Marea indómita Capítulo 25
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Capítulo 25

Mar Sotomayor avanza decidida. Lleva el pelo revuelto y ligeramente salpicado por la brisa.

A Jimena le da un vuelco el estómago. Victoria, por supuesto, no tarda ni un segundo en interceptar la dirección de la mirada de su hija.

Se gira despacio y repasa a la recién llegada con una mirada analítica que desmenuza a Mar en un pestañeo.

—Vaya. Así que esta es la famosa capitana —comenta en un murmullo lo bastante alto como para que la brisa lo arrastre.

Mar frunce el ceño. Le lanza a Jimena una mirada rápida e interrogativa —comprobando si está bien— y luego clava los ojos en la mujer vestida de marfil que desentona escandalosamente en ese entorno.

—¿Interrumpo la reunión? —pregunta Mar con una sonrisa de medio lado.

A Jimena le falta el aire.

—Mar… —intenta avisarla.

—Soy Victoria Alarcón. La directora ejecutiva, dueña de la firma y, por supuesto, la madre de Jimena —se presenta la mujer, dando un paso al frente mientras muestra la mano.

Mar reacciona con entereza. Se pasa la mano por el pantalón para limpiarse el resto de sal y da un paso adelante.

—Mar Sotomayor. Bióloga marina y portavoz de la cofradía de pescadores. Además de capitana del Brétema —responde, tendiéndole la mano.

Victoria contempla la mano tendida de Mar durante un segundo, pero no se la estrecha.

—Lo sé. He oído hablar bastante de usted estos días. Quizá demasiado —añade Victoria con una sonrisa de compromiso.

Mar retira la mano despacio, sin perder la compostura, aunque el músculo de su mandíbula se tensa acusando el golpe.

—Confío en que las referencias hayan sido buenas—replica Mar.

—Depende de lo que entendamos por «buenas». Si paralizar una inversión privada multimillonaria cuenta como un logro, desde luego que lo es.

—Yo no he paralizado nada, señora Alarcón —rectifica Mar—. Me he limitado a señalar las irregularidades ambientales de un proyecto que, tal como estaba redactado, va a reventar el ecosistema de la ría.

—Qué conmovedora devoción —ironiza Victoria—. Supongo que, entre lección y lección sobre el fondo marino, también habrá tenido tiempo de asesorar a mi hija sobre cómo gestionar una firma nacional.

Mar entorna los ojos grises.

—No. Esa no es mi parcela. Mi trabajo es proteger este mar y a las familias que viven de él —responde la capitana.

—Una pena. Porque parece que se le da escandalosamente bien convencer a mi hija de que olvide de dónde sale su sueldo —ataca Victoria.

Jimena da un paso, con las palmas por delante.

—Basta. Esto es un debate técnico, no un ataque personal.

—Ni siquiera he empezado, Jimena —la frena su madre, girándose un poco—. Lo que me parece insólito es que hayas puesto en jaque la reputación de esta familia por personas que ni siquiera conoces.

—¡No he puesto en riesgo nada! —salta Jimena, perdiendo la calma—. ¡Estoy haciendo mi trabajo con rigor, ética y conocimiento de causa!

—No, Jimena. Has confundido el rigor profesional con una aventura estival —sentencia Victoria.

A Mar se le congela la expresión. A Jimena se le corta la respiración. Su madre lo ha cazado, le ha bastado ver la forma en que Jimena ha mirado a la bióloga al llegar para oler lo que se cuece entre las dos.

Victoria repasa a Mar de arriba abajo una vez más.

—Ahora entiendo perfectamente el repentino cambio en los planos y esta absurda rebeldía —murmura con satisfacción.

A Jimena le sube un rubor ardiente por el cuello que le quema las mejillas.

—No sabes de qué estás hablando —niega.

—Lo sé de sobra. Te conozco mejor de lo que te conoces tú misma.

Mar se adelanta medio paso, colocándose codo con codo junto a Jimena.

—Con el debido respeto —interviene Mar—, no tiene ningún derecho a faltarle al respeto a Jimena ni a despreciar su trabajo. Lo que su hija está haciendo aquí es defender un proyecto viable frente a una chapuza.

Victoria arquea una ceja.

—¿Disculpe? No recuerdo haber pedido la opinión de una marinera sobre la estrategia de mi firma.

Mar sonríe. Es una sonrisa helada y desafiante.

—Una pena. Porque en esta ría, las «marineras» somos las que sabemos dónde rompen los barcos cuando hay marejada. Y créame, su proyecto no aguantaría ni el primer embate en cuanto ponga en peligro nuestro trabajo y modo de vida —replica Mar sin dar un milímetro de terreno.

Jimena reconoce perfectamente la siguiente mirada que su madre le echa. Enseguida, Victoria busca una carpeta del maletín y la abre sobre la mesa.

—Muy bien. Ya que las metáforas marineras parecen divertiros tanto, vamos a repasar la realidad de lo que ya hay firmado —anuncia Victoria, sacando tres folios sellados—.

Si mañana a las ocho no se inician los trabajos según el proyecto original, activaré de inmediato las cláusulas de incumplimiento.

Jimena siente que el aire se le atasca.

—No te atreverás… —susurra horrorizada.

Victoria lee las líneas como si leyera la lista de la compra.

—Rescisión inmediata de la dirección facultativa de Jimena Alarcón, despido procedente por negligencia de Hugo Valverde, cancelación de toda enmienda técnica y reclamación por la vía ejecutiva de los daños y perjuicios derivados de la paralización de la obra.

Mar pierde la sonrisa de golpe.

—¿Qué clase de daños? —exige saber.

—Lucro cesante, penalizaciones contractuales de la cadena hotelera y costes de demora.

—Victoria levanta la mirada directamente hacia la bióloga—.

Y, por supuesto, la firma emprenderá acciones legales civiles y penales contra la cofradía de pescadores y la corporación municipal por coacciones e interferencia ilícita en una propiedad privada con licencias en regla.

—¡Pero esto es una locura!

—Es estrictamente legal —zanja Victoria sin pestañear. Después, dirige de nuevo los ojos hacia su hija—. Tú decides, Jimena. Tu carrera, tu nombre y el futuro de este pueblo están en tus manos. Tienes hasta mañana.

Jimena gira la cabeza desolada hacia Mar. Encuentra los ojos grises de la bióloga fijos en ella, cargados de esa confianza ciega, firme e inquebrantable; los mismos labios que la han besado hasta hacerle olvidar quién era.

—Mar… —murmura Jimena—. Por favor… no intervengas más en esto.

Mar frunce el ceño.

—¿Cómo? ¿De qué estás hablando, Jimena? —pregunta, dando un paso hacia ella.

Jimena siente un pánico atroz recorrerle el cuerpo. Aprieta los labios y agacha un segundo la mirada antes de decir:

—Que esto se ha terminado.

Victoria observa la escena en un silencio triunfal. Nadie dice nada durante varios segundos que se hacen eternos. Entonces, Mar deja escapar una risa amarga.

—Increíble —murmura la bióloga, negando con la cabeza mientras la decepción le quema en la mirada—. Al final siempre es la misma historia, ¿verdad? Cuando apretáis los dientes, lo único que importa es la firma, el dinero y la familia.

—No es eso… —alcanza a decir Jimena.

Mar da un paso atrás. La frialdad con la que la mira ahora duele infinitamente más que cualquier otra cosa en el mundo.

—He sido una auténtica idiota.