Capítulo 27
Jimena está de pie junto a Hugo en la sala principal, con la carpeta negra apretada contra el pecho.
Apenas ha dormido un par de horas, acosada por pensamientos atropellados que no han dejado de dar vueltas en su cabeza, pero cualquiera que la observe desde fuera juraría que lleva toda una vida preparándose para este preciso momento.
«No puedo pifiarla ahora», piensa, sintiendo un martilleo retumbando justo en sus sienes.
«Esto no es solo por el proyecto; es por todo lo que he sido, por la dignidad que me queda y por la mujer que quiero llegar a ser».
Al otro lado de la sala, Victoria Alarcón conversa animadamente con varios de los inversores y un par de miembros del consejo.
Como si esa reunión de última hora, no significara nada.
Sonríe con seguridad, inclinando la cabeza al escuchar a alguno de los presentes.
Para cualquiera que no la conozca a fondo, transmite la imagen perfecta de una empresaria acostumbrada a ganar batallas sin despeinarse un solo pelo.
Sin embargo, Jimena sabe con certeza absoluta que esa sonrisa deslumbrante va a durar bastante poco.
Ha visto esa misma fachada en mil ocasiones antes de que su madre despliegue su arsenal de influencias.
Salvo que hoy el tablero de juego ha cambiado de dueña.
Entre los asistentes, Jimena distingue rostros conocidos que le otorgan un ancla de aplomo en mitad de la tormenta.
Carme ocupa uno de los últimos asientos, con las manos cruzadas sobre la mesa, frunciendo el ceño cada tres segundos.
Noa, hiperconcentrada, repasa por última vez varios gráficos en su tableta.
Roi se muestra visiblemente incómodo metido dentro de una americana que claramente no forma parte de su armario habitual —demasiado formal y rígida para alguien acostumbrado al viento de la ría—, aunque sostiene la mirada con dignidad.
En la sala, echa de menos a Mar, y siente un pinchazo agudo justo en el pecho. «Todavía hay tiempo para arreglar lo nuestro», se dice mentalmente, antes de tragar saliva con dificultad. «Si salgo viva de esta y con la cabeza alta… quizás».
Victoria toma la palabra en primer lugar, levantándose de la silla con la elegancia de una reina y ajustándose la chaqueta del traje.
—Como todos ustedes sabrán, el proyecto ejecutivo fue aprobado hace ya un año.
Únicamente hemos sufrido determinados retrasos administrativos provocados por interferencias locales que, desde luego, espero que no vuelvan a repetirse —afirma Victoria, lanzando una mirada velada al sector de la cofradía antes de retomar su mejor sonrisa—.
Nuestra intención es clara y firme: comenzar las obras inmediatamente después de esta reunión para cumplir con los plazos comprometidos y no perder ni un solo día.
No estaba de acuerdo con desarrollar esta reunión acordada a última hora, pero sí quería dejar mi punto de vista bien claro.
Varios inversores asienten con gestos aprobatorios, aunque no muy conformistas.
—Así que… si no hay más objeciones…
—Sí que las hay —interrumpe Jimena tajante.
Victoria gira lentamente la cabeza, arqueando una ceja perfectamente perfilada. No parece enfadada; todavía no. Solo intrigada. Camina un par de pasos hacia su sitio y apoya las manos sobrias en el respaldo de la silla.
—Solicito intervenir formalmente antes de proceder a cualquier decisión final —afirma con voz clara y cristalina.
Uno de los representantes del fondo principal consulta rápidamente el reglamento interno en la pantalla de su portátil. Tras unos segundos de tensión suspendida en el aire, asiente con la cabeza.
—Tiene la palabra, señora Alarcón.
Jimena camina despacio hasta situarse en el centro de la sala. Durante unos segundos reina un silencio absoluto. Respira hondo, llenando los pulmones, y comienza su exposición.
—Durante los últimos días he trabajado codo con codo junto a especialistas ambientales, técnicos municipales, representantes de la cofradía de pescadores y profesionales de la construcción —comienza Jimena, paseando la mirada por la mesa—.
Juntos hemos revisado el impacto real del proyecto aprobado inicialmente, cuestionando cada detalle que pudiera comprometer el equilibrio de esta ría tan preciada para todos nosotros.
