Marea indómita Capítulo 23
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Capítulo 23

La noche sobre la Costa da Morte no es pacífica; es profunda, viva y rugiente. El viento sopla con esa fuerza que arrastra el olor a sal y tierra húmeda, mientras la furgoneta de Mar avanza dando tumbos por un camino de tierra sin asfaltar.

Jimena va agarrada al asidero del copiloto con ambas manos.

—Si el objetivo de esta excursión nocturna es que termine despeñándome por un acantilado antes de llevar a cabo nuestro plan, vas por buen camino—dice Jimena, arqueando una ceja.

Mar fija la mirada en el haz de luz de los faros, que corta la oscuridad densa de la costa.

—Tranquila, arquitecta. Ya era capaz de recorrer este camino con los ojos cerrados desde que tenía diez años —responde Mar con una sonrisa de lado, baja y pausada—. Además, si quisiera hacerte desaparecer, no me molestaría en traerte al sitio más bonito de toda la ría.

—Qué considerada —murmura Jimena, recolocándose la americana sobre los hombros mientras intenta ignorar cómo la proximidad de la capitana eleva la temperatura dentro del habitáculo.

Mar detiene el vehículo junto a un claro rodeado de pinos y rocas oscuras. Apaga el motor y los faros, dejando que la penumbra de la noche se llene de inmediato con el estruendo rítmico del oleaje rompiendo abajo, en la orilla.

—Hemos llegado —anuncia Mar.

Abre la puerta y baja de un salto. El aire helado entra en la furgoneta, pero cuando Mar rodea el capó y abre la puerta del copiloto, la calidez que emana de su figura invalida al viento.

—¿Vas a bajar o necesitas que te traiga una alfombra roja? —bromea Mar.

Jimena la fulmina con la mirada antes de aceptar el agarre. La piel cálida de Mar entra en contacto con la suya y una corriente eléctrica, viaja directa al bajo vientre de la mujer.

—No tientes a mi lado sibarita, Sotomayor —replica Jimena mientras intenta posar un pie en el suelo irregular. Pero el tacón de su zapato se hunde en la tierra y pierde el equilibrio momentáneamente.

Antes de que pueda tropezar, los brazos de Mar reaccionan por reflejo. La rodea por la cintura y la pega a su espalda.

Sin pedir permiso, Mar la levanta en brazos con una facilidad pasmosa que arrebata el aliento a la arquitecta. Jimena suelta una pequeña exclamación de sorpresa y, por instinto, rodea el cuello de la capitana con ambos brazos, hundiéndose en el calor de su piel.

—¿Qué haces? —pregunta Jimena, aunque la contención ha desaparecido de su voz.

—Ahorrarte un esguince —replica Mar, caminando a través del senderillo que desciende entre las rocas hasta desembocar en una cala diminuta, abrazada por acantilados de granito y cubierta de arena fina y oscura.

El lugar es un santuario privado. La luna se refleja en el agua con una nitidez casi irreal, creando una estela plateada sobre las olas.

Mar deja a Jimena sobre la arena, a resguardo de la brisa bajo la sombra de una gran mole de piedra, templada aún por el calor que ha absorbido del sol durante la tarde.

Jimena se descalza de inmediato, tirando los zapatos de diseño a un lado sin volver a mirar por ellos. Siente la arena bajo la planta de los pies y deja escapar un suspiro profundo, deshaciéndose del estrés, de la presión de su madre y de las reuniones.

—Tenías razón —admite Jimena, observando el anfiteatro natural de rocas y mar que la rodea—. Es espectacular.

Mar da un paso hacia ella, acortando el espacio hasta que solo un suspiro las separa.

—No te he traído aquí solo para que mires el paisaje, Alarcón —dice la bióloga, perdiendo todo rastro de broma. La intensidad en su mirada es abrasadora.

—¿Ah, no? ¿Y para qué me has traído? —provoca Jimena, alzando el mentón con ese orgullo incorregible que tanto atrae a la capitana.

