Marea indómita Capítulo 17
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Capítulo 17

Mar empuja la puerta de casa con las llaves tintineando en la mano.

Entra con la firme convicción de encontrarse la vivienda desierta, dispuesta a darse una ducha rápida y camuflar las pruebas de su noche de desenfreno, pero el destino tiene otros planes.

Y esos planes tienen nombre de hermano sumamente cabreado.

La cocina la recibe inundada por una luz dorada y cálida que atraviesa las cortinas de cuadros azules, aquellas que su abuela Aurora defendió con uñas y dientes y que jamás permitió cambiar.

La vieja alacena de castaño sigue presidiendo la estancia, imponente y con ese olor a hogar de siempre.

Y sobre la robusta mesa descansan dos tazas de café humeante que desprenden un vapor que grita: «se viene interrogatorio».

Roi tiene los brazos cruzados sobre el pecho y unas ojeras de campeonato. Ni siquiera levanta la cabeza al escuchar el sonido de la puerta. Solo se limita a remover el café con una parsimonia.

—¿Dónde narices has estado toda la noche? —inquiere su hermano.

Mar arquea una ceja, adopta su postura de capitana al mando y sostiene la mirada de su hermano antes de coger la taza y sentarse frente a él. El aroma intenso del café le llega con ese sutil toque de canela que Roi siempre le pone, arrancándole una sonrisa involuntaria.

—Vaya, has aprendido a pillarle el punto mejor que yo —comenta Mar, intentando desviar los cañones hacia un terreno menos peligroso.

—No me cambies de tema, Mar —responde Roi con sequedad. Después, deja la cucharilla a un lado y se inclina hacia delante, acortando distancias—. No me hace ni pizca de gracia.

Mar apoya la espalda contra el respaldo de la silla, que protesta bajo su peso.

—Por si se te ha olvidado, soy bastante grandecita. Tengo una edad, un barco y las ideas muy claras. Puedo hacer con mi vida lo que me venga en gana sin tener que rellenar un parte de novedades cada vez que salgo por la puerta.

—Eso ya lo sé —escupe él, aunque el vaivén de su pie bajo la mesa demuestra que no lo entiende demasiado—. Pero te he llamado y no ha habido manera. Estaba preocupado.

—Tenía el móvil en silencio, se me pasó por completo —explica Mar, mientras le da un sorbo al café, dejando que el líquido le entibie la garganta—. Estoy aquí, entera, sana y salva.

—No juegues conmigo —insiste Roi.

—Estoy hablando en serio —replica su hermana.

—Pues no lo parece. —Roi le da un sorbo al café—. También llamé a Carme, y no tenía idea de donde estabas.

—Veo que has estado jugando a los detectives —suelta ella con un bufido.

Mar resopla. No le molesta el instinto de protección de su hermano, sino la rapidez con la que las piezas encajan en un lugar tan pequeño.

—O sea, que el runrún que corre por el muelle es verdad. Has pasado la noche con esa mujer. Otra vez —suelta Roi. Hay un deje tan despectivo en la palabra «esa» que Mar se eriza al instante.

—Esa mujer tiene un nombre y se llama Jimena —lo frena Mar.

—Eso me importa una mierda.

—Pues a mí no —le espeta Mar, se cruza de piernas y le pega otro sorbo al café, desesperando enormemente a su hermano—.

Y a partir de ahora, vas a hablar de ella con respeto.

¿Te queda claro? Quiero que dejes de tratarla como si fuera el demonio en persona cuando ni siquiera te has sentado a hablar con ella —lo ametralla.

—¿Y tú sí la conoces tanto como para poner las manos en el fuego con lo que está haciendo?

Mar duda un par de segundos. Una milésima de segundo de vacilación que para Roi es una confesión en toda regla. Su hermano tuerce el gesto, sacando conclusiones a la velocidad de la luz.

—Lo suficiente —sentencia ella con la barbilla en alto.

Él suelta una carcajada.

