Marea indómita Capítulo 26
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Capítulo 26

—No puede ser. Tiene que haber algo —murmura Jimena para sí misma, pasando con ímpetu una página tras otra.

La pantalla del portátil ilumina con una luz azulada el pequeño despacho provisional que comparte con Hugo en el hostal boutique.

Llevan casi tres horas encerrados entre esas cuatro paredes, inmersos en un caos que huele a cafeína, agotamiento y desesperación.

Sobre la mesa se acumulan tazas vacías, marcadores fosforitos, hojas cubiertas de anotaciones frenéticas y una montaña de documentos legales que cualquiera con dos dedos de frente habría mandado a paseo mucho antes.

Ella, sin embargo, no está dispuesta a rendirse.

No después de lo ocurrido. Y, sobre todo, no tras ver la expresión de Mar en el muelle.

Su mirada de decepción le sigue escociendo entre el pecho y el estómago como una astilla clavada a traición.

Ha soportado los desplantes de su madre toda la vida; ha aprendido a convivir con su nivel de exigencia y con la molesta sensación de no estar a la altura.

Pero que Mar la haya mirado como si fuera una réplica exacta de Victoria Alarcón… eso sí que le escuece en el alma.

Hugo levanta la vista del ordenador y la observa con preocupación, acomodándose las gafas.

—Llevas veinte minutos leyendo exactamente la misma cláusula.

—Porque estoy convencida de que se nos escapa algún detalle —responde ella, sin apartar los ojos de la letra pequeña.

—O porque no puedes dejar de darle vueltas a la bronca con tu madre y al numerito con Mar —insiste Hugo, señalándola con el bolígrafo.

Jimena suelta una exhalación pesada y se frota los párpados con fuerza.

—No quiero hablar de eso ahora, Hugo. De verdad.

—Ya lo sé —admite él, dejándose caer contra el respaldo.

—Pues no me tires de la lengua —pide ella.

Él asiente y guarda silencio unos instantes. Solo se oye el rumor del viento atlántico golpeando con fuerza las contraventanas de madera del hostal. Tras un par de segundos, Hugo vuelve a atacar.

—Pero también sé cuándo usas el trabajo como escudo para no comerte la cabeza con lo que de verdad te ha hecho daño.

Jimena aprieta los labios y no responde.

Porque tiene más razón que un santo y lo sabe de sobra.

Vuelve a centrarse en la selva de anexos, referencias cruzadas y jerga financiera diseñada para ahuyentar a cualquier mortal.

Sin embargo, en esa misma complejidad están los agujeros negros.

Porque toda macrooperación inmobiliaria los tiene.

Solo hace falta paciencia, vista de águila y muchas ganas de pelear.

Pasa otra página. Otra más. Y otra. De pronto, un detalle frenético frena sus dedos en seco. Frunce el ceño, retrocede dos hojas y repasa el párrafo con atención.

—Espera un momento… —susurra, casi sin aliento.

Hugo se pone alerta al instante, irguiéndose en la silla.

—¿Qué pasa?

Jimena no contesta. Se abalanza sobre la pantalla del portátil, teclea a toda velocidad, abre tres pestañas y cruza referencias. Busca la normativa europea citada a pie de página, mientras sus uñas repiquetean contra el teclado.

—No me lo puedo creer… —murmura con una sonrisa incrédula—. No puede ser tan rematadamente sencillo.

—Jimena, por el amor de Dios, habla ya o me da un infarto —insiste Hugo, arrastrando su silla de ruedas hasta pegarse a ella.

Ella levanta por fin la vista. Los ojos le brillan con un chispazo de alivio y triunfo.

—Lo tengo. Dios santo, lo tengo. AAAAAAAAAHHHHHHHH

Hugo casi salta de la silla y rodea la mesa a zancadas para ponerse a su lado.

—Desembucha.

Jimena gira la pantalla hacia él.

—Lee esta cláusula. Pero léela bien.

Hugo se inclina, entrecerrando los ojos mientras murmura en voz baja:

—«La liberación del setenta por ciento del capital comprometido queda estrictamente supeditada a la obtención de la certificación internacional Green Key o equivalente…» —se interrumpe y parpadea varias veces—. Espera un segundo…

Jimena curva los labios. Es una sonrisa pequeña pero llena de vida.

