MAREA BAJA #4
Cristina se encontraba a unos metros, hablando por teléfono.
Se había cambiado; ahora vestía unos minishorts de correr y un top deportivo.
Pensé que, tal vez, la escasez de ropa era parte de su identidad...
aunque, en teoría, a mí no me importaba.
Medía cerca de un metro setenta y cinco y poseía un cuerpo atlético, proporcionado, que atraía todas las miradas en la recepción de urgencias sin necesidad de ser vulgar.
Se veía molesta; lo noté por la forma en que apretaba mi camisa de gala contra su costado.
Se había recogido el cabello en un moño alto, permitiendo que sus facciones y la línea de su cuello resaltaran.
Cuando entró a urgencias, con el pelo suelto y empapado cubriéndole el rostro, parecía una escena sacada de El Exorcista.
Me pregunté qué era lo que tanto me intrigaba de ella.
No debía tener más de veinticuatro años; si ya era bióloga marina, o quizás aún estudiante, era incluso más joven de lo que aparentaba.
—Se la devolverán mañana temprano, lavada y planchada.
La voz de Cristina me sobresaltó; no la había sentido acercarse. Negué con la cabeza.
—No es necesario, en la base contamos con servicio de lavandería.
—También en mi barco, y le aseguro que compite con cualquiera de aquí. Además, es mi forma de agradecerle.
—De verdad, no hace falta. Solo cumplía con mi deber...
—No acepto un "no" por respuesta —me interrumpió ella con una chispa de determinación—. Necesito compensar la imagen de "la niña del Exorcista" en modo turista.
Su comentario me arrancó una carcajada espontánea. Asentí; sabía que no lograría convencerla de lo contrario.
—Está bien. Su marinero ya tiene mis datos. Que se mejore y, por favor, cuídese de las medusas.
—Gracias, ¡lo tendré muy en cuenta!
—Ya tengo la receta, señorita Cris —intervino Juan Pablo—. Volvemos al barco y de ahí me lanzo a la farmacia. Con su permiso, doctor.
—Hasta luego —se despidieron y abandonaron el área de urgencias.
—Ahem… —carraspeó Montor a mi lado. La fulminé con la mirada.
—Si me permite la observación, capitán, en todo el tiempo que llevo a su servicio, jamás lo había escuchado reír.
—Pues no se acostumbre, teniente. ¿Tiene el informe para el almirante? Me lo resume mientras vamos a mi cuarto; necesito una ducha y cambiarme de uniforme.
La oficina del almirante presumía de una vista privilegiada a la bahía.
Tras discutir los puntos pendientes de la estrategia, él se apartó para atender una llamada privada.
Había tres embarcaciones cerca de la base.
Tomé los binoculares y enfoqué las ancladas frente a la playa. ¿En cuál de ellas estaría ella?
—Hermosa vista, capitán, uno nunca se cansa de ella —comentó el almirante, acercándose.
Dejé los binoculares sobre el escritorio.
—Aquel catamarán en Playuela está de paso; llegó hace unos días —explicó él—. Es un modelo Sunreef Eco de ochenta pies impresionante, con un diseño digno de admiración. Creo que pertenece a la turista que atendiste hoy.
Mantuve la vista al frente, fingiendo que mi pulso no se había acelerado. En la Marina nada cambiaba: no se movía una hoja sin que el alto mando estuviera enterado.
—Fue una picadura de medusa, se atendió a tiempo. Aprovechando el tema, señor, quisiera comentarle algunas deficiencias que observé en el área de urgencias...
—Adelante, Miguel. Tu perspectiva como médico es fundamental para nosotros.
Salí a correr por la playa en cuanto cayó la noche.
La temperatura había descendido y el aire fresco me ayudaba a procesar los eventos del día.
Esa rutina se había convertido en mi terapia personal: ya fueran veinte minutos o una hora, necesitaba el asfalto o la arena bajo mis pies.
Con los auriculares puestos y música clásica de fondo, reflexionaba sobre mis pasos.
Quedaban pocos turistas en la playa colindante con la base.
De vez en cuando, desviaba la mirada hacia el catamarán; totalmente iluminado, se veía imponente contra la oscuridad del mar.
De pronto, mi reloj empezó a vibrar.
—Llamada de número desconocido —anunció la voz sintética. Era un número local.
—¿Diga? —pregunté, sin detener el trote.
—¿Doctor Miguel Rodríguez? —la voz sonaba joven, tensa, con el rumor de las olas de fondo.
—Él habla. ¿Quién es?
—Soy Juan Pablo, el marinero... el que estaba con la señorita Cristina. Disculpe la molestia, pero me pidió que lo llamara si algo iba mal. Compré todo lo que nos recetó.
Bajé el ritmo hasta caminar.
—Dígame qué sucede.
—Empezó hace una hora con escalofríos muy fuertes. Al principio creí que era el aire acondicionado, pero tiene fiebre: treinta y ocho punto ocho, casi treinta y nueve grados. Se aplicó la crema, como usted dijo.
—¿Cómo se encuentra ella en este momento?
—Está temblando, pero se ve adormilada. Dice que el cuerpo le pesa y le cuesta mantener los ojos abiertos.
Está ardiendo, doctor —hizo una pausa cargada de ansiedad—.
