Marea
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MAREA BAJA
Miguel
Correr bajo esa humedad era como regresar a mis primeros años de cabo: el aroma salino de la costa, el murmullo rítmico de las olas y las luces de la bahía de Acapulco recortando la penumbra. No pude evitar que la memoria me devolviera fragmentos de un pasado más simple.
Cómo habría dado cualquier cosa por estar a su lado mientras recibía el galardón, en lugar de aceptarlo en su nombre.
Mi padre llevaba cinco años cautivo en un cuerpo que se negaba a responder.
Estaba seguro de que mi madre sintonizaría la transmisión en el televisor del cuarto y que él, en su mente, seguiría impartiendo órdenes y señalando cada error de protocolo.
Había vicios que ni su enfermedad lograba doblegar.
Al verme en el espejo de la habitación asignada en la base, el uniforme blanco resplandecía bajo la luz fría.
Las condecoraciones que mi rango como capitán de fragata exigía eran un recordatorio constante de cuánto había cambiado mi vida desde aquel "sí" definitivo.
Aceptar el cargo significó colgar el estetoscopio para abrazar expedientes confidenciales.
Habían sido doce meses de despachos, juntas estratégicas y escoltas; apenas unos pocos días de hospitales y corazones abiertos.
Al observar mi reflejo, sentí que aquel año me había envejecido varios años.
La calma era un concepto inexistente en una base naval; funcionaba como el cuerpo humano: nunca se detenía.
Pero ese día, el pulso era frenético: un enjambre de personas moviéndose en todas direcciones, camionetas cargadas de mobiliario, batallones desplegados y los buques recortando el horizonte de la bahía, listos para la revista.
Julián, el actual presidente de la República, aterrizaría a las 07:50 horas.
Desde el helipuerto, yo mismo me encargaría de su traslado al muelle principal.
Sería un trayecto de apenas diez minutos, un tiempo precioso que debía aprovechar para informarle sobre el operativo pendiente en el Pacífico y la información encriptada que recibiríamos en las próximas 24 horas.
El infiltrado en el círculo directo del "Pez Gordo" —nuestro mayor dolor de cabeza— estaba a punto de entregar resultados.
Quién nos diría que, años atrás, lo más importante que compartíamos era el almuerzo... y ahora compartíamos secretos de Estado.
Me quité el Garmin, mi fiel compañero de guardias y maratones, y me abroché el Rolex Yacht-Master que mi padre lució en su última ceremonia de ascenso. Aquel día, el homenaje no admitía materiales de plástico.
Conocía a Julián desde la primaria. Nuestra amistad sobrevivió al internado naval donde cursamos la preparatoria, pero al graduarnos, los caminos se bifurcaron: yo me entregué a la medicina, quemando pestañas hasta convertirme en uno de los cardiólogos jóvenes más reconocidos de la Marina; Julián eligió las ciencias políticas y el barro de las campañas, una senda que lo condujo hasta la silla presidencial.
Lo respetaba y lo admiraba. Verlo portar la bandera en el pecho con esa mezcla de orgullo y gravedad me resultaba casi inverosímil. No había sido un año sencillo, pero allí estábamos, redactando un nuevo capítulo de la historia nacional.
—Miguel, no podré quedarme a la inauguración de la nueva ala del hospital, pero sé que tú estarás a la altura —me dijo Julián mientras ascendíamos por la escalinata del buque Cuauhtémoc—.
Envía a tu madre una foto cuando revelen la placa.
Dile que, tal como prometí, el nombre de tu padre quedará grabado en la memoria de este país.
—Gracias, señor presidente. Sabe lo que aquello significa para mi familia —respondí con una seriedad marcial. En público, la línea de la jerarquía era infranqueable.
—Además, creo que tú entenderás mejor que nadie el equipo que se instaló. Que sirvan de algo tantos años de estudio, ¿no?
—De eso no tenga la menor duda.
El acto oficial transcurrió entre himnos, discursos de rigor y aplausos medidos.
Sonreí de forma protocolaria y estreché las manos necesarias, pero mi mente ya se había adelantado al recorrido por el hospital.
Como médico, valoraba la tecnología de punta, pero sabía que el alma de un hospital era su personal: las actualizaciones constantes y la vocación que no se medían en un recorrido oficial frente a las cámaras.
Se requería tiempo para evaluar la calidad humana, y el tiempo era, precisamente, el lujo que ya no poseía.
Tras el frenesí de la visita presidencial, el protocolo continuó frente a la prensa, esta vez con el doctor Barrenechea, director del hospital y viejo amigo de mi padre; un gastroenterólogo brillante de unos setenta años.
Admito que se me formó un nudo en la garganta al escucharlo hablar de mi padre; no solo del militar y el médico, sino del amigo.
Ese amigo que su enfermedad también me había arrebatado.
Lo extrañaba, especialmente en aquel nuevo mundo de sombras donde la confianza era un recurso escaso.
