Marea MAREA BAJA #7
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MAREA BAJA #7

—Creo que es mejor que regresemos al catamarán —murmuró, todavía muy cerca de mis labios—. No quiero que nos trague una ballena como a Jonás… y menos después de este beso, porque pretendo darte muchos más.

Solté una risa nerviosa, plenamente consciente de que mi cuerpo ardía, reaccionando a cada lugar donde él me tocaba y donde me había tocado.

Miguel

Le di el primer sorbo a mi café; realmente necesitaba la cafeína. No recordaba, en los últimos meses, haber pasado más de diez minutos despierto sin una taza en la mano.

—¿Qué le pareció, doctor? —preguntó Juan Pablo, complacido por mi expresión tras el primer trago—. Sin duda, es el mejor café que va a probar.

Me encontraba solo en la cubierta principal.

Habíamos regresado de remar y, en cuanto subimos al catamarán y volvimos a estar rodeados por la tripulación, sentí cómo la burbuja del amanecer se reventaba.

Caminamos juntos hasta la escalera como si nada hubiera pasado, como si no nos hubiéramos besado en medio de la bahía.

Mi cuerpo, sin embargo, tardó más en recuperar la compostura; llevaba horas en estado de alerta desde que conocí a Cristina.

«No entendía qué me estaba sucediendo con ella: estaba rompiendo todas mis reglas.

Era como si ella fuera un imán y yo un metal incapaz de resistirse».

El capitán Teo no ocultaba su molestia por tenerme a bordo y algo en su mirada me advirtió que había visto más de lo que nos convenía durante el alba.

—Gracias, Juan Pablo, es excelente. Detecto un matiz de cardamomo.

—Así es. Es una mezcla especial que la señorita mandó traer para Piero que la va a acompañar, junto con esa cafetera tan sofisticada. Hasta un curso tuve que tomar para aprender a usarla, ¿puede creerlo?

—Aprendiste muy bien, te lo agradezco.

—Con permiso, doctor, en unos minutos sirven el desayuno.

Era la segunda vez que mencionaban a "Piero". No me había detenido a pensar que, tal vez, Cristina tenía pareja. No sería extraño: era una mujer de una belleza magnética, de esas que llenan cualquier espacio con solo entrar.

—Te me fuiste lejos, doctor —escuché a mis espaldas.

La voz de Cristina me tomó desprevenido; cada vez que aparecía, su energía parecía desordenar algo en mi interior, como si mis instintos reaccionaran mucho antes que mi cabeza. Me puse de pie por reflejo y le acerqué la silla para que se sentara a mi lado.

—Buenos días —dijo ella, acomodándose el pareo.

—Buenos días —respondí, retomando mi lugar—. Creo que sigo impresionado por el amanecer.

Ella sonrió y, en ese momento, los marineros llegaron con el desayuno, otorgándonos un respiro antes de tener que enfrentar el "elefante blanco" que aquel beso había dejado entre nosotros.

Durante el desayuno, la conversación fluyó con naturalidad: hablamos de las ballenas, de su travesía y de las paradas que harían hasta llegar a Bahía de Banderas.

Yo deseaba sacar a colación el tema del famoso acompañante, pero no encontraba la forma de hacerlo sin parecer un entrometido.

Me intrigaba, por supuesto, pero no me correspondía el papel de celoso cuando tenía que irme.

Mi celular vibró sobre la mesa justo cuando me armaba de valor para preguntar. La pantalla se iluminó con una sola palabra que me enderezó en la silla: Águila.

—Necesito tomar esta llamada —dije, apartando la taza.

Me levanté y caminé hacia la proa, buscando un punto donde la brisa ahogara mis palabras.

—Mike, ¿me escuchas? —la voz de Julián sonaba tensa.

—Sí, Julián. Adelante.

—¿Estamos en línea confiable?

—Sí, a tus órdenes.

—Acabo de recibir el informe de nuestro infiltrado y el panorama no es favorable. Me quieren torcer a través de ti; nos quieren acorralar. Básicamente, están pidiendo tu cabeza a cambio de entregarnos al "Pez Gordo".

Se hizo un silencio sepulcral. «Ese había sido uno de mis mayores temores al entrar en la esfera política: convertirme en moneda de cambio o, peor aún, ser víctima de una traición».

—Escúchame bien, Mike. Me tienen agarrado, pero yo no voy a negociar.

Estos tipos deben entender que no llegué hasta aquí para claudicar ante ellos.

No así. No contigo —hizo una pausa para respirar hondo—.

Vamos a informar a los medios que tienes una baja médica, algo creíble.

De eso tú sabes más que nadie; aprovecharemos que sigues en Acapulco. Desaparece unos días del radar.