—Ya veo. Claro que sí. Seguro que metiéndote en su cama todos estos días has tenido tiempo de repasar todos sus antecedentes y comprobar lo buena persona que es —dispara el dardo.

Mar no se mueve un milímetro. No parpadea, no se sonroja ni siente la más mínima necesidad de pedir perdón por lo que ha disfrutado entre sábanas ajenas. Lo único que le escuece, y le escuece de verdad, es el tono de desprecio con el que su propio hermano la está juzgando.

—¿Esa es la opinión que tienes de tu hermana? —pregunta Mar, apretando con fuerza la taza de café.

Roi la mirada, incómodo, aunque la tensión no abandona sus facciones.

—No —admite a regañadientes—. Sabes que no.

—Entonces cuida la lengua y mide cómo me hablas —le advierte Mar, con los ojos entrecerrados.

—¿Y tú has medido las consecuencias de lo que has hecho? —contraataca él, recuperando el terreno perdido.

Mar le sostiene la mirada. No va a bajarse los pantalones ni va a mentirle. Jamás lo ha hecho.

—Sí. Sabía perfectamente lo que hacía —responde Mar con una sobriedad aplastante—. Pero deberías de darme un voto de confianza, ya me conoces lo suficiente, ¿no?

—¿Confianza? —Roi suelta una carcajada incrédula y se revuelve el pelo con desesperación—. Mar, llevamos meses luchando contra la construcción de ese maldito resort, y tú vas y te lías con la arquitecta jefe del proyecto. ¿Cómo pretendes que reaccione?

—No lo reduzcas todo a eso, Roi. Las cosas no son blancas o negras —pide Mar.

—¿Pues cómo quieres que lo vea entonces?

Mar se toma un respiro, llena los pulmones de aire y continúa:

—Te voy a repetir palabra por palabra lo que también le dije a Anselmo. No tenemos el poder para frenar esto. El resort se va a levantar.

—Eso lo dirás tú —la interrumpe Roi con la terquedad grabada en la frente.

—No, lo dicen los visados del colegio de arquitectos, las licencias aprobadas, los informes medioambientales que han trampeado y una inyección de millones frente a la que un ayuntamiento de pueblo no puede hacer absolutamente nada. Peleamos contra gigantes, Roi.

—Siempre hay resquicios —insiste su hermano, obcecado.

—Sí —asiente Mar, inclinándose hacia delante—. Y eso es exactamente lo que estoy intentando hacer. Jimena está dispuesta a reconstruir el proyecto.

—Ya, claro. Porque te lo ha susurrado al oído entre beso y beso —desconfía Roi con una mueca de escepticismo.

Mar entorna los ojos, respira hondo y cuenta hasta tres antes de cometer un fratricidio.

—No mezcles las churras con las merinas, porque no tiene absolutamente nada que ver —le espeta Mar—. Esa mujer se está jugando el cuello plantándole cara a su propia madre para salvar la ría y respetar el entorno.

—¿Y tú muerdes el anzuelo así, sin más? —inquiere Roi, negando con la cabeza. Sí, está decepcionado—. De verdad que no te reconozco.

Mar aprieta las manos sobre la mesa, entrelazando los dedos.

—Escúchame una cosa —le pide su hermana, dejando paso a una seriedad descarnada—.

Lo fácil, lo que harían todos, sería seguir pegando gritos en la plaza, pancarta en mano, organizar cuatro caceroladas, encadenarnos a una grúa y acabar en el calabozo viendo cómo el dinero pasa por encima de nosotros igualmente.

Roi se queda mudo, encajando el golpe de realidad.

—Lo difícil es poner los pies en el suelo, asumir que la partida está empezada y jugar las cartas que tenemos para que el destrozo sea el mínimo posible —continúa Mar, con los ojos encendidos—.

Eso no es rendirse, Roi. Eso es ser inteligentes.

En una hora nos vemos con Noa y con los de la cofradía.

