Marea indómita Capítulo 12
45%

Capítulo 12

Mar apaga el despertador de un manotazo antes de que el puto aparato ose pitar por cuarta vez.

Es absurdo, porque lleva casi una hora despierta; de hecho, apenas ha logrado pegar ojo en los últimos días.

Se queda sentada en el borde del colchón, apoyando los codos en las rodillas y hundiendo la cara entre las manos.

En cuanto cierra los ojos, un par de pupilas arrolladoras se le instalan detrás de los párpados.

Y con ellas, una sonrisa felina junto al recuerdo eléctrico, rabiosamente reciente, de su piel contra la suya.

Ha intentado evitar a Jimena todo lo posible, pero sacarla de sus pensamientos y de las sensaciones que le provocó, es otra historia.

—Será mejor que me ponga al lío.

Poco después, el Brétema se desliza fuera del puerto, ganando la ría antes de que despunte el alba.

A bordo, Roi bosteza de un modo tan exagerado que parece que la mandíbula se le va a desencajar mientras recoloca las cajas isotérmicas en la popa; Noa, inquieta como un rabo de lagartija, no para de teclear en una tableta, y Mar se aferra al timón.

La vida en el Brétema no es la de un gran pesquero industrial; aquí las cosas se hacen a la antigua, con mimo y respeto.

Al formar parte del programa de pesca sostenible de la cofradía y dar apoyo científico a la ría, sus jornadas son un encaje de bolillos.

Faenan con nasas tradicionales —nada de arrasar el fondo marino— persiguiendo al pulpo y a la nécora de forma selectiva, y de vez en cuando largan pequeños palangres para tentar a algún congrio despistado o lubinas de roca.

—Temperatura superficial: diecisiete con tres grados —canta Noa, ajustándose la capucha sin despegarlos ojos de la pantalla—. Un poquito más alta de lo normal para esta época.

—Anota también la salinidad —le indica Mar, dándole un toque firme al timón para esquivar una boya—. Está idéntica a la semana pasada, pero no nos fiemos.

—Fichado y registrado —responde Noa, haciendo un gesto rápido con la mano.

Roi asoma la cabeza desde la popa, secándose las manos con un trapo deshilachado que ha visto tiempos mejores.

—Las nasas de la canal norte están listas para ir izándolas. A ver si hoy los pulpos han decidido colaborar y no se nos ponen dignos.

—Entraremos por ahí, la marea nos viene de cara y nos ahorrará pelear con la corriente —responde Mar, clavando los ojos en el horizonte mientras reduce la marcha.

El barco empieza a balancearse y el silencio se adueña de la cubierta durante unos minutos, roto solo por el golpeteo del agua contra el casco.

Noa levanta la vista del dispositivo, observa de reojo el perfil tenso y extrañamente mudo de Mar, e intercambia una mirada cómplice y divertida con Roi, que se limita a encogerse de hombros con una sonrisilla.

Normalmente, a estas horas, Mar ya les habría soltado tres discursos sobre el estado de la ría o se habría quejado del frío. Hoy, en cambio, parece una estatua.

Roi da un par de zancadas por la cubierta inestable y se apoya en la borda, justo al lado del puesto de mando.

—¿Se puede saber qué te pasa? —pregunta con guasa—. Estás súper seria.

Mar ni se inmuta. Sigue con la vista fija en la proa.

—Estoy concentrada, que para eso soy la que lleva este cacharro.

—Ya, claro —se mofa su hermano—. Estás tan callada que ni siquiera has amenazado con prepararnos esa bazofia que tú llamas café. Y eso, querida hermana, es una señal de alarma.

Una pequeña sonrisa, algo cansada pero inevitable, asoma por fin en la comisura de los labios de Mar Sotomayor.

—Solo intentaba evitaros una intoxicación a primera hora de la mañana. Deberías agradecérmelo.

Noa suelta una carcajada desde el otro lado de la cubierta.

—¡Milagro! ¡La capitana asume por fin que su café es una mierda!

