Marea indómita Capítulo 10
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Capítulo 10

—Si no me voy ahora mismo, mañana no seré persona —murmura Hugo.

—¿Ya? ¿Dónde ha quedado el gran arquitecto de la noche madrileña? —pregunta Jimena, deslizando un dedo por el borde húmedo de su copa.

—Se quedó en los treinta, querida. Pero a diferencia de ti, yo he aprendido que pelearme con los planos a las siete de la mañana después de acostarme tarde es una tortura innecesaria —responde Hugo, pasándose una mano por el pelo revuelto—.

Y tú no deberías de tardar mucho. Mañana nos espera un día largo.

—Lo sé —contesta Jimena.

Cuando Hugo desaparece entre las mesas abarrotadas del chiringuito, el bullicio general parece cambiar de volumen para Jimena.

Siguen las risas, las conversaciones animadas y la música de fondo, pero ella se vuelve mucho más consciente del espacio que ocupa ahora.

Está sola en una mesa para dos, con una copa medio vacía delante y la brisa marina refrescando una noche que, unas horas antes, había comenzado bajo un temporal furioso.

Desde la barra, Mar levanta el vaso para dar el último sorbo al líquido que queda. Y enseguida, Lía se lo quita de las manos.

—Hasta aquí hemos llegado, capitana —declara Lía con tono maternal.

—Qué exagerada eres siempre. Con lo bien que estábamos —protesta Mar.

—No. Lo que soy es tu amiga de verdad, y mañana sales con el barco al amanecer —insiste Lía, apoyando las manos en la barra—. Llevas tres copas.

La capitana apoya ambos antebrazos sobre la barra, inclinándose hacia delante.

—Sabes que te quiero muy poco cuando haces esto.

—Pues te aguantas, porque alguien tiene que velar por ti —responde Lía sin inmutarse.

Al girarse, los ojos de Mar tropiezan de frente con los de Jimena, que sigue sentada a unos metros.

Jimena rompe el contacto visual la primera, tragando saliva con dificultad.

«No seas ridícula», se dice a sí misma en silencio mientras siente cómo un súbito rubor asciende por su cuello.

Se pone en pie con la intención clara de marcharse, recogiendo su bolso.

Pero sus piernas traidoras cambian de dirección antes de que su cabeza termine de decidirlo.

Lía levanta inmediatamente una ceja al verla acercarse.

—¿Qué te pongo?

—Algo fresco. Necesito relajarme y desconectar del trabajo esta noche.

Mar no puede evitar sonreír al escuchar la respuesta.

—Empiezas a caerme bien —admite la capitana.

—No te acostumbres —replica Jimena, sentándose en el taburete contiguo—. Mañana volvemos al lío. La obra no va a tardar mucho en empezar.

Lía observa el intercambio con evidente diversión mientras empieza a preparar un cóctel fresco con lima.

—Creo que este os hace falta a las dos esta noche —comenta, deslizando la copa alta y escarchada.

—¿«Os»? —preguntaron las dos al mismo tiempo.

—Pensaba que me habías prohibido beber —apunta Mar.

—Sí. Os —reitera Lía, y después mira a su mejor amiga—. Esta te la perdono.

Lía se aleja para atender otra mesa cercana, dejando tras de sí el silencio. Mar juega distraídamente con una servilleta de papel entre los dedos, doblándola y desdoblándola.

—¿Estás cansada? —le pregunta a Jimena.

—Un poco. ¿Tanto se me nota? —responde, aunque intuye por dónde va.

—¿Ya te han aceptado los cambios? —insiste Mar, mirándola de perfil.

—En realidad… no. No del todo —confiesa Jimena—. Plantearle ciertos cambios a mi madre no será tarea fácil.

—Pensaba que la decisión final era tuya, que tenías total autonomía como jefa de diseño —comenta Mar, inclinándose un poco más hacia ella.

Jimena esboza una sonrisa cansada.

—Ojalá. Ella es la directora de la firma. Cada modificación que proponga significará para ella más dinero, más retrasos y más discusiones interminables. Un poco agotador, la verdad.

—Al menos tú tienes una madre con la que cabrearte y discutir.

Jimena levanta la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

Mar aprieta los labios, arrepintiéndose por un segundo de haber abierto esa puerta personal que tan bien guarda bajo llave. Da un largo suspiro, mirando hacia su cóctel.

—Que algunos ya no tenemos ese lujo, Jimena. La vida se encarga de quitártelo antes de tiempo y te deja sin nadie a quien gritarle tus frustraciones.

Mar observa el mar oscuro que se extiende más allá de la playa, donde las olas rompen bajo la luz de la luna. Su expresión se torna distante, nostálgica.

—Mi padre me enseñó prácticamente todo lo que sé. A navegar con temporal, a leer el tiempo en las nubes y en el viento, a respetar estas aguas incluso cuando parece un espejo tranquilo. Decía siempre que el mar nunca perdona a quien se cree más listo que él. Y tenía razón.

Mar sonríe apenas un instante, un destello fugaz que le ilumina el rostro y que a Jimena le parece precioso.

—Murió en un accidente de pesca, dejándonos un vacío enorme.

Y después… todo se vino abajo como un castillo de naipes —prosigue Mar—.

Mi madre nunca consiguió salir adelante.

Cada día estaba un poco más ausente, perdida en su propio dolor.