—Boom —suelta ella.

Hugo empieza a atar cabos y abre la boca impactado.

—Los fondos de inversión…

—Son fondos escandinavos y holandeses. Cero bromas con los sellos de sostenibilidad medioambiental —explica Jimena, levantándose de golpe para caminar de un lado a otro de la estancia gesticulando con ímpetu.

—Tienen unos protocolos drásticos, muchísimo más de lo que calculábamos —añade él, siguiéndola con la mirada.

—¡Exacto! —asiente Jimena con fuerza. Y de repente, toda la apatía de las últimas horas se evapora—. No lo vi antes porque mi madre siempre dio por sentado que esa certificación era merca cortesía. Un trámite que siempre le ha salido bien.  Pero aquí… no se lo va a poder permitir.

Agarra uno de los informes de Noa, saca el documento firmado por Mar y los estampa con firmeza sobre el plano extendido en la mesa.

—Si el proyecto invade la marisma protegida como pretende… Este proyecto es inviable —sentencia Jimena.

Hugo se lleva las manos a la cabeza y deja escapar una carcajada de alivio.

—¡Y sin el sello Green Key…!

—Se bloqueará la financiación —concluye ella, plantándose en el centro de la habitación con los brazos en jarra.

Se miran durante unos segundos en silencio, asimilando la bomba que acaban de desactivar.

—Tu madre nos ha acojonado, ¿y resulta que la estocada final estaba escondida en una cláusula de treinta líneas? Es poético.

Hugo se cruza de brazos y una sonrisa astuta se le dibuja en la cara.

—Joder, no sé cómo no lo vimos antes —exclama Jimena con el corazón desbocado—.

Mi madre no puede alegar que su diseño original es la única opción.

Legalmente, el ayuntamiento y los inversores están obligados a tumbar su versión y abrazar la nuestra porque demuestra ser más segura, más rentable a largo plazo y cien por cien respetuosa con la ley.

Hugo suelta un silbido sonoro.

—Compañera, acabas de darle la vuelta a la tortilla de forma brillante.

Jimena vuelve a dejarse caer en la silla y echa un vistazo al móvil que descansa mudo sobre la mesa. Ni un solo mensaje de Mar. Ni una llamada perdida.

Aprieta los labios, conteniendo un nudo en la garganta.

—Ahora solo nos queda la pequeña proeza de convencer al consejo de que le planten cara a la mismísima Victoria Alarcón.

—Bah, una tontería. Pan comido —bromea Hugo con sorna.

Jimena deja escapar una carcajada, sin ganas.

—Sí vamos, una minucia.

Hugo se pone serio, apoyando las manos sobre la mesa para mirarla fijamente a los ojos.

—Jimena… ¿estás totalmente segura de meterte en este berenjenal?

Ella no pestañea.

—Cien por cien.

—Esto te puede costar el puesto en la firma, y todo tu trabajo.

—Me da exactamente igual —asegura la arquitecta.

Hugo la observa durante un largo e intenso silencio.

—Entonces esto ya no va solo de salvar el proyecto, ¿verdad?

Jimena desvía la mirada hacia los planos. Ha tenido mucho tiempo para reflexionar en esa pequeña habitación de hostal.

—No —confiesa en un susurro sincero—. Lo hago porque estoy hasta las narices de diseñar estructuras frías e inhumanas para que mi madre saque pecho en los consejos de administración.

Quiero proyectar arquitectura que respire.

Espacios donde la gente sea feliz, donde la tierra se respete y donde nadie tenga que vender su dignidad ni empeñar su futuro a cambio del progreso de unos pocos.

La imagen de Mar se le mete de nuevo bajo la piel.

Su risa franca, su silueta al mando del Brétema, esa manera tan suya de tocar el mar como si hablara con él…

Comprende que no se trata solo de la capitana, sino de todo lo que esa mujer representa: la autenticidad, la lealtad a sus raíces, el amor libre.

