MAREA BAJA #5
—Va a sentirse un poco mareada —me advirtió, acercando los labios a mi oído para hacerse oír sobre el estruendo del agua—. Respire conmigo, ¿sí? Inhale… exhale…
Cada vez que él marcaba el ritmo, el roce de su aliento cerca de mi piel me enviaba una descarga eléctrica por la columna.
No era romántico, ni siquiera bonito. Era algo crudo, inesperado e incómodo; pero, al mismo tiempo, extrañamente seguro.
Por un segundo quise apartarme y recordar todas las razones por las que había decidido no sentir nada por un hombre.
No pude. Mi cuerpo se quedó donde estaba, encajando contra el suyo como si lo conociera de siempre.
No supe en qué momento el ruido del agua se volvió distante. Solo registré unas manos firmes, la caricia áspera de una toalla sobre mi piel y la sensación de que la gravedad perdía el sentido cada vez que intentaba abrir los ojos.
Cuando por fin logré enfocar la vista, estaba recostada en mi cama, apoyada en las almohadas y con una manta ligera cubriéndome las piernas.
Parpadeé para ubicarme: estaba en mi camarote, aunque habría jurado que seguía en el hospital.
Noté que, bajo la bata, aún llevaba mi ropa de ejercicio.
Seguí el trayecto de mi propia mano y encontré a Miguel sentado en el borde del colchón.
Tenía el ceño fruncido, concentrado en el oxímetro que acababa de retirarme del dedo.
Su camisa estaba empapada; la prueba muda de lo que había pasado en la ducha.
—¿Qué… qué hace usted aquí? —la voz me salió ronca, más débil de lo que pretendía.
Él levantó la mirada, sorprendido de verme más lúcida, y su expresión se suavizó al instante.
—Me llamó Juan Pablo. Tenía fiebre alta, escalofríos y su estado era preocupante. Vine a inyectarla.
Dejé que las piezas encajaran: la llamada, la fiebre, la regadera. De pronto, la imagen de nuestros cuerpos unidos bajo el agua regresó como un fogonazo que me encendió las mejillas.
—La inyección… ¿ya pasó? —pregunté, intentando recuperar la compostura.
—Sí. Ya está haciendo efecto —respondió él, observando el aparato—. Sus signos vitales están mejorando.
Sentí una punzada de pudor tardío: un capitán médico en mi cama, con la ropa empapada por haberme auxiliado.
—No debió molestarse…
—¿Señorita Cris? —la voz de Juan Pablo llegó desde la puerta—. ¿Puedo pasar?
—Adelante —dije.
Asomó la cabeza con una playera limpia doblada sobre el brazo.
—Le traje una prenda de la tripulación para el doctor —explicó, mirando la ropa mojada de Miguel—. No quería que se quedara así.
Lo miré con una mezcla de reproche por la situación y un profundo agradecimiento.
—¿Has estado aquí todo el tiempo? —le pregunté.
—Pues… sí. No la iba a dejar sola, señorita.
Miguel tomó la camisa con un gesto breve.
—Gracias, Juan Pablo. Se ha portado usted mejor que muchos residentes; no se ha apartado de su lado más que para buscar esta playera —dijo él, con un tono que sonó a reconocimiento oficial, mientras se cambiaba la prenda mojada.
Aquella frase, sumada a la visión fugaz de su torso, me arrancó una sonrisa cansada pero genuina.
Entre el doctor y mi marinero fiel, por primera vez en mucho tiempo, no me sentí sola en la inmensidad de mi camarote.
Confirmé entonces lo que había sospechado en el hospital: mi cuerpo ya no era inmune a aquel hombre.
Algo se había movido en mi interior. Mi trauma seguía allí, no había desaparecido, pero ya no era el único que dictaba las reglas.
Miguel
—Si no se termina al menos la mitad del consomé, no contará como que "cenó" —dije, apoyado en el respaldo del sofá con un sándwich en la mano que parecía digno de un buen restaurante.
Nos habíamos trasladado al estudio de Cristina para cenar.
Ella estaba acurrucada en una esquina del sillón, envuelta en su bata y una manta ligera, con las piernas recogidas sobre los cojines.
La luz del televisor nos pintaba sombras azuladas en el rostro y, en la quietud de la noche, el resto del yate parecía un mundo aparte.
—Negociar con un paciente con fiebre es hacer trampa, capitán —murmuró ella, llevándose al fin una cucharada a la boca.
Esbocé una media sonrisa.
—Llámelo como quiera. Si desea levantarse mañana sin desmayarse, necesita algo más que orgullo en el estómago.
Observé el entorno mientras ella comía. El estudio era un reflejo de su pasión: una pared estaba cubierta de mapas y fotografías de ballenas que marcaban diferentes rutas migratorias; otra lucía estantes atiborrados de libros y carpetas.
En su escritorio destacaban una laptop y un monitor de gran formato.
—Mencionó que es bióloga marina; imagino que todo esto es parte de su investigación —comenté.
—Sí, apenas estoy comenzando. De hecho, inicio oficialmente en cuanto lleguemos a Bahía de Banderas, donde se incorporará un colega con el que estudié la maestría.