Vamos a elaborar un informe técnico alternativo para obligar a los inversores a aceptar los cambios.

Así que, deberías dejar de odiarme por esto.

Por primera vez desde que las máquinas pisaron el pueblo, ambos se dan cuenta de que la discusión ha dejado atrás el hormigón y los planos. Están intentando averiguar si, después de quedarse solos en el mundo, todavía recuerdan cómo remar a la par.

Roi clava los ojos en el fondo de su taza de café, ya frío, buscando una respuesta que se le resiste. Y Mar no le mete prisa. Conoce al dedillo los silencios de su hermano; sabe que cuando se calla de esa manera es porque sus neuronas están haciendo horas extras para encajar las piezas.

—Yo no te odio —suelta su hermano, rompiendo la tensión—. Es que… me da una rabia tremenda ver que todo lo que conocemos se va a la mierda poco a poco. Que las cosas cambien tanto.

Esa frase, dicha con la guardia baja y sin un ápice de rencor, cala mucho más hondo que cualquier grito.

Mar observa a su hermano, y lo ve. Es el mismo Roi que intentaba hacerse el duro el día que enterraron a su abuela.

El mismo chaval que juraba que no pasaba nada mientras las noches se le hacían un mundo en esa casa inmensa para dos huérfanos.

—Con ellos todo era más sencillo —murmura Roi con los ojos brillantes.

—Yo también los echo de menos —sonríe Mar—. ¿Te acuerdas de cuando le birlaba las llaves del Brétema a papá para obligarle a quedarse en tierra los domingos? —rememora después con un brillo tierno en los ojos.

Roi se echa a reír de verdad, y su cara parece rejuvenecer cinco años de golpe.

—¡Buah! Y el viejo se tiraba una hora jurando en arameo por todo el puerto, convencido de que algún gracioso se las había mangado. Hasta que aparecías con cara de santa diciendo que las habías encontrado metidas en el bote de las pinzas de la ropa.

Mar se pone en pie sin mediar palabra y se encamina al viejo aparador del salón.

Abre el cajón de abajo, aparta con cuidado los manteles doblados y rescata un álbum de fotos con las tapas de cuero ya cuarteadas por el paso del tiempo.

Lo coloca sobre la mesa como si fuera una reliquia y su hermano Roi esboza una sonrisa melancólica.

—Madre mía, hace un siglo que no tocamos esto.

—Demasiado —asiente ella, tomando asiento de nuevo.

Las hojas desprenden ese olor dulzón e inconfundible a papel viejo cuando Mar las va pasando con delicadeza, una a una.

Las primeras capturas muestran pasajes que apenas conserva en la memoria.

Una Aurora jovencísima, subida a un pesquero con un impermeable amarillo tres tallas más grande y una sonrisa de comerse el mundo mientras sostiene una lubina.

—Mírala qué planta tenía la abuela —susurra Mar, acariciando el papel con la yema del dedo—. La primera mujer patrona de la cofradía… y todavía tenemos que aguantar a cuatro cavernícolas diciendo que las mujeres en el mar solo traemos mala suerte o que no pintamos nada.

—Si la abuela levantara la cabeza y los oyera… —comenta Roi.

—Les cruzaba la cara, fijo —remata Mar, y los dos comparten una risa cómplice.

Siguen pasando páginas. Ahí aparece Xoán, con treinta y pocos años, el pelo negro alborotado por el viento del norte y una barba de varios días. Lleva a una Mar de apenas seis años a caballito sobre los hombros, mientras la niña intenta aferrarse a la rueda del timón con sus manitas.

Las siguientes páginas pasan volando: cumpleaños, Navidades ruidosas, veranos al sol, el Brétema luciendo pintura fresca, Roi sudando la gota gorda para aprender el nudo de ocho, Aurora limpiando percebes.

Hasta que las fotos empiezan a escasear y el ambiente de las imágenes se vuelve más sobrio.

La muerte de sus padres partió la línea temporal del álbum en dos.

