Marea indómita Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Cállate, Jimena. Como directora ejecutiva y socia mayoritaria, debo hacer constar en acta que el proyecto que se acaba de exponer aquí carece por completo de validez oficial. Y no nos representa.

Hugo se queda lívido, aferrándose al borde de la mesa como si temiera que el suelo fuera a tragárselo. El inversor principal frunce el ceño, visiblemente contrariado.

—Se nos ha presentado esto como una propuesta en firme de la dirección del proyecto —reclama.

Victoria regala una sonrisa cargada de condescendencia.

—Lamento el malentendido, de veras. Pero mi hija se ha extralimitado en sus funciones. Esa propuesta no es más que un ejercicio de idealismo sin pies ni cabeza.

Jimena da un paso al frente, con el rostro encendido y el corazón desbocado.

—No es ningún ejercicio idealista. He dirigido este proyecto sobre el terreno desde el primer día y esta revisión es técnica y económicamente viable.

—Y has olvidado por completo quién firma los cheques, quién mantiene este estudio y quién toma las decisiones finales en esta familia —replica Victoria, con una dureza que congela el ambiente.

Abre la carpeta y desliza varios documentos sobre la mesa—.

El contrato vinculante estipula el diseño original que todos aprobamos hace meses.

Y ese es el resort que se va a construir.

El hotelero intenta mediar, levantando una mano.

—Señora Alarcón, las modificaciones que plantea su hija son muy atractivas para el mercado actual y legalmente viables si se justifican…

—Serían viables si yo las autorizase —lo interrumpe Victoria con una frialdad cortante—.

Y no pienso hacerlo bajo ninguna circunstancia.

—Clava sus ojos en cada uno de los presentes—.

Si este complejo no se realiza según los planos originales, nos retiraremos de la dirección facultativa de forma inmediata.

Y no solo de esta obra. Revisaremos nuestra participación en los otros tres desarrollos hoteleros que tenemos firmados con su grupo inversor.

El silencio que cae sobre la sala es sepulcral, espeso y opresivo. La amenaza queda suspendida en el aire con una claridad brutal: millones de euros en juego, penalizaciones y la ruptura de una alianza histórica. Nadie se atreve a respirar, y Jimena ya siente las náuseas.

El inversor principal carraspea.

—Bien, supongo que… Ante este escenario, creo que lo más prudente es no firmar hasta que analicen sus discrepancias internas y se evalúe el impacto legal. También con el consejo.

Victoria sonríe.

—Una decisión de lo más sensata, caballero.

La reunión se desintegra en cinco minutos de saludos gélidos, disculpas y prisas por salir de la sala.

Los inversores desfilan uno tras otro. Algunos evitan mirar a Jimena; otros le dedican discretas palmadas de lástima en el hombro.

Hugo permanece petrificado en su silla, consciente de que abrir la boca en ese instante sería un suicidio profesional.

—¿De verdad era necesario este espectáculo y humillación?

Victoria deja la carpeta sobre la mesa.

—Absolutamente necesario. Alguien tenía que pararte los pies antes de que cometieras un error de consecuencias catastróficas para nuestra marca.

—¡El proyecto es mejor! —estalla Jimena, perdiendo por un segundo los papeles—. Es más eficiente, está integrado y respeta el entorno. ¡Tú misma has visto la reacción de los fondos!

—Será más barato para ese lugar —escupe Victoria, cruzándose de brazos—. Pero no para los balances de este estudio ni para los compromisos que tenemos firmados.

—¿De verdad todo se reduce a un maldito balance de beneficios? ¿No hay nada más para ti? —pregunta Jimena con los ojos muy abiertos.

Su madre da un paso hacia ella, mirándola con una mezcla de decepción y superioridad.

—Se llama responsabilidad, Jimena. La responsabilidad de mantener una estructura con empleados cuyos sueldos dependen de que no juguemos a ser hermanitas de la caridad. La responsabilidad de cumplir lo pactado con corporaciones internacionales, no con pescadores locales.

