MAREA VIVA
Cristina
Había intentado refugiarme en mi estudio todo el tiempo posible para evitar que la tripulación notara mi ansiedad, pero ya no podía más.
Faltaban apenas cinco minutos para las doce y estaba segura de que Teo, con su puntualidad exagerada, soltaría los amarres en el segundo exacto en que el reloj marcara la hora.
Alguien llamó suavemente a la puerta antes de asomarse.
—¿Se puede, señorita Cris?
Era Juan Pablo. Entró con la discreción que lo caracterizaba y cerró detrás de sí.
—Ya preparamos el camarote de huéspedes, el que está a un lado del suyo —anunció—. Fue una suerte que el doctor decidiera acompañarnos unos días.
—¿Y si no llega, Juan Pablo? —pregunté, incapaz de sostenerle la mirada. Él era la única persona que realmente me conocía, el único en quien confiaba plenamente.
—¿Quiere que le marque? Tengo su número, recuerde que le hablé cuando se puso mal.
—No. Si no llega es porque no quiere, y no voy a forzar las cosas. Sabes el gran paso que di al aceptarlo, pero si no viene, no pasa nada; al menos esto sirvió más que años de terapia.
Juan Pablo asintió despacio, con esa mezcla de cariño y preocupación que le conocía desde que yo era una niña.
—Ya no debe de tardar —dijo al fin—. Vamos arriba. Le prepararé un suero bien frío para que no se me deshidrate con estos nervios.
No supe si reír o llorar por su ocurrencia, así que simplemente lo seguí hacia la cubierta. Una vez arriba, mantuve la vista clavada en la entrada al muelle principal, siguiendo el vaivén de la gente y de las lanchas que iban y venían. De pronto, escuché la voz de Teo retumbando en el aire:
—¡Suelten amarras!
Sentí un vacío punzante en el pecho. Ahí estaba la respuesta: no había llegado. Tampoco tenía por qué hacerlo; si tenía vacaciones, lo más lógico era que prefiriera pasarlas en cualquier otro lugar.
Al principio no lo reconocí. Venía vestido con shorts, una playera blanca, gafas de sol y gorra, mimetizado con cualquier otro marinero. Lo primero que distinguí fue aquel maletín rojo acercándose, y solo entonces comprendí que era Miguel. Mi corazón recuperó el ritmo en un segundo.
—¡Alto a la maniobra!
Durante las primeras horas de navegación descubrimos que ambos éramos apasionados del ajedrez y terriblemente competitivos.
Compartíamos gustos culinarios, gustos de música y, lo más importante, descubrimos que los silencios entre nosotros no resultaban incómodos.
Sin embargo, las miradas y los roces casuales mantenían mi cuerpo en un estado de alerta constante, como una olla a presión a punto de estallar.
La tarde ya comenzaba a caer y el sol inició su ritual diario para dar paso a un atardecer majestuoso.
Estábamos recostados en el lounge de la proa, rodeados por la inmensidad de un mar que ya lucía ese azul profundo que solo se encuentra lejos de la costa.
A lo lejos, la silueta de la tierra firme se desvanecía en el horizonte.
—Su café, doctor —anunció Luis, rompiendo el hechizo del momento.
—Gracias.
—¿Se les ofrece algo más?
—No, gracias, Luis. Estamos bien. Te aviso si necesitamos algo.
Observé a Miguel justo cuando daba el primer sorbo a su tercer café del día. Parecía disfrutarlo con una intensidad casi envidiable.
—No estoy segura de si tu decisión de estar aquí es por mí o por el café que preparan a bordo —comenté con una pizca de fingida molestia.
—Debo admitir que lo primero es muy tentador, pero sin duda el café inclinó la balanza —respondió con una seriedad tan perfecta que, de no ser porque empezaba a descifrar su sentido del humor, habría jurado que hablaba en serio.
—¡Oye! —le di un leve empujón en el brazo, obligándolo a sujetar la taza con ambas manos para no derramar el líquido.
—¡Perdón, perdón! —exclamé riendo.
Me incorporé y me puse de rodillas frente a él.
Cubrí sus manos con las mías para asegurar la taza, como si estuviéramos custodiando una granada a punto de detonar.
Por un segundo, el tiempo se detuvo. Sentí cómo mis dedos se relajaban sobre los suyos y cómo mis rodillas se hundían en el acolchado mientras el vaivén del catamarán nos empujaba más cerca.
El calor del momento me envolvió y noté el roce de sus piernas encerrando las mías con cada movimiento.
Su mirada descendió sin disimulo hacia mi boca antes de volver a anclarse en mis ojos.
La cercanía que habíamos intentado evitar durante todo el día finalmente nos doblegó.
Nos entendimos en un acuerdo silencioso; dejamos la taza en la mesa auxiliar.
En cuanto nuestras manos quedaron libres, la tensión acumulada estalló: nos besamos.
No fue un roce tímido, sino un choque decidido, cargado de todo lo que nos habíamos callado.
Miguel me tomó de la nuca con firmeza, guiándome hacia él.
Abrí la boca para recibirlo y su lengua buscó la mía con una seguridad que me hizo temblar.
