Marea indómita Capítulo 20
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Capítulo 20

La distancia entre las dos se ha evaporado por completo dentro del camarote; ya no hay leyes de costas que valgan, ni trabajo en el que quieran pensar. Están ahí, atrapadas en esa gravedad que las empuja inevitablemente hacia el desastre más dulce.

Mar observa a Jimena con fijeza. Sus ojos grises, oscurecidos por el deseo, no parpadean. Alza la mano derecha y posa las yemas de sus dedos sobre la mandíbula de Jimena.

—Estaba deseando tener este rato a solas… —murmura Mar—. Y la paciencia ya se me ha agotado.

Jimena abre los ojos, desafiante a pesar del temblor invisible que la recorre.

—Entonces deja de hablar, capitana.

Mar acorta el último milímetro de separación y atrapa los labios de Jimena en un beso voraz y contundente.

La boca de Mar se mueve con una presión deliciosa, abriendo los labios de Jimena a la fuerza para que sus lenguas se encuentren en un ritmo caliente y húmedo.

Jimena gime contra su boca, enredando los dedos de ambas manos en el pelo revuelto de Mar, tirando de él para pegar sus cuerpos aún más.

Mar la empuja hacia el camastro empotrado en el mamparo de madera oscura.

Jimena cae de espaldas, sintiendo cómo el colchón absorbe el impacto de su cuerpo mientras Mar se sitúa de inmediato entre sus piernas, atrapándola bajo su peso.

La arquitecta flexiona las rodillas, acomodando las caderas de Mar contra las suyas; el roce de sus pelvis a través de la ropa genera una fricción insoportable que arranca un jadeo ahogado de su pecho.

Mar se incorpora levemente sobre los brazos, contemplando a la mujer que tiene debajo.

El pelo de Jimena se esparce ahora como una aureola oscura sobre la almohada, sus mejillas muestran un rubor encendido y sus labios, húmedos y ligeramente hinchados, buscan aire con desesperación.

La capitana estira el brazo hacia el lateral del camastro, donde un cabo de driza trenzado, descansa ordenadamente en un gancho de bronce.

Es un elemento cotidiano de su entorno, pero la mirada que intercambia con Jimena le dota de un significado completamente nuevo.

—¿Quieres probar algo?

Jimena observa la cuerda en la mano de Mar. Su pulso se acelera hasta el límite de la taquicardia, pero en lugar de miedo, una ola de sumisión voluntaria y excitante la inunda. Extiende las manos por encima de su cabeza, apoyando las muñecas contra la madera sólida del camastro.

—Hazlo —responde Jimena, con los ojos clavados en los de la capitana.

Mar sonríe de lado, una expresión cargada de una sensualidad.

Con movimientos rápidos y fluidos, propios de quien ha pasado la vida haciendo nudos bajo tormentas, Mar pasa el cabo alrededor de las muñecas de Jimena.

Aplica un nudo de ballestrinque doble, asegurando los brazos de la arquitecta a los herrajes del mamparo.

La sujeción es perfecta, anulando cualquier posibilidad de movimiento de sus brazos.

Jimena tira instintivamente de las ligaduras; el roce del nylon contra su piel le provoca una descarga eléctrica que la hace arquear la espalda de inmediato.

—Ahora estás completamente a mi merced, arquitecta —susurra Mar, descendiendo de nuevo sobre ella.

—Pruébame —desafía Jimena, jadeando cuando siente las manos de Mar deslizarse entre su ropa.

Las palmas de Mar ascienden por los costados de Jimena, acariciando las costillas con una parsimonia tortuosa.

Sus dedos encuentran el cierre delantero de su sujetador y lo liberan con un movimiento diestro.

El aire fresco del camarote golpea los pechos de Jimena, pero el frío dura apenas un instante, reemplazado de inmediato por el calor abrasador de las manos de Mar, que llenan sus palmas con la firmeza de sus senos.

Con los pulgares, Mar empieza a rozar los pezones erectos, trazando círculos concéntricos que hacen que Jimena eche la cabeza hacia atrás, apretando los labios para no gritar.

