Marea indómita Capítulo 15
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Capítulo 15

—¡Hombre, Mar! Ya era hora de que aparecieras.

El local, conocido como A Taberna do Porto, conserva ese encanto imposible de imitar que solo poseen los negocios familiares levantados décadas antes de que alguien pronunciara palabras como branding o experiencia gastronómica.

En las paredes, decenas de fotografías amarillentas de pesqueros sorteando temporales, regatas legendarias y marineros de mirada noble posando junto a capturas imposibles observan el presente como mudos guardianes de una identidad que se resiste a desaparecer.

Jimena Alarcón se detiene un segundo justo al cruzar el umbral, entornando los ojos para absorber cada rincón.

Nada de esto encaja con los restaurantes minimalistas, de diseño y atmósfera gélida, donde suele cerrar contratos en la ciudad.

Sin embargo, la calidez que emana de estas paredes le acaricia la piel de una forma deliciosa.

Mar ni siquiera se molesta en preguntar si hay sitio libre, levanta dos dedos hacia el dueño. Xosé, tras la barra de madera, asiente al momento con una sonrisa cómplice.

—¿Está libre el rincón de siempre, Xosé? —pregunta Mar.

—Para ti, siempre —responde el tabernero, señalando con un gesto de cabeza un banco corrido de madera junto a una ventana.

Noa es la primera en dejarse caer en el asiento, soltando un suspiro que le recorre el cuerpo entero mientras estira las piernas por debajo de la mesa.

—Si me dais de cenar antes de que empiece la charla, juro que os pongo un monumento —bromea.

Jimena sonríe y se sienta frente a Noa, alisándose la blusa.

Mar, sin embargo, se queda un instante de pie.

Sus ojos recorren la figura de Jimena, deteniéndose en la curva de su cuello.

Sigue sin entender del todo qué busca realmente esta mujer de ciudad, pero el magnetismo que ejerce sobre ella es innegable.

Finalmente, Mar toma asiento frente a Jimena.

Deja una distancia prudencial, un espacio de seguridad que intenta usar como escudo para protegerse de la incomprensible atracción que le despierta la arquitecta.

Un camarero joven aparece al instante, bolígrafo en mano y con la familiaridad grabada en el rostro.

—¿Lo de siempre? —pregunta, mirando a Mar.

—Sí, por favor, Emilio. —Mar desvía entonces la mirada hacia Jimena—. Y para ellas… ¿Os fiais de mi criterio?

Noa levanta las manos en gesto de rendición.

—Ciegamente. Como siempre.

Jimena arquea una ceja, apoyando los codos en la mesa y entrelazando los dedos. Una sonrisa juguetona dibuja una curva preciosa en sus labios.

—Teniendo en cuenta el café tan… «intenso» que me preparaste el otro día, fiarnos de ti es un deporte de riesgo —le espeta, entre bromas.

La bióloga resopla, conteniendo una sonrisa que amenaza con romper su fachada.

—Qué graciosa nos ha salido la señorita.

—Hago lo que puedo para adaptarme al terreno —replica Jimena, encogiéndose de hombros.

Durante un segundo infinito, las tres comparten una risa. Es un instante breve, pero el aire entre Mar y Jimena cambia. Cuando el camarero se retira, Jimena apoya las palmas sobre la madera gastada de la mesa. Inspira hondo, templando los nervios

—Sé perfectamente que en este puerto se me ve como a la enemiga número uno —comienza Jimena, mirándolas a ambas con una sinceridad aplastante—. Y tenéis toda la razón para hacerlo.

El silencio se adueña de la mesa. Jimena baja la vista un instante hacia sus propios dedos, ordenando las ideas antes de volver a clavar sus ojos claros en los de Mar.

—Llegué aquí convencida de que el resort de mi madre era un proyecto modélico, sostenible y respetuoso. O al menos, eso me obligaba a creer para no perder la cabeza. Pero cuanto más miro esta ría, más claro tengo que es una aberración.

