MAREA BAJA #2
Apagué la moto. Me quité el chaleco para poder sumergirme, quedando solo en el diminuto bikini blanco que había elegido para asolearme.
Me lancé al mar y sentí cómo la piel se me erizaba por el cambio de temperatura; amaba esa sensación.
Me sumergí lo suficiente para inspeccionar la obstrucción mientras me sujetaba de la moto con una mano para que la corriente no me alejara.
Por suerte, era solo una bolsa de basura plástica. «¿Cuándo aprenderemos que el mar no es un basurero?», reflexioné con amargura.
—Listo —murmuré al salir a la superficie.
Dejé la bolsa sobre la moto y verifiqué que no quedara nada más.
Me acomodé para subir, apoyé el pie en el escalón y, de pronto, sentí una descarga eléctrica que me recorrió toda la pierna derecha.
No fue un simple pinchazo: fue como si alguien me hubiera conectado un cable de alta tensión a la piel.
Giré la cabeza, pero no vi nada a mi alrededor. El dolor me impulsó a subir a la moto con una agilidad desesperada y me puse el chaleco a toda prisa.
—¿Qué demonios me picó?
El ardor comenzó a trepar por mi pierna. Ya sobre el asiento, traté de localizar al culpable. Por la época y la temperatura, seguramente se trataba de una aguamala o una medusa. Apenas lo pensé, divisé unas burbujas azules, pequeñas, que nadaban con una elegancia insultante.
—Ay, maldita medusa... ¿por qué a mí? —solté, justo cuando el ardor empezó a invadirme el pecho.
El calor se extendió por mi piel y una picazón insoportable me recorrió el cuerpo. Aquello no era normal. Arranqué hacia el catamarán y vi cómo la otra moto, con Juan Pablo y Luis, el otro marinero, se acercaba a toda velocidad.
—¿Todo bien, señorita? Vimos que se detuvo y pensamos que le había pasado algo.
—Fue basura, pero al sacarla me picó una medusa y no me siento nada bien. Necesito ir a un hospital —el estómago se me revolvió en una arcada seca que apenas logré controlar—. ¡Urgente! —alcancé a decir antes de que la arcada regresara y me obligara a escupir saliva al mar.
—Señorita, vamos a llevarla al Hospital Naval, el que está en la base de la Marina. ¿Puede manejar o prefiere que uno de nosotros suba con usted?
—Creo que puedo. No está lejos.
Recordé que de niña me había picado una en Isla Mujeres y terminé en el médico, pero la reacción de mi cuerpo en esta ocasión era mucho más violenta.
Mi mente científica intentaba identificar la especie mientras la base aparecía frente a mí.
Sentía la pierna entumecida, los dedos agarrotados sobre el manubrio y una tos seca que me impedía regular la respiración.
En cuanto apagué el motor, Juan Pablo ya me estaba sujetando por el brazo.
No recordaba con claridad cómo subí al muelle ni cómo nos dieron acceso. Solo registraba el peso del chaleco pegado al pecho, el eco de mis propias arcadas y las voces de los marinos que nos indicaban el camino a urgencias.
—Tranquila, señorita, ya casi estamos —escuché a Juan Pablo mientras me guiaba a la entrada. Una enfermera salió a recibirnos.
—Ayúdenme... me cuesta respirar... me picó una medusa —alcancé a gritar, aferrándome al brazo de mi marinero.
—Primero tenemos que valorarla, señorita —respondió la enfermera mientras me conducía a un cubículo.
—¡No fue un piquete cualquiera! El dolor me sube al pecho, pónganme un antihistamínico para cortar la reacción —mi voz oscilaba entre la rabia y el miedo puro.
—Tranquila, ya viene el médico de guardia —insistió otra voz—, tenemos que revisar antes de medicar.
—¡Soy bióloga marina! Sé perfectamente lo que hace este veneno. Si esperan demasiado, se me va a cerrar la garganta.
Al quitarme el chaleco, un escalofrío violento me sacudió entera; el contraste térmico con mi piel febril me hizo temblar sin control.
—¡Está entrando en choque! —gritó la enfermera, con la voz cargada de pánico.
Miguel
Dejé atrás a la comitiva, atravesé el cordón de seguridad y seguí el rastro del caos hasta la entrada de urgencias.
Las enfermeras y los camilleros se hicieron a un lado en cuanto me vieron aparecer; para ellos, yo era el capitán de fragata, pero en ese instante mi mente solo funcionaba bajo el código de un cardiólogo.
Encontré a la mujer sentada en la camilla, empapada y con el chaleco a medio bajar, exponiendo un pecho cuya piel tostada por el sol ardía en un rojo alarmante.
Sus brazos temblaban violentamente y cada nueva arcada le cortaba la respiración, como si sus pulmones hubieran olvidado, de repente, cómo hacer su trabajo.
Su cabello oscuro y mojado yacía pegado a sus sienes, goteaba sobre la sábana blanca; sus labios lucían pálidos, un contraste absurdo con el eritema intenso de su cara.
La enfermera que la atendía estaba tan alterada como la paciente.
¿Dónde demonios estaba el médico de guardia?
Volteé a buscarlo, pero solo encontré diez pares de ojos observando la escena como si fuera una serie de televisión.