Mar baja la cabeza, retira la ropa y atrapa uno de los pezones entre sus labios, succionándolo con fuerza mientras su lengua juega con la punta sensible.

Jimena se agita en el camastro, tirando de las cuerdas que mantienen sus manos presas; el tintineo del bronce resuena en la estancia, fundiéndose con sus gemidos roncos.

La boca de Mar desciende por el estómago de Jimena, dejando un camino de besos húmedos y mordiscos que la hacen estremecerse.

Sin perder el ritmo de la respiración, Mar desabotona el pantalón de Jimena y lo desliza hacia abajo junto con su ropa interior, deshaciéndose de las prendas hasta dejarla descubierta para ella.

Mar se detiene un instante a contemplarla; la luz tenue de la lámpara baña las curvas de Jimena, destacando la humedad brillante que ya asoma entre sus muslos entreabiertos.

—Eres una maldita obra de arte, Alarcón —declara Mar, con los ojos oscurecidos por el deseo.

Mar se despoja de su propia camiseta con un solo movimiento, revelando sus hombros definidos y la musculatura tonificada de su espalda y abdomen.

Jimena, con los ojos fijos en la silueta de la capitana, entreabre las piernas de manera inconsciente, buscando el contacto que anhela con desesperación.

Mar se desviste por completo y vuelve a posicionarse entre los muslos de Jimena, frotando su propio centro, ardiente y húmedo, contra la intimidad expuesta de la arquitecta.

El contacto directo de sus pieles desata una oleada de espasmos involuntarios en el cuerpo de Jimena.

Mar empieza a moverse en un vaivén lento, un roce acompasado que imita el balanceo del Brétema sobre las olas.

Jimena gime, cerrando los muslos alrededor de la pierna de Mar para presionar más el punto de contacto.

El calor es insoportable; cada fricción es una tortura deliciosa que las acerca al abismo.

Mar interrumpe el roce carnal y desciende por el colchón, deslizando su cuerpo entre las piernas abiertas de Jimena. Con las manos, sujeta con firmeza los muslos de la arquitecta, empujándolos hacia arriba y hacia los lados para exponerla por completo a su mirada y a su boca.

—Mírame —ordena Mar, levantando la vista un segundo—. Quiero que veas lo que te hago.

Jimena levanta la cabeza todo lo que puede, con los ojos fijos en la capitana.

Mar se inclina y posa sus labios directamente sobre el clítoris de Jimena, propinando una lamida ascendente y firme que arranca un grito agudo de la garganta de la arquitecta.

Los dedos de Jimena se curvan con fuerza, buscando en vano algo a lo que aferrarse, mientras sus muñecas tiran inútilmente de los nudos marineros.

La lengua de Mar trabaja con una maestría implacable.

Traza círculos concéntricos, alternando la presión de sus labios con succiones lentas y profundas que hacen que Jimena pierda por completo el sentido de la orientación.

La estancia se reduce a ese punto de contacto, al sonido de los jugos vaginales mezclándose con la saliva de Mar y al vaivén constante del mar exterior.

Jimena se agita, sus caderas se elevan del camastro buscando más de esa boca que la está volviendo loca, pero Mar la sujeta con firmeza por las nalgas, anclándola al colchón para controlar el ritmo del placer.

—Mar… por favor… no voy a poder mucho más… —suplica Jimena, con la respiración entrecortada.

Mar no responde. Introduce sus dedos en la intimidad inundada de Jimena, hundiéndolos de golpe hasta los nudillos.

El gemido de Jimena es sordo, profundo. Mar empieza a mover los dedos.

Al mismo tiempo, mantiene la presión de su boca sobre el exterior, coordinando el movimiento de su mano con el ritmo de su lengua.

La velocidad aumenta. El golpeteo de las caderas de Jimena contra la mano de Mar se vuelve frenético.

Los dedos de Mar entran y salen con fuerza, empapados en la esencia de Jimena, provocando un sonido húmedo que llena el lugar.

Jimena siente que las paredes del barco desaparecen; el orgasmo se avecina como una marea de fondo brutal.