Quise llevarla de vuelta al hospital, pero se niega.
Dice que no quiere armar más escándalo, que con la pomada bastará... pero no me gusta nada su aspecto.
El pulso se me disparó por motivos ajenos al ejercicio.
—Escúcheme bien, Juan Pablo. Manténgala acostada semi incorporada. Que no haga el menor esfuerzo. Están fondeados frente a la base, ¿correcto?
—Sí, capitán. A unos cuantos metros de la playa.
—Bien. Estoy en la playa, cerca de la base. ¿Tiene las medicinas a la mano?
—Sí, señor.
—En veinte minutos envíe una lancha a la orilla, al primer acceso público. Estaré allí.
Colgué y guardé el teléfono. No podía presentarme en la guardia a pedir una lancha oficial para una visita privada a un yate; después de mi charla con el almirante, no quería que nadie sospechara mis movimientos. Crucé la reja hacia la zona de alojamientos y alcé la voz:
—¡Montor!
La teniente apareció casi de inmediato, aún con el chaleco de guardia puesto.
—A sus órdenes, mi capitán.
—Necesito la camioneta de inmediato. ¿Está mi maletín médico dentro?
Montor frunció el ceño, detectando la urgencia.
—Afirmativo. ¿Lo registro como salida oficial, señor?
—No. Considéralo un asunto personal.
—Entendido, mi capitán.
Cinco minutos después, la camioneta se detuvo frente al acceso a la playa. Tomé mi maletín y me lo colgué al hombro.
—Regrese a la base. Estaré localizable en el celular —ordené.
—Entendido.
Cerré la puerta y caminé pesadamente sobre la arena.
Estaba acostumbrado a embarcarme directamente desde la orilla para alcanzar buques fondeados, así que aquella noche no sería la excepción.
Me quedé allí, solo frente al esplendor de la bahía de noche, observando cómo la silueta de una pequeña lancha se desprendía de las luces del catamarán y avanzaba hacia mí entre la oscuridad.
Cristina
Me dolía la cabeza y sentía un frío lacerante que me calaba hasta los huesos; no podía dejar de temblar, incluso con la sudadera puesta y refugiada bajo la colcha de mi camarote. Sabía que debía tomarme un ibuprofeno e intentar dormir, pero mis ojos no me obedecían y mi cuerpo mucho menos.
—Juan Pablo… Juan Pablo… —llamé. Mi voz era apenas un hilo, pero intenté proyectarla con todas las fuerzas que me quedaban. Según mis cálculos, él debía de estar cerca. No tardaría en aparecer para ver cómo seguía; yo solo necesitaba descansar.
—Señorita Cristina, ya está aquí el doctor. Necesitamos que se incorpore para que la revise.
«¿Qué doctor? ¿Dónde estoy?». No recordaba haber regresado a un hospital; en mi mente solo flotaba el recuerdo difuso de la picadura y el ajetreo de urgencias.
—Señorita Cristina, necesito inyectarla en el brazo. Todo va a estar bien, aquí estoy…
Reconocí esa voz. Mi cuerpo reaccionó de inmediato con un escalofrío que no tenía nada que ver con la fiebre. Luché por abrir los ojos, sin entender del todo lo que ocurría a mi alrededor.
—Estoy bien… —alcancé a murmurar, aunque sentí que la voz se me quedaba atrapada en la garganta.
Sentí cómo me bajaban el cierre de la sudadera, descubriéndome el brazo. Volví a estremecerme cuando el aire frío me golpeó la piel; debajo solo llevaba el top deportivo.
—Trate de no moverse, voy a inyectar el medicamento directamente en la vena.
—¡Ay! —estoy segura de que aquel grito se escuchó en todo Acapulco. Poco después, sentí que me levantaban con extrema delicadeza y me apoyaban contra algo frío y liso. El rumor del agua golpeando el suelo me llegó antes que el calor.
—Tranquila, es solo agua tibia —la voz de Miguel me rozó la oreja—. Le ayudará con los escalofríos y a estabilizar la temperatura.
El primer chorro de agua me cayó en la nuca y resbaló por mi espalda.
Cerré los ojos. El contraste entre el agua templada y mi piel ardiente me arrancó un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.
Miguel se había metido conmigo bajo la regadera sin vacilar, con una naturalidad profesional que desarmaba cualquier prejuicio que yo pudiera tener.
Sentí su pecho pegado a mi espalda, firme, sosteniéndome para que no resbalara.
Una de sus manos me sujetaba la cadera con seguridad; la otra mantenía firme mi brazo, donde me había aplicado la inyección.
—Apóyese en mí —me susurró—. No la voy a soltar.
No me estaba tocando de forma indebida. No había caricias ni segundas intenciones. Y, aun así, mi cuerpo reaccionó como si alguien hubiera encendido un interruptor olvidado. El mismo calor que hacía un rato me aterraba, ahora se mezclaba con una pulsión que no me permitía reconocer.
Me molestó darme cuenta de ello. Había aprendido a vivir rechazando el contacto con la figura masculina, y mi existencia funcionaba mejor con el deseo en pausa.
Había vivido con el cuerpo en "modo avión".
Pero allí estaba, fundida a él bajo el agua, con el pulso disparado por la fiebre…
y por la forma en que aquel hombre me contenía sin invadirme.