—Oye, un respeto —protesta Mar, intentando fingir indignación—. El secreto está en el cariño que le pongo.

—Pues ponle un poco menos de cariño y un poco más de grano de calidad, por favor —remata Roi, guiñándole un ojo. Luego, aprovechando que Noa se distrae recolocando un cabo, da un paso más hacia su hermana y baja el tono de voz—. Ahora en serio. Sabes que me puedes contar lo que sea, ¿no?

Mar gira la cabeza, y sostiene la mirada limpia y protectora de su hermano.

—Roi…

—Dime. Te escucho.

Mar vacila, pero la imagen de Jimena —de su risa, de la calidez de su boca, de la insolente seguridad con la que se mueve— la golpea con tanta fuerza que prefiere cerrar la boca.

—Que tenemos que trabajar. Venga, deja de vaguear —zanja, devolviendo la vista al mar.

Roi la observa un par de segundos más, analizando la rigidez de sus hombros. Al final, levanta las manos en señal de rendición, aunque con una sonrisa.

—Vale, vale. No insisto. De momento. Pero que sepas que de esta no te escapas tan fácil.

Mientras su hermano se aleja hacia la popa, Mar suelta el aire que tenía retenido.

Mentirle a Roi siempre ha sido una causa perdida.

Se conocen demasiado, se han criado leyendo las mareas y los silencios del otro.

Y ella sabe perfectamente que él ha olido el rastro del incendio que lleva dentro.

¿Cómo no iba a notarlo? Si es ella misma la que no se reconoce en el espejo.

Jamás habría creído que un desliz, un impulso nacido de una noche de tormenta y demasiada tensión, pudiera poner patas arriba el orden de su vida.

«Solo fue sexo del bueno. Nada más». Una tregua de una noche entre dos mujeres adultas que se han atraído de forma casi violenta. Pero entonces, ¿por qué siente que con Jimena podría hablar de cualquier cosa?

Ese es el verdadero peligro. El sexo es fácil de archivar en un cajón de la memoria.

Pero la intimidad, la complicidad de verdad, tiene la mala costumbre de echar raíces donde no debe.

Mar empieza a temer que, sin darse cuenta, le haya abierto a la arquitecta una vía directa al corazón.

Y ahora, por primera vez, defender la ría de los planes del resort y defenderse a sí misma se ha convertido en dos guerras completamente diferentes.

El sol empieza a recortar los acantilados. Mar reduce la marcha del Brétema hasta dejar el motor en un ronroneo.

—¡Venga! Vamos con la primera línea —ordena, sacudiéndose los fantasmas de la cabeza.

Roi engancha la boya con el bichero y pasa el cabo por el halador hidráulico. El cabo sube tenso, goteando agua, hasta que la primera nasa y red emergen del agua, arrastrando un olor penetrante a algas y fondo marino.

—¡Tenemos premio! —exclama Roi, abriendo la compuerta.

En el interior se retuercen tres pulpos hermosos de color pardo y un par de nécoras que protestan agitando sus pinzas. Mar se acuclilla de inmediato, saca el calibre de latón que lleva al cinturón y mide la primera nécora.

—Esta es muy justa. Mejor que vuelva al agua —decide, devolviendo la pieza al mar—. No queremos que Anselmo nos monte un mitin por dos milímetros.

Noa toma nota en la tableta sin perder detalle.

—Anotado. Tres pulpos hermosos, una nécora y una devuelta al mar.

Durante dos horas el trabajo los mantiene ocupados. Entre nasa y nasa, Noa recoge muestras de las aguas, etiquetándolos antes de guardarlos en una nevera portátil.

—Estas muestras nos van a dar la clave —comenta Noa con un brillo de entusiasmo en los ojos—. Si los nitratos siguen subiendo en esta zona, tendremos la prueba científica definitiva para exigir que se amplíe la protección de la ría.

—Con datos en la mano y la cofradía detrás, tendremos fuerza en la mesa de negociación. Me parece bien que quieran construir, pero hay que hacerlo con cabeza —opinar Mar.