—¡Mar! —grita Jimena, arqueando el cuerpo de manera violenta cuando el clímax estalla en su interior.

Las paredes vaginales de Jimena se contraen con espasmos violentos alrededor de los dedos de Mar.

La bióloga sostiene la presión, continuando el estímulo a pesar de las sacudidas del cuerpo de la arquitecta, obligándola a exprimir hasta la última gota de placer de ese espasmo interminable.

Jimena deja caer la cabeza sobre la almohada, con el pecho alzándose y bajando en una respiración rota y superficial, mientras sus piernas tiemblan sin control sobre los hombros de Mar.

Mar se retira despacio, saboreando a la mujer en sus labios.

Sube por el cuerpo de Jimena, cubriéndola de nuevo con su peso.

Su rostro está encendido, sus ojos grises brillan con el triunfo de haber quebrado la compostura de la implacable arquitecta.

Jimena la mira con los ojos nublados, exhausta, pero con una chispa de insatisfacción latente que Mar detecta de inmediato.

—¿Creías que hemos terminado? —le advierte Mar en tono jocoso.

Con un movimiento rápido, Mar deshace los nudos que apresan las muñecas de Jimena.

Las manos de la arquitecta caen, libres pero entumecidas, y de inmediato buscan el cuerpo de la capitana.

Jimena agarra a Mar por las caderas, invirtiendo las posiciones con una fuerza nacida de la pura necesidad de revancha y deseo.

Ahora es Mar quien queda de espaldas en el camastro, con las piernas abiertas y la respiración acelerada, observando cómo Jimena se acomoda entre sus muslos.

Después, desciende entre sus piernas, sin dar tiempo a que Mar se recupere.

Sus dedos buscan la intimidad de Mar, encontrándola tan ardiente y lista como la suya propia.

Jimena introduce un dedo, luego dos, imitando el ritmo contundente que Mar le aplicó minutos antes.

Mar echa la cabeza hacia atrás, clavando las uñas en las sábanas mientras un gemido ronco escapa de sus labios.

La arquitecta aplica toda su atención al cuerpo de la bióloga. Su boca encuentra el centro de Mar.

—Jimena… ahí. No pares —pide Mar.

Jimena obedece, aplicando una presión sutil con los dientes en la base del clítoris de Mar mientras sus dedos continúan el bombardeo interno.

El cuerpo de Mar se estremece por completo.

Una vibración profunda recorre sus músculos justo antes de que se contraiga en un orgasmo violento y ruidoso, gritando el nombre de Jimena contra el techo de madera del camarote.

Minutos después, el silencio regresa al Brétema, alterado únicamente por el rumor constante del mar y el sonido de dos respiraciones que buscan recuperar el compás. Mar y Jimena yacen abrazadas en el camastro, con los cuerpos entrelazados bajo las sábanas desordenadas, cubiertas de sudor y sal.

Jimena apoya la mejilla sobre el pecho de Mar, escuchando el latido acompasado de su corazón. Mueve la mano despacio, trazando con la yema de los dedos el contorno de las costillas de la capitana.

—Mañana salgo muy temprano hacia la estación —murmura Jimena.

Mar busca la mirada de la arquitecta y le aparta con delicadeza un mechón de pelo húmedo de la frente, acariciándole la mejilla con el pulgar.

—Lo sé. Pero no tienes por qué estar nerviosa.

Jimena sonríe, alzando la barbilla para buscar los ojos de Mar. La coraza que suele llevar en el mundo empresarial se ha derretido por completo entre los brazos de la bióloga.

—Me va a costar un mundo concentrarme sabiendo que tú estarás aquí —confiesa Jimena, entreabriendo los labios.

—Entonces asegúrate de ganártelos rápido, Alarcón —susurra Mar contra su boca, rozando sus labios con una lentitud exasperante—. Porque en cuanto vuelvas, no pienso darte ni un minuto de tregua.

Jimena deja escapar un suspiro profundo, cerrando los ojos mientras se acomoda en su cuello, sintiendo el abrazo firme de Mar envolviéndola como un refugio antes de la batalla que le espera.