Llegó a Galicia sintiéndose una urbanita sabia e inalcanzable, y ha sido ese rincón —y esa bióloga testaruda— el que le ha enseñado lo que significa de verdad ser arquitecta.

Hugo esboza una sonrisa llena de orgullo.

—Bienvenida.

Jimena parpadea, arqueando una ceja.

—¿A dónde?

—A la arquitectura de verdad.

Ella le devuelve una sonrisa tímida. Por primera vez en muchos años, siente que está tomando las riendas de su propia vida.

Sin perder un segundo, abre un documento en blanco en el portátil.

En el encabezado teclea: «Propuesta Extraordinaria al Consejo…

». Sus dedos vuelan sobre el teclado articulando la defensa.

Cada argumento legal queda blindado por la memoria ambiental.

Cada trazado arquitectónico se apoya en los estudios de Noa, en los datos pesqueros recopilados por Mar y en la viabilidad técnica.

Mientras redacta, le resulta imposible no evocar a Mar.

Sin darse cuenta, ha aprendido a mirar el paisaje con los ojos de la bióloga.

Y esa certeza le arranca una sonrisa dulce y amarga a la vez.

Ojalá Mar estuviera ahí para comprender que ya no va a ser la sombra servicial de su madre, sino una mujer dispuesta a arriesgarlo todo por hacer las cosas bien.

El atardecer cae sobre la ría dibujando destellos dorados y violáceos cuando Jimena guarda la versión definitiva.

Se recuesta en la silla, exhausta pero satisfecha, contemplando el archivo guardado en la pantalla.

Ahí dentro no solo hay memoria técnica; está su alma, su libertad y su declaración de amor hacia esa tierra.

Hugo repasa el índice, maravillado.

—Si no compran esto, es que están ciegos.

Jimena se pellizca el puente de la nariz para aliviar la fatiga.

—No basta con que les guste. Tienen que ver que con esta propuesta no van a perder ni un solo euro.

—Eso ha quedado más que demostrado.

—Demostrado sí, pero mañana hay que vendérselo con garra —puntualiza ella, poniéndose en pie para desperezarse—. Que para eso los vamos a citar aquí mismo.

Se acerca a la ventana. El cielo gris plomizo anuncia marejada. A lo lejos, las aguas rugen contra los acantilados. Se pregunta qué estará haciendo Mar. Si estará cenando en el barco, si seguirá maldiciendo su nombre o si, por un casual, también sentirá ese vacío insoportable en el estómago.

*

A unos pocos kilómetros de allí, el Brétema se mece suavemente sobre el pantalán. Mar ha pasado la jornada metida en la sala de máquinas, cambiando filtros, ajustando tuercas y limpiando aparejos. Trabaja sola, buscando que el esfuerzo físico le calle la cabeza.

Noa está en el laboratorio y Roi en la lonja.

Mejor así. El silencio del barco le sienta bien, aunque la traicione a cada rato.

Se arrodilla en la cubierta para lijar una mancha de óxido, apretando los dientes.

Sin embargo, por mucho que frote, la imagen de Jimena no se borra.

La recuerda empapada tras la tormenta, tomándose aquel café horrible en su camarote; la recuerda dormida contra su pecho… Y luego, la fría frialdad del muelle.

—¡Maldita sea! Olvídala ya —se espeta a sí misma, dando un martillazo rabioso a un cáncamo.

Se equivoca de ángulo y se golpea un nudillo.

—¡ Cagho na mar ! —maldice entre dientes, llevándose la mano a la boca para chupar el rasguño.

Le da rabia echarla de menos. Le da rabia que esa mujer refinada le haya puesto patas arriba el corazón en cuestión de unos cuantos días para luego pegar un portazo. Y, aun así, no puede dejar de mirar de reojo hacia el muelle.

La noche se traga definitivamente la costa, y Mar apura una taza de café negro mirando las luces lejanas del pueblo. El móvil descansa a su lado sobre el banco de madera.

—Serás imbécil… —refunfuña.

Sin tener idea de que, en unas horas, Jimena librará la batalla de su vida. Dispuesta a ir a buscarla cuando gane.