y preferiblemente con llave en la puerta. Luis dejó las tazas en el estudio y se retiró en silencio. Ella se acercó al ordenador principal.
—Mira —dijo—. Esto es lo que grabamos hoy cuando aparecieron las ballenas.
Me acerqué a ella. Realmente me cautivaba su investigación, pero más me fascinaba la pasión con la que la transmitía. En la pantalla se desplegó una línea de tiempo con picos de color. Ella amplió un fragmento.
—Aquí están ellas. Estos son sus cantos. Y todo esto de acá… —señaló un bloque anaranjado— es ruido de barcos. Motores, hélices, buques. Es como intentar hablar por teléfono en medio de un concierto de rock.
Dejé de mirar la pantalla para observarla a ella; el movimiento de sus labios me tenía hipnotizado.
—¿Me estás poniendo atención o tendré que despedirte en tu primer día de trabajo?
—Te escucho. Es fascinante todo lo que sucede allá abajo sin que nos percatemos.
Pero ya no podía contenerme. La tomé de la mano y la atraje hacia mí.
Me apoyé en el escritorio y la acomodé entre mis piernas, rodeándola con mis brazos y afianzando mis manos en su cintura.
Ella rodeó mi cuello y nuestros rostros quedaron a milímetros.
Sentí su respiración mezclándose con la mía.
No supe quién se inclinó primero. Al principio fue solo un roce, un tanteo, como si necesitáramos comprobar que aquello era real.
Luego, sus labios se abrieron y el beso se volvió intenso, como una marea viva que gana fuerza.
Sentí sus dedos apretarse en mi nuca. Respondí deslizando mi boca sobre la suya, saboreando el rastro de té que aún quedaba en ella.
Mis manos bajaron de su cintura hacia su espalda y, cuando las deslicé un poco más abajo, la oí jadear.
Fue un suspiro cargado de algo que no supe identificar: ¿placer o duda? Aflojé la presión al instante.
—¿Todo bien? —murmuré, manteniendo mi frente pegada a la suya—. No quiero hacer nada que no desees.
—Sí quiero —susurró, cerrando los ojos. Noté que su cuerpo temblaba—. Ese no es el problema. Nunca he estado con un hombre y nunca me lo había permitido. Esta intimidad... —se mordió el labio y sus ojos se empañaron— me da miedo.
No comprendía del todo la profundidad de sus palabras, pero supe que necesitaba protegerla.
—No te voy a obligar a nada —murmuré, aunque cada fibra de mi ser deseaba seguir pegado a ella.
—No me rechaces —pidió con un hilo de voz—. Contigo sí quiero.
La abracé con todas mis fuerzas, como si pudiera blindarla contra sus propios miedos. Algo en mi pecho, que llevaba años congelado bajo la disciplina militar y la frialdad médica, empezó a derretirse.
—Ven, vamos a sentarnos —dije tras unos segundos.
La guie hasta el sillón del estudio y me senté primero, tirando suavemente de sus manos.
—Quiero que tú marques el ritmo —añadí—. Si quieres acercarte, lo haces. Si quieres que pare, me detengo. Tú tienes el control.
Cristina dudó un instante y, finalmente, se acomodó sobre mis piernas, frente a mí. Esta vez fue ella quien buscó mi boca, iniciando un beso que sabía a entrega y a un nuevo comienzo.
Cristina
Era irónico que fuera el momento en que más ropa llevaba y, aun así, me sintiera más desnuda que nunca. Tenía el corazón desbocado y las manos ligeramente temblorosas, pero, por primera vez en mucho tiempo, sentía que el control me pertenecía a mí y no a alguien más.
Subí un poco mi vestido de lino y me acomodé sobre él, con las rodillas en el sillón, rodeando sus piernas.
Llevaba el pelo suelto, todavía un poco húmedo de la regadera.
Puse las manos sobre su pecho; solo nos separaba la fina tela de su camisa blanca.
Su corazón latía acelerado, igual que el mío, que sentía golpearme con fuerza en la garganta.
Nuestras miradas quedaron atrapadas; ninguno de los dos parecía capaz de parpadear.
Me permití, poco a poco, subir mis manos hasta rodear su cuello. Acaricié su nuca y hundí los dedos en su pelo. Lo sentí estremecerse debajo de mí ante mi contacto.
—¿Voy bien? —pregunté, con una inseguridad que, ojalá, no se hubiera notado tanto en mi voz.
—Lo estás haciendo perfecto —murmuró él.
No necesité más. Me incliné hacia su rostro y busqué su boca, esta vez sin dudar.
Lo sentí corresponderme el beso, pero con cierta mesura; realmente estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por cederme el control.
Bajé mis manos, recorriendo sus brazos y sintiendo la fuerza que ocultaba la tela, hasta llegar a las suyas.
Entrelacé mis dedos con los suyos y los guie hasta mis caderas: necesitaba que me sostuviera, sentir su calor de forma directa, aunque fuera a través del vestido.
Su agarre me hizo estremecer. Yo tenía el mando, pero lo que más deseaba en ese instante era ser suya.
Mi vestido estaba arremolinado en mis caderas y una sensación indescriptible se apoderó de mi centro; la fricción de mi ropa interior contra su erección, aún cubierta por los shorts, encendió cada nervio de mi cuerpo.
Entonces, mi cuerpo explotó sin pedirme permiso. Una ola de placer me recorrió entera hasta escaparse en un gemido que, estaba segura, se había escuchado hasta Marte.
Quería abrir los ojos y mirar mi cuerpo, mirar a Miguel, pero no podía; una fuerza dulce y agotadora seguía recorriéndome, desvaneciéndose poco a poco.
Sentí la sonrisa de Miguel sobre mis labios mientras sus brazos me rodeaban, pegando mi cuerpo al suyo.
Él también se estremecía debajo de mí. «¿Podría estar sintiendo algo parecido a lo que yo acababa de experimentar? ¿Había gritado demasiado?».
Hundí la cabeza en el hueco de su cuello; sentía la cara ardiendo y no sabía si se debía al orgasmo o a la vergüenza de haber hecho el ridículo.
—Cris… ¿estás bien? —preguntó Miguel, con la boca aún pegada a mi frente.
—Creo que sí —alcancé a responder.
De pronto fui consciente de mi vestido amontonado y de mis piernas temblando todavía alrededor de él. Me incorporé con cuidado, sintiendo cómo el aire fresco me rozaba la piel.
—Me… me voy a cambiar —murmuré, evitando su mirada mientras alisaba inútilmente la tela del vestido—. Creo que necesito ponerme unos pants.
Me bajé del sillón con las rodillas todavía flojas y caminé hacia la recámara.
Busqué en el clóset unos pants viejos y una playera suave que me ayudaran a volver a tierra.
Cuando regresé al estudio, Miguel venía entrando; él también se había puesto ropa más cómoda, unos shorts de ejercicio y una playera limpia.
Se acercó a la mesa y tomó su café, dándole un sorbo.
—Ya debe de estar frío, ¿quieres que pida que te lo calienten? —pregunté.
—No, así está perfecto. ¿Te paso tu té? —dijo, con la mirada fija en mí, como si intentara descifrarme.
—Sí, por favor, muero de sed. ¿Tengo algo en el pelo? —pregunté, acercándome para recibir el termo mientras me tocaba la cabeza, buscando algún desastre.
—No, solo que estás preciosa.