Capítulo 24
Victoria Alarcón nunca ha sido de las que avisa cuando va a llegar. Simplemente aparece, como si el universo entero debiera cuadrarse ante su presencia.
Jimena la ve bajar del coche negro de alta gama con ese porte impecable que mantiene intacto tras treinta años de travesías por salas de juntas. Su traje color marfil resiste impasible y sin una sola arruga, mientras que sus zapatos de tacón apenas rozan la grava del acceso a la obra sin mancharse.
Por una fracción de segundo, Jimena siente exactamente el mismo pellizco en el estómago que la paralizaba de adolescente cuando escuchaba los pasos de su madre acercándose al despacho con las notas en la mano.
Da igual los años que hayan pasado o los proyectos que lleve a sus espaldas: Victoria conserva intacto el superpoder de reducirla a una chica de dieciséis años, insegura y desesperada por encajar.
—Buenos días, Jimena —saluda.
Jimena apoya la carpeta que estaba revisando con Carme sobre la mesa de obra y se fuerza a erguir la espalda.
—No esperaba verte por aquí —responde Jimena.
—Precisamente ese es el problema. Que ya no esperas nada de mí —replica Victoria sin pestañear, mientras pasea una mirada de absoluto desdén por el entorno.
Carme, que repasa unos planos de replanteo sobre el tablero, se congela un instante, alza la vista con la ceja levantada y retrocede un paso con disimulo.
Hugo, que sale en ese preciso instante del almacén portátil con los brazos cargados de carpetas, palidece.
Se frena en seco, casi tropieza con su propio pie y se queda rígido.
—Victoria… —murmura él, tragando saliva.
—Hugo —responde ella, dedicándole un leve cabeceo.
Jimena da un paso al frente de forma instintiva, interponiéndose entre ambos con el pulso desbocado retumbándole en las sienes.
—¿Podemos hablar en privado? —propone Jimena.
—Por supuesto —acepta Victoria, evaluando el panorama con una mueca de desagrado—. Aunque preferiría hacerlo en un sitio donde no tenga que presenciar esta… absoluta falta de productividad.
Su mirada recorre el terreno con irritante lentitud. Las excavadoras están paradas bajo el cielo plomizo, los pilotes ni se han acercado a la tierra, los contenedores siguen cerrados y la única señal de vida son dos técnicos que toman mediciones al fondo en estricto silencio.
—Han pasado cuatro días. Cuatro días desde que te dejé claras las cosas, Jimena.
La arquitecta inspira hondo, buscando aire y compostura mientras su corazón golpea rítmicamente contra sus costillas.
—Necesitábamos revisar unas cosas antes de dar un paso en falso —le explica.
—No —la corta Victoria, alzando una mano—. No necesitabais revisar nada. Necesitáis construir. El proyecto está aprobado y firmado desde hace meses. Y no hay nada más que discutir.
—Mamá…
—No me llames mamá en el trabajo —la ataja Victoria en seco.
Hugo arruga el entrecejo en un gesto de incomodidad y Carme decide volcar toda su atención en el plano de instalaciones.
Victoria, entretanto, posa sus ojos sobre los nuevos planos desplegados en la mesa.
Le basta un segundo para reconocer que no son los del primer proyecto presentado.
Estira la mano, los acerca y empieza a hojear las láminas sin pedir permiso.
—¿Qué demonios es esto? —pregunta, elevando el tono—. ¿Es que no te dejé claro lo que quería que hicieras?
Jimena traga saliva para aliviar la sequedad de la garganta.
—Y yo te dije que he estudiado el terreno. He pisado la tierra, he visto el régimen de mareas y la fragilidad del suelo. De verdad que estoy segura de que las modificaciones del diseño serán mucho mejores que el diseño original.
Victoria esboza una sonrisa carente de todo afecto.
—Ah, claro. Ahora resulta que te has puesto las botas de agua y has jugado a las casitas en el puerto.
Desde su mesa, Carme suelta una especie de resoplido que disimula rápido con una tos de mentira. A Jimena le hierve la sangre en las venas.