Mi mente intentaba procesar la ráfaga de información: la necesidad de ocultarme, el riesgo para mi familia, la certeza de que probablemente ya me estaban siguiendo.

—Ni se te ocurra ir al rancho de tu familia, es el primer lugar donde buscarán. Quiero que te borres del mapa de verdad. Nada de bases, ni rutinas, ni lugares obvios.

—Julián… —mi cuerpo estaba paralizado. Mi cabeza era una olla de presión.

—Mike, vamos a salir de esta, hermano. El operativo para atraparlo ya está en marcha; si lo capturamos primero, se quedan sin moneda de cambio. Solo te pido que te cuides: perfil bajo, nada de tarjetas y apaga tu celular personal. Este es el único que debes mantener encendido.

Colgué y me quedé mirando el aparato como si fuera un artefacto explosivo.

Lo guardé en el bolsillo sintiendo que me quemaba la pierna.

Me pasé las manos por la cara y el cabello, intentando ordenar mis ideas a la fuerza.

Sentía la mandíbula tan tensa que empezó a dolerme.

Cuando finalmente levanté la vista, la vi en la cubierta superior, discutiendo con el capitán.

En ese instante supe qué haría: me quedaría. No solo por la orden de "desaparecer". No solo por el operativo. Por ella.

Me acerqué justo cuando Teo alzaba la voz.

—Señorita, si no zarpamos a la hora acordada, perderemos la ventana de viento. Solo pasaremos al muelle del Club de Yates por víveres y combustible; de lo contrario, no mantendremos la ruta.

Cristina apretó los labios, a punto de replicar, pero se calló en cuanto me vio llegar.

—Todo bien —intervine, colocándome a su lado.

—Ya puedes retirarte, Teo. En un momento te informaré qué haremos —sentenció ella con firmeza—. Eres el capitán, pero no olvides que este es mi barco y mi investigación; la última palabra la tengo yo.

—Con permiso, señorita. Capitán —Teo se cuadró, llevó la mano a la sien en un saludo militar cargado de ironía y se retiró.

—¿Está todo bien? —me preguntó Cristina. Pasó su mano por mi barba, que ya empezaba a asomar tras veinticuatro horas sin afeitarme. Su roce me provocó un escalofrío inmediato.

Tomé su otra mano y la atraje hacia mí, encerrándola entre mis brazos.

Necesitaba confirmar que lo que sentíamos era real antes de lanzarme al vacío.

Nuestros cuerpos, una vez más, embonaron como piezas diseñadas para encajar.

Nuestros rostros quedaron a centímetros y nuestras miradas se encontraron sin distracciones por primera vez.

Aparté un mechón de su frente; quería ver la verdad en sus ojos antes de hacerle mi propuesta.

—¿Qué tan dispuesta estarías… —sentí cómo su cuerpo se tensaba— …a aceptar a un doctor en tu tripulación?

La chispa de emoción que iluminó sus ojos fue toda la confirmación que necesitaba.

—¿De verdad? —exclamó, tomando mi rostro con ambas manos antes de besarme con un entusiasmo desbordado.

Nuestros labios se unieron apenas un segundo antes de que a ambos se nos escapara una risa nerviosa. Pero, a pesar de las risas, nuestros cuerpos ya estaban reclamando esa cercanía.

—¿Hubo algún problema con la llamada? ¿Te amonestaron por estar aquí o por lo de anoche? —preguntó preocupada.

—No, tranquila —respondí—. Era mi jefe para decirme que puedo tomarme unos días de vacaciones, y pensé que cierta bióloga marina, con tendencia a ser atacada por medusas, podría necesitar un médico de guardia en su expedición.

—Mi discusión con Teo era por eso —murmuró ella, jugueteando con mis dedos—. No quería irme sin ti… no quería que esto terminara así.

Sentí cómo una opresión cedía en mi pecho.

—Yo tampoco quiero que termine —dije en voz baja—. Pero no quiero forzar nada. Podemos ver qué sucede, darnos una oportunidad… si tú quieres.

Ella clavó su mirada en la mía sin vacilar.

—Quiero.

En ese momento supe que, sin importar lo que ocurriera en tierra firme, mi siguiente ruta ya estaba trazada.

Necesitaba unas horas para coordinar todo con la teniente Montor, comprar lo indispensable para estas "vacaciones" forzadas y proceder con mi desaparición: una pista falsa aquí, un movimiento allá; lo justo para que, si alguien seguía mi rastro, persiguiera una sombra mientras yo me alejaba en el mar.

Había quedado de verme con Cristina a mediodía en el muelle principal. Solo esperaba que las piezas no se complicaran más de lo que ya estaban.