«Y Jimena ya te ha demostrado que la tiene».

Roi, que está estibando las capturas en las cajas con hielo, las mira mientras niega con la cabeza.

—De verdad, no sé cómo sois capaces de poneros así de intensas por cuatro tubos de agua sucia.

Noa se vuelve hacia él, con las manos en las caderas.

—¿Agua sucia? ¡Perdone usted, señor de las nasas! Esto es el pulso de la ría. Si se desequilibra, tus queridos pulpos ya no aparecerán y tú te quedarás sin trabajo, listillo. Así que ten un poco de respeto a la ciencia.

Roi sonríe de oreja a oreja, encantado de haberle buscado las cosquillas.

—Bueno, bueno, no te me enfades, cerebrito. Solo digo que para mí el agua es agua hasta que deja de estar mojada.

—Qué básico eres, de verdad —suspira Noa, aunque no puede evitar que se le escape una sonrisa.

Mar contempla el pique habitual de los dos con una sonrisa nostálgica.

En otro momento habría entrado al trapo para pinchar a Roi, pero hoy prefiere quedarse al margen, dejando que el rumor de la ría la arrulle.

Su hermano la observa de reojo, frunciendo el ceño al notar que la chispa habitual de Mar sigue a medio gas.

*

Al mediodía, el Brétema atraca en el muelle.

El puerto es un hervidero de actividad: gritos, cajas que se arrastran por el cemento y el olor inconfundible del pescado fresco listo para la subasta de la lonja.

Mar salta a tierra con la agilidad de un gato, asegura la amarra con dos vueltas rápidas, se recoloca el peto vaquero y empieza a descargar el pulpo junto a Roi.

No llevan ni diez minutos de faena cuando una sombra se proyecta sobre la cubierta.

—¡Mar! —brama una voz ronca.

Se incorpora despacio, secándose el sudor de la frente con el antebrazo. Anselmo, uno de los patrones más viejos e influyentes de la cofradía, se acerca a paso firme escoltado por dos mariscadoras de mirada torva y un par de marineros del pueblo.

—Hola, Anselmo. ¿Qué pasa? —pregunta Mar, manteniendo el tono neutral, aunque nota cómo se le erizan los pelos de la nuca.

Anselmo se planta al borde del muelle, cruzando los brazos sobre su chaqueta.

—Pasa que por el puerto corre un rumor muy feo, Mar. Dicen que te estás reuniendo más de la cuenta con la arquitecta del resort. ¿Es verdad? ¿O la gente habla por hablar?

Roi deja de mover las cajas y se queda muy quieto; Noa finge estar muy ocupada con la tableta.

—Es verdad que me he estado reuniendo con ella —responde con voz clara y firme—. Es mi obligación como asesora técnica de la cofradía.

—¿Tu obligación? —escupe Anselmo con desprecio—. Tu obligación, es detener ese maldito proyecto, no tomarte cafés con los que vienen a llenar de hormigón nuestra ría.

Mar respira hondo, obligándose a no perder los estribos. Sabía que este juicio iba a llegar tarde o temprano.

—Anselmo, escúchame bien. Los permisos ambientales y urbanísticos del resort ya están firmados por la Xunta y por Costas. La obra va a arrancar queramos o no. Negar la realidad no va a salvar a la ría.

Una de las mariscadoras da un paso al frente, con los ojos encendidos.

—¡Pero nos han dicho que estás proponiéndoles cambios! ¿Cómo puedes ayudarlos después de lo que pasó en el otro pueblo? ¿Es que te has vendido?

Mar da un paso adelante, con la mandíbula tensa.

—¿Vendido yo? —pregunta, y rápidamente niega con la cabeza—. Precisamente porque vi ese desastre con mis propios ojos sé que no nos va a servir de mucho gritarles sin más.

El grupo murmura, inquieto. Anselmo frunce el ceño, buscando argumentos.

