Marea MAREA BAJA #3
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MAREA BAJA #3

—Señorita, ¿el señor que llegó con usted es familiar suyo? Necesitamos sus datos para el registro —preguntó la enfermera.

«¿Será casada? ¿Habrá un marido esperándola fuera angustiado? No lo había considerado hasta este instante. ¿Y por qué demonios me importaba si lo estaba?».

Me descubrí conteniendo la respiración mientras esperaba su respuesta. Aquella punzada de curiosidad, desde luego, no venía en ningún manual de medicina.

Un aroma sutil a coco y bloqueador, luchando contra el olor metálico de los antisépticos, me inundó los sentidos.

«Concéntrate, Miguel», me ordené. Volví a clavar la mirada en el monitor de signos vitales, buscando refugio en la lógica de los números.

En ese instante, ella giró levemente la cabeza y nuestras miradas volvieron a cruzarse.

Fue un segundo, tal vez menos, pero en el abismo de sus ojos olivo, entre el miedo y el alivio, creí vislumbrar un destello de algo más. Una chispa de reconocimiento.

Cristina

—Señorita, ¿me escuchó? —preguntó la enfermera, rescatándome de la contemplación en la que me tenía sumida el perfil del doctor.

—Sí, perdón. Es mi marinero, debe de estar muy preocupado. Me olvidé por completo de él entre tanto caos —respondí, sintiendo cómo el calor me subía a las mejillas.

Qué vergüenza. Estaba segura de que la enfermera había notado cómo lo observaba; mi rostro, ya encendido por la reacción alérgica, no podía ponerse más rojo.

Me había perdido por completo en él: el aroma a madera mezclado con notas cítricas me envolvía, emanando de la guerrera que él me había puesto encima para cubrir mi desnudez.

Desde mi posición boca abajo, ya un poco más calmada, me dediqué a observar el movimiento de sus pestañas y la rigidez de su mandíbula; se notaba absorto, concentrado en limpiar la zona donde la medusa me había castigado.

No sabía si era su fragancia, su voz de mando o su imponente presencia, pero aquel hombre había logrado apaciguar mi pánico.

Todavía sentía el estómago revuelto, pero la sensación de peligro inminente se había esfumado; por un momento llegué a pensar, con amarga ironía, que moriría por la picadura de una medusa.

—¡Ay! —el contacto de la gasa me arrancó una punzada aguda.

—Perdón —murmuró él de inmediato—. Todavía quedaban restos de la medusa en la piel, pero ya casi termino.

—¿Puede dejarme ver los cnidocitos? En el mar fue todo tan rápido que no logré identificar la especie.

Quería demostrarle que yo también sabía de lo que hablaba; no era una simple turista imprudente, como había insinuado el otro médico. Aquel tipo me había hecho sentir profundamente incómoda y agradecí en silencio que el doctor lo hubiera sacado a patadas de allí.

—Claro que sí —respondió él, y me acercó la gasa con los residuos que había extraído.

—Además de la inyección, aplicaremos una crema de hidrocortisona al uno por ciento para reducir la inflamación —le indicó a la enfermera—. Si el ardor persiste, pasaremos a una pomada antihistamínica.

Pensé en el pobre Juan Pablo, que seguramente estaría angustiado afuera. Dos golpecitos secos en la puerta interrumpieron mis pensamientos.

—Adelante —ordenó el doctor.

La puerta se entreabrió y una oficial joven asomó la cabeza.

—Mi capitán, el capitán del yate de la paciente solicita verla. Aquí tengo las mantas que pidió.

La enfermera tomó las mantas y se las entregó al doctor. Él me miró con fijeza.

—¿Quiere que pase?

—Sí, está bien. No quiero provocar más escándalo del que ya hay; la situación ha sido lo bastante penosa —respondí.

De pronto fui consciente de mi aspecto: un bikini diminuto, una guerrera militar llena de condecoraciones y el rastro del malestar físico en mi rostro. Al menos mi outfit era original; solo a mí se me ocurriría pensar en modas en un momento así.

El doctor asintió y se dirigió a la oficial con autoridad:

—Teniente Montor, permítale el acceso, pero que me espere afuera tres minutos mientras terminamos la curación. Nadie entra hasta que yo lo ordene.

—Sí, mi capitán.

—¿Prefiere sentarse para evitar el roce? —preguntó él, volviendo su atención hacia mí—. La lesión está en la parte alta del glúteo derecho. La enfermera ya está aplicando la pomada y eso ayudará a desinflamar los tejidos.

—Sí, gracias —alcancé a decir antes de que una tos seca me interrumpiera.

Tenía la garganta irritada por el esfuerzo y, para colmo, los nervios me traicionaban cada vez que el doctor —o lo que fuera— me hablaba y me escrutaba como si pudiera leer mis pensamientos.

Aquel hombre me intimidaba de una forma que no me era familiar.

«Será el efecto del veneno», me dije para mis adentros, mientras concluía que "capitán" sonaba infinitamente más poderoso que "doctor".