Él habría sabido guiarme, pero la realidad era otra.
Nos seguía una comitiva de más de veinte personas: administrativos, gente de comunicación social y la teniente Montor, quien llevaba un año siendo mi sombra y se había ganado mi confianza a pulso.
Ciertamente, habían hecho un trabajo excepcional integrando la nueva área de especialidades con urgencias. Aunque, como sugería la doctora Tenopala, esa zona aún necesitaba una intervención profunda.
—Como puede ver, las necesidades en este sector son muchas; no damos abasto con lo que tenemos actualmente. Doctor… ¿o capitán? ¿Cómo prefiere que me dirija a usted? —preguntó la doctora con una inflexión sugerente.
Su perfume, excesivamente denso, me invadió los sentidos.
Había aprovechado que la prensa asediaba a Barrenechea en radiología para acortar distancias.
Su escote era una declaración de intenciones, y aunque era una mujer atractiva, mi regla de oro era inamovible: jamás mezclar lo profesional con lo personal.
Mucho menos en mi posición; no podíamos permitirnos un escándalo de faldas en plena gestión de inteligencia.
—Doctor está bien —corté con frialdad.
El caos de urgencias era un lenguaje universal, idéntico en cualquier hospital del mundo. Sin embargo, esa mañana, un grito de una enfermera:
—¡Está entrando en choque! —estalló en el pasillo, rompiendo de golpe la estudiada solemnidad de nuestro recorrido.
Cristina
La brisa de la bahía siempre me sabía igual: a sal, a combustible y a una nostalgia que olía a las manos de mi padre sostenidas al timón.
Recordaba cómo me sentaba en su regazo desde que era muy pequeña; él colocaba mis manos sobre la rueda y cubría las mías con las suyas mientras me explicaba lo que implicaba ser el capitán de un barco: la importancia del viento, el lenguaje de las mareas y, lo más vital, que cada persona a bordo dependía del capitán.
Acapulco me hacía sentir un torrente de emociones: recuerdos luminosos y anécdotas felices que se entrelazaban con tristezas profundas.
Aun así, era mi lugar favorito en el mundo.
Me lamentaba de que la migración de las ballenas no fuera tan extensa en esta área, pues los avistamientos en la zona eran escasos.
Zarparíamos al día siguiente; así había trazado la derrota en la carta náutica junto a Teo, mi capitán, desde que salimos de Panamá diez días atrás.
El plan era subir hasta Guerrero Negro, el punto más alto de la ruta, recolectando datos a lo largo del recorrido, para la investigación.
Me pesaba que Piero no me hubiera acompañado desde ese punto; estaba segura de que habría disfrutado de las vistas y de la calidez del agua. Me alcanzaría en Bahía de Banderas a mediados de semana, pero yo ya no podía con la emoción de comenzar el trabajo de campo.
Salí a remar muy temprano, pero el tráfico de barcos y lanchas había provocado un oleaje inusual para esa hora de la mañana, así que regresé al Marea.
Mi catamarán había quedado tal y como lo diseñé; era un sueño hecho realidad que justificaba cada gramo de dedicación y el esfuerzo que le invertí.
Aproveché el resto de la mañana para revisar correos y confirmar con la tripulación que no faltara nada; se me fue el tiempo observando el ajetreo de la bahía.
Hubo un gran despliegue de buques de guerra, demostraciones tácticas e incluso paracaidistas; un espectáculo completo. «¿A qué se deberá todo esto?», me pregunté mientras me aplicaba más bloqueador. Eran las doce del mediodía y el sol invernal brillaba con intensidad sobre la proa.
—¿Se le ofrece algo de tomar, señorita Cris? —preguntó Juan Pablo, mi marinero.
—Regálame un suero, por favor, y prepara la moto. Ya despejaron la bahía, así que voy a dar una vuelta. Ahora sí sacaron todos los “juguetes” a pasear; debe de ser alguien importante.
—Dice el capitán que hasta el presidente vino; vio aterrizar el helicóptero oficial antes de empezar.
Juan Pablo era como parte de mi familia. Crecimos juntos; era hijo del capitán del yate de mi papá desde que yo era bebé. Por más que insistía, se negaba a tutearme. Me pesaba que no se animara a capitanear el catamarán; así yo no tendría que lidiar con el temperamento de Teo.
Amaba el mar; nunca podría cansarme de él.
La temperatura de la zona en invierno era una delicia.
La moto acuática rompía las olas y, aquí siempre, me sentí absoluta y libre.
Ojalá las ballenas hubieran seguido entrando; habíamos visto a una ballena jorobada con su ballenato dos días atrás, pero con tanto estruendo matutino, seguramente se habían quedado en mar abierto.
Iba de regreso hacia el barco cuando sentí que algo obstruía la turbina. Automáticamente, la alarma empezó a sonar. La rabia me invadió; esperaba que no fuera un cabo enredado.