Capítulo 19
Cuando Jimena llega al puerto, el sol de la tarde derrama un resplandor dorado sobre las tablas de madera del muelle, transformando las aguas en una lámina de cobre líquido que ondula con suavidad.
El Brétema se balancea con lentitud junto al pantalán, sujeto por sus gruesas amarras con esa tranquilidad engañosa que solo poseen los barcos veteranos, como si conociera cada secreto del mar y supiera guardar silencio ante las tormentas.
Mar Sotomayor ya está a bordo. Con una mano enguantada aparta unos cabos mientras revisa el nivel de combustible y organiza la documentación que necesitarán para la salida.
Al levantar la cabeza, ve que Jimena ha cambiado por completo su arsenal de oficina.
Atrás queda la blusa impecable, los tacones imposibles y los pantalones de pinzas.
En su lugar, viste unos pantalones cargo de color arena, unas zapatillas de montaña visiblemente resistentes —seguro que no quiere revivir el último «incidente»— y una camiseta azul marino de manga corta que resalta el tono de su piel.
Anudada a la cintura, también lleva una cazadora ligera junto a una mochila que cuelga de su hombro.
—Wow… Veo que la alta sociedad va aprendiendo cómo funcionan las aguas de verdad —comenta Mar con un tono sarcástico.
—Tampoco te pases —le replica Jimena—. No puedo permitir que me estés salvando el culo a cada rato.
Mar deja escapar una risa, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Eso sería un trabajo a jornada completa, arquitecta, y no sé si mi agenda da para tanto —replica, clavando sus ojos grises en ella con una mezcla de provocación y descaro.
Sin pedir permiso, Mar da un paso al frente y la sujeta por la cintura con una mano para ayudarla a subir.
—Me alegra ver que ya vas teniendo más equilibrio —apunta Mar.
La capitana da un paso atrás, rompiendo la distancia electrizante, y se aclara la garganta para disimular el calentón que ya tiene entre las piernas.
—Será mejor que nos pongamos en marcha.
El Brétema abandona el puerto, deslizándose sobre el agua como un viejo amigo que conoce el camino de memoria.
Mar gobierna la embarcación con una soltura y una elegancia que siguen fascinando a Jimena mientras permanece a su lado, apoyada cerca de la consola, tomando notas en su tableta con absoluta concentración.
Al cabo de un rato, saca una cámara profesional de la mochila y ajusta los parámetros.
—¿Qué necesitas exactamente de este tramo? —pregunta Mar, moviendo el timón para sortear una corriente.
Jimena señala la ladera de la costa con el dedo, entornando los ojos contra el sol.
—Quiero fotografiar toda la línea de edificación prevista desde todos los ángulos posibles. Necesito captar el terreno, la vegetación, dónde quedan las aguas y dónde inciden la luz y las sombras en diferentes momentos de la tarde.
Mar asiente en silencio y Jimena continúa hablando:
—Quiero aprovechar la pendiente natural del terreno. Ir escalonando los módulos de forma orgánica, reducir la altura visible desde el mar y enterrarlos parcialmente en la ladera. Así evitaremos el impacto visual y el complejo se integrará en el paisaje como si siempre hubiera formado parte de él.
Mar reduce la velocidad del barco, maravillada por la pasión con la que escucha a la arquitecta. Jimena pasa el dedo por la pantalla.
—También vamos a eliminar una de las piscinas exteriores que estaban proyectadas.
Prefiero diseñar una única piscina naturalizada.
Mucho más eficiente y en total armonía —explica Jimena, acercándose un poco más a Mar para enseñarle el detalle en la pantalla—.
Eso reducirá drásticamente el consumo general del resort.
—Me gusta cómo suena eso, Jimena —apunta Mar—. Mucho.
Mar ya no dice nada unos instantes después. Se limita a mirarla, absorbiendo cada palabra, cada gesto. Jimena continúa hablando con fluidez. Los ojos le brillan y sus manos dibujan estructuras en el aire.
Llegan al tramo exacto donde se levantará parte del complejo y Mar reduce la velocidad.
El motor queda casi al ralentí, emitiendo un ronroneo sordo, y el Brétema se mece suavemente sobre las olas.
Jimena se mueve por la cubierta con una agilidad sorprendente, fotografiando el perfil de la costa.
Toma medidas aproximadas mediante el sistema de geolocalización de la cámara, murmurando notas para sí misma.
Mar la observa trabajar apoyada en la consola, con los brazos cruzados y una sonrisa embobada que intenta disimular. La mujer que tiene delante es precisa y metódica. Nada que ver con la niña rica de papá que imaginó el primer día.
—¿Qué es lo que buscas? —pregunta Mar, dando un paso hacia ella para situarse a su lado.
—Ver hacia donde cae el sol —responde Jimena sin apartar los ojos—. Si consigo aprovechar la orientación del terreno y las horas de luz, no necesitaremos una climatización artificial agresiva.
Mar deja escapar el aire, y la observa con una sonrisa.
—Gracias —le dice a la arquitecta.
Jimena parpadea, visiblemente sorprendida.
—¿Por qué?
—Por tener el valor de mirar este lugar de otra manera. No todo el mundo en tu posición sabe hacerlo con esta humildad.
Jimena tarda unos segundos en responder. Se recoloca un mechón de pelo detrás de la oreja mientras el barco se balancea con suavidad.
