Marea indómita Capítulo 14
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Capítulo 14

Mar Sotomayor recorre el muelle a paso rápido y sin un rumbo fijo.

Sus botas repiquetean contra el suelo, guiándola por inercia hacia el pequeño edificio de la cofradía de pescadores.

Es su santuario particular, el único lugar capaz de poner un poco de orden en el torbellino que le ruge dentro de la cabeza.

Sin embargo, y al entrar, evita el despacho principal.

No tiene el cuerpo para llamadas impertinentes ni para informes burocráticos que solo conseguirían rematarle el humor.

Cruza el pasillo directo al almacén de muestreo ambiental.

Allí la reciben varias estanterías que se alzan hasta el techo, abarrotadas de cajas perfectamente rotuladas.

En una esquina, reposan las viejas cartas náuticas de papel amarillento, un recordatorio a la historia de la ría y ese lugar.

Mar se encarama a un taburete para buscar la red que siempre esconde en una de las cajas y empieza a remendarla con cariño.

Su abuela Aurora siempre le repetía que zurcir redes de pesca es el mejor bálsamo para amansar el pensamiento.

Punto. Nudo. Tensar con fuerza. Otro punto más.

Sus dedos, curtidos y ágiles, avanzan sin necesidad de que los ojos los guíen.

Lo malo es que, cuando las manos se ponen en piloto automático, el cerebro se toma la total libertad de dar vueltas en círculos sobre las mismas malditas obsesiones que la atormentan.

Y la obsesión principal tiene un nombre que no puede sacarse de la cabeza: Jimena Alarcón.

—Pues vaya mierda… —masculla para sus adentros, tirando del cabo—. No sé para qué vengo si no voy a tener ni un poco de paz.

—Ah pues sí que han acertado y estabas aquí. Este será un sitio pequeño, pero no había forma de encontrarte.

Mar da un respingo al escuchar la voz. Levanta la cabeza y ve a Jimena, recortada contra la luz menguante con el pecho subiendo y bajando a toda prisa. Sí, ha seguido evitándola a toda costa.

Sin esperar a que Mar recupere el habla, Jimena entra al almacén, con una carpeta en mano.

—Necesito que me ayudes con algo —suelta la arquitecta, clavándole una mirada intensa.

La capitana se toma su tiempo, y la recorre de arriba abajo con una ceja alzada.

—Por lo menos podrías tener la decencia de saludar antes de avasallar al personal, digo yo —replica Mar, arrastrando las palabras.

Jimena frena en seco y entreabre los labios, descolocada por el contraataque. Durante un segundo parpadea, dándose cuenta de que ha entrado como un elefante en una cacharrería.

—Perdón —murmura Jimena—. Tienes razón, ¿cómo te ha ido estos días?

La pregunta suena tan cómicamente formal y protocolaria que Mar se tiene hasta que reír. Después, deja el taburete y se planta de pie a escasos centímetros de Jimena.

—Mira, Jimena… —sisea Mar, sosteniéndole la mirada—. Vete un poquito a la mierda.

«¿Y ahora qué he hecho yo?», piensa la arquitecta.

Mar la esquiva por la izquierda y casi corre para salir de ahí.

Al pisar el muelle exterior, el aire fresco le azota la cara.

Varias personas que charlan cerca de las lanchas giran la cabeza al oír la espantada; un par de marineros suspenden la conversación a medias para observar el espectáculo con disimulo y una pescadera se recoloca una caja bajo el brazo, frotándose las manos ante la que se avecina.

—¡Mar! —exclama Jimena, corriendo detrás de ella.

Pero la bióloga y capitana aprieta el paso, con la mandíbula rígida, la mirada al frente y los puños apretados dentro de los bolsillos de la chaqueta. No piensa dar el brazo a torcer tan fácilmente.

—¡Mar, joder, espera un segundo! —insiste la arquitecta.

Casi por instinto, Jimena estira el brazo y la sujeta por la muñeca derecha. Al sentir el calor de sus dedos sobre la piel, la capitana se gira sobre sus talones, encarándola con los ojos encendidos y el pecho subiendo y bajando a un ritmo de infarto.