—Para que te olvides de las maquetas, de las firmas, de los presupuestos y de todo lo que te impide estar aquí, ahora mismo, conmigo.

Mar alza una mano y acaricia la línea de la mandíbula de Jimena con la yema del pulgar, descendiendo por el cuello hasta rozar la clavícula. Jimena se estremece visiblemente. La frialdad de la noche contrasta de forma brutal con el calor punzante que recorre su piel donde los dedos de Mar la tocan.

—Estoy aquí. Siempre contigo —responde Jimena, fijando la mirada en los labios de Mar.

Mar la acorrala contra la pared de granito y atrapa su boca en un beso urgente, hambriento y profundo.

Jimena ahoga un gemido dentro de la boca de la capitana y pasa las manos por la espalda de Mar, agarrándose a la tela de su ropa para pegarla aún más a su cuerpo.

Mar responde profundizando el contacto, deslizando la lengua con maestría, marcando un ritmo dominante que hace que a Jimena se le aflojen las rodillas.

Con impaciencia, Mar agarra la americana de marca de Jimena por los hombros y se la quita de un tirón, dejándola caer sobre la arena sin miramientos. Jimena ni siquiera protesta; al contrario, sus dedos encuentran la ropa de la bióloga y empieza desnudarla.

—Despacio, capitana… —susurra Jimena entre besos, mientras sus manos logran rozar por fin el torso desnudo de Mar, admirando la firmeza de sus músculos y la calidez bronceada de su piel.

Mar desliza las manos por los costados de Jimena, buscando la cremallera de su pantalón de vestir. En segundos, Mar deja a Jimena solo en lencería de encaje sobre la arena, expuesta a la brisa nocturna y a la mirada encendida de la bióloga.

—Eres impresionante, Jimena —dice Mar, apreciando la silueta elegante y moldeada de la arquitecta bajo la luz de la luna.

—Menos cháchara y más acción, Sotomayor —exige Jimena, tirando del cuello de Mar para volver a estrellar sus labios contra los suyos mientras arquea la cadera buscando el contacto.

Mar la complace sin dudar. Despoja a Jimena de las piezas restantes, sin dejar de besarla, haciendo que el roce de la arena fina bajo las nalgas de la arquitecta y el calor de la pared de granito tras su espalda creen un mapa sensorial abrumador.

Mar se arrodilla entre las piernas de Jimena. La brisa roza la piel desnuda de ambas, pero la temperatura corporal es sofocante. La capitana desliza sus manos por los muslos de Jimena, separándolos y situándose en el centro mismo del deseo de la mujer.

—Mira lo que me haces, arquitecta —murmura Mar, observando la humedad brillante que delata el estado de entrega absoluta de Jimena.

Jimena echa la cabeza hacia atrás contra la roca, buscando aire mientras los dedos de Mar empiezan a acariciar la zona más sensible de su anatomía con trazos lentos, pautados, que le sacan un gemido agudo de los labios.

Mar sonríe, desliza sus dedos en el interior de Jimena con un movimiento contundente y certero. Jimena se clava en sus hombros, hundiendo sus uñas en la piel firme de la capitana mientras un jadeo ronco se pierde en el rumor de las olas.

El ritmo que impone Mar es implacable, marcado por la experiencia y el conocimiento del cuerpo ajeno.

Entra y sale, combinando el trabajo interno con la presión constante del pulgar sobre el clítoris de Jimena.

Al mismo tiempo, Mar desciende su boca hacia el pecho de la arquitecta, rodeando un pezón erguido con los labios y succionando con fuerza calculada.

—¡Ah! Mar… —grita Jimena, incapaz de contener la voz en medio de la inmensidad de la cala desierta.

Las sensaciones chocan en su cabeza: el aire frío en la piel, el sabor a salitre en los besos, el peso y la calidez del cuerpo de Mar sobre el suyo, y ese movimiento rítmico que la está llevando al límite.

