Marea indómita Capítulo 28
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Capítulo 28

La tarde cae con lentitud sobre la Costa da Morte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados que se funden con el gris azulado del mar.

Mar lleva más de una hora fondeada con el Brétema en una pequeña ensenada escondida en un rincón apartado al que solo acude cuando el ruido del mundo exterior se vuelve insoportable y necesita que el silencio la envuelva.

El mar, por primera vez en muchos días le concede una tregua.

No consigue concentrarse en absoluto. Desde la discusión en el puerto, cada pensamiento termina desembocando inevitablemente en el mismo lugar, como una corriente obstinada que arrastra todo a su paso: Jimena.

De repente, el sonido de un motor acercándose rompe la quietud del lugar.

Mar levanta la cabeza con brusquedad, protegiéndose los ojos con una mano del resplandor del atardecer.

Cuando llega hasta el Brétema, la arquitecta salta al pantalán flotante con más decisión que elegancia, dando un pequeño tambaleo sobre el calzado poco marinero que lleva.

Mar no se mueve de su sitio; cierra la libreta, se pone en pie y cruza los brazos sobre el pecho. Su rostro permanece imperturbable, aunque por dentro un torbellino de emociones amenaza con desbordarla.

—¿Qué haces aquí? —pregunta la capitana.

Jimena inspira despacio, llenando los pulmones del aire salado que tanto le recuerda a la bióloga, y sube los pocos peldaños de la escala que la separan de la cubierta principal.

—Necesitaba encontrarte y Roi me ha dicho que estabas aquí —responde, dando un paso firme sobre la madera—. No podía dejar las cosas de esta manera.

—Si has venido a seguir justificándote… —comienza Mar.

—No —la interrumpe Jimena antes incluso de que termine la frase. Después niega con la cabeza—. He venido porque necesito que me escuches. Y si luego quieres echarme de tu vida… lo aceptaré. No insistiré más.

Mar la escruta de arriba abajo.

—Tienes cinco minutos —concede.

Jimena deja ir un bufido y esboza una sonrisa melancólica.

—Siempre tan generosa con tu tiempo.

—Cuatro minutos y cincuenta y cinco segundos —replica, categórica.

Jimena avanza un par de pasos hacia ella, no demasiados, lo justo para que no tengan que levantar la voz sobre el murmullo del mar.

—Sé que piensas que te traicioné —afirma Jimena, mirando directamente a los ojos de Mar—. Y entiendo perfectamente por qué lo pensaste —continúa la arquitecta—. Pero la verdad es que me sentí perdida, amedrentada como me solía pasar cada vez que me he enfrentado a ella.

Mar frunce ligeramente el ceño.

—¿Y qué se supone que ha cambiado? —inquiere Mar.

—Todo —responde Jimena con convicción—. Porque ya no tiene nada que hacer.

Con un movimiento rápido y resuelto, Jimena se descuelga el bolso, saca una carpeta de su interior y la abre ante ella.

—¿Qué es esto?

Jimena la observa y, por primera vez en la tarde, regala una sonrisa serena y luminosa, liberando meses de presión acumulada.

—Es el nuevo proyecto. Tal como lo rediseñamos. Se va a llevar a cabo.

Mar niega con la cabeza, pasando la mirada de los planos al rostro de la arquitecta.

—¿Estás segura?

Jimena afirma con la cabeza.

—Hugo y yo descubrimos las cláusulas trampa que habían metido en los contratos.

Los inversores y el consejo de la firma vieron claro que el proyecto de mi madre perdería la certificación Green Key en un abrir y cerrar de ojos por el impacto ambiental.

La Ley de Costas habría paralizado las obras en dos semanas, dejándolos atrapados en recursos judiciales millonarios —declara Jimena con orgullo—.

Y ahora me han nombrado directora ejecutiva del proyecto.

Mi madre ha quedado completamente fuera de este comité.

No puede vetar, cambiar ni tocar nada de los planos.

El mar lame suavemente el costado del Brétema, produciendo un arrullo constante. Jimena da el último paso que las separa, reduciendo el espacio entre ambas hasta que el aroma a perfume caro y salitre se mezcla en el aire.

—El resort se va a construir respetando al milímetro cada alga, cada duna y cada rincón que tanto te importa. Y tú… —Jimena la mira fijo a los ojos, sin mostrar vacilación—, vas a ser la supervisora ambiental oficial de toda la obra.

Mar siente una riada de alivio inmenso y liberador que le quita el aliento. Todo el resentimiento que ha llevado a cuestas se disuelve en segundos, dejándola boquiabierta.

—No pretendo que se te pase el enfado de golpe. Ni hoy, ni mañana.

—Jimena… —intenta intervenir Mar.

—Solo necesitaba que supieras que jamás estuve en el bando contrario. Jamás.

Mar baja los ojos hacia las tablas de madera, recordando la imagen inicial de Jimena.

La recuerda mareándose en su primera travesía, estudiando de madrugada los datos de Noa, discutiendo apasionadamente con Carme sobre materiales de baja huella de carbono…

Se ha jugado el prestigio, la carrera y su relación familiar por defender esa costa.

Cuando Mar vuelve a levantar la vista, nota el brillo húmedo en las pupilas de Jimena.

—Lo siento —susurra la arquitecta—. Lamento el trago tan amargo que te he hecho pasar.

Mar deja ir una respiración profunda y Jimena cierra los ojos un instante, conteniendo el aliento.

—Eres una cabezota insoportable, ¿te lo han dicho alguna vez? —murmura Mar, aunque el tono ha perdido toda la acidez inicial.

Jimena deja escapar una risita nerviosa, entre aliviada y divertida.

—Me lo dicen a menudo, sí.

La capitana se inclina y apoya la frente contra la suya. El contacto es íntimo, cálido, directo.

—No sabes lo muchísimo que te he echado de menos.

Jimena deja ir una risita entrecortada, apretándola contra su cuerpo.

—Tampoco ha sido tanto, Sotomayor. No exageres.

La carcajada de Jimena resuena sobre el agua, ligera y liberadora, disipando cualquier rastro de duda. Mar aprovecha la cercanía para deslizar la mano por la espalda de la arquitecta.

—Así que ahora eres la manda más… Habrá que empezar a llamarte de usted. Aunque reconozco que el poder te sentaría obscenamente bien.

—¿Ah, sí? —provoca la arquitecta, rodeándole el cuello con los brazos—. Creía que la intensa y dominante eras tú con tus tormentas.

—Calumnias de tierra firme —murmura Mar contra su cuello, depositando un beso lento—. Puras calumnias marineras —añade, y no tarda en encontrarse con sus labios.

El beso sabe a sal. Jimena entreabre los labios, respondiendo al empuje de Mar con la misma urgencia.

Las manos de la capitana se cuelan bajo la camisa de la arquitecta, buscando la piel desnuda de su espalda, mientras Jimena se agarra a sus hombros como si el barco entero se balanceara en mitad de un temporal.

Cuando se separan unos centímetros para coger aire, ambas tienen la mirada encendida.

—Eres imposible —susurra Mar, acariciándole el labio inferior húmedo con el pulgar—. Pero que sepas que, ahora mismo, eres mi problema favorito.

Jimena ríe, apoyando la cabeza en el hombro de la capitana mientras el sol termina de ocultarse en el horizonte, dando paso a una noche estrellada sobre la ría.

La luna empieza a trazar un sendero de plata sobre el agua calmada, el mismo mar que parecía distanciarlas y que ahora custodia el inicio de algo mucho más maravilloso.