Marea indómita Capítulo 13
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Capítulo 13

—No me lo puedes estar diciendo en serio —protesta Jimena.

Al otro lado de la línea se hace el vacío. Jimena conoce a su madre lo suficiente como para saber que Victoria Alarcón jamás duda; simplemente saborea el suspense antes de soltar un latigazo con esa elegancia aristocrática tan suya, convencida de que el planeta entero gira bajo sus órdenes.

—Lo has entendido perfectamente —suelta Victoria con calma.

Jimena cierra los ojos con fuerza, buscando encontrar un poco aire.

—Mamá, que no te estoy hablando de corazonadas —rebate Jimena, plantando una mano libre en la pared—.

Te he mandado los nuevos estudios, los informes de impacto ambiental y la simulación hidrodinámica completa.

No son caprichos míos. Son datos científicos incontestables, y esto no debería admitir ningún tipo de discusión.

—Y yo te estoy hablando del dinero que nos costaría modificar el proyecto a estas alturas, Jimena —replica Victoria, como si estuviera valorando cambiar el color de una alfombra—. Es inviable.

—¡Más caro nos va a salir un proceso judicial cuando las protestas nos paralicen la obra en el futuro! —insiste Jimena. Abre los ojos y clava la mirada en las barcas de los marineros, que flotan ajenas a esa discusión.

Victoria suelta un suspiro de hastío, como si estuviera diciendo un implacable «ya está mi hija exagerando otra vez».

—No dramatices, por favor. Siempre pones la tragedia a cualquier contratiempo.

—No estoy dramatizando, mamá. ¡Estoy evitando matar el ecosistema de este lugar!

—estalla Jimena, con un temblor de rabia en la voz mientras empieza a caminar descalza—.

Si mantenemos el diseño original, alteraremos la dinámica de las corrientes de la ría de forma irreversible.

No es una teoría. Lo hemos comprobado sobre el terreno.

Con números. Y con testimonios de la gente que lleva faenando aquí toda la vida.

—Lo que tú llamas comprobar, yo lo llamo pasar demasiado tiempo escuchando cuentos de pescadores —sentencia Victoria, con un ramalazo de desprecio que a Jimena le revuelve el estómago—. Te estás dejando ablandar por el paisajismo local, Jimena. Y esta firma nunca ha sido así.

Jimena muerde el interior de su mejilla con fuerza.

Se pasa una mano por la nuca, frustrada, y se detiene frente a la cama.

Sobre la colcha blanca descansan los planos modificados, emborronados de anotaciones en tinta azul, esquemas furiosos y cálculos alternativos hechos durante madrugadas de insomnio y café frío en los pocos días que lleva por ahí.

Le ha metido demasiadas horas, demasiados dolores de cabeza y, para qué engañarse, demasiadas ilusiones a ese rediseño como para dejar que su madre lo liquide de un plumazo.

—Si seguimos adelante destrozaremos el motor de este pueblo —afirma Jimena, plantándose de nuevo ante la ventana y gesticulando con el teléfono en el aire—.

Mucha gente se va a quedar sin su sustento.

No son solo cifras en un balance de pérdidas y ganancias, mamá.

Es gente de verdad, con nombres, apellidos y familias que dependen de lo que da el mar.

—¿Y desde cuándo te importa a ti lo que le pase a un puñado de aldeanos, Jimena? —pregunta Victoria con una indiferencia que es capaz de helarle la sangre a su hija.

Las palabras impactan en el pecho de Jimena con la fuerza de un dardo envenenado.

No por la bajeza del comentario, al que por desgracia está inmunizada, sino porque se da cuenta de que ya no puede fingir que no le importan.

Porque sí, dentro de ella sabe que le importan.

Le importan una barbaridad. Le importan las caras azotadas por el viento de la cofradía, las manos curtidas por el sedal y el salitre, y esa dignidad indomable que desprenden.

Puede que haya estado muy pocos días por allí, pero Jimena ha sabido reconocer la valentía de esa gente.

Y sí, le importa Carme y su incombustible mal humor protector; le importa Santi con sus chismes imposibles; le importa cada rincón de esa ría que ahora le parece un santuario vivo y palpitante.

Y, por encima de todo lo demás, aunque le cueste asimilarlo, también le importa cierta bióloga de ojos tormentosos y temperamento endiablado que responde al nombre de Mar Sotomayor.

Victoria prosigue, ajena al cortocircuito emocional de su hija.

—Me da exactamente igual cómo te las apañes con tus nuevos amigos, pero el proyecto se va a ejecutar tal y como está visado. En esta firma no se paga por el sentimentalismo de las personas.