—¿Maestría? ¿Pues cuántos años tiene? Se ve muy joven, no le daba más de veintidós.
Ella dejó la sopa en la mesa auxiliar y me dedicó una mirada entre divertida e indignada.
—No sé si me ofende más que me preguntes la edad o que me hables de "usted". ¿Sería mucha molestia que nos tuteáramos? Ya no estamos en un hospital ni en una base naval; estamos platicando como dos amigos.
Extendió su mano hacia mí con determinación:
—Cristina. Mucho gusto. Veintisiete años.
No pude frenar la sonrisa; realmente no aparentaba esa edad. Tomé su mano entre la mía.
—Miguel. Treinta y seis años. El gusto es mío.
En ese instante, una sensación poco común me recorrió el cuerpo, como si algo se hubiera acomodado en un lugar que yo no sabía que estaba vacío. Cristina soltó mi mano como si le quemara y se levantó de golpe. Yo también me puse de pie, temiendo por un segundo que se sintiera mal otra vez.
—Voy a cambiarme rápido. No es bueno quedarme con la ropa húmeda —dijo Cristina antes de desaparecer por una puerta lateral.
Me quedé solo en el estudio, recorriendo con la mirada la decoración impecable del catamarán.
Una lámina en la pared me obligó a detenerme: era el esquema anatómico de una ballena a escala.
Me quedé un buen rato examinando el corazón; ocupaba casi todo el centro del dibujo.
Como médico, no pude evitar maravillarme ante ese músculo gigante que tomaba decisiones automáticas sin pedirle permiso a la cabeza.
No era muy distinto a lo que me estaba pasando a mí con ella.
—Es mi lámina favorita —escuché a mis espaldas.
Cristina ya estaba de vuelta, con el cabello algo más seco y una expresión más relajada.
—Ese corazón puede pesar lo mismo que un coche pequeño —añadió, poniéndose a mi lado.
—Tiene sentido. Para mover semejante masa por todo el océano, necesitas un motor serio.
Ella me miró con curiosidad, arqueando una ceja.
—Soy cardiólogo —admití con una sonrisa encogida—. Deformación profesional. Veo corazones en todas partes.
Cristina me devolvió la sonrisa y se acercó un poco más a la lámina.
—Entonces entenderás por qué son tan vitales. Son como gigantes que cuidan el clima en silencio. Durante toda su vida guardan cantidades enormes de carbono en sus cuerpos, y cuando mueren, se llevan todo eso al fondo del mar, manteniéndolo fuera de la atmósfera por siglos.
Se acercó hacia mí, gesticulando con las manos para enfatizar sus palabras:
—Pero lo mejor es cuando migran. Al recorrer miles de kilómetros van soltando nutrientes que alimentan al fitoplancton, y esas cositas microscópicas son las que producen gran parte del oxígeno que respiramos tú y yo ahora mismo.
Básicamente, cada vez que una ballena se mueve, está sosteniendo la vida de todo el océano.
Me quedé en silencio, asimilando la magnitud de lo que decía. Ya no veía solo un dibujo técnico; veía el motor de un sistema perfecto que ella protegía con una pasión que me estaba resultando contagiosa.
—Nunca me habían hablado del océano de una manera tan... apasionada —confesé, mirándola a los ojos—. Me haces sentir que los corazones humanos que opero son minúsculos comparados con lo que pasa allá abajo.
—Entonces te va a encantar esto. Tengo un documental sobre corazones de ballenas y su adaptación a las inmersiones largas. No es Netflix, pero es material de primera. ¿Lo vemos?
Lo más prudente habría sido negarme y marcharme, pero la realidad era que no quería hacerlo. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan tranquilo; quizás era el aislamiento de la bahía, fuera del radar de mi mundo habitual.
—Sí, me encantaría —dije, rindiéndome a la curiosidad.
Cristina se sentó en el sillón con su laptop, pero al instante el video apareció en la pantalla de noventa pulgadas frente a nosotros. Me quedé a su lado. Lo lógico hubiera sido sentarme en el extremo opuesto, pero mi cuerpo ignoró la orden de mi mente y permanecí allí.
El cansancio debió de vencernos a ambos, porque no supe en qué momento nos quedamos dormidos. Cuando desperté, la pantalla estaba en negro y solo la lámpara de piso del escritorio arrojaba una luz tenue. Cristina dormía junto a mí, con la cabeza y el torso inclinados sobre mi hombro.
Consulté mi reloj: las tres y cuarto de la madrugada.
Si me movía, la despertaría, pero quedarme allí era una imprudencia que rompía todas mis reglas.
Intenté acomodarla para levantarme con cuidado, pero ella se removió entre sueños.
Justo cuando logré incorporarme, ella, aún con los ojos cerrados, atrapó mi mano y murmuró en un suspiro:
—No te vayas… no me dejes sola.
Algo se rompió dentro de mí al escucharla. No era justo que alguien con tanta fortaleza tuviera que rogar por compañía en sus sueños.
—Claro que no, no me voy. Solo iré al baño y regreso —le susurré.