Mar no parpadea. Estudia cada respiración de Jimena, buscando un ápice de falsedad, pero solo encuentra una verdad que le encoge el pecho. Jimena continúa:

—He pasado las tres últimas noches destripando cada informe ambiental que me habéis hecho llegar y he encontrado. Especialmente los tuyos, Noa.

La ambientóloga se reclina en el banco, genuinamente sorprendida.

—¿Te has leído esos tochos enteros? —pregunta con escepticismo.

—Dos veces —confirma Jimena—. Y son demoledores. De hecho, me han abierto los ojos.

Noa se cruza de brazos, asombrada de que la arquitecta estrella se haya tomado el trabajo de analizar su labor científica con semejante respeto.

—Vuestro estudio sobre las corrientes demuestra que el espigón proyectado en nuestro proyecto inicial es una locura técnica.

Noa asiente despacio, asimilando que Jimena no habla por hablar.

—Por eso… Quiero proponeros una alianza real. Sin doble fondo.

Mar se inclina hacia delante, apoyando los antebrazos en la mesa.

—¿Una alianza? —repite con cautela—. Explícate.

—Esta mañana me he enfrentado a mi madre —les comunica Jimena—. Y he puesto mi carrera profesional en la cuerda floja por hacerlo. Ella quiere levantar el complejo original sí o sí, sin cambiar una sola coma. Pero no voy a firmar ese desastre.

—¿Y qué tienes en mente exactamente? —pregunta Mar, sintiendo cómo el corazón le late con una fuerza inusual.

Jimena arrastra la libreta hacia el centro de la mesa, invitándolas a acercarse.

—Un concepto radicalmente opuesto —explica, trazando líneas con el dedo sobre el papel—. Un complejo integrado. Con movilidad interior cien por cien natural y el respeto absoluto a las zonas de reproducción que habéis cartografiado.

Noa se inclina sobre la mesa, con los ojos brillando de entusiasmo.

Mar interviene, midiendo las dificultades reales.

—No creo que vayan a aceptar perder la mitad del beneficio por amor al arte. O me equivoco.

Jimena esboza una sonrisa.

—Mi madre no, pero los fondos de inversión que financian el proyecto sí lo harán si les demostramos que la alternativa ecológica es más segura jurídicamente.

Noa arquea una ceja, interesada.

—¿Y cómo pretendes convencer a unos tiburones financieros?

—Con datos incontestables —responde Jimena—.

Necesito que redactemos un informe técnico conjunto.

Un dossier que fusione arquitectura, biología, impacto sedimentario y la viabilidad económica de la cofradía.

Si les presentamos un bloque técnico sin ninguna fisura, ningún inversor con dos dedos de frente querrá arriesgar millones en un proyecto destinado a ser paralizado en los tribunales por delitos ecológicos.

Mar se descubre asintiendo, contagiada por la brillantez de la estrategia.

—¿Qué necesitarías exactamente de nosotras? —pregunta la capitana.

—Tus estudios, Noa. Y tu conocimiento de la costa, Mar —responde Jimena—. Nadie sabe cómo respira esta ría mejor que tú.

Mar baja la vista hacia los croquis de la libreta. Durante años ha luchado contra los gigantes desde la barricada. Jamás habría imaginado que la propia arquitecta del proyecto le pediría ayuda para salvar su ría.

—Carme va a conseguir una prórroga para atrasar el inicio de la obra —comenta Jimena, alzando la mirada—. Tendremos unos días más antes de que las excavadoras empiecen a trabajar. Y mi intención, es que lo hagan con un nuevo proyecto.

Noa es la primera en romper el silencio que sigue.

—Jimena… He de confesar que te tenía catalogada como una pija sin escrúpulos. Me alegra equivocarme.

Jimena rinde una media sonrisa, extendiendo la mano sobre la mesa.

—Tenías motivos para pensarlo. Pero quiero hacer las cosas bien.