—¡Existe una responsabilidad ética con la tierra que destruimos! —insiste Jimena, encarando a su madre a escasos centímetros.

Victoria suelta una carcajada, carente de cualquier atisbo de humor.

—¿Ética? Por favor, Jimena. ¿Desde cuándo dejas que un puñado de pueblerinos te ablanden el corazón y te nublen el juicio de esta manera?

La palabra impacta en el pecho de Jimena como si fuera un golpe físico.

—No vuelvas a llamarlos así en tu vida —advierte Jimena—. No tienes la más mínima idea de quiénes son, ni de lo que valen. Ni de lo que representan.

Victoria arquea una ceja, divertida por el arrebato y camina alrededor de la mesa.

—Vaya, vaya. Así que el problema no son los planos, sino el terreno. Ten un poco de dignidad y decoro, Jimena. No toleraré ni un solo retraso más por tus caprichos personales.

—Ellos no me han obligado a cambiar de perspectiva —aclara la arquitecta—. He sido yo la que ha abierto los ojos.

—¿Segura? —Victoria se detiene en seco, clavándole una mirada inquisitiva—. ¿Entonces qué es lo que ha pasado exactamente en esa ría, Jimena? Explícamelo, porque no entiendo este ridículo ataque de romanticismo barato.

Jimena guarda silencio. Las palabras se le atascan porque sabe que su madre jamás lo entendería.

¿Cómo explicarle el sabor a sal de unos besos robados bajo la tormenta?

¿Cómo resumir que una bióloga marina y capitana, con peto vaquero gastado, ha puesto del revés toda su escala de valores?

¿Cómo explicarle que ha descubierto un fuego que quema más que el éxito profesional?

Victoria interpreta el mutismo de su hija como una confesión de debilidad. Niega con la cabeza.

—Eres una arquitecta brillante. Siempre lo has sido. Y me parece patético ver cómo tiras tu carrera por la borda dejándote arrastrar por sentimentalismos absurdos que no conducen a ninguna parte.

—No son sentimentalismos absurdos —responde Jimena—. Es arquitectura de verdad. La buena arquitectura dialoga con el paisaje, lo enriquece y lo respeta. No lo devora por codicia. Y yo no pienso ser la responsable de ese desastre.

Victoria recoge su carpeta, recolocándose la americana blanca. Camina hacia la salida y justo antes de cruzar el umbral, se detiene sin girarse.

—Cuando recuperes la cordura y el sentido común que solías tener, volveremos a hablar de tu futuro en esta empresa. Y procura no volver a poner en evidencia el apellido Alarcón. Las consecuencias no te van a gustar.

La puerta se cierra tras ella. El silencio posterior es casi ensordecedor. Jimena se queda inmóvil en el centro de la sala, con la mirada perdida en la mesa.

Hugo rompe el vacío arrastrando su silla.

—Menudo panorama… —murmura, metiéndose las manos en los bolsillos.

Jimena suelta una carcajada y se pasa una mano por el pelo.

—Qué bonita forma de describir un puto desastre nuclear, Hugo.

El silencio vuelve a reinar durante unos instantes.

Jimena respira hondo, llenando sus pulmones, sintiendo cómo el dolor del golpe se transmuta en una determinación salvaje.

Abre los ojos y en sus pupilas ya no hay rastro de sumisión; hay el mismo fuego que descubrió en los acantilados de la Costa da Morte.

—¿Y ahora qué? —pregunta Hugo, observando la chispa en sus ojos—. ¿Cuál es el plan?

Jimena recoge su iPad de la mesa y lo guarda en el bolso. Mira su teléfono, pensando en el mensaje de Mar, en el Brétema y en la promesa de la bióloga esperándola en el pantalán.

—Nos volvemos a Galicia en el primer tren que salga. Porque si mi madre cree que voy a agachar la cabeza y a dejar que destruya esa ría, es que no me conoce en absoluto. Ese proyecto merece la pena. Y yo no pienso rendirme.