Marea indómita Capítulo 18
64%

Capítulo 18

El reloj del salón de plenos marca las doce y diez cuando Jimena Alarcón cruza la puerta del pequeño ayuntamiento. Lleva un tubo portaplanos bajo el brazo, el ordenador portátil colgado del hombro y una carpeta tan repleta de informes que parece un milagro que no estalle.

Esta vez, el ambiente es diferente. Le hubiera gustado tener a Hugo a su lado, pero este ha tenido que acudir a una reunión de última hora.

Jimena se recoloca la correa del bolso y respira hondo. Nota cómo el pulso se le acelera, pero enseguida se obliga a mantener la compostura.

Mar ya está allí, hablando en voz baja con Noa.

El alcalde termina de colocar varias sillas alrededor de una mesa, mucho más grande que la del último encuentro.

A un lado aguardan Anselmo y otros seis representantes de la cofradía, todos con las cejas levantadas y los brazos cruzados sobre el pecho.

No faltan dos mariscadoras de mirada afilada, y una mujer que representa a la asociación de hosteleros.

Jimena traga saliva. Esta la gente que realmente tiene algo tangible que perder.

—Buenos días a todos.

Mar levanta la vista en cuanto la escucha. No sonríe abiertamente, pero sus ojos grises, intensos y resueltos, le transmiten enseguida una tranquilidad muy necesaria mientras deja todo sobre la mesa.

—Bueno —comienza el alcalde, juntando las manos sobre la mesa—. Creo que ya estamos todos. Si os parece bien, podemos empezar la reunión.

El único sonido es el arrastre de las sillas y algún carraspeo cargado de escepticismo. Jimena permanece de pie. Mira uno por uno a todos los presentes e inspira profundamente, notando cómo los ojos de Mar siguen fijos en ella.

—Quiero empezar pidiéndoos disculpas —declara de inmediato.

Pero nadie parpadea ni parece inmutarse—.

Sé perfectamente cuál fue la impresión que di cuando llegué aquí por primera vez —continúa Jimena, dando un par de pasos alrededor de su silla—.

Vine convencida de que traía el proyecto perfecto.

Pensé que bastaba con cumplir una normativa medioambiental.

Una sonrisa amarga y autocrítica curva sus labios al recordarse a sí misma. Anselmo entorna los ojos, pero Jimena no rehúye el contacto visual; sostiene la mirada del viejo marinero con valentía.

—Pero desde que llegué aquí…, he conocido un lugar que merece muchísimo más respeto del que reflejaban mis planos —dice, con una sonrisa en los labios—.

Ellas me han enseñado cosas que ningún máster de arquitectura ni ninguna escuela internacional podría hacer —añade, extendiendo la mano en un gesto abierto hacia Mar y Noa.

Noa baja discretamente la cabeza, mordiéndose el labio. Mar no hace nada, pero la fijeza de su mirada actúan como un escudo invisible para Jimena.

—He comprendido que esta ría no es únicamente un paisaje idílico para que los turistas saquen fotos bonitas y las suban a sus redes —explica Jimena con una convicción que le enciende las mejillas—.

Es una forma de vida completa, un equilibrio delicadísimo construido a base de sudor durante generaciones.

Y también es una responsabilidad que ahora entiendo que compartimos.

Quiero dejar muy claro que reconozco mi arrogancia inicial.

Y que, si luchamos juntos, todavía estamos a tiempo de cambiar este proyecto antes de que hayan consecuencias fatales.

Durante unos segundos, la sala se queda suspendida. La tensión es casi eléctrica.

—¡Vais a llenarnos de hormigón igualmente! —exclama un hombre desde el fondo, poniéndose en pie a medias y señalándola con el dedo—. ¡Mucho ruido y pocas nueces!

Varios vecinos asienten con energía, rompiendo la tregua. Otro golpea la mesa con la palma abierta, haciendo saltar un bolígrafo.

—¡Eso es! Hoy prometéis el oro y el moro, y mañana vendrá otra empresa a traernos la realidad —añade un marinero con voz ronca.

—Los de la capital siempre os sabéis el discurso de memoria —interviene una de las mariscadoras, cruzándose de brazos con desdén.

Jimena encaja cada golpe sin alterar el gesto, asimilando los reproches porque sabe que tienen toda la razón del mundo para dudar.

Justo cuando se dispone a abrir la carpeta para mostrar los cambios, Mar da un paso adelante con una determinación implacable.

No necesita gritar; su sola presencia, firme y curtida por el mar, hace que el murmullo cese de inmediato.

—Escuchadla con atención, por favor —pide Mar, cruzando una mirada rápida con Jimena.

Luego, se gira hacia los vecinos con las manos apoyadas en las caderas—.

Si estoy aquí sentada a su lado no es porque me haya vendido ni porque haya dejado de querer esta ría.

Es precisamente, por lo contrario: porque la quiero con toda mi alma.

Anselmo frunce el ceño y se remueve en su asiento, que cruje bajo su peso.

—Mar… —empieza a protestar, pero la capitana levanta una mano.

