Marea indómita Capítulo 22
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Capítulo 22

La estación bulle con el ir y venir constante de viajeros que arrastran maletas con prisa, concentrados únicamente en sus relojes y en sus destinos.

Mar Sotomayor se apoya contra la puerta de su vieja furgoneta, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón vaquero.

Ha llegado casi media hora antes de lo previsto, no porque el tráfico gallego pudiera retrasarla en ningún momento, sino porque la idea de quedarse en casa esperando con el runrún en la cabeza le resultaba insoportable.

No deja de consultar el panel de llegadas, luego el reloj de la estación y, finalmente, las vías del tren.

Ni siquiera recuerda la última vez que se sintió tan jodidamente nerviosa por recoger a alguien.

Se repite en silencio, una y otra vez, que solo viene a buscar a Jimena y a Hugo después de una reunión importante en Madrid.

Que es pura cortesía. Sin embargo, sabe perfectamente que se engaña a sí misma.

Desde que la arquitecta irrumpió en su vida con sus trajes caros y un proyecto que amenazaba con transformar la ría por completo, todo su mundo cambió.

Los primeros viajeros empiezan a emerger por la puerta, cargados con maletas de todos los tamaños. Su mirada atraviesa la multitud con una impaciencia feroz hasta que distingue la figura de Hugo, que avanza el primero.

Basta con observar su expresión para que las tripas de Mar se contraigan.

No está sonriendo. Avanza despacio, casi arrastrando los pies, con los hombros hundidos.

Unos metros por detrás aparece Jimena, y a Mar se le corta la respiración.

La arquitecta lleva el ordenador portátil colgado del hombro y arrastra una pequeña maleta de mano.

Su pelo, habitualmente perfecto, luce algo revuelto por el viaje, y el cansancio dibuja sombras suaves y oscuras bajo sus ojos.

Sin embargo, lo que más inquieta a la bióloga no es el agotamiento visible, sino su mirada.

Mar da dos pasos adelante a toda prisa, acortando la distancia.

—¿Qué ha pasado? —pregunta directamente, yendo al grano.

Hugo deja la mochila en el suelo antes de responder, frotándose la nuca para ganar tiempo.

—Lo hemos intentado.

Mar gira inmediatamente la cabeza hacia Jimena, buscando respuestas en sus ojos.

—Creía que todo había ido bien —dice Mar.

Jimena lanza un suspiro.

—Los inversores estaban convencidos. Les gustó el proyecto, de verdad.

Mar da un paso más, quedando a escasos centímetros de ella. Siente el impulso físico de estrecharla contra su pecho, pero se contiene, limitándose a devorarla con la mirada.

—Entonces… ¿qué ha fallado? —le pregunta.

Jimena niega con la cabeza, dejando escapar un suspiro.

—Mi madre apareció a mitad de la reunión. Sin avisar. Les dejó claro que, si el resort no se construye conforme al diseño original, rompería todos los contratos de los desarrollos hoteleros que tenemos firmados con su grupo inversor. Fue un chantaje en toda regla.

Hugo resopla con frustración y cruza los brazos sobre el pecho, apoyándose en una columna.

—Ha sido una jugada maestra, desde luego.

—Los inversores se echaron atrás —añade Jimena.

Mar permanece unos segundos observando a Jimena. Sin pensarlo dos veces, Mar da un paso definitivo hacia ella.

—Oye —dice, obligándola a mirarla—. Esto no va a quedar así. No después de todo el esfuerzo que has puesto para salvar nuestra costa. No te voy a dejar tirar la toalla.

Jimena levanta despacio la cabeza y sus miradas se cruzan de lleno. Una chispa de luz y de agradecimiento despunta en los ojos de la arquitecta.

—Eso mismo dije antes de salir de la torre —confiesa Jimena, con un amago de orgullo en la voz—. Que no pienso rendirme tan fácilmente ante ella. Todavía podemos ganarnos al consejo.

Mar siente un impulso salvaje, una necesidad imperiosa de borrar cualquier rastro de derrota de esas facciones que la tienen trastornada. Extiende una mano y, con una delicadeza que contrasta con su habitual brusquedad, le roza el brazo.

—Tengo una idea. En llegar podemos ir al chiringuito —sugiere Mar, ensanchando la sonrisa—. Nos debemos un buen homenaje.

Hugo levanta la cabeza.

—¿Comida y alcohol? Dios bendiga a la ciencia marina. Después del día que llevamos, firmo donde sea.

Por primera vez desde que bajó del tren, Jimena sonríe de verdad. Es una sonrisa pequeña, tímida, pero auténtica, que le ilumina por completo el rostro.

—Acepto el plan —responde Jimena—. La verdad es que lo último que me apetece es encerrarme en el hostal a repasar las amenazas de mi madre.

*

Dos horas y media después, la Costa da Morte los recibe de nuevo con ese olor familiar y rotundo. El chiringuito de Lía está lleno a rebosar. Desde la terraza, el rumor constante y salvaje del mar se mezcla con las conversaciones animadas y el tintinear alegre de los vasos que chocan.

Nada más ver aparecer la furgoneta, Lía sale de la cocina secándose las manos en un paño, con una sonrisa enorme que le rediseña el rostro.

—¡Hombre! ¡Ya estáis aquí! —exclama a viva voz, abriendo los brazos de forma teatral—. Venid aquí antes de que Roi se limpie los dedos con lo que queda en las potas.