—¿Pero de qué vas? —le espeta Jimena, tratando de recuperar el aliento tras la carrera—. Si estás de uñas con medio mundo, no lo pagues conmigo. Que yo sepa, no soy tu enemiga.

Mar baja la vista de forma inevitable hacia la mano de Jimena, que sigue rodeando su muñeca.

La piel le quema bajo ese contacto. Jimena, al darse cuenta de la fijeza de su mirada, afloja los dedos, rozándole la cara interna de la muñeca antes de retirar la mano y dar un paso atrás.

Mar se frota la zona disimuladamente, como si quisiera borrar el rastro de calor que le ha dejado.

—Pues ese es el problema. Que tú eres precisamente mi mayor complicación —suelta Mar.

Jimena arruga la frente, cruzando los brazos sobre el pecho mientras sujeta la carpeta.

—¿Pero qué narices he hecho yo ahora?

—¡Con tu presencia basta! —estalla Mar con una risa amarga y ahogada—. Ahora todos en este maldito puerto murmuran que estoy a favor del resort. Que me he vendido. Y lo que es peor… que me he vendido a ti.

Jimena se queda de piedra. El enfado que creía ver en Mar se desmorona en un segundo, revelando debajo un agotamiento extremo, miedo a perder la confianza de su gente y un brillo húmedo y cristalino en esos ojos que a Jimena le parecen una tempestad.

Mar desvía la mirada hacia el horizonte para evitar que una lágrima traicionera se le escape delante de la mitad de sus vecinos. A Jimena se le encoge el corazón y el impecable discurso que traía preparado se disuelve como un azucarillo en un mar de café.

—Es lo último que quería provocar —le confiesa Jimena—. Te lo digo de corazón.

La capitana suelta un resoplido, clavando de nuevo sus ojos en ella, buscando cualquier doble fondo en sus palabras. Pero no encuentra nada más que una verdad arrolladora que la asusta de lo mucho que la atrae.

—Pues lo has bordado, Alarcón. Porque hasta Roi me odia ahora mismo —murmura Mar.

—Eso es porque no saben que en realidad quiero ayudar —rebate Jimena—. ¿Y si buscamos un sitio tranquilo para hablar de esto? Sin que medio pueblo nos use de entretenimiento.

Mar se muerde el labio inferior, indecisa. Su parte racional le grita que huya a su barco y se encierre, pero su cuerpo entero le pide a gritos quedarse cerca de esa mujer que la vuelve loca. Antes de que pueda responder, una voz enérgica rompe la burbuja.

—¡Mar! ¡Por fin te encuentro! —brama Noa a lo lejos.

Ambas se separan un palmo con rapidez. Noa avanza por el paseo marítimo, cargada con una carpeta archivadora de dimensiones épicas, unas gafas de sol que se sostienen de milagro en su melena revuelta y una energía arrolladora. Al ver a Jimena pegada a la bióloga, reduce la marcha.

—Uy… ¿Interrumpo algo?

Mar suelta una bocanada de aire y se pasa una mano por la frente.

—¿Qué es lo que quieres, Noa?

Jimena, que está en silencio, se queda mirando a la ambientóloga y una bombilla gigante se enciende en su cerebro. «Así es cómo voy a conseguir convencerlos», se dice. Una sonrisa enorme y deslumbrante ilumina el rostro de la arquitecta.

—¡Déjala, las dos me venís de perlas! —exclama Jimena, dando una palmada al aire.

La ambientóloga mira a Mar y luego de vuelta a Jimena, rascándose la nuca.

—A ver, que me entere. ¿Alguien me pasa el guion de la película? —pregunta Noa.

Mar se cruza de brazos y mira a la arquitecta.

—¿Vas a soltar ya qué estás tramando? Porque te advierto que no estoy para tonterías —inquiere Mar.

Jimena toma aire, y las mira a las dos. Son el equipo perfecto para ganarle la partida a su madre.

—Vamos a un sitio tranquilo, por favor —propone de nuevo Jimena—. Tengo una propuesta sobre la mesa que va a cambiar las reglas del juego para todos.