Marea indómita Epílogo
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Epílogo

El sol de última hora de la tarde tiñe la ría de un naranja ardiente, reflejándose en los grandes ventanales de madera tratada y cristal sostenible del nuevo centro de interpretación marina y resort ecológico Brétema.

El sonido de las copas brindando y el rumor de las risas de los invitados llegan amortiguados hasta la cubierta del barco, donde el olor a sal, brisa atlántica y empanada recién hecha lo envuelve todo.

Jimena ajusta los pliegues de su vestido verde agua mientras contempla la escena desde la popa.

A pocos metros, en el pantalán, Hugo discute animadamente con Roi, agitando los brazos con una pasión desmedida que hace reír a los vecinos del pueblo.

Victoria Alarcón no está entre los invitados —su ego aún digiere la derrota de unos meses atrás —, pero Jimena no siente ni una gota de amargura.

Ha ganado su libertad, ha construido el proyecto más ambicioso y respetuoso de su carrera, y, sobre todo, ha encontrado su verdadero hogar.

—Si sigues mirando el horizonte con esa cara, voy a pensar que estás calculando el impacto ambiental de mi presencia —susurra una rasgada muy cerca de su oreja.

Unos brazos fuertes y cálidos se ciñen alrededor de la cintura de Jimena, pegando su espalda contra un pecho firme. El aroma inconfundible de Mar la envuelve de inmediato, provocándole un escalofrío instantáneo por toda la columna vertebral.

—Estaba pensando que la supervisora medioambiental de este proyecto es demasiado exigente —responde Jimena, inclinando la cabeza hacia atrás para apoyar la barbilla en el hombro de Mar.

Suelta una risita baja cuando siente los labios de la bióloga rozarle la piel del cuello—.

Me hace pasar unas inspecciones de calidad durísimas.

—Y las que te quedan, Alarcón —murmura Mar con una sonrisa juguetona contra su piel, apoderándose de las caderas de Jimena para girarla suavemente entre sus brazos hasta tenerla frente a frente.

Mar viste una camisa blanca con las mangas arremangadas y unos pantalones oscuros. Tiene el pelo castaño ligeramente despeinado por el viento del norte y los ojos brillando con esa luz intensa que a Jimena le aceleró el corazón desde el primer día que pisó el puerto.

—Mira que eres chulita, Sotomayor —dice Jimena, pasándole los brazos alrededor del cuello y jugando con los mechones rebeldes de su nuca.

—No es chulería, es autoridad profesional —rectifica Mar, guiñándole un ojo—. Alguien tiene que asegurarse de que la directora ejecutiva no se despiste. Aunque debo admitir que el diseño de los módulos flotantes te ha quedado impecable. La fauna marina está encantada… y yo también.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo demuestra la capitana su satisfacción con la obra? —provoca Jimena.

—Ven abajo y te hago una demostración detallada.

Sin darle tiempo a replicar, Mar la toma de la mano y la guía con paso decidido hacia la bajada del camarote del Brétema.

Jimena echa una rápida mirada hacia el pantalán; Roi y Hugo están demasiado ocupados devorando una fuente de percebes como para notar su ausencia.

Sonríe para sus adentros, dejándose arrastrar hacia la penumbra.

En cuanto la puerta del camarote se cierra a sus espaldas, la distancia desaparece por completo.

Mar acorrala a Jimena contra la madera de la pared, rodeando su cintura con posesividad y buscando su boca en un beso hambriento, profundo y ardiente que huele a deseo acumulado y a celebración.

Jimena ahoga un gemido en la garganta de la bióloga, enredando los dedos en su pelo y pegando sus cuerpos sin dejar un solo milímetro de separación.

—Madre mía… —suspira Jimena cuando Mar desciende con la boca hacia su mandíbula, mordisqueando con deliciosa lentitud el lóbulo de su oreja—. Se supone que somos las anfitrionas y deberíamos estar arriba brindando con los inversores.

—Que brinden solos —murmura Mar contra su escote, desabrochando los botones del vestido de Jimena mientras sus manos firmes y calientes acarician la piel desnuda de sus muslos—. El mejor brindis de la noche lo voy a hacer yo aquí abajo.

La ropa cae despacio. El balanceo suave del mar contra el casco del barco acompaña el ritmo de sus respiraciones aceleradas y el roce ardiente de sus pieles.

Mar tumba a Jimena en el camastro, cubriendo su cuerpo con el suyo y mirándola con tal devoción que a Jimena se le corta el aliento.

Ya no hay dudas, ni miedos, ni sombras de contratos familiares.

Solo están ellas dos, la sal en la piel y una marea invencible que las une.

Las manos de Mar recorren cada curva conocida de Jimena, arrancándole gemidos ahogados que se pierden en el rumor del agua. Cuando sus cuerpos se encuentran, Jimena clava las manos en su espalda, saboreando la certeza de saberse amada y comprendida en cada rincón de su ser.

Mucho más tarde, cuando la noche ha caído por completo y el cielo de la Costa da Morte se llena de un manto de estrellas impecable, ambas yacen abrazadas bajo una sábana fina, respirando al mismo compás.

Mar traza círculos perezosos en el hombro desnudo de Jimena con la yema del pulgar, mientras la arquitecta apoya la mejilla sobre su pecho, escuchando el latido tranquilo de su corazón.

—¿En qué piensas? —murmura Mar, besándole la frente.

—En que vine a Galicia a construir un resort, y he terminado construyendo una vida entera contigo  —responde Jimena, sonriendo en la oscuridad y alzando la vista para conectar con los ojos de Mar.

—Pues vete acostumbrando, Alarcón —le asegura Mar, rodeándola con más fuerza y pegándola a su costado con orgullo —. Porque de esta ría y de este barco ya no te escapas.

Jimena ríe entre dientes, se apoya sobre un codo y le roba un último beso dulce y pausado en los labios.

—No pienso irme a ningún lado, Capitana. Mi puerto siempre vas a ser tú.

Afuera, la luna traza un camino de plata sobre las aguas, velando el descanso de dos mujeres que aprendieron que el amor más verdadero, igual que las olas más fuertes, es imposible de frenar.