Pero Jimena Alarcón no es una mujer que se limite a recibir. Con esfuerzo de voluntad, se incorpora levemente, agarra a Mar por la cintura y la obliga a cambiar de posición, empujándola sobre la chaqueta de sastre que descansa en la arena.

—No pienses que vas a dirigir tú sola este proyecto, capitana —dice Jimena con la respiración desbocada y los ojos chispeantes.

Mar suelta una carcajada ronca, complacida por la resistencia y el fuego de la otra. Jimena se sitúa sobre ella, terminando de desnudar a Mar. Cuando ambas están piel con piel, el choque térmico y sensorial las hace jadear a la vez.

Jimena se desliza hacia abajo, devolviendo cada caricia y cada provocación. Su boca encuentra la piel del vientre de Mar, bajando con besos húmedos y mordiscos que hacen que la capitana tuerza los dedos entre la arena seca.

—¿Te gusta mandar, Sotomayor? Vamos a ver cuánto aguantas —desafía Jimena antes de hundir su cara entre las piernas de Mar.

La respuesta de Mar es arquear la cadera. Jimena utiliza su lengua con elegancia y firmeza. Lame saboreando el salitre y la esencia propia de la bióloga, mientras introduce sus dedos dentro de la capitana.

—Maldita seas, Jimena… —gruñe Mar, perdiendo la postura relajada para aferrarse con fuerza a las caderas de la arquitecta.

El dominio pasa de una a otra en un baile de poder y rendición mutua.

Jimena acelera el ritmo de su boca y de sus dedos, buscando las reacciones de Mar, disfrutando de cada gemido bajo y ronco que escapa del pecho de la mujer que creía inquebrantable.

La capitana se mueve de forma espasmódica, buscando más presión, incapaz de frenar la ola de placer que la arrolla.

—No pares… no pares —pide Mar con la voz rota.

Jimena incrementa la intensidad. El cuerpo de Mar se tensa al máximo, sus abdominales se marcan rígidos bajo la luz de la luna y suelta un grito ahogado mientras el clímax la sacude por completo.

Sin darse tiempo a recuperarse, Mar tira de Jimena hacia arriba, atrayéndola por la nuca para volver a besarla con rabia y pasión. La coloca debajo de ella, entrelazando sus dedos con los de Jimena contra la arena para tomar la iniciativa.

El movimiento conjunto de sus cuerpos, el sonido del mar rompiendo a pocos metros y la intensidad del contacto directo llevan a Jimena al borde del precipicio.

Mar acelera la fricción de sus dedos, acompañando los gemidos de Jimena con su propia respiración agitada, empujándola sin piedad hacia el límite.

Jimena grita cuando la ola del orgasmo estalla en su interior, una onda expansiva de calor que le recorre desde el vientre hasta la última fibra de su ser.

Se contrae con fuerza alrededor de los dedos de Mar, gritando su nombre contra el hombro de la capitana mientras esta la sostiene firmemente, sintiendo las ondas del placer ajeno resonar en su propio cuerpo.

El silencio regresa poco a poco a la cala, rompiendo solo por el batir constante del agua y el sonido acelerado de dos respiraciones que buscan recuperar el pulso habitual.

Mar abraza a Jimena por la espalda, pegando su pecho para protegerla de la brisa nocturna. Jimena apoya la cabeza en el brazo de Mar, sintiendo la latida fuerte y constante del corazón de la capitana.

—Supongo que esto tampoco venía incluido en el informe de impacto ambiental —murmura Jimena con una sonrisa cansada pero plenamente satisfecha, cerrando los ojos al sentir los besos que Mar le deposita en el hombro.

—Este impacto es totalmente ecológico y sostenible, arquitecta —sonríe Mar contra su piel, rodeándola con más fuerza—. Aunque me temo que va a dejar secuelas permanentes en el proyecto.

Jimena deja escapar una risita y se gira levemente para mirar a Mar a los ojos. En la penumbra, el malestar que le ha dejado la reunión ha desaparecido por completo, sustituida por una complicidad indomable que promete transformar mucho más que las obras del resort.