—No he cambiado de opinión, Mar. Solo he dejado de mirar únicamente los planos desde un despacho… y he empezado a ver el paisaje, a las personas y el impacto real de lo que hago.
Cuando terminan la intensa sesión de fotografías y datos, el calor de la tarde empieza a hacerse notar con fuerza en la cubierta. Mar consulta el reloj de su muñeca y propone con total naturalidad:
—¿Quieres que descansemos un poco antes de volver? El camarote está fresco y el motor necesita un respiro.
Jimena estira los brazos hacia arriba desperezándose con un suspiro de alivio.
—No me vendría mal, no.
Jimena sonríe mientras deja la mochila sobre uno de los bancos, pasando la palma de la mano por la madera. La bióloga abre un termo que ha traído consigo.
—Tranquila, hoy no pienso intentar envenenarte con mi café. Lo he traído de A Taberna do Porto.
Jimena inspira profundamente, cerrando los ojos un instante con deleite cuando Mar sirve dos tazas.
—Dios, ahora sí que huele a café de verdad.
—No sabes lo que me costó admitir ante Roi que mi café era imbebible. Fue un golpe directo a mi orgullo —reconoce Mar.
Después de dar un primer sorbo. Jimena abre de nuevo la tableta y la gira, acercándola a Mar para que vea los detalles.
—Mira esto. He estado dándole vueltas a la distribución desde que hablamos en el pueblo.
El modelo tridimensional del nuevo resort aparece en la pantalla. Jimena va ampliando distintas zonas, y su rostro vuelve a encenderse con esa pasión que a Mar empieza a volverle loca.
—Reduciremos casi un veinte por ciento la superficie construida total. Es una barbaridad a nivel comercial, pero compensaremos esa pérdida optimizando el espacio interior. Habrá menos volumen visual y mucha más integración.
Mar observa la pantalla, verdaderamente impresionada por el trabajo y el esfuerzo de Jimena.
—Tu madre se va a tirar de los pelos —bromea la capitana.
—Que se los tire —suelta Jimena con una pequeña risa rebelde—. Además, toda la zona de tránsito que originalmente iba pavimentada con hormigón la sustituiremos por un paseo de pasarelas de madera elevadas. Así protegeremos el entorno.
Mar la mira fijamente, y el respeto que siente en ese momento desplaza cualquier rastro de la antigua desconfianza que sintió hacía la mujer.
—Eso mantendrá el equilibrio ecológico del suelo… Vaya.
Jimena sonríe, satisfecha, inclinándose un poco más sobre la mesa.
—Veo que empiezo a hablar tu idioma, capitana. Poco a poco nos vamos entendiendo.
—Empiezo a creer que sí… y no sabes cuánto me alegra —responde Mar, sosteniéndole la mirada con una intensidad que hace que el aire del camarote se vuelva repentinamente denso.
Mar ya ni siquiera mira la pantalla de la tableta.
Su mirada se ha quedado anclada en Jimena.
En la forma en que sus labios se mueven con gracia al pronunciar cada palabra, en el brillo de sus ojos, en la pasión arrolladora con la que defiende el proyecto.
«Es preciosa», piensa Mar. El pensamiento aparece sin filtros en su mente, provocando que tenga que bajar la vista hacia su taza de café.
—¿Qué pasa? —pregunta Jimena, notando el repentino silencio de la bióloga—. Te has quedado muda de repente. ¿No te gusta la idea de las pasarelas?
La capitana se toma unos segundos. Deja la taza sobre la mesa, y la observa con una sonrisa.
—Estaba pensando… en que me equivoqué contigo desde el primer día. Bastante, de hecho.
Jimena se queda inmóvil, sosteniendo la respiración ante la inesperada confesión.
—Te juzgué por la superficie, y no me molesté en ver la joya que había debajo.
Jimena baja lentamente la tableta, apoyándola en la mesa sin romper el contacto visual. Su corazón empieza a latir con fuerza contra sus costillas.
—Yo también me equivoqué contigo, Mar. Pensé que eras una marinera obstinada, terca y cerrada de mente que solo quería boicotearme por placer… pero eres muchísimo más que eso.
Mar desliza los dedos por la superficie de la mesa, deteniéndose a escasos milímetros de la mano de Jimena.
—Pues yo estoy aprendiendo a adorar una cosa…
—¿El qué? —pregunta Jimena, completamente hipnotizada por la cercanía de esos labios.
—Cuando hablas de tu trabajo se te iluminan los ojos de una manera que... Es jodidamente difícil no quedarse mirándote. Todo el tiempo.
Jimena suelta una risa nerviosa, sintiendo cómo un rubor eléctrico le recorre el cuello.
—Eso es bastante malo para la concentración, ¿no crees?
—Muchísimo. Porque consigues que hasta a mí me entren unas ganas locas de construir ese resort contigo… paso a paso. Y lo que haga falta.
Jimena siente un calor abrasador extenderse por todo su cuerpo.
—Ese es el mejor piropo profesional que me han echado en toda mi vida —responde Jimena—. Y también el más personal.
Mar sonríe, con esa provocación que vuelve loca a la arquitecta, y acerca su rostro un poco más, rompiendo casi toda distancia.
—Es que no tenía absolutamente nada de profesional, Jimena.