—Despejen el área y tráiganme al médico de guardia inmediatamente —ordené con una voz que no admitía réplicas.
—Sí, capitán —respondieron al unísono antes de dispersarse.
—Signos vitales —pedí, haciendo uso del don de mando que los años de servicio me habían otorgado, mientras tomaba el estetoscopio para auscultar su corazón.
—Ciento cuarenta sobre noventa y cinco, con noventa y cinco de pulso. Ya le estaba tomando la temperatura, capitán —informó la enfermera mientras el termómetro emitía un pitido—. Treinta y ocho punto dos grados, señor.
—Tranquilícese, ya la estamos atendiendo. Explíqueme qué sucedió, si puede recordarlo.
Ambos levantamos la mirada y nuestros ojos se encontraron. No supe definir el color exacto: eran entre miel y verde oliva, que parecían encenderse con el rojo de su piel y el miedo que desprendían.
—Me picó una medusa... pero no es la primera vez y creo que… —una arcada le impidió terminar la frase.
En ese momento entró el médico de guardia seguido por otra enfermera. Era un hombre de unos cincuenta años, moreno, bajo y visiblemente molesto por haber sido interrumpido en sus labores.
—Estos turistas piensan que el mar es como un balneario de ciudad y no miden los peligros… —alcancé a oírle murmurar.
—Disculpe, capitán, no sabía que estaba usted aquí —dijo el doctor con una disculpa fingida al notar cómo lo fulminaba con la mirada.
Sus ojos recorrieron el cuerpo expuesto de la paciente con una lujuria que despertó mi instinto protector de inmediato.
—Prepárenme hidrocortisona, cien miligramos intravenosos —dije, obligándolo a mirarme para que apartara su asquerosa mirada de ella.
—Ya oyó, enfermera, traiga lo que ordenó el capitán en lo que yo reviso a la paciente —contestó él, estirando la mano hacia la mujer.
Interpuse mi cuerpo, que lo superaba por casi treinta centímetros, bloqueándole el paso.
—Soy doctor antes que capitán y se lo pedí a usted. Así que tráigalo de inmediato.
Sin pensarlo demasiado, me desabotoné la camisa de gala y me la quité, quedándome solo con la camiseta blanca que se pegaba a mi piel por el calor. Cubrí con mi prenda a la mujer; solo entonces fui plenamente consciente de que estaba prácticamente desnuda en un diminuto bikini.
—Tranquila, está todo bajo control —le aseguré—. El temblor de su cuerpo es por el contraste térmico entre su piel, la humedad y el aire frío del cuarto.
El médico regresó con el medicamento; se lo arrebaté de las manos y bloqueé completamente su acceso a la camilla.
—Recuéstese. Respire conmigo —le pedí a la paciente—. Voy a aplicar hidrocortisona directo en la vena para cortar los efectos del veneno. Si es necesario, aplicaremos adrenalina, pero por ahora vamos a dejar actuar el fármaco.
La enfermera sostuvo el brazo de la mujer mientras yo cargaba la jeringa e inyectaba.
—¡Ay! —gritó ella cuando retiré la aguja.
—Ya terminamos. Vamos a darle unos minutos para que haga efecto.
—Me arde demasiado donde me picó. ¿Tienen vinagre o algo para neutralizar el pH del veneno? —preguntó ella, incorporándose un poco para evitar que la parte alta de su glúteo rozara la tela de la camilla.
—¿Fue en la pierna? —pregunté, más como una afirmación que como una duda, reconociendo su molestia ante el contacto.
—Sí.
—Recuéstese boca abajo, déjeme ver la lesión.
Vi la incomodidad grabada en su cara. Al seguir su mirada, encontré de nuevo al médico de guardia recorriendo con descaro sus piernas expuestas.
Había, además, varias personas paradas junto a la puerta cotilleando.
¿Es que no tenían trabajo que hacer? Divisé a mi escolta, la teniente Montor; casi había olvidado que estaba en medio de un recorrido oficial.
—Salgan todos de aquí. La enfermera y yo nos encargaremos de la paciente. Consigan una colcha —mis órdenes no daban margen a la desobediencia—. Teniente Montor, que nadie entre sin mi autorización.
—Sí, mi capitán.
Ella se giró boca abajo con evidente incomodidad, y el corte del bikini dejó claro el motivo. Me obligué a concentrarme en la zona enrojecida, en las placas que subían hacia el glúteo, y no en la suavidad de la piel que estaba a apenas unos centímetros de mis dedos.
Por un segundo, mi propio cuerpo reaccionó como el de cualquier hombre y no como el de un oficial o un médico. Sentí la vergüenza subirme por el cuello al mismo ritmo que el pulso acelerado de la paciente.
«No, así no. Precisamente para evitar eso había echado al otro médico», no pensaba convertirme en la misma clase de cerdo. Me aferré a una vieja técnica de mis años de internado: «pensar en mi abuela rezando el rosario», y volví a colocarme la máscara de profesionalismo.
—Bien —dije, con una voz lo bastante firme como para engañar incluso a mi propia conciencia—. Es una reacción importante, pero va a estar bien. Vamos a limpiar la zona y luego le explicaré los pasos a seguir.
—Sí, gracias. Creo que el medicamento está haciendo efecto; las arcadas han disminuido —respondió ella con la voz ronca por el esfuerzo previo.