MAREA BAJA #6
Volví a su lado, pero esta vez interpuse los cojines decorativos como una barrera.
Necesitaba que mi cuerpo entendiera que ella no podía ser "una noche más".
Mi mente me cuestionaba: ¿por qué no? Y la respuesta era simple: no podía permitirme sentir algo así ahora.
Mi vida era demasiado complicada, ella no era alguien para jugar, y yo no estaba en posición de apostar.
Me quedé dormido de nuevo, sentado, con esa frágil barrera de tela entre nosotros. No supe cuánto tiempo pasó hasta que sentí una mano en mi brazo y una voz suave insistiendo cerca de mi oído:
—Miguel… Miguel, despierta. Vamos a ver el amanecer.
Abrí los ojos a medias, sintiendo la cabeza pesada.
—¿Qué hora es?
—Las seis de la mañana —respondió ella. Ya estaba cambiada; vestía un traje de baño negro y un pareo anudado a la cintura.
—¿Cómo te sientes? —pregunté mientras me desperezaba.
—Mucho mejor, tenías razón: el sueño y la cena hicieron milagros. La inflamación bajó mucho con la pomada. Pero apúrate, nos perderemos la salida del sol.
Pasé al baño, revisé mi celular y vi un mensaje de Montor. Le escribí rápidamente para confirmar que no hubiera novedades. Como era domingo y el regreso a la Ciudad de México sería por carretera, no teníamos una hora fija de salida. La teniente contestó de inmediato:
Ninguna novedad, capitán. Lo mantengo informado. 6:05 am
Subí a cubierta. El aire de la mañana era puro y revitalizante. Cristina estaba en la popa conversando con el capitán Teo, a quien no había visto desde la tarde anterior.
—Buenos días, capitán. Es una sorpresa verlo por aquí —dijo Teo, haciendo el saludo militar con un matiz de burla y sosteniéndome la mirada.
—Buenos días —respondí secamente, sin bajar la vista. No iba a permitir que me intimidara en su territorio.
—Por acá, Miguel —intervino Cristina, tomándome de la mano y guiándome hacia la plataforma de popa.
Allí, uno de los marineros sujetaba una tabla de paddle surf que flotaba en el agua, lista para deslizarse sobre el espejo de la bahía antes de que el sol terminara de despuntar.
Cristina
No le di mucha opción. Moría de ganas por enseñarle el amanecer desde el mar de la bahía, pero para lograrlo necesitábamos darnos prisa y remar.
Debía admitir, aunque fuera solo para mis adentros, que me puso terriblemente nerviosa despertar y verlo a mi lado; creía recordar que, entre sueños, le había pedido que no se fuera.
¡Qué vergüenza! Pero ya estaba hecho y ahora tocaba enfrentarlo.
Me sorprendía la reacción de mi cuerpo hacia él.
Su cercanía en la regadera y el haber compartido el sillón habían despertado en mí un hambre de algo más, un sentimiento que me habría parecido imposible apenas unos días atrás.
Recordé cómo, en la fiesta de fin de año, un amigo medio ebrio intentó guiarme por la cintura mientras bailábamos y mi cuerpo simplemente se paralizó; cuando logré reaccionar, corrí al baño a vomitar.
Así que esto era territorio nuevo para mí. Quería comprobar si aquel hombre realmente ejercía un efecto sanador en mi sistema o si todo había sido un espejismo provocado por el veneno y la fiebre.
—Puedes dejar tu celular y la playera con Luis —le dije cuando llegamos a la plataforma de popa del catamarán. Noté cómo su mirada oscilaba entre la tabla de paddle surf y el teléfono que sostenía en su mano.
—Pensé que veríamos el amanecer desde la proa, con un café en la mano —comentó él, mientras le entregaba sus pertenencias al marinero.
Vestía los mismos shorts de ejercicio del día anterior; no eran precisamente para nadar, pero servirían.
—El mar está tan calmo que se me ocurrió que sería mejor verlo desde la bahía. Es un espectáculo que no te puedes perder, confía en mí.
—Está bien… ¿me siento en la tabla?
—Sí, solo deja que me suba primero para estabilizarla.
Me acomodé para equilibrar el peso y le señalé el espacio frente a mí.
Cuando Miguel se sentó, su espalda quedó a escasos centímetros de mis piernas.
En ese instante supe la verdad: más que enseñarle el paisaje, lo que deseaba era averiguar si, estando con él, mi cuerpo finalmente dejaría de temer al contacto.
Comencé a remar en un silencio absoluto; solo nos rodeaba el chapoteo rítmico del remo y el sonido de nuestras respiraciones. La mía se aceleró a medida que pasaban los minutos; no calculé que el peso de Miguel me exigiría semejante esfuerzo físico.
—Todavía no estás para estos trotes, Cristina —dijo él sin volverse, usando ese tono de médico que no admitía réplicas.
Sentí cómo rodeaba mis manos con las suyas para tomar el remo; en un movimiento rápido pero suave, lo dejó sobre la tabla.
—Ven acá —añadió.
Se acomodó mejor y giró el torso; me tomó de la cintura y me guio hasta sentarme justo frente a él, de cara al horizonte. La tabla se tambaleó y, por unos segundos, el resto del océano dejó de existir.