Noa estrecha su mano con firmeza.

—Cuenta con mi cerebro. Me subo al barco.

Ambas se sonríen y luego dirigen la mirada hacia Mar.

La capitana mantiene los brazos cruzados, saboreando el momento con parsimonia.

Jimena contiene la respiración, temiendo que su orgullo tire todo por la borda.

Tras unos segundos que se sienten eternos, Mar descruza los brazos y coloca su mano cálida y fuerte sobre las de ellas.

—No lo hago por ti, Alarcón —aclara—. Lo hago por la ría y por los marineros que se dejan la piel en ella.

Jimena aprieta el agarre de sus manos de manera sutil, permitiéndose un contacto que hace que a Mar se le acelere el corazón.

—Me parece el mejor motivo del mundo —responde la arquitecta.

Las tres retiran las manos despacio. El calor de la piel de Jimena se queda impregnado en la palma de Mar como una marca de fuego.

En ese instante de tregua, el camarero aparece con una bandeja colosal, rompiendo la marea de emociones con su energía arrolladora.

—¡Ya está bien de tanta reunión! Aquí se viene a disfrutar de la vida —anuncia Emilio, distribuyendo los platos.

La mesa se convierte en un festival gallego: una fuente de pulpo á feira humeante, espolvoreado con pimentón de la Vera; un plato de pimientos de Padrón fritos con sal gorda que aún chisporrotean; una tortilla de Betanzos dorada, de esas que al primer corte dejan escapar una yema líquida y untuosa; una cesta de pan de maíz denso y caliente, y una cazuela de zamburiñas gratinadas cuyo sofrito inunda el ambiente de ajo, perejil y vino blanco.

—Dios mío… —comenta Jimena, abriendo los ojos de par en par ante semejante festín—. ¿Todo esto para las tres?

Noa ya está trinchando el primer pimiento con los ojos brillantes.

—Salvar la ría quema muchas calorías, Jimena —bromea.

Mar esboza una sonrisa burlona, cortando un trozo de pan con las manos. Mientras tanto Emilio les llena tres vasos de Albariño bien frío.

—Cortesía de la casa. Y no quiero ver ni una gota al terminar.

*

Durante la siguiente hora, el vino obra su magia y la conversación fluye entre risas y anécdotas de mar. Noa da buena cuenta de las zamburiñas mientras Jimena saborea cada bocado de pulpo, gesticulando con deleite.

—Está increíble —admite la arquitecta, saboreando el marisco—. De verdad, creo que nunca he comido algo con esta textura y este sabor.

Mar la observa mientras bebe un sorbo de vino. Jimena se mueve con una elegancia que contrasta con la rudeza de la taberna, pero se adapta al entorno con una soltura que a Mar le resulta fascinante.

Cuando sobre la mesa solo quedan las conchas vacías y las migas de pan, Noa mira su reloj con un bufido de resignación.

—Me tengo que marchar ya si quiero procesar los datos de las mareas antes de que amanezca.

—Y yo tengo que tantear el terreno con la cofradía —añade Mar, dando un último trago a su copa.

Noa arquea una ceja.

—¿Crees que te escucharán sin lincharte por colaborar con el enemigo?

Mar suelta una risa seca, desprovista de humor, pero llena de carácter.

—Escucharme, me escucharán. Otra cosa es que decidan tirarme de cabeza al mar por aliarme con ella.

Jimena sonríe, y hay una nota de disculpa y admiración en su mirada que Mar capta al vuelo.

—Bueno, haced el favor de no mataros mientras yo no esté, ¿entendido?

—Haré un esfuerzo sobrehumano —bromea Jimena con elegancia.

—Yo no prometo milagros —replica Mar con su habitual picardía.

Noa pone los ojos en blanco con una sonrisa.

—Ya me lo imaginaba. Buenas noches.

La campanilla de la puerta tintinea alegremente cuando Noa sale al muelle, dejándolas a solas.

De repente, el silencio que se instala entre ellas es diferente.