—He estado escuchando a la gente que vive y trabaja en esta ría, mamá. A los que conocen cada kilómetro de estas tierras —insiste, acortando la distancia entre ambas.
—¿A quién exactamente? —inquiere Victoria con escepticismo.
—A los marineros, a la cofradía y a los biólogos marinos —responde Jimena.
—Error de principiante —zanja Victoria, cerrando la carpeta con los planos—. Un arquitecto jamás cambia un diseño por lo que quiera un vecino. Un arquitecto diseña lo que necesita el cliente. Lo que genera rentabilidad y cumple los plazos contractuales.
—Y eso mismo estoy haciendo: un diseño sostenible que protege el entorno para que el valor de la inversión dure más sin venirse abajo —defiende Jimena, apretando los puños a los lados de su cuerpo.
—Te lo he repetido un millón de veces. En esta firma no proyectes para tu ego ni para tus corazonadas; proyecta para vender.
Victoria avanza un paso, y el aroma dulzón y carísimo de su perfume envuelve el aire.
—¿Tienes la menor idea de la cifra que hay metida aquí?
—Sé perfectamente lo que cuesta la obra —asegura Jimena, aunque sabe que su madre siempre maneja números a otra escala.
—Trabajamos con fondos de inversión internacionales, una cadena hotelera de primer nivel, con contratos de penalización cruzados y un calendario fiscal. No estamos levantando una casa rural con encanto, Jimena. Hablamos de decenas de millones de euros.
Jimena toma aire.
—Por eso mismo hay que hacer las cosas bien.
Victoria la mira como si no reconociera a la mujer que tiene delante
—Hacer las cosas bien es cumplir lo que se firma y no poner en entredicho el nombre de la firma.
—Por favor, no dramatices —pide Jimena, aun sabiendo que su madre no da un paso sin haber calculado antes el impacto de cada coma.
—¿Dramatizar? He visto los informes que me pretendes colar, y te has dejado engatusar. Solo te falta comprarte una gaita y apuntarte al grupo de baile regional —ironiza cruza de brazos.
Jimena clava las uñas en las palmas de las manos para no perder el control. Pero es Hugo quien decide dar la cara y se adelanta un paso.
—Victoria, si nos sentamos media hora a revisar los cambios de verdad, verás que…
—Tú cállate —espeta Victoria. La matriarca vuelve la carga contra su hija—. Escúchame muy bien, Jimena. Todavía estás a tiempo de hacer las cosas como se debe.
—No pienso destrozar este entorno. Ya te lo he dicho.
El silencio se vuelve pesado, aplastante. Incluso las gaviotas parecen haber guardado silencio sobre la estructura de la obra. Victoria la escruta durante tres segundos eternos. Después, asiente muy despacio.
—Entendido. Entonces tomaré el control yo misma.
Un escalofrío helado recorre la espalda de Jimena.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Exactamente lo que estás pensando —responde Victoria mientras saca el teléfono móvil del bolso.
Marca un número guardado en marcación rápida y se lo lleva a la oreja—.
¿Alberto? Soy Victoria. Que el equipo técnico y la contrata principal estén aquí mañana a las ocho de la mañana.
Sí, se acabó la cortesía. Que entren las máquinas de inmediato.
—¡Mamá, no puedes pasar por encima de mi dirección de obra! —protesta Jimena.
Victoria cubre el micrófono del teléfono con la mano un segundo.
—Claro que puedo. La firma lleva mi apellido y el capital es mío —afirma con una frialdad glacial.
Suelta dos indicaciones breves y cuelga.
Al guardar el teléfono, su postura es intratable—.
Tienes hasta mañana a las ocho para rectificar.
A las ocho y un minuto asumo personalmente la ejecución del proyecto original.
Y tú te subes a un tren de vuelta a casa.
Jimena siente un nudo amargo atascado en la garganta. Pero antes de que pueda articular respuesta, su mirada se desvía por encima del hombro de su madre hacia la curva del pantalán.