Las carcajadas estallan enseguida, aligerando el ambiente de un plumazo. Alrededor de la mesa ya los esperan impacientes Noa, Carme, Roi y Santi, que hoy luce una sonrisa de oreja a oreja aprovechando su tarde y noche libre mientras un compañero se ocupa del hostal.

—¡Por fin llegáis! —dice Noa, levantándose para envolver primero a Jimena en un abrazo cálido y luego propinarle otro a Hugo—. ¿Qué tal ha ido?

Hugo mira un instante a Jimena, buscando su aprobación silenciosa antes de soltar la bomba.

—Regular, la verdad —admite.

—Muy regular, por no decir que ha sido una escabechina —corrige Jimena con total franqueza, sentándose en el banco de madera—. La reunión iba sobre ruedas, pero mi madre decidió hacer una entrada triunfal y dinamitar el acuerdo.

El ambiente pierde un punto de ligereza durante unos segundos, pero Lía no da margen a que el drama eche raíces.

—¡Se acabó! Ahora solo hay que concentrarse en comer.

Sobre la mesa se despliega una auténtica fiesta para los sentidos

Todos ríen y disfrutan. Jimena también lo hace, aunque Mar, que no le quita el ojo de encima ni un segundo, nota cómo la risa le dura apenas unos instantes antes de que su mirada vuelva a perderse hacia el mar.

Sigue dándole vueltas a la cabeza. Aunque poco a poco, Jimena empieza a aflojar los hombros y a dejarse llevar por el ritmo caótico y gamberro del grupo.

Mar se pone en pie con decisión y clava su mirada en Jimena.

—Quiero decir una cosa —anuncia la capitana—. Cuando este par apareció por el puerto, yo estaba convencida de que cualquier persona de ciudad que llegara aquí con trajes caros y billetes solo quería marcharse dejando detrás un cementerio de hormigón, destrucción y fotos para el recuerdo.

Hace una pausa dramática, dejando que el silencio envuelva la terraza. Jimena la observa sin pestañear, con el corazón dándole un vuelco en el pecho.

—Y tengo que admitir ante todos que me equivoqué —continúa Mar—. Quiero agradeceros de corazón que estéis haciendo todo lo posible por este lugar. Porque me has demostrado que tener éxito y un determinado estatus no está reñido con tener escrúpulos.

Jimena nota cómo se le humedecen los ojos.

—Sin la menor duda, venir aquí ha sido el mejor descubrimiento de mi vida —responde Jimena, con la voz temblando—. Gracias, Mar. De verdad. Gracias a todos.

Las copas chocan unas con otras en un brindis ruidoso y colectivo.

—¡Por la ría limpia y viva! —exclama Hugo.

—¡Por la Costa da Morte! —añade Noa.

Más tarde, mientras Lía y Hugo se enzarzan en un debate acalorado y divertidísimo sobre si el mejor vino del mundo es el albariño o el ribeiro, y Noa intenta convencer a Roi de organizar unas jornadas de divulgación ambiental para los niños del colegio, Carme se acerca discretamente a Mar.

Las dos se apoyan en la barandilla de madera que delimita la terraza, de espaldas al jaleo.

—¿Qué pasa? —pregunta Mar de reojo, intuyendo por dónde van los tiros.

Carme se toma unos segundos, contemplando el romper suave de las olas en la orilla, y después sonríe de medio lado, con sorna.

—Te trae loca, ¿a que sí?

Mar gira la cabeza hacia la mesa. Jimena se está riendo a carcajadas por alguna ocurrencia de Santi, y la luz cálida de las guirnaldas se refleja en sus ojos, dándole un brillo felino, salvaje y terriblemente atractivo. A Mar se le remueve el estómago de una forma que da miedo.

—No te lo voy a negar, Carme —admite la bióloga sin rodeos, con una honestidad que la sorprende—. Es un contraste interesante. Cabezota como ella sola, apasionada cuando se lo propone y con una visión de las cosas que jamás esperé encontrar en alguien que vive en una torre de cristal.

Carme resopla, divertida por el despliegue de palabrería.

—Vaya, qué forma tan poética y profesional de decir que te mueres por meterla en tu camarote. Menos mal que era una estirada insoportable de ciudad a la que no podías ver ni en pintura el primer día.

—Las personas cambian —reflexiona Mar, encogiéndose de hombros.

—No, las personas no cambian tanto. Lo que pasa es que os habéis quitado las armaduras y os habéis conocido de verdad. Y resulta que lo que había debajo nos gusta a todos, especialmente a ti. —Carme le da una palmada en la espalda y la empuja con suavidad—. Anda, tira para allá. Vuelve con ellos.

Mar finge indignación, arrugando la nariz.

—Qué exagerada eres, de verdad.

—Y tú qué poco disimulada —replica Carme, riendo mientras camina de vuelta.

Las dos regresan entre risas al calor del grupo y enseguida piden los postres.

Las carcajadas vuelven a inundar la terraza del chiringuito mientras la noche termina de cerrarse sobre la Costa da Morte, encendiendo un cielo cuajado de estrellas.

Jimena olvida por completo el peso asfixiante de los contratos, de las cláusulas y de la sombra de su madre.

Y Mar, observándola reír libre y relajada, comprende que hay batallas que merece la pena librar hasta las últimas consecuencias.