La pantalla parpadea y muestra de inmediato una imagen aérea espectacular de la ría en alta resolución, exhibiendo la delicada red de canales y praderas submarinas. A continuación, cambia a otra diapositiva, y a otra más.
—Lo que van a ver a continuación no es una mera opinión personal ni un capricho —continúa Jimena—. Es un análisis riguroso, respaldado por datos sólidos y estudios independientes.
En ese instante, Noa interviene. Se levanta con una serenidad impecable y se acerca unos pasos al centro para reforzar la exposición de la arquitecta.
—Durante los últimos ocho años hemos monitorizado las diferentes zonas mediante muestreos estacionales, fotografías submarinas detalladas y análisis exhaustivos de la calidad del agua —explica Noa con rotundidad—.
Los modelos que presentamos hoy han sido revisados y validados por investigadores.
Muestran una probabilidad superior al sesenta por ciento de deterioro si no hay modificaciones en el diseño.
La sala guarda un silencio denso y expectante.
Varios inversores empiezan a prestar una atención mucho más seria, inclinándose hacia delante en sus asientos y susurrando breves comentarios entre ellos.
Jimena nota cómo la energía del espacio cambia sutilmente, cargándose de curiosidad y de dudas razonables.
—¿Está completamente segura de lo que se está afirmando, Jimena? —pregunta uno de los presentes.
—Completamente segura. He revisado los criterios al detalle junto a expertos certificadores —responde, abriendo otro documento en la pantalla y ampliando los puntos clave para que sean visibles desde el último rincón—.
Y quiero recordarles que, los criterios Green Key exigen, entre otras cosas, minimizar al máximo el impacto sobre ecosistemas sensibles, proteger la biodiversidad marina y justificar de manera fehaciente que no existen alternativas ambientalmente superiores.
Y nosotros sí tenemos una alternativa viable y sustancialmente mejor.
Se gira hacia Carme dedicándole una breve mirada de complicidad. La mujer se levanta de un brinco, se recoloca las gafas y toma el relevo en la presentación para hablar de todos los cambios.
Un murmullo constante empieza a recorrer la mesa como un viento creciente.
Victoria deja de sonreír por completo; su rostro se endurece hasta parecer de piedra y aprieta los dedos alrededor de su bolígrafo hasta que los nudillos se le quedan blancos.
Jimena observa la transformación de su madre y siente una sacudida de adrenalina recorriéndole las venas.
—Insistir en el diseño inicial incrementa de forma alarmante el riesgo de recursos administrativos, medidas cautelares, la paralización judicial inmediata de las obras e incluso reclamaciones patrimoniales sustanciales —aclara Jimena—.
Y eso por no hablar de la retirada casi segura del sello Green Key ni de la posible pérdida de financiación europea asociada al cumplimiento estricto de estos criterios.
El silencio que se instala en la sala es absoluto. Uno de los consejeros financieros rompe finalmente la quietud.
—¿Cuál sería el impacto económico real si ignoramos estas advertencias y seguimos con el plan A? —inquiere con voz grave.
Jimena cambia de diapositiva, revelando un gráfico de barras rojo verdaderamente impactante.
—Entre indemnizaciones, retrasos inevitables, el incremento de los costes financieros y la pérdida parcial de la inversión inicial, estimamos una exposición superior a los cuarenta millones de euros.
Una cifra catastrófica que no solo destruiría el proyecto, sino la credibilidad de todos los implicados en esta mesa.
Victoria se pone en pie bruscamente.
—¡Eso es una interpretación completamente interesada y sesgada de los hechos! —replica con un tono cortante y envenenado.
—No lo es —responde Jimena manteniéndose impertérrita—. Y lo sabes.
Jimena desliza varias copias impresas sobre la mesa. Victoria pierde el control de la reunión por segundos; su respiración acelerada delata que el pánico empieza a morderle los talones.
—Esto es absolutamente inadmisible. Estás socavando de mala fe todo el trabajo previo —espeta Victoria.
—Lo inadmisible sería ocultarlo, mirar hacia otro lado y seguir adelante arriesgando no solo millones de euros, sino un patrimonio natural completamente irreemplazable —contesta Jimena, dando un paso decidido al frente.
Madre e hija se sostienen la mirada durante varios segundos agónicos.
