Capítulo 21
El AVE desde Santiago de Compostela entra en Madrid poco después de las nueve de la mañana.
A través de la ventanilla, Jimena Alarcón contempla cómo el paisaje se transforma a toda velocidad.
El verde húmedo, denso y salvaje de Galicia ha quedado atrás, sustituido por una sucesión interminable de polígonos industriales y autopistas.
Por primera vez, el regreso le provoca una opresión en el pecho.
Siente que ha dejado algo esencial varios cientos de kilómetros al noroeste; algo con olor a sal, ojos como las tormentas y una fuerza arrolladora que le altera por completo.
Hugo, sentado frente a ella, cierra el ordenador portátil y estira los brazos por encima de la cabeza, soltando un sonoro bostezo que rompe la monotonía del vagón.
—¿Preparada para lanzarte a los leones? —le pregunta con una sonrisa en los labios.
Jimena despega la mirada del cristal y la clava en su socio. Mueve el cuello de lado a lado, notando los hombros rígidos.
—No especialmente —confiesa, dejando escapar un suspiro que suena a rendición—. De hecho, tengo el estómago del revés. Un mal presentimiento.
—Eso es una buena señal —afirma Hugo, inclinándose hacia delante y apoyando los codos en la mesita.
Ella arquea una ceja, incrédula, mientras cruza los brazos sobre el pecho.
—¿Desde cuándo tener náuseas es una excelente señal?
—Desde que dejaste de creer que podías controlarlo todo, incluida la dirección del viento —explica Hugo con una mezcla de cariño y franqueza—. Demuestra que has evolucionado, que eres alguien mejor. En este mundillo, la flexibilidad cotiza al alza.
Jimena esboza una sonrisa fugaz, un destello que ilumina su rostro pero que muere antes de llegar a sus ojos. Introduce el iPad y varios informes con excesiva energía en su bolso de piel.
—No sé si eso es un halago o tu manera sutil de llamarme neurótica.
—Un poco de ambas, no te voy a mentir —insiste Hugo, recogiendo sus cosas a toda prisa mientras el tren reduce la velocidad de forma drástica hasta detenerse en el andén.
El bullicio de la estación los envuelve de inmediato.
Caminan a paso rápido entre la multitud, pero Jimena siente que las piernas le pesan.
Antes de enfilar las escaleras mecánicas, el móvil vibra en la palma de su mano, y el corazón le da un vuelco al ver el mensaje de Mar: «¿Habéis llegado ya?
Espero que el viaje no haya sido demasiado agotador».
Una sonrisa auténtica y ajena a su control le suaviza las facciones. Se detiene un segundo, ignorando el flujo de pasajeros que la esquiva con prisa. «Acabamos de pisar Madrid. El paisaje ha cambiado demasiado rápido para mi gusto… Echo de menos el mar. Y a su capitana.»
La respuesta llega casi al instante, rompiendo la regla de oro de Mar de no mostrarse demasiado impaciente. Jimena muerde su labio inferior. «Respira hondo antes de entrar. Recuerda que tú has levantado ese proyecto. Nadie tiene derecho a quitarte el poder de hacerlo como quieras».
Jimena se queda clavada mirando la pantalla, ajena al ruido madrileño. Guarda el teléfono en el bolsillo justo cuando Hugo le da un toque en el hombro, señalando el taxi que los espera.
La sede de la firma ocupa las últimas plantas de una imponente torre acristalada en el paseo de la Castellana.
Todo en el edificio destila poder, estatus y dinero.
Jimena recorre los pasillos con el mentón alto, aunque en este momento se siente como una intrusa.
Cada rincón que ella misma ayudó a diseñar parece juzgarla ahora por la audaz traición que lleva bajo el brazo.
Los inversores ya ocupan la enorme mesa ovalada de nogal en la sala de juntas.
Hugo deja el portátil sobre la mesa. Jimena, por su parte, se coloca en la cabecera, organiza sus notas.
Da una calada invisible al aire acondicionado de la sala y visualiza, por un segundo, la fuerza del océano rompiendo en los acantilados.
No puede fallar. No solo se juega su reputación; se juega el futuro de la ría y la confianza de la mujer que la espera al norte.
Las primeras diapositivas proyectan imágenes espectaculares de la Costa da Morte, con su oleaje embravecido y su belleza indómita. Acto seguido, aparecen los gráficos comparativos entre el mastodóntico diseño original y la nueva propuesta.
—Cuando proyectamos este resort hace un año, el objetivo era crear un complejo turístico que fuera el epicentro del lujo sostenible en la costa gallega —comienza Jimena, sin apartar la mirada del resto—.
Hoy mantengo esa misma ambición. Pero la diferencia es que ahora entiendo que el verdadero lujo no puede comportarse como un invasor que destruye el entorno para lucirse.
Debe integrarse en él, respirar con él y respetarlo.
Pulsa el mando y las recreaciones en tres dimensiones cobran vida en la pantalla, mostrando las estructuras.