—Déjame terminar. Todos los que estáis en esta sala sabéis perfectamente que llevo media vida peleándome con empresas y políticos corruptos cada vez que alguien intenta ponerle un dedo encima a nuestra costa. Y lo volvería a hacer mañana mismo sin pestañear.

Hace una pausa, clavando sus ojos grises en cada uno de los hombres y mujeres de la cofradía.

—Pero también sé reconocer cuándo alguien cambia de verdad, desde dentro y con un par de narices.

Jimena baja la cabeza un segundo, sintiendo un nudo tremendo en la garganta. No se esperaba una defensa tan visceral y tan desinteresada por parte de la mujer.

—Los permisos de la Xunta están ahí —continúa Mar, endureciendo el tono—.

Eso no va a cambiar por arte de magia. El resort se va a construir sí o sí, y lo hará en su forma original a menos que nosotros ofrezcamos una alternativa viable que la ley tenga que aceptar.

Gritar con una pancarta desde la playa ya no es suficiente.

Tenemos que meternos en los despachos y jugar con sus propias reglas para proteger lo que es nuestro.

La mujer de la asociación de hosteleros levanta la mano, dubitativa.

—¿Por qué deberíamos confiar en ella? —pregunta con franqueza.

Mar mira a Jimena de reojo, con una media sonrisa y un brillo en los ojos que roza el desafío.

—Porque ha sido la única persona vinculada a esa firma que ha tenido el valor de plantarle cara a su propia madre y convencer a quienes ponen el dinero de que haya un cambio real.

Anselmo entorna los ojos, resopla y apoya los codos en la mesa, evaluando la situación.

—Las palabras se las lleva el viento, Mar —sentencia el viejo pescador con prudencia.

—Por eso hemos traído toda la información posible, junto a los planos nuevos que yo misma he rediseñado —interviene Jimena, recuperando la iniciativa.

Abre la carpeta con decisión y comienza a repartir copias impresas a cada uno de los asistentes: planos detallados, estudios técnicos con gráficos de colores vivos y modelizaciones en 3D. Cuando todos tienen los papeles entre las manos, Jimena se inclina sobre la mesa.

—El proyecto original contemplaba más de ciento veinte apartamentos turísticos a pie de playa y en la zona de los acantilados —anuncia, señalando el plano con la yema del dedo.

Mar sigue el movimiento de su mano, y Jimena nota la cercanía de su cuerpo—.

Pero ahora, toda esta franja costera pasará a convertirse en una zona de amortiguación ecológica protegida.

Se conservará la vegetación y no cimentaremos justo en esa zona.

Pasa a la siguiente hoja, extendiéndola en el centro.

—Aquí tenéis el estudio hidrodinámico. Las corrientes de la ría mantendrán un intercambio de sedimentos vital para vuestros bancos. Con esta nueva propuesta, el riesgo se reduce a cero porque el espigón ya no se verá afectado.

Anselmo se recoloca las gafas de ver, analizando las líneas. El escepticismo inicial empieza a transformarse en una curiosidad inevitable.

—¿Y el puerto deportivo? —pregunta con voz queda, sin levantar la vista del papel.

—Solo permitiremos embarcaciones ligeras y de recreo sostenible —anuncia Jimena—. Nada de yates que alteren la paz y el fondo marino. Para eso, tendrán que buscarse otro lugar.

Noa aprovecha la situación para añadir:

—¡Y eso no es todo! Hemos metido en el dossier un sistema continuo de monitorización ambiental para que no haya trampa ni cartón —explica con una sonrisa de oreja a oreja—.

Habrá sensores permanentes controlando la salinidad, el oxígeno y la calidad del agua en tiempo real.

Los datos se volcarán en una pantalla pública aquí mismo, en el ayuntamiento, y en una web con trasparencia total.

—¿Y quién nos asegura que la empresa no va a trucar esos sensores cuando les interese? —inquiere una voz, desconfiado por naturaleza.

Jimena se gira hacia él, sosteniéndole la mirada con firmeza absoluta.

—Vosotros mismos. El proyecto incluye la creación de una comisión mixta vinculante: cofradía, técnicos municipales y ambientólogos. Cualquier modificación o lectura sospechosa tendrá que pasar por ahí.

El silencio que sigue ya no es de rechazo. Roi, que ha estado callado observando el despliegue desde una esquina de la sala, da un paso al frente y se apoya en el respaldo de una silla.

—Por favor… —pide, atrayendo las miradas de todos—. Escuchad lo que os está diciendo.

Hace una pausa, mirando primero a Mar y luego a Jimena, dedicándole a esta última una sonrisa franca.

—Entiendo que lo fácil es cerrarse en banda, decir que no a todo y esperar a que vengan con las excavadoras a pasarnos por encima.

Lo difícil, y lo que demuestra inteligencia, es conseguir que, ya que van a construir, se haga bajo nuestras condiciones y de una forma de la que no tengamos que avergonzarnos dentro de veinte años.

—¡Venga ya, Roi! ¿Ahora tú también le bailas el agua? —protesta un marinero, agitando los brazos—. ¡Os está comiendo la oreja con cuatro palabras bonitas!