Mar se detiene en una instantánea donde su abuela abraza con fuerza a los dos hermanos frente al portalón de la casa. Ella debía de tener unos diecisiete años; Roi apenas doce. Los dos fuerzan una mueca que intenta parecer una sonrisa.

—Estábamos hechos unos zorros —rememora Mar.

—Totalmente perdidos. Si es que no sabíamos ni cómo poner una puñetera lavadora —añade Roi con una sonrisa triste.

Mar se ríe entre dientes, espantando los fantasmas.

—La abuela siempre repetía que dos marineros capaces de desmontar un motor monocilíndrico no podían dejarse amedrentar por un electrodoméstico con botones.

—Y por su culpa inundamos la cocina entera —le recuerda él, dándole un codazo juguetón.

—Dos veces, si no recuerdo mal.

—Tres, no te quites méritos.

—Oye, que la tercera fue por tu empeño en meterle lavavajillas —bromea Mar, dándole una colleja—. ¿Sabes qué es lo único que me acojona de toda esta movida, Roi? —pregunta de sopetón, mirándolo a los ojos.

Su hermano se pone serio.

—Que llegue el día en que bajemos al muelle… y ya no seamos capaces de reconocer la ría que nos dio de comer.

El chaval baja la cabeza, clavando la vista en sus manos.

—A mí también me quita el sueño eso.

—Por eso me he metido en este jardín —explica Mar—.

No porque Jimena me haya lavado el cerebro.

Sino porque he abierto los ojos ante algo que me negaba a ver.

Las obras van a arrancar, con nuestro permiso o a base de talonario y decretos.

La única baza que nos queda es decidir cuánto terreno somos capaces de salvar.

Roi se queda pensativo unos instantes, dándole vueltas a la cucharilla.

—¿Tú de verdad crees que Jimena está dispuesta a morderle la mano a su propia madre por nosotros?

Mar rememora los momentos vividos con ella, y entonces, sonríe.

—Sí. Lo creo a pies juntillas.

—¿Y no te da pánico que te la juegue? —insiste Roi.

Mar se toma un segundo. ¿Miedo? Por supuesto. Muchísimo. Apostar por Jimena implicará poner sobre el tablero no solo el futuro de la cofradía, sino su propio corazón ante una mujer que acaba de aterrizar. Pero si algo sabe hacer es leer las corrientes.

—Nuestra abuela me enseñó que tener miedo es natural, pero dejar que el miedo maneje el timón es de cobardes.

Roi guarda silencio un momento, sopesando las palabras.

Acto seguido, estira el brazo por encima del hule y le da un pequeño golpe con los nudillos en el dorso de la mano.

Un código secreto que usaban de niños cuando querían firmar la paz sin tener que tragarse el orgullo de pedir perdón con palabras.

—¿Eso significa que la capitana vuelve a tener a su segundo de a bordo cerca?

Roi tuerce el gesto, haciéndose el interesante.

—Sigo pensando que liarte con la arquitecta es una maniobra bastante kamikaze y cuestionable, que lo sepas —suelta su hermano.

Ella suelta una carcajada.

—Gracias por el voto de confianza y la sinceridad, hermanito.

—Pero… —añade Roi, rascándose la nuca con cierta timidez—, también sé que eres incapaz de dar un paso importante si no es pensando en el bien de todos.

Mar se levanta de la silla, rodea la mesa en dos zancadas y le revuelve el pelo, justo como hacía cuando él era un chiquillo.

—¡Oye, para ya! —protesta Roi, intentando esquivar el ataque sin mucho éxito.

—Sigues teniendo el mismo pelo de erizo indomable —se mofa Mar, apartándose con una sonrisa de oreja a oreja.

Antes de recoger las tazas, posa la mano sobre el álbum, sintiendo el frío de las tapas como un ancla que la sujeta a la tierra.

—Te lo prometo —observa Mar—. No van a destrozar esta ría. Antes tendrán que pasar encima de mi cadáver.