El sabor del café se mezcló con el salitre de mis labios y un deseo tan urgente que el resto del barco simplemente desapareció.
Su mano descendió por la línea de mi cuello, rozando mi clavícula hasta perderse en el inicio de mi escote.
Con el pulgar dibujó un semicírculo sobre mi piel y no pude reprimir un gemido ahogado contra sus labios.
Mis dedos se aferraron a su playera, sintiendo bajo las yemas su corazón acelerado.
El movimiento de una ola nos hizo perder el equilibrio y terminé prácticamente sentada sobre uno de sus muslos.
Miguel aprovechó para deslizar su otra mano hacia mi cintura y pegarme más a él; sus dedos se colaron bajo la tela ligera de mi pareo, acariciando la curva de mi cadera con una lentitud deliberada.
Con la respiración agitada, intenté recuperar algo de espacio, pero él me sujetó con suavidad y me acomodó entre sus piernas.
Tal como había ocurrido en la tabla de paddle por la mañana, nuestros cuerpos encajaron a la perfección.
Me dejé abrazar. Me permití sentir. Descargué todo mi peso sobre él, notando cómo cada músculo de su torso se acoplaba a mi espalda.
Inhalé profundamente, queriendo retener los últimos rayos de aquel día perfecto.
—¿Te das cuenta de que lo vimos salir y ahora lo vemos ocultarse? —murmuré—. Llevamos una jornada completa de sol.
Por primera vez me permitía sentir sus manos recorriendo mi piel sin levantar barreras, y lo disfrutaba más de lo que me atrevía a confesar.
«Me sentía despierta, viva, encendida». Sin embargo, sabía que no era el lugar ideal; estaba casi segura de que desde el puente de mando podían observar cada uno de nuestros movimientos.
Apreté los labios, fingiendo que mi atención estaba centrada en el horizonte, y recé para que mi cuerpo no me delatara tanto como mi agitación interna.
—¡Ballena a estribor!
El grito de Teo y sus órdenes rápidas nos obligaron a incorporarnos. El murmullo de la tripulación llenó la cubierta de inmediato. Luis regresó corriendo desde el puente y me entregó el iPad.
—Ya está conectado, señorita. Pancho acaba de terminar la configuración.
Pancho se había unido a nosotros ese mismo día. Era ingeniero en sistemas marinos y traía consigo el nuevo equipo de rastreo acústico. El sistema utilizaba hidrófonos instalados bajo el casco para mostrar en el mapa las rutas probables de las ballenas según sus cantos.
—¡Brincó! —gritó Miguel a mi lado, contagiado por la emoción.
—Qué espectáculo tan increíble con esta luz… Gracias —me dijo, antes de darme un beso en la mejilla.
Yo permanecí pegada a la pantalla del iPad, sonriendo mientras lo observaba de reojo, maravillada de verlo tan atento a cada movimiento en el agua.
Miguel
Entré en mi camarote todavía con el salitre pegado a la piel y el recuerdo de sus labios quemándome más que el sol del mediodía.
Necesitaba una ducha urgente; las últimas cuarenta y ocho horas habían sido, por decir lo menos, complicadas.
Apenas dos días atrás, a esa misma hora, estaba saliendo de mi oficina en Palacio Nacional para viajar a Acapulco y recibir el reconocimiento de mi padre.
Ahora me encontraba en medio del Pacífico, en un catamarán de lujo —y vaya lujo—, con una mujer a la que deseaba como hacía mucho no deseaba nada y, por si fuera poco, con un precio sobre mi cabeza.
Conociendo a Julián, estaba seguro de que había suavizado la situación para no alarmarme; al fin y al cabo, yo estaba en esa posición por él.
«Si fuera por mí, habría seguido ejerciendo mi carrera como cardiólogo naval y nada más».
Salí de la regadera recuperando un poco la calma.
Al abrir el armario para buscar algo que ponerme para la cena, encontré mi camisa del uniforme de gala, la misma que le había prestado a Cristina en el hospital.
Por un segundo pude verla de nuevo: envuelta en esa prenda enorme, descalza, despeinada y mirándome como si yo fuera el único capaz de entenderla.
Desde aquel momento en urgencias, algo había nacido entre nosotros.
Necesitaba hundirme en ella; mi cuerpo llevaba más de veinticuatro horas exigiendo una atención que me costaba contener.
Sin embargo, también había notado cierta resistencia en ella en los momentos de mayor cercanía.
No era una niña, tenía veintisiete años, pero había algo en su cautela que me intrigaba.
No habíamos hablado de nuestras vidas privadas.
Sabía que existía la posibilidad de que tuviera un marido o un patrocinador que costeara todo aquello.
En los últimos meses había visto demasiadas fortunas disfrazadas de filantropía y “proyectos ambientales” que solo servían para el lavado de activos.
«Una bióloga marina, por más apasionada que fuera, difícilmente podía costear sola semejante operación: aquí había muchos millones invertidos. Demasiados».
Alguien llamó a la puerta con dos golpes suaves.
—¿Doctor? —reconocí la voz de Juan Pablo al otro lado.