Él me ayudó a incorporarme con una delicadeza inesperada y me ofreció una botella de agua.

—Beba a pequeños tragos; su garganta sigue inflamada por el veneno y el esfuerzo de las arcadas —dijo, mientras me acomodaba la manta sobre el cuerpo con suma atención, asegurándose de que quedara bien cubierta. Luego, me sostuvo la mirada—. ¿Que pase el capitán?

Solo pude asentir. Tenía unos ojos hermosos del color del océano cuando la luz del sol ya no lo alcanza: un azul abisal, profundo que me daba paz; aquel hombre me había impresionado mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

La teniente Montor se hizo a un lado y permitió la entrada al capitán Teo. Entró con paso firme, la gorra en la mano y una expresión de evidente fastidio.

—¿Dónde está mi patrona? —soltó sin saludar, barriendo la sala con esa mirada de suficiencia que tanto detestaba, la misma que usaba cuando se creía el amo absoluto del mar.

Vi cómo el doctor estiró la mano hacia Teo y, plantándose frente a él con su imponente estatura —viéndolo ahí parado lucía aún más varonil; su complexión atlética y ligeramente fornida le daban un toque muy sensual, debía de medir cerca de un metro noventa—, se presentó:

—Soy el capitán de fragata de la Marina Armada de México y doctor, Miguel Rodríguez —declaró con la misma voz gélida con la que había despachado al médico anterior.

Por fin un nombre. Todo lo de su rango militar se me desdibujó entre el ardor de la herida y la vergüenza, quedándome solo con "Miguel". Me llevé la botella a los labios para ocultar una sonrisa; ver a Teo hacerse pequeño ante alguien que finalmente le bajaba los humos era una delicia.

Teo, visiblemente intimidado, estrechó la mano de Miguel.

—Una disculpa, capitán. Como no vi su uniforme, pensé...

Miguel no lo dejó terminar.

—¿Necesita algo más de él? —me preguntó a mí, ignorando a Teo por completo. Le dio la espalda y me habló en un tono totalmente distinto, mucho más cálido y humano—: Vamos a volver a tomar sus signos para vigilar la reacción al medicamento.

—Dile a Juan Pablo que venga —le pedí a Teo—. Creo que dejé mi celular en la moto y necesito que me traiga unas cosas de mi camarote.

Juan Pablo era el único que tenía mi clave; era el único en quien confiaba plenamente.

—Enseguida, patrona. Con permiso, capitán, y una disculpa nuevamente.

Él ni siquiera se molestó en mirarlo; ya estaba de nuevo en su papel de médico, colocándose el estetoscopio para auscultar mi corazón. Revisó mi presión y mi pulso; todo parecía estabilizarse tras el susto. La enfermera salió un momento por más agua, dejándonos a solas.

—Gracias, doctor. Me asusté mucho cuando la enfermera gritó que estaba entrando en choque. Soy bióloga marina y sabía que esa era una posibilidad real con el veneno de ciertas medusas. Luego recordé que no son originarias del Pacífico, pero el miedo bloqueó mi lógica.

—Creo que es su primera semana y, le confieso, ella temblaba más que usted —me dijo él, guiñándome un ojo.

Sentí un vuelco en el estómago que no tenía nada que ver con el veneno. Aquel gesto me desarmó por completo y, por primera vez, sentí unos nervios juveniles que me recorrieron el cuerpo. No pude evitar soltar una pequeña risa.

—Miguel —dijo él, extendiendo su mano hacia mí de manera oficial.

—Cristina —respondí, sosteniéndole la mirada mientras mi cuerpo entero reaccionaba a la fuerza y al calor de su mano envolviendo la mía.

Miguel

—Usted es el marinero, ¿verdad? —pregunté.

Él asintió con un gesto breve—. Le voy a dejar la receta para una crema de hidrocortisona al uno por ciento; debe aplicársela dos veces al día sobre la zona hasta que el enrojecimiento remita.

Además —continué escribiendo con trazos rápidos—, aquí le anoto hidrocortisona inyectable y un antihistamínico en ampolleta, por si se presentara una reacción tardía más severa.

No los utilice sin hablar conmigo antes.

Arranqué la hoja del recetario, garabateé mi número celular al reverso y se la tendí.

—Si nota fiebre, vómito, ronchas generalizadas o dificultad para respirar, llámeme de inmediato a este número. Si yo doy la orden de aplicar la inyección, la lleva a una enfermería o a una farmacia donde sepan inyectar. ¿De acuerdo?

—Sí, doctor, muchas gracias. ¿Dónde podemos liquidar la cuenta?

—Pase con la enfermera de recepción, ella le solicitará unos datos. ¡Montor!

—A sus órdenes, mi capitán —respondió la teniente apareciendo al instante.

—Acompañe al joven. Esto se manejará como apoyo a la comunidad; solo asegúrese de que llenen el formulario correspondiente.