—El concepto ha cambiado —continúa Jimena, gesticulando con fluidez—. Durante décadas, el éxito consistía en levantar moles de hormigón más altas, ocupar más metros y demostrar el poder económico arrasando con todo. Hoy en día, eso no es exclusividad; es una ordinariez obsoleta.
Una de las principales inversoras del fondo internacional esboza una media sonrisa, anotando algo en su bloc.
—Nuestros clientes potenciales buscan exclusividad, por supuesto, pero también coherencia. Quieren disfrutar de un paraje virgen sin el cargo de conciencia de saber que su suite ha destruido el hábitat de la zona. Por eso, reduciremos el porcentaje de volumen construido en pro a respetar la ría.
Los gráficos técnicos parpadean en la pantalla, detallando la metamorfosis del complejo.
Hugo observa a su socia con alivio y asombro. Jimena tiene los ojos encendidos y una seguridad arrolladora que deja a la sala completamente magnetizada. Al terminar su intervención, Hugo toma el testigo con presteza, poniéndose unas gafas.
—Desde una perspectiva estrictamente financiera, estos cambios incrementan ligeramente la partida presupuestaria inicial —apunta, mostrando las tablas de amortización—.
Sin embargo, el ahorro en la eficiencia energética durante la primera década reducirá los costes de explotación de forma drástica.
Además, contamos con un pilar fundamental: un estudio de impacto medioambiental riguroso, elaborado mano a mano con científicos locales.
Jimena observa la diapositiva donde aparece el nombre de Noa firmando los informes.
Una oleada de orgullo le recorre el pecho.
Pero el corazón le da un vuelco cuando en la siguiente imagen aparece Mar, de espaldas sobre la cubierta del Brétema, señalando el horizonte con esa postura poderosa que la vuelve loca.
—La colaboración directa con la cofradía de pescadores nos asegura una paz social absoluta. Nos evitaremos litigios y posibles denuncias, paralizaciones administrativas que les costarían millones en el futuro.
Uno de los hoteleros levanta un bolígrafo para pedir la palabra.
—¿El apoyo institucional es real o meras palabras bienintencionadas?
—Es absoluto —responde Jimena al instante, cruzándose de brazos—. El ayuntamiento respalda la revisión de forma unánime y la cofradía de pescadores ha firmado el preacuerdo. El pueblo quiere el resort, pero mientras este respete el entorno vivo.
—¿Cuándo tendremos el dossier técnico vinculante con estos nuevos costes?
—Estamos cerrando los últimos flecos del análisis social y ambiental —interviene Hugo con presteza—. En cuanto nuestro consejo también esté de acuerdo, dispondrán de toda la documentación.
El hombre asiente despacio, visiblemente convencido.
Durante los siguientes cuarenta minutos, la sala se convierte en un hervidero de preguntas sobre rentabilidad, plazos y materiales. Y al concluir el turno de preguntas, el socio mayoritario del grupo hotelero junta las manos sobre la mesa y deja escapar un suspiro de satisfacción.
—Admito que venía dispuesto a tumbar cualquier cambio —confiesa con total honestidad—. Pero este enfoque tiene un potencial comercial tremendo. El ecoturismo se vende mejor que cualquier complejo tradicional. Es una propuesta brillante. Un movimiento muy inteligente, Jimena.
El aire en la sala se aligera por fin. Hugo busca la mirada de Jimena tras sus gafas y le guiña un ojo con complicidad.
Ella le devuelve una sonrisa radiante, sintiendo cómo un enorme peso se le desprende de la espalda.
Aprovechando que las secretarias entran a servir café y agua, Jimena busca un rincón y saca el teléfono.
«Los tenemos en el bolsillo. Están entusiasmados con los cambios».
«Qué ganas de celebrarlo… contigo».
Jimena muerde su labio, con las mejillas ligeramente encendidas ante la sugerencia. Guarda el teléfono a toda prisa con el pulso revolucionado justo cuando la puerta doble de la sala de juntas se abre de par en par.
El repiqueteo de unos tacones de aguja rasga el murmullo de la sala. A Jimena se le corta la respiración en el acto y la sonrisa se le congela en los labios.
Victoria Alarcón entra sin pedir permiso, enfundada en un traje de chaqueta blanco inmaculado que realza su figura implacable.
Lleva el pelo recogido en un moño tirante, ni un solo pelo fuera de su sitio y una carpeta de piel negra bajo el brazo.
Ignora por completo la presencia de su hija y se dirige a los inversores con una sonrisa gélida pero deslumbrante.
—Lamento profundamente interrumpir esta idílica presentación —anuncia su voz, impecable y cortante como el cristal—. Pero temo que esta reunión está tomando un rumbo que jamás ha contado con la aprobación ni el consentimiento de la dirección de este estudio.
Jimena se pone en pie de un salto, apoyando las palmas sobre la madera.
—Mamá, por favor… Estamos a mitad de la sesión —interviene, intentando mantener un tono profesional.
Victoria levanta una mano con gesto imperioso, fulminándola con la mirada sin perder la compostura.