—Entonces, ¿tu plan es darles facilidades? —insiste con desconfianza.

—Mi plan es obligarlos a modificar el proyecto —explica Mar con una convicción que le vibra en el pecho—.

Si consigo que Jimena lo haga y respete las corrientes, salvaremos las praderas y las zonas de cría.

Sé que no salvaremos toda la costa, no soy tonta, pero salvaremos lo que nos da de comer.

Prefiero una victoria inteligente que una derrota digna con la ría muerta.

No hay aplausos, pero sí un silencio incómodo, el de los hombres y mujeres que saben que, por desgracia, Mar tiene toda la razón.

—No sé qué te habrá prometido esa arquitecta… —masculla Anselmo, dándose la vuelta de mala gana—, pero ándate con ojo. Esa gente tiene la lengua muy larga y las promesas muy cortas.

*

La comida con Roi en la cocina de piedra de la casa heredada por su abuela es lo más parecido a un velatorio.

El frescor de los muros alivia el calor del mediodía, y el olor a laurel, patatas nuevas y merluza cocida inunda la estancia.

Es el plato favorito de Mar, pero hoy la comida le sabe a poco menos que nada.

Roi mastica despacio, con la mirada clavada en su plato, hasta que deja el cubierto de golpe.

—¿Así que ahora eres la aliada de esa mujer? —pregunta Roi directamente, mirándola a los ojos con una seriedad que pocas veces muestra—. Una cosa es que bromee porque se maree al subir al barco, y otra tener que aguantar esto.

—¿Esa es la conclusión que has sacado de lo que ha pasado en el muelle, Roi? Me decepcionas.

—Explícamelo tú, porque últimamente no hay quien te reconozca —replica su hermano, cruzando los brazos sobre la mesa—. Hace unos días echabas pestes de ella y querías que se ahogara en la ría. Ahora resulta que le lavas la cara delante de los marineros.

—No le lavo la cara a nadie —salta Mar, sintiendo que la paciencia se le agota por momentos—. Defiendo la única salida viable que tenemos. No a Jimena Alarcón.

—Pues desde fuera parece exactamente lo mismo —ataca Roi, apretando los dientes—. Parece que te importa más que esa mujer no se lleve un disgusto que la opinión de la gente con la que te has criado.

La acusación da en el blanco de lleno. El estómago de Mar da un vuelco tan violento que siente náuseas. Se pone en pie de golpe, haciendo que la silla chirríe contra las baldosas de la cocina.

—¡No es lo mismo! —exclama, con los ojos brillando por el desespero—. Estoy intentando salvar lo que puedo de esta ría antes de que la destrocen. Si no lo entiendes, es tu problema.

—Esto no suena a ti, Mar —dice Roi.

Tiene razón. No suena a ella. Ella misma lleva días preguntándose en qué momento empezó a barajar la idea de que las cosas podían salir bien.

—Pues vete acostumbrando —responde la mujer.

Recoge su plato, con la comida prácticamente intacta, y lo deja en el fregadero. Sin mirar atrás, cruza el pasillo a zancadas y abre la puerta de la calle de un tirón.

—¡Mar, espera! —grita Roi a su espalda, pero ella ya está fuera.

El aire racheado y salado de la tarde le azota la cara de inmediato, despeinándole el pelo todavía húmedo. Camina a paso rápido, casi furioso, sin un destino fijo, alejándose de la casa y del puerto.

Su mente, traidora y caprichosa, vuelve a volar hacia Jimena.

Piensa en su elegancia insolente, en el contraste brutal entre sus dos mundos y, sobre todo, en esa fragilidad que las unió bajo la tormenta.

Mar aprieta los puños dentro de los bolsillos de su cazadora.

Le aterra admitir que tal vez Roi tiene parte de razón.

Le aterra comprender que su defensa del proyecto no nace solo de la fría lógica, sino de la imperiosa necesidad de mantener a Jimena cerca, muy cerca de ella, aunque eso signifique poner en juego todo lo que siempre ha jurado proteger.