—¡Los dos hermanos estáis perdiendo el norte! ¡Llevan casi dos semanas invadiendo nuestras tierras! —secunda otro, dando un puñetazo en su silla.

Roi ni se inmuta.

—No. Lo que me haría perder el norte de verdad sería quedarme cruzado de brazos viendo cómo deciden el futuro en los despachos de una multinacional sin que nosotros hayamos movido un dedo para defendernos.

Los murmullos vuelven a cruzarse, subiendo de intensidad. El ambiente amenaza con volver a encenderse, pero Noa suelta un sonoro carraspeo que corta las discusiones de raíz.

—A ver, que se nos está olvidando una parte muy jugosa de todo esto —interviene la chica, poniéndose en pie—.

Siempre nos ponemos en lo peor, pensando en lo que nos van a quitar.

¿Pero y si pensamos en lo que les podemos obligar a ganar?

¿No os dais cuenta de la oportunidad que tenemos para mostrarles nuestra identidad?

Los vecinos la miran, desconcertados.

—Gastronomía gallega de verdad en sus restaurantes —continúa Noa, gesticulando con las manos—.

Suministro de la lonja. Rutas turísticas guiadas por nuestras mariscadoras.

Educación ambiental obligatoria para los clientes del resort.

¿Os imagináis lo que supondría que cada turista que pise este pueblo aprenda el respeto que cuesta sacar un percebe?

¿Que vean cómo funciona una subasta real? ¿Que entiendan el valor del pulpo?

Una de las mariscadoras, la más escéptica al inicio, esboza una sonrisa de medio lado, contagiada por la idea.

Jimena mira a Noa, fascinada. Eso no estaba en los planes, pero de inmediato, se da cuenta de que es el alma que le faltaba al proyecto.

Busca los ojos de Mar y descubre que la capitana ya la está observando con una sonrisa diminuta, casi íntima, que le acelera las pulsaciones.

—El turismo no tiene por qué ser una plaga que viene a hacerse la foto y a dejar basura —añade Mar, fijando su mirada gris en Jimena—. Puede ser una fuente de ingresos que se adapte a nuestra forma de vida, no al revés.

Anselmo se queda completamente inmóvil, procesando la avalancha de información. Da unos golpecitos con el dedo sobre el plano, se quita las gafas y mira fijamente a la arquitecta.

—¿De verdad vas a hacer todo esto o nos la vas a jugar en cuanto firmemos el papelito? —pregunta con gravedad.

—Estoy dispuesta a blindar cada uno de estos puntos bajo responsabilidad penal y contractual si es necesario.

Pero los inversores solo entienden de números y viabilidad a largo plazo.

Si les demostramos que este modelo alternativo evitará litigios judiciales y encima les lava su futura imagen pública…

, os aseguro que firmarán lo que sea con tal de empezar a construir.

El alcalde, viendo la oportunidad de apuntarse un tanto histórico, interviene:

—Y el Ayuntamiento respaldará este dossier con un informe técnico favorable e institucional, Anselmo.

El viejo marinero pasea la mirada con lentitud por toda la sala. Se detiene en las mariscadoras, en los hosteleros, en Roi y en Noa. Finalmente, clava sus ojos en Mar con una intensidad casi paternal.

—¿Tú pondrías la mano en el fuego por ella? —pregunta, exigiendo una respuesta.

Mar sostiene el pulso de la mirada de su viejo amigo. La sala se queda en un silencio sepulcral. Jimena nota cómo el corazón le golpea el pecho con fuerza, esperando el veredicto de la capitana. Mar se toma un par de segundos, se humedece los labios y responde:

—Estoy dispuesta a caminar a su lado para que esto salga adelante. Y eso es exactamente lo que pienso hacer.

Anselmo deja escapar un suspiro larguísimo, liberando toda la tensión acumulada en los hombros.

—Está bien —concede, dejando caer las manos sobre la mesa—. Hagámoslo.

Los vecinos se miran entre sí, asimilando las palabras. Anselmo mira al resto de marineros uno por uno.

—Si nos va a tocar pelear por el futuro de nuestra ría… —sentencia con su habitual firmeza—, lo haremos juntos y con las cartas sobre la mesa.

Uno tras otro, los rostros de la sala comienzan a mudar el ceño fruncido por gestos de asentimiento.

Jimena expulsa el aire que parecía tener atrapado en los pulmones desde que entró al edificio. Aliviada, busca con la mirada a Mar. La capitana ya la está observando con intensidad.

La reunión se prolonga durante una hora más, convirtiéndose en un hervidero de preguntas técnicas, sugerencias ingeniosas y debates que limpian el aire viciado de la sala.

Al final, cuando todos se levantan entre murmullos animados y despedidas informales, el ambiente es radicalmente distinto.

La desconfianza se ha disuelto, dejando paso a un propósito compartido.

Mientras recogen los papeles esparcidos por la mesa, Mar busca a Jimena. Con un movimiento rápido y disimulado, sus dedos rozan la mano de la arquitecta.

—Lo hemos conseguido.

Jimena sonríe, ordenando los folios, reflejando el inicio de un pacto que no tenía idea de poder conseguir.

—Sí, parece que sí.