—Pues yo no pienso firmar y seguir adelante sabiendo que es una chapuza —sentencia Jimena, apretando los dientes—. Sería traicionarme a mí misma. Y a todo lo que he aprendido.

—Firmarás, Jimena —zanja Victoria con una seguridad que roza la tiranía—. Básicamente porque sigues a mi cargo y las facturas de tu estudio no se pagan solas.

La llamada se corta y Jimena se queda rígida, con el brazo suspendido en el aire y la boca entreabierta, asimilando la humillación. Dos segundos después, la adrenalina le gana la partida al autocontrol.

—¡Joder! —grita con todas sus fuerzas, lanzando el teléfono contra la cama.

El juramento rebota en las paredes del hostal. Casi al unísono, unos golpes enérgicos e impacientes retumban en la puerta.

—¿Jimena? ¿Estás bien? —pregunta una voz familiar al otro lado.

Sin esperar invitación, Hugo empuja la puerta y entra como un torbellino, con el ceño fruncido y la preocupación pintada en los ojos. La recorre de arriba abajo con la mirada, detectando al instante que está al límite.

—Menudos gritos llevas. ¿Qué ha pasado?

Jimena inspira aire a bocanadas, cruzándose de brazos. Siente la quemazón de las lágrimas en los ojos, pero parpadea con rabia para tragárselas.

—Mi madre, Hugo. Eso ha pasado. Ha mandado a la mierda las modificaciones del proyecto.

—¿En serio? No me jodas…

Jimena afirma con la cabeza, soltando una risa amarga y desganada mientras se pasa los dedos por el pelo desordenado.

—Para ella somos simples peones ejecutando lo que ella quiere vender. Mi opinión le importa lo mismo que el estado de las mareas.

Hugo se deja caer en la silla de mimbre del rincón, estirando las piernas con un suspiro.

El único sonido en la estancia es el zumbido rítmico del ventilador de techo, que gira perezoso.

Jimena, incapaz de estarse quieta con los nervios a flor de piel, se lanza sobre la cama y empieza a apilar.

Ordenar el exterior es su único salvavidas para que el caos no le colonice la cabeza.

Hugo la observa con una mueca de simpatía y lástima.

—No me pienso cruzar de brazos —suelta Jimena poco después, deteniendo sus manos sobre un plano y clavando en su socio una mirada que echa chispas—. No pienso rendirme. Sobre todo, ahora que sé lo que hay en juego.

Hugo esboza una sonrisa ladeada, entre resignado y secretamente orgulloso de su tenacidad.

—Esa es mi chica. ¿Cuál es el plan?

Jimena se levanta de un salto, sacudiéndose los pantalones y gesticulando con un lápiz que ha rescatado de la mesa.

—Tenemos que puentear la negativa y convencer directamente a los fondos de inversión del resort y a nuestro consejo.

Demostrarles que el rediseño no es solo una cuestión de ética o de salvar pulpos, sino de números que pueden beneficiarles a futuro.

Si les demostramos que modificar el proyecto les ahorrará pleitos millonarios y multas a largo plazo, obligarán a mi madre a tragar.

Hugo se inclina hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, sopesando la idea.

—A ver, la idea es brillante, pero rehacer el análisis de viabilidad y el cronograma de obra nos va a llevar bastante tiempo, Jimena. Y no sé si lo tenemos.

—Pues habrá que buscarse la vida —zanja ella, guardando un rollo de planos en un tubo de plástico—. No hay plan B, Hugo.

El arquitecto se cruza de brazos, estudiándola con una ceja alzada y una sonrisilla que no augura nada bueno.

—Y me imagino que ese contraataque incluye cierto factor de campo… ¿No?

Jimena no tarda ni un segundo en responder.

—Sí. Necesitamos hacer un frente común con Mar y la cofradía. Aliarnos con ellos de verdad para presionar en bloque.

Hugo abre los ojos como platos.

—No me puedo creer que ahora quieras una alianza con la capitana.

Jimena sonríe, sintiendo un cosquilleo que le recorre todo el cuerpo. Después, se cuelga el bolso con decisión.

—Las primeras apariencias siempre engañan ¿no? —responde con una sonrisa pícara en los labios—. Ahora queremos proteger exactamente lo mismo, y tengo que buscar la solución.

—Eso sí que es un giro de guion de los buenos —se ríe Hugo, sacudiendo la cabeza—. Pero intentad no arrancaros la cabeza. Bueno… digo yo.

«Ay… qué ignorante».

Jimena camina hacia la puerta y se detiene un instante para mirarlo por encima del hombro, guiñándole un ojo.