—Yo remo —murmuró cerca de mi oído, inclinándose para alcanzar el remo de nuevo—. Tú solo encárgate de guiarme.
Lo sentí acomodarse a mis espaldas, apoyado sobre las rodillas para darnos estabilidad.
Mi espalda quedó recargada contra sus muslos y, cuando empezó a remar, sus brazos me envolvieron para poder maniobrar.
Cada vez que el remo entraba en el agua, notaba el juego de sus músculos contra mi espalda y el calor de su cuerpo rodeándome como un chaleco salvavidas.
Al principio, mis hombros se tensaron por puro reflejo y mi respiración se quedó atrapada en la garganta. Sin embargo, no hubo nada brusco, ni una sola caricia no solicitada; solo la firmeza de sus brazos trabajando y la seguridad de saber que, si perdía el equilibrio, él me sostendría.
—Respira —susurró Miguel, como si hubiera notado que llevaba demasiado tiempo conteniendo el aire.
Poco a poco, la rigidez cedió. Mis músculos dejaron de interpretar su cercanía como una amenaza y empezaron a reconocerla como algo nuevo: cálido y extrañamente seguro. Me sorprendió descubrir que no quería apartarme; por primera vez, mi cuerpo deseaba quedarse en lugar de huir.
Llegamos al punto ideal justo cuando el cielo empezaba a clarear. No nos alejamos demasiado del catamarán, solo lo suficiente para que las montañas no obstruyeran la vista de los primeros rayos del sol.
—Hasta aquí está bien —dije, con una voz mucho más baja de lo que pretendía.
Miguel dejó de remar y nos giró hacia el horizonte.
Se sentó de forma que la tabla se balanceó un poco, bajó las piernas al agua y, con una naturalidad que me resultó asombrosamente cómoda, me acomodó entre sus piernas.
Instintivamente, yo también bajé las mías, pero el contacto del agua fría contra el calor de su torso sudado en mi espalda me provocó un escalofrío que me recorrió entera.
—Mejor sube las piernas, no te vendrá bien el cambio de temperatura —me indicó.
Como una niña regañada, obedecí y rodeé mi abdomen con los brazos.
—Ven, deja que te abrace para que se te quite el frío —añadió, pegándome aún más a su pecho. Él cubrió mis manos con las suyas.
—¿Estás bien así? —preguntó con cierta duda.
Asentí en silencio porque las palabras se me habían anudado en la garganta.
Imaginé que podía escuchar los latidos de mi corazón; después de todo, él era cardiólogo y sabía reconocer cualquier ritmo. El mío sonaba como si estuviera al borde de un infarto, pero, sorprendentemente, me sentía en paz. Era la emoción de estar entre sus brazos, y no el deseo de escapar.
El agua estaba tan quieta que parecía un espejo que le robaba al cielo todos sus colores.
El naranja y el rosa se deshacían sobre la superficie, como si alguien hubiera encendido un fuego suave en el límite del horizonte.
Cada vez que él movía las piernas para mantenernos alineados, el espejo se rompía en ondas lentas.
No se escuchaba nada: ni la ciudad, ni las aves, solo el leve chapoteo y la silueta oscura de las montañas.
—Gracias —murmuré, absorta en el paisaje.
—No, gracias a ti por enseñarme esto —contestó él, estrechándome un poco más.
—No por el amanecer —corregí despacio—. Gracias por quedarte… por no dejarme sola anoche.
Lo sentí inspirar hondo, como si mis palabras pesaran más que el mar que nos rodeaba.
—No quería irme… no sé qué me pasa contigo —confesó al fin.
—A mí tampoco —susurré.
Él se inclinó y comenzó a dejar besos breves en mi hombro, subiendo con lentitud por la curva de mi cuello.
Sentí que el pecho se me apretaba y el aire se volvía denso.
Noté el calor de su mano en mi cintura y el golpeteo torpe de mi corazón.
Cuando me tomó de la barbilla y giró mi rostro hacia el suyo, tuve un segundo para pensar que debía apartarme…
pero no lo hice. Me dejé atrapar y sentí cómo el mundo se encogía hasta alcanzar el tamaño de aquel primer beso.
Me giré por completo hacia él. Esta vez, el beso no fue apresurado.
Sentí primero el roce suave de sus labios, indeciso, y luego cómo profundizaba con calma, dándome tiempo para procesarlo.
El estómago se me contrajo de golpe, como en la caída de una montaña rusa; mis manos temblaron sobre la superficie fría de la tabla.
El calor me subió por el pecho y la piel se me erizó hasta la nuca.
No sabía dónde poner las manos, si aferrarme a él o a la tabla, así que hice ambas cosas: una mano en su hombro y la otra aferrada al borde, como si aquel beso fuera el único punto firme en un universo que se había vuelto demasiado grande.
De pronto, un resoplido hondo y húmedo rompió el silencio a pocos metros.
Separé mis labios de los suyos y alcancé a ver cómo una ballena rompía la superficie, lanzando un chorro de agua y aire que brilló en tonos rosados bajo la luz del alba.
El sonido me hizo sonreír contra su boca, que él atrapó con otro beso, como si el mar mismo estuviera conteniendo el aliento con nosotros.