Para Jimena, el resto de la sala parece desaparecer por completo; no hay inversores, no hay pantallas, solo ellas dos envueltas en un enfrentamiento cargado de años de historia familiar, exigencias y sombras.
Victoria baja el tono de su voz hasta dejarlo en un siseo helado que, sin embargo, retumba en cada rincón.
—¿De verdad vas a hacer esto? ¿Vas a atreverte a enfrentarte públicamente a tu propia madre delante de todo el mundo?
Jimena siente un nudo doloroso y amargo apretándole la garganta. Le asalta un torbellino de emociones humanas y destructivas. Pero ya no es esa chica manipulable. Ya no puede —ni quiere— dar un solo paso atrás. Traga saliva, infla el pecho y sostiene la mirada de su madre.
—No voy a permitir que una decisión equivocada destruya un ecosistema que podemos proteger sin renunciar al proyecto ni a su viabilidad económica —responde Jimena—. Esto es responsabilidad profesional.
Victoria aprieta los labios hasta dejarlos convertidos en una línea blanca y fina.
—Estás destruyendo tu propia carrera y tu futuro en la firma. Todo lo que hemos hecho juntas —sisea con veneno.
—No. Por primera vez en mi vida… estoy construyendo mi carrera de verdad. Estoy eligiendo el camino correcto, no el más fácil ni el que tú has trazado para mí.
Las palabras flotan en la sala, pesadas, rotundas y definitivas. Entonces ocurre lo imprevisto. El presidente del fondo principal da un golpe seco sobre la mesa y mira también a los miembros del consejo.
—Procedamos a la votación inmediata, si les parece bien —sentencia con voz impersonal—. No hay más tiempo que perder en debates familiares.
Uno tras otro, sin dudarlo, los representantes levantan la mano. A favor del proyecto sostenible y de las modificaciones presentadas por Jimena.
—El consejo aprueba la ejecución del proyecto ecológico presentado por la arquitecta Jimena Alarcón.
A partir de este preciso momento, la dirección técnica y ejecutiva del resort le corresponderá completa y exclusivamente a ella, quedando sin efecto cualquier veto o modificación unilateral ajena al comité técnico aprobado hoy aquí.
Victoria se queda petrificada.
—La liberación de los fondos queda condicionada al mantenimiento íntegro de esta propuesta ecológica. Si se modifica sustancialmente el diseño de la señora Alarcón, la financiación será cancelada de inmediato.
Es la estocada final. Victoria comprende en ese instante que ha perdido no solo la votación, sino el control absoluto de la obra y el poder sobre su hija. Recoge sus papeles y se acerca a Jimena con pasos medidos.
—Acabas de enfrentarte a tu propia familia.
Jimena aguanta el envite sin pestañear, sintiendo cómo el miedo del pasado se evapora por completo.
—Hay otra forma de hacer las cosas, madre. Y yo acabo de elegirla.
Victoria agarra su bolso, da la vuelta sin añadir una sola palabra más y camina hacia la salida.
Abandona la sala con la misma elegancia con la que entró, con la espalda recta y el mentón elevado, aunque todos en la mesa saben perfectamente que acaba de sufrir la mayor y más humillante derrota de su trayectoria profesional.
Cuando la puerta doble se cierra tras ella, Jimena suelta todo el aire que retiene en los pulmones y cierra los ojos un segundo para coger aire.
Tragando saliva para recomponerse, Jimena vuelve a dirigirse al consejo.
—Hay una última cuestión que quiero dejar clara antes de dar por concluida la reunión —anuncia, llamando la atención de todos—.
Cuando este resort esté terminado y funcionando en perfecta armonía con su entorno, presentaré mi renuncia formal a la firma.
A partir de ese momento iniciaré mi propio camino profesional, independiente, centrado en proyectos que respeten tanto la arquitectura como la naturaleza.
Un silencio lleno de respeto recorre la sala, seguido por murmullos de aprobación.
Hugo, a su lado, suelta una sonrisa de oreja a oreja y comienza a aplaudir con ganas, contagiando al resto de los asistentes.
Los aplausos crecen por momentos alrededor de la gran mesa de madera.
Jimena sonríe por primera vez en toda la mañana, sintiendo el calor del éxito y sabiendo que, pase lo que pase con el futuro, la marea por fin ha cambiado a su favor.