—Deséame suerte. La voy a necesitar.

*

Al bajar las escaleras a paso ligero, Santi sale de detrás del mostrador de recepción como si llevara apostado allí toda la mañana esperando su presa.

—¡Epa, buenos días, Jimena! —saluda con un entusiasmo sospechosamente alto—. Qué prisa llevas chiquilla.

Jimena ni siquiera aminora el paso, aunque le dedica una sonrisa de compromiso.

—Hola, Santi. Voy con el tiempo justo, la verdad.

—Ya veo, ya —comenta él, apoyando los codos en la barra y arqueando las cejas con un descaro divertidísimo—. Curioso, porque por aquí he visto salir a cierta capitana del puerto con una cara que daba miedo.

A Jimena le traiciona un súbito calor en las mejillas que intenta camuflar recolocándose las gafas de sol.

—No tengo tiempo para tus novelas de intriga, Santi.

—Yo solo soy un humilde informador local —se queja él—. Pero sea lo que sea que vayas a hacer con esa mujer, suerte.

Jimena decide ignorar la pulla, aunque el corazón le da un vuelco tonto en el pecho. Sale al exterior atropelladamente antes de que Santi continúe. El sol del mediodía gallego la recibe con un soplo de calor húmedo y poco después, el bullicio del puerto la envuelve al instante.

En la zona de la obra, Carme está apoyada en el capó de una furgoneta, repasando unos planos con cara de pocos amigos, cuando Jimena llega hasta ella casi sin aire, con el flequillo pegado a la frente por el esfuerzo.

La jefa de obra levanta la vista, arqueando una ceja al verla tan descompuesta.

—Vaya cara que traes.

Jimena se apoya en sus propias rodillas para recuperar el aliento antes de erguirse y ponerse seria.

—Carme, necesito que ganes tiempo. Invéntate lo que sea, pero tienes que retrasar el inicio del movimiento de tierra más allá de lo que había acordado.

Carme parpadea, estupefacta, dejando el bolígrafo sobre el capó.

—¿Cómo dices? A ver si es que el mar te está cociendo las ideas, Jimena. ¿Tú pidiéndome retrasar plazos?

—Por favor, Carme, es en serio —pide Jimena en un susurro, arrimándose a ella para que los operarios no se enteren—. Necesito unos días como sea. Alega problemas de suministros, un retraso en las licencias locales, una inspección de seguridad sorpresa… Lo que haga falta. Pero páralo.

La jefa de obra la escanea con esos ojos que parecen saberlo todo antes de que ocurra. Y, efectivamente, lo sabe.

—¿Qué ha pasado con tu madre?

Jimena suelta un suspiro, desviando la mirada hacia las excavadoras.

—Ha rechazado la propuesta de impacto mínimo. Me ha exigido que se lleve a cabo el proyecto original, caiga quien caiga.

La expresión de Carme se endurece al instante.

—Ya. Esa mujer tiene el corazón de piedra. No me sorprende.

—Quiero presentar el proyecto alternativo directamente a los inversores, pero necesito calcularlo todo de nuevo para convencerlos con el bolsillo.

Carme se cruza de brazos, pensativa, mirando de reojo las máquinas que rugen a pocos metros.

—A ver… casualmente la maquinaria no es que esté al cien por cien comprobada. Estas cosas llevan más tiempo que dos semanas —comenta Carme con una sonrisa cómplice—. Y creo que uno de los proveedores ha tenido un «problema» que nos podría retrasar tres o cuatro días más.

Jimena siente que se le quita un gran peso de encima.

—Gracias, Carme. Te debo una de las grandes.

Carme se encoge de hombros con una sonrisilla pícara, ladeando la cabeza mientras la mira con curiosidad.

—No lo hagas todavía. Pero dime una cosa… ¿este empeño repentino por salvar la ría tiene que ver con cierta bióloga marina y capitana?

Jimena carraspea, sintiendo de nuevo ese delator rubor escalándole por el cuello, y empieza a buscar con la mirada entre la gente del muelle para esquivar la pregunta.

—¿Has visto a Mar por aquí cerca?

Carme suelta una risotada.

—No la he visto, pero el Brétema suele amarrar sobre esta hora en el pantalán sur.

—Gracias. ¡Te quiero! —le grita Jimena mientras empieza a correr en dirección al muelle, esquivando a un operario que carga unos tablones de madera.

Carme se queda mirándola marchar con una sonrisa ancha y divertida, sacudiendo la cabeza mientras murmura para sí:

—Ay, esta chica de ciudad… quién te ha visto y quién te ve, Jimena.