Ya no hay una tercera persona que amortigüe la intensidad de sus miradas.

Jimena juguetea con el asa de su taza de café, con las mejillas ligeramente encendidas por el Albariño y el calor de la conversación.

—Hay algo que no me cuadra de todo esto, Jimena.

La arquitecta da un sorbo, mirándola.

—Dispara.

—¿Por qué quieres ir en contra del proyecto original y de tu madre? ¿Qué te ha hecho abrir los ojos de verdad?

Jimena guarda silencio durante unos instantes, acariciando el borde la taza. Sabía que esta pregunta llegaría, pero no esperaba que responderla con total honestidad delante de Mar le resultara tan difícil.

—Porque estoy cansada —admite, y su mirada pierde por completo la altivez—. Llevo una década proyectando edificios que odio, solo porque es lo que vende la firma familiar. Me he pasado la vida vendiendo mi propio criterio a cambio de su aprobación.

Mar no la interrumpe.

—¿Quieres saber cuál fue mi proyecto de fin de carrera? —pregunta Jimena con una sonrisa melancólica.

La bióloga afirma con la cabeza, completamente intrigada.

—Un centro de interpretación del paisaje en los Picos de Europa.

Un edificio enterrado en la ladera, integrado con la piedra, madera recuperada y energía geotérmica.

Estaba diseñado para fundirse con la montaña, no para colonizarla.

Me dieron matrícula de honor y una beca para irme a Finlandia a investigar la arquitectura ecológica.

—¿Y por qué no fuiste? —pregunta Mar con interés.

La sonrisa de Jimena se apaga por completo.

—Mi madre me dijo que los sueños no pagaban las facturas. Que, si quería heredar el estudio algún día, tenía que aprender a diseñar centros comerciales y hoteles de lujo que dieran rentabilidad. Y la escuché. Me dejé moldear por ella durante años hasta que me convertí en su clon.

Mar siente cómo sus palabras le golpean en el estómago. La presión familiar y las expectativas ajenas son un territorio que ella conoce demasiado bien.

—Mi padre siempre decía… —interrumpe Mar, trazando círculos invisibles sobre la madera de la mesa—, que un barco no puede navegar toda la vida siguiendo el viento de popa de los demás. Hay que aprender a gobernar el timón propio, aunque te pille la tormenta de cara.

Jimena la mira con ternura.

—Tu padre era muy sabio.

—Lo era —admite Mar con un nudo en la garganta—.

Cuando mis padres murieron, sentí que tenía que calzarme sus botas para que el negocio no se hundiera.

Roi era muy joven, la cofradía también dependía de nosotros y el barco necesitaba un capitán fuerte.

Me esforcé tanto en ser como él, como mi abuela, que me olvidé de quién era yo.

Tardé años en entender que no tenía que imitar a nadie.

Solo tenía que ser Mar. Con mis dudas y mis propios aciertos.

Jimena se queda inmóvil, procesando la confesión de la capitana. Aquí están, dos mujeres desnudando sus almas en el rincón de una taberna.

—Parece que ambas hemos estado viviendo para complacer las expectativas de otros —comenta Jimena.

Mar asiente despacio, fijando sus ojos en los labios de la arquitecta.

—La diferencia es que tú tienes la oportunidad de virar el timón. Yo ya elegí mi rumbo.

—Cuando pisé este pueblo, pensaba que este resort sería el trofeo que consagraría mi carrera ante mi madre. Ahora… solo quiero que sea el primer proyecto del que me sienta verdaderamente orgullosa. Un proyecto que proteja lo que tú tanto amas aquí.

Mar la observa durante unos segundos que se dilatan en el tiempo. Ya no ve a la intrusa de trajes caros; ve a una mujer valiente, sincera y que esconde una soledad parecida a la suya. Sin darse cuenta, una sonrisa inusualmente dulce se dibuja en el rostro de la capitana.

—Pues trabajemos duro para conseguirlo.