Hasta que un día decidió marcharse también.

Roi apenas era un crío en aquel entonces.

Yo tampoco era mucho mayor. Nos quedamos los dos con mi abuela.

Jimena recuerda las fotografías del camarote del Brétema, esa mujer fuerte y sonriente sujetando el timón con manos firmes.

—Era la persona más fuerte que he conocido.

Nos sacó adelante como pudo, con sus manos callosas y un corazón que no le cabía en el pecho.

Y cuando ella murió… supongo que entendí que ya no había red debajo de nosotros.

Que, si quería que Roi tuviera un futuro y una familia de verdad, tendría que convertirme yo en el pilar que lo sostuviera.

Jimena no encuentra una respuesta porque cualquier frase hecha le parecería una falta de respeto hacia la confianza que Mar le acaba de regalar. La observa de perfil. La capitana sigue mirando el mar, aunque da la impresión de que en realidad contempla recuerdos demasiado dolorosos para apartarlos.

—Lo siento mucho. De corazón —dice Jimena, deslizando su mano hasta rozar la de la capitana.

Mar esboza una sonrisa triste, girando la mano para aceptar el roce de sus dedos.

—No hace falta que lo sientas.

—Pero sí puedo lamentar que pasaras por algo así tan joven. Nadie debería enfrentarse sola a tanto… dolor —responde Jimena, girando la cabeza.

—No suelo contar esto a la gente de fuera, la verdad —admite Mar.

—Me siento afortunada entonces —comenta Jimena.

—Es simplemente que… ya pasó —sentencia Mar—. O eso intento decirme todos los días al levantarme. Por eso quiero proteger este lugar.

Jimena niega con la cabeza, acercando su taburete un centímetro más, lo suficiente para sentir el calor que desprende el cuerpo de Mar.

—Las cosas que nos marcan nunca pasan del todo.

Aprendes a vivir con ellas, pero siguen formando parte de quien eres, moldeando cada decisión que tomas.

Y por eso, pienso cumplir con mi promesa.

No voy a destrozar lo que tanto te importa.

Entiendo por qué peleas tanto por esta ría.

Es tu casa. Es tu historia familiar, tu vida entera.

La capitana deja escapar una risa, relajando los hombros por completo.

—Eso ha sonado bastante bonito para venir de una chica de ciudad que vive rodeada de hormigón.

—No te acostumbres a mis halagos —replica Jimena, retirando la mano con una sonrisa traviesa.

—Vaya. Pensaba que empezábamos a llevarnos bien después de esta charla —comenta Mar, fingiendo una gran decepción que no logra ocultar el brillo de sus ojos.

Jimena sonríe con más amplitud, divertida por el juego de seducción que empieza a flotar en el ambiente.

—No exageremos.

Las dos ríen. Lía se acerca para recoger un par de vasos vacíos de la barra y las observa un instante en silencio, notando la increíble electricidad que se respira en ese rincón.

—¿Necesitáis algo más?

Mar la mira con desconfianza, entornando los ojos.

—No, todo va bien.

Jimena levanta la copa en un gesto teatral y glamuroso.

—Todavía estamos a tiempo de que se líe parda. No cantes victoria.

—Eso sí me lo creo —ríe Lía, alejándose de nuevo y dejándolas a solas.

Jimena acaricia distraídamente el borde de su copa con la yema de los dedos.

—¿Sabes una cosa? Cuando me subí al Brétema…

—dice Jimena, recordando la experiencia—, esperaba encontrarme a alguien que solo quisiera llevarme la contraria.

Pero luego empezaste a explicarme las corrientes, el fondo de la ría y las mareas con tanta pasión…

Y comprendí que no estabas intentando fastidiarme.

Estabas intentando que entendiera algo que ningún plano, por detallado que sea, podría enseñarme jamás.

Mar tarda unos segundos en contestar.

—Porque un plano no explica cómo suceden las cosas por aquí —sentencia Mar con voz baja y apasionada, acercándose un poco más—.

Los planos son perfectos, limpios y silenciosos sobre el papel.

Pero no te dicen qué pasa cuando la marea cambia de forma imprevisible.

Por eso insistía tanto en que vinieras a bordo.

La capitana aparta la vista un segundo, sutilmente incómoda.

—Y precisamente por eso he propuesto esos cambios en el proyecto del resort —continúa Jimena—. No porque me obligaras. Sino porque tenías razón en las cosas importantes.

Mar inspira despacio, sintiendo un calor inesperado en el pecho.

—Eres mucho mejor arquitecta de lo que imaginaba cuando te vi por primera vez con esos taconazos —admite Mar con una sonrisa.

—Gracias. Significa mucho viniendo de ti.

—Aunque sigas empeñada en construir aquí —añade Mar, cruzándose de brazos.

—Eso no va a desaparecer. Pero te prometo que ahora lo haré con mucho más respeto.

Mar la observa durante un instante prolongado, en silencio.

La luz del chiringuito cae sobre el rostro de Jimena, suavizando las líneas perfectas de sus facciones y dándole un aspecto increíblemente atrayente.

Parece mucho más atractiva de lo que le conviene reconocer en mitad de un conflicto de intereses.

—Ya lo veremos… —comenta Mar, antes de morder su labio inferior. Mientras que